Posteado por: M | 14 marzo 2011

Gadafi sigue matando

Desde que las tropas del coronel Muamar Gadafi dispararon contra los manifestantes desarmados en Trípoli, el 17 de febrero, estuvo bastante claro que la Administración de Obama no estaba dispuesta a impedir la carnicería y que las potencias europeas, sin la panoplia que aportan los norteamericanos, carecen de fuerza y, sobre todo, de convicción y carácter moral para una intervención armada en un  lugar tan cercano como el norte de África. Ni siquiera fue posible establecer una zona de exclusión aérea, pese a que la solicitó la Liga Árabe con deliberado retraso. Pesan mucho las fotografías y las connivencias descaradas con el extravagante dirigente que ofrecía sustanciosos contratos de hidrocarburos en nombre de un supuesto “pueblo libio” que sólo existe en ese mundo irreal e idílico, flor de invernadero bajo el paraguas de la ONU.

Los éxitos que Gadafi está logrando sobre las vidas y las precarias haciendas de sus compatriotas constituyen un alegato contra la indiferencia o la incapacidad de Occidente. Las armas y aviones que sus mercenarios emplean con creciente ferocidad contra los civiles o las milicias improvisadas les fueron vendidos por las naciones más civilizadas y desarrolladas, las mismas que ahora esgrimen el respeto de la soberanía y los mecanismos lentos y retrógrados de la ONU como excusa para no detener la barbarie y el caos a pocos kilómetros de las costas europeas.

Nadie quiere acordarse de Camboya, Ruanda, Bosnia, del Kurdistán, Kosovo y otros lugares donde el supuesto orden quimérico regido por las NN UU se hizo añicos, y a veces se ahogó con la sangre derramada. La aparente legalidad internacional prevaleció sobre miles de cadáveres, en los campos de exterminio. La izquierda que especulaba con la utopía legal del derecho humanitario y la paz perpetua permanece silenciosa y sin argumentos ante la ferocidad de la soldadesca del coronel y la inoperancia habitual del Consejo de Seguridad, cuya reforma resulta tan imperiosa como improbable.

“Estados Unidos carece de credibilidad para hacer la guerra en el mundo árabe”, aseguraba David Rieff, un veterano intervencionista caído del caballo. Otros comentaristas se entretenían en jugar a las adivinanzas para pronosticar si las aventuras sangrientas de Gadafi Libia podrían perjudicar la reelección presidencial en 2012. ¿Se añadirá Libia a la larga lista de fiascos diplomáticos que pueden revelar al gran público al retroceso alarmante del poder norteamericano, el declive aparatoso de su influencia en estos tres años de presidencia de Obama? ¿O será la economía la que condicione, como otras muchas veces, el veredicto de las urnas?

La intervención imposible

La no intervención –se sabe, al menos, desde la guerra civil española—es una forma hipócrita de encubrir la interferencia y el pago de los servicios prestados o por prestar. El derecho de intervención humanitaria, que tan lentamente avanza por un camino tortuoso en la selva de las relaciones internacionales, debería convencer a las potencias europeas de que deben detener la guerra genocida. Y en cualquier caso, en un futuro muy próximo, impedir que Gadafi o el sátrapa que lo sustituya perpetúen la oficina de contratos y la guardia pretoriana que formaban hasta ahora la Jamarihiya (Estado de las masas) libia, que no es propiamente un Estado, sino una alianza tribal que soporta por dinero fácil las fantasías, las excentricidades y los crímenes de su líder.

Para vergüenza y ludibrio de los occidentales, en estos días de sangre y fuego se ha sacado de los archivos un vídeo de hace tan sólo tres meses en el que aparece la doctora Alia Brahimi, de la London School of Economics (LSE), dando la bienvenida de la respetada institución a Gadafi con el tratamiento de “Hermano Líder”. Tan esperpéntica escena provocó la dimisión del director de de la LSE, Sir Howard Davies, cuando se desvelaron los vínculos financieros de la institución con el dictador libio. Como muy acertadamente resumió Roger Cohen, en el New York Times, “la primavera árabe es también un invierno occidental”.

Sólo el presidente Reagan se atrevió a bajar los humos a Gadafi con un bombardeo masivo de sus escondrijos en 1986, en castigo por sus notorias veleidades terroristas. Obama y sus asesores fueron por detrás de los acontecimientos y siempre se mostraron renuentes a cualquier tipo de intervención. Con las tropas destacadas en Iraq, Afganistán, Corea del Sur, Japón y Bahréin, con el presidente a la espera de una dura campaña electoral, la apertura de un nuevo frente en África del Norte era una pesadilla inimaginable. Los especialistas expusieron incluso los graves problemas de información, logística y apoyo naval que plantea una zona de exclusión aérea, que debería comenzar por la destrucción de la defensa antiaérea libia, instalada precisamente por los occidentales para proteger al dictador de otro bombardeo similar al que ordenó Reagan.

Fue un político republicano, pero secretario de Defensa con el demócrata Obama, Robert Gates, el que dio la más rotunda nota oficial contra cualquier tentación intervencionista. Arengando a los cadetes de West Point, el jefe del Pentágono señaló: “En mi opinión, cualquier futuro secretario de Defensa que aconsejara al presidente el envío de un poderoso ejército de tierra a Asia, el Medio Oriente o África, debería ser examinado por un psiquiatra, como tan delicadamente sugirió el general Mac Arthur.” Es decir, que la apertura del frente libio sólo podía ocurrírsele a un orate.

Después de esta vibrante nota castrense fueron muchos los consejeros y analistas de derecha e izquierda que clamaron contra cualquier veleidad armada contra Gadafi, en una región tan problemática. Los realistas dijeron desde el primer momento que era muy difícil atisbar cuáles eran los intereses de EE UU en Libia, describieron los obstáculos militares de la zona de exclusión aérea y dieron por hecho que una intervención terrestre ni siquiera podía ser considerada por el Pentágono. “¿Qué perro tenemos allí?”, como le preguntó el altivo James Baker a Bush padre en referencia a los Balcanes.

“Estados Unidos debe mantenerse al margen de Libia”, fue el título contundente de un comentario en el Wall Street Journal por el influyente Richard N. Haass, presidente del Council of Foreign Relations. En su opinión, los inconvenientes de la intervención son tan numerosos y relevantes, que es preferible esperar que un desacreditado Gadafi cave su propia tumba o sea abandonado por sus pretorianos. Pero esa pasividad estratégicamente justificada, según parece, olvida o minimiza que el déspota tendrá que sobrevivir en medio de un baño de sangre. No hay espanto que valga.

La nota más pesimista la ofreció el director de Inteligencia Nacional de EE UU, James Clapper, que compareció en el Congreso para pronosticar: “A largo plazo, el régimen [libio] prevalecerá.” Al desvelar lo que parecía el pensamiento oficial, los comentarios de Clapper provocaron una fuerte irritación en numerosos senadores y representantes, hasta el punto de que la Casa Blanca se vio forzada a precisar que el presidente no estaba de acuerdo con tan sombrío vaticinio.

Mientras contemplamos con horror los bombardeos de Misrata o Ras Lanuf, así como la desbandada de los milicianos de la fantasmagórica y dispersa oposición, regresan a la memoria los recuerdos de otros dictadores africanos grotescos, como el Idi Amin de Uganda o el emperador afrancesado Jean-Bedel Bokassa, de la República Centroafricana, que también hicieron buenos negocios con algunos dirigentes europeos y habían arruinado a sus países para muchos años.

Bombardeos gadafistas en Misrata

 

Como en otras ocasiones y como era previsible, las sanciones decretadas por el Consejo de Seguridad de la ONU y la Unión Europea (UE), así como las órdenes de congelación de las cuentas de la familia Gadafi (a geometría variable, desde luego), no han servido para detener la guerra genocida, sino para enconarla y extenderla. En realidad, los dineros de los Gadafi deben estar a buen recaudo porque las tropas mercenarias y los aviones siguen disparando contra los rebeldes. No existe penuria sino más bien exceso de municiones.

Precedidos por un Sarkozy en alarmante pérdida de reflejos, los europeos, que mostraron una vez más su impotencia en la última cumbre de la UE en Bruselas (11-12 de marzo), hallaron el pretexto para su flaqueza: “No queremos que la opinión pública árabe nos señale como invasores o como una fuerza de ocupación con intereses petroleros”, dijeron los eurócratas. ¡Curiosos y tardíos escrúpulos para enmascarar la situación! La UE reconoció como “interlocutor político” al Consejo Nacional de Transición proclamado en Bengasi, precisamente en vísperas de que los esbirros de Gadafi iniciaran su avance hacia la parte oriental del país, la Cirenaica, corazón y último reducto de la revuelta.

La protesta popular contra el régimen, bautizada como revolución por los más optimistas, pronto se transformó en un simulacro de guerra civil con un abrumador desequilibrio de fuerzas y recursos en favor de Gadafi, cuyos blindados no tendrán que salvar muchos obstáculos, salvo el logístico, para llegar hasta Bengasi. Pero eso no quiere decir que el futuro del Guía de la Revolución que nunca existió se presente prometedor. Su decadencia es inevitable. El caos, el aislamiento internacional, el resurgir de las divisiones tribales y la ausencia total de instituciones y de un verdadero ejército indican que Libia es un Estado fallido, como tantos otros, y que su desquiciado líder no es un constructor de naciones, sino un señor de la guerra medieval con petróleo.

Esa condición medieval de Gadafi la conocían los líderes europeos mucho antes de que la protesta popular descubriera su indecente colaboración con el déspota. Como no existe el Estado, ni mucho menos la nación, ni la lealtad nacional, ni un ejército digno de ese nombre, la alternativa viable de Gadafi es el caos o un retorno al tribalismo, a la espera de que la comunidad internacional y, sobre todo, la Unión Europea tengan la osadía de concebir un plan para detener la mano asesina del coronel ya achacoso y sentar las bases de lo que los norteamericanos llaman el nation-building, la construcción de naciones, en este caso, de una nación unida por los hidrocarburos, que muy bien podrían sustituir a los lazos de sangre entre los Warfalla y los Gadafi, las dos tribus que hasta ahora se beneficiaron de los royalties.

Si EE UU y Europa no cumplen con la misión de buscar una alternativa, ese protagonismo puede recaer, como fruta madura, en el Grupo de Combate Islámico Libio (GCIL), cuyos principales dirigentes fueron liberados de prisión el 18 de febrero. La prédica en las mezquitas de Bengasi se orienta en esa dirección islamista. Porque los pecados de Gadafi no son sólo los bombardeos, sino, ante todo, su impiedad.

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