Posteado por: M | 17 marzo 2011

Más libros y debates sobre el islam

Coincidiendo con las revueltas en el mundo árabe, el congresista Peter King, republicano por Nueva York, consiguió que el comité de seguridad nacional de la Cámara de Representantes del Congreso celebrara una sesión informativa sobre “El alcance de la radicalización de la comunidad musulmana” en Estados Unidos, el 11 de marzo. La convocatoria levantó una gran polvareda que reflejó las hondas divergencias que se observan en la sociedad en lo que concierne al islam político, que con frecuencia desemboca en el terrorismo, y el islam meramente religioso, referido a los miembros de una confesión que merece respeto pero que con frecuencia se siente discriminada.

La amalgama entre el islamismo extremista y la religión islámica lleva el agua al molino del primero, pero la libertad de conciencia y de expresión no puede sofocarse con el recurso de la islamofobia, esa especie de baldón que recae sobre los que se atreven a analizar el islam con sentido crítico. Las denuncias del mesianismo violento de los islamistas o incluso de los aspectos más chocantes del islam para una mentalidad contemporánea no deben reprimirse por la estúpida corrección política, ni nada tienen que ver con una supuesta aversión hacia todos los mahometanos.

En el calor de la audición parlamentaria de Washington, mientras los progresistas recordaban al nefasto senador Joe McCarthy, símbolo de la persecución paranoica de los años 50 contra cualquier sospechoso de simpatizar con los comunistas, los conservadores se jactaban de “haber derribado la barrera de la corrección política” por presentar en públicos a unos testigos irrecusables sobre los casos de algunos norteamericanos abducidos por la ideología destructora del islamismo. Espoleado por las repercusiones del evento, en plena efervescencia árabe, el presidente Obama hizo un llamamiento por la tolerancia, la cooperación y el combate contra la violencia extremista.

El congresista King fue acusado por algunos periódicos de organizar una caza de  brujas mahometanas, siguiendo la táctica iniciada con su novela Vale of Tears (Valle de lágrimas, 2004, inédita en español), en la que se relata con tonos apocalípticos un nuevo atentado terrorista en Nueva York similar al que destruyó las Torres Gemelas en 2001. King replicó con una declaración simplista y perentoria, pero que refleja la inquietud de muchos ciudadanos: “La comunidad musulmana constituye una verdadera amenaza para el país, y el único medio de llegar al fondo de las cosas consiste en realizar una encuesta sobre lo que ocurre.”

En el curso de la sesión parlamentaria, salieron a relucir el caso de un norteamericano convertido al islam, que cambió su nombre por el de Abdulhakim Muhammad, y que, en señal de protesta por la ocupación de Iraq, mató a un soldado e hirió gravemente a otro con arma de fuego, en el centro de reclutamiento en West Little Rock (Arkansas), en 2009, y el del comandante psiquiatra Nidal Malik Hasan, de origen jordano, que mató con un arma automática a 13 militares en la base de Fort Hood (Tejas), el 5 de noviembre de 2009.

“La fuga de los intelectuales”

En el terreno intelectual, el debate sigue vivo y con frecuencia adquiere una dimensión transatlántica. La controversia se ha centrado estos últimos meses en el libro de Paul Berman The Flight of the Intellectuals (La fuga de los intelectuales, inédito en español), editado por Melville House (Nueva York, 2010), una requisitoria contra el islamismo moderado, que identifica con la figura del filósofo helvético-británico Tariq Ramadan, del que traza un retrato al vitriolo, y contra sus apologistas europeos o norteamericanos, especialmente el periodista anglo-holandés Ian Buruma y el historiador y columnista británico Timothy Garton Ash, empeñados en la ardua empresa de reconciliar al islam con los valores liberales.

Lo primero que hace Berman en su libro es atacar el conformismo de los intelectuales contemporáneos que se califican de liberales, pero que, adeptos del multiculturalismo y quebrantando el espíritu de la Ilustración, han sido tan parcos y tan débiles en la denuncia del extremismo islámico cuando amenaza a sus críticos y pretende suprimir cualquier disidencia.

Berman tiene publicado otro libro en España, Terror y libertad, (Tusquets editores, Barcelona, 2007), cuyo título en inglés es Terror and Liberalism (2003), un análisis severo del pensamiento del intelectual egipcio Sayyid Qutb, “el filósofo del terror islámico”, el héroe e inspirador de los diversos grupúsculos que convergieron en Al Qaeda. Según Berman, la llamada «guerra contemporánea contra el terror» no es un «choque de civilizaciones», sino una nueva manifestación del conflicto antiguo entre el totalitarismo, en este caso islámico, y las democracias liberales, basadas en la secularización y la tolerancia.

En el centro de la polémica está instalado el ubicuo Tariq Ramadan, nacido en Suiza en 1962 y profesor en la universidad de Oxford, nieto del fundador de los Hermanos Musulmanes, que cuenta con bastantes amigos en España. La Administración de George W. Bush le prohibió la entrada en Estado Unidos en 2004, con el pretexto de que había hecho donativos a una organización francesa presuntamente vinculada a Hamás, el grupo que gobierna Gaza con mano de hierro integrista y que Washington y la Unión Europea (UE) incluyen en las listas de organizaciones terroristas. En enero de 2009, nada más llegar al cargo, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, levantó la prohibición y anunció que sería bienvenido, como un anticipo del “nuevo comienzo” con los musulmanes prometido por el presidente Obama en su discurso de El Cairo.

“Los izquierdistas piadosos”

La tesis de Paul Berman, prominente crítico de “los izquierdistas piadosos”, es que el mayor problema con el islam político no radica en el terrorismo que inspira, sino en los intelectuales y los gobiernos europeos y americanos que, en nombre de la llamada alianza de civilizaciones, o del funesto apaciguamiento, respaldan a los intelectuales islamistas como Tariq Ramadan y sus émulos, que abogan por un islam europeo no violento, pero que defienden un comunitarismo claramente antidemocrático, que, a su juicio, debería concretarse en comunidades musulmanas regidas por sus propias leyes en Europa, cuyo germen se encuentra en algunas urbes como Londres, París y Ámsterdam.

Ramadan y sus seguidores, que se autocalifican de moderados, propugnan una integración de los musulmanes en los países europeos, pero con algunas condiciones de fuste. Su ambicioso proyecto no es otro que el renacimiento del islam, seis siglos después de la pérdida de su último reino en España (1492). No proponen la inviable instauración de la ley coránica en una Europa fuertemente laica, pero se resisten a condenar algunos preceptos de la sharia, como la muerte por lapidación de las adúlteras u otros castigos corporales, “hasta que no se pronuncien los imanes”; responden con vaguedades cuando se les pregunta por los derechos de las mujeres, notoriamente pisoteados en tierras del islam, y mantienen una actitud ambigua o parcial sobre la violencia terrorista.

En su libro Jihâd, violence, guerre et paix en Islam (Ediciones Tawhid, París, 2002), Ramadan llamó a los musulmanes a emprender una yihad (guerra santa) espiritual, una movilización sin violencia contra la injusticia. Limitó sus críticas de las opiniones de Bin Laden, pero no condenó sus acciones terroristas, pues asegura que no existe “una prueba definitiva” de que maquinara y organizara desde su refugio sudanés o afgano los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York. En cuanto a los palestinos, Ramadan sostuvo la tesis de que no tienen otra opción que la violencia ante la injusticia y la intransigencia militarizada de Israel. Cuando se le inquiere por las simpatías pronazis del muftí de Jerusalén, Amin Al-Husseini, y de su abuelo, el fundador de los Hermanos Musulmanes, su respuesta es que hay que ser comprensivos en razón del contexto.

En el libro de Berman, y a través de las correspondientes citas, podemos ver a Ramadan denunciando a los judíos estadounidenses como “arrodillados defensores de Israel”, mostrándose ambiguo con respecto a los talibanes, haciendo campaña contra la representación de Fanatismo, o Mahoma el Profeta, la obra de Voltaire, o negándose a participar en un debate televisado sobre la lapidación de las mujeres.

“Hermano Tariq”

La crítica más virulenta de Ramadan, sin embargo, puede leerse en Frère Tariq. Discours, stratégie et méthode de Tariq Ramadan (Grasset, París, 2004), un libro tan apasionado como riguroso de Caroline Fourest, socióloga y periodista francesa, defensora radical del laicismo, que vierte en él una denuncia contundente sobre la aproximación y la condescendencia de una parte importante de la izquierda europea con los movimientos islamistas. Propone, además, la interpretación del que considera “doble discurso” de Ramadan, según éste se exprese en los medios de Occidente, en términos relativamente liberales, o se dirija a sus partidarios musulmanes, ante los que se muestra especialmente integrista y reaccionario.

En otro de sus libros, La tentation obscurantiste (Grasset, París, 2005), premiado en 2006 por la Asamblea Nacional francesa, Caroline Fourest se pregunta si es la izquierda la que experimenta una especia de “complacencia o fascinación por el islamismo, una ideología reaccionaria, integrista y totalitaria.” Una pregunta parecida a la que se formuló Raymond Aron al escribir L´opium des intellectuels (Calman-Levy, París, 1955), los intelectuales que mostraban implacables con las debilidades de la democracia liberal, pero indulgentes con los crímenes espantosos del estalinismo y hasta obsequiosos con los sátrapas del comunismo.

Ibn Warraq, apóstata y crítico del islam, profesor en EE UU, que oculta su identidad tras un seudónimo, en la recensión que hizo del libro de Caroline Fourest en febrero de 2008, llegó a la siguiente conclusión:

“Fourest demuestra con gran habilidad que Ramadan es un peligroso radical que, en vez de modernizar el islam, está de hecho tratando de islamizar la modernidad. De indudable habilidad y carisma, pero con ningún respeto o apego a los valores occidentales de la libertad, Ramadan está envenenando las mentes de los jóvenes musulmanes en Occidente. Extiende su mensaje a través de apariciones personales y con la venta de miles de casetes a través de Tawhid, una editorial islámica con estrechos vínculos con la Hermandad Musulmana. Bajo la influencia de Ramadan, los jóvenes islamistas desarrollan el odio hacia los valores occidentales y sueñan con crear una teocracia islámica totalitaria, no sólo en el corazón de Europa, sino probablemente en todo el mundo, hasta que, en palabras de al-Banna, ‘la bandera islámica ondee por encima de la raza humana” (Cfr.www.andrewboston.org).

Los intelectuales europeos vituperados por Berman son los que se muestran complacientes con el islam político, supuestamente moderado, pero que, al mismo tiempo, fustigan con encono a la ex diputada holandesa Ayaan Hirsi Ali, somalí de origen, abogada del secularismo, admiradora de Voltaire, por haber tenido la osadía de abrazar “las ideas del liberalismo occidental” y haber renegado del islam, lo que comporta el riesgo de una condena de muerte por el procedimiento de la fatua, la sentencia inapelable de la autoridad religiosa. Como les ocurre a todos los apóstatas relevantes desde que Salman Rushdie concitó el furor del imán Jomeini, cuyo edicto con la pena de muerte por blasfemia fue firmado el 14 de febrero de 1989.

Entre los que atacaron a Ayaan Hirsi Ali destacan el sociólogo anglo-holandés Ian Buruma y el historiador británico Timothy Garton Ash. El primero es el autor de un resonante reportaje titulado Asesinato en Ámsterdam. La muerte de Theo Van Gogh y los límites de la tolerancia (Editorial Debate, Madrid, 2007), en el que narra la muerte del cineasta holandés Theo Van Gogh y en el que recoge las voces y las opiniones de todos los protagonistas de la tragedia, tanto de la víctima y sus amigos como del victimario, el islamista de origen marroquí Mohamed Bouyeri y los suyos, con aparente imparcialidad, además de numerosas precisiones sociológicas sobre la situación de los musulmanes en los Países Bajos.

No obstante, el libro de Buruma se aleja de las excelencias del reportaje sociológico para insistir en la discriminación paralegal que supuestamente padecen los musulmanes en los Países Bajos y terminar profiriendo una diatriba contra la entonces diputada del Parlamento holandés Ayaan Hirsi Ali, amiga de Van Gogh, a la que acusó de provocación, de entregarse a una crítica malsana del Corán y de presentarse presuntuosamente como una imitadora de Voltaire dentro del mundo musulmán, una ilustrada en mundo de fanáticos.

Buruma arguye que el islam es una religión como las otras, una opinión muy controvertida porque no se trata de una cuestión del origen e identidad de las religiones, sino de su evolución histórica, y es innegable que el islam evoluciona poco y mal. Como escribe Ayaan Hirsi Ali, “el islam no se ha reconciliado con la sociedad liberal surgida de la Ilustración”. En el orbe mahometano, la apostasía se castiga con la muerte y la sharia es un código que se impone coercitivamente, como aclara la Declaración de Derechos Humanos del Islam, adoptada en El Cairo en 1990, en su artículo 24: “Todos los derechos y libertades estipulados en esta declaración están supeditados a la sharia islámica.”

Garton Ash, reputado defensor del multiculturalismo, fue incluso más duro contra Ayaan Hirsi Ali en su recensión del libro de Buruma en un ensayo titulado Islam in Europe y publicado en la New York Review of Books (5 de octubre de 2006), al considerar que la intelectual de origen somalí se había convertido en “una desafiante, radical y ligeramente simplista portavoz del fundamentalismo ilustrado”. Garton Ash recurrió al argumento biográfico y recordó que la diputada holandesa había pertenecido en su juventud a la Hermandad Musulmana de Egipto, por lo que, a su juicio, no había hecho otra cosa que cambiar un credo por otro, el fanatismo islámico por el de la razón.

Resulta inquietante que un analista tan sagaz como Garton Ash recurra a la abusiva comparación de las intenciones de la política somalí con los hechos consumados del asesino, olvidando su condición respetable de disidente, proscrita y perseguida por los islamistas. La distinción radical estriba en que Ayaan Hirsi Ali, víctima de la ablación del clítoris y del matrimonio forzado, dos costumbres bárbaras bastante arraigadas en tierras del islam, protagonista de una liberación épica, jamás abogó por la eliminación física de sus adversarios ideológicos, ni siquiera del asesino de su amigo Theo Van Gogh.

No obstante, Garton Ash, en su libro Facts are Subversive (2009), una colección de ensayos en la que incluye la citada recensión del libro de Buruma, eliminó el término “Enlightenment fundamentalist” (fundamentalista ilustrada) para describir a Ayaan Hirsi Ali, que huyó de Holanda, donde estaba siendo acosada políticamente, para establecerse en EE UU. Abrigo la sospecha de que el historiador británico consideró excesiva su equiparación del racionalismo ilustrado, defensor de los derechos humanos, la tolerancia y el pluralismo, con el integrismo religioso que propugna el castigo implacable de los impíos, la mutilación del ladrón o la lapidación de la adúltera.

No lo cree así el filósofo británico John Gray, que terció en el debate para sugerir que quizá Garton Ash se había retractado de la expresión “enlightenment fundamentalism” porque consideraba que “el riesgo de un choque de fundamentalismos es real”, en clara alusión al choque de civilizaciones vaticinado por Samuel Huntington, quien considera el islam como una de las fuerzas principales de oposición al liberalismo. Para defender implícitamente esa amalgama confusa de fundamentalismos, el de la razón ilustrada y el del fanatismo religioso, Gray señaló que “la mayor parte del terror en el pasado siglo fue secular, no religioso”, y añadió: “Lenin y Mao fueron discípulos confesos de una ideología de la Ilustración.”

Olvidó Gray que el racionalismo no puede confundirse con sus perversiones más notorias –la barbarie planificada y meticulosamente ejecutada—y que tanto el nazismo como el comunismo fueron derrotados por unos regímenes democráticos cuyos principios constitutivos están inspirados por la Ilustración y el cristianismo. En cualquier caso, el ateísmo oficial y militante (la URSS, China y todos sus satélites) no sólo renegó del liberalismo y persiguió a los creyentes, sino que se mostró muchos más sectario y causó muchas más muertes y desgracias que cualquier ideología vinculada a la cultura cristiana. La historia enseña que la democracia liberal, que hunde sus raíces en la Ilustración, es el único régimen político que garantiza la coexistencia de las religiones.

“El racismo de los antirracistas”

Planteada la refriega intelectual en una revista alemana en internet, signandsight.com, en 2010, el filósofo francés Pascal Bruckner, en un ensayo titulado con un interrogante: ¿Fundamentalismo ilustrado o racismo de los antirracistas?, no sólo asumió la defensa de Ayaan Hirsi Ali frente a los ataques de Buruma y Garton Ash, sino que lanzó una requisitoria contra el multiculturalismo, “ese racismo de los antirracistas que encadena a las personas a sus raíces”.

Ian Buruma había negado a Ayaan Hirsi Ali el derecho a compararse con Voltaire, alegando que éste se enfrentó a la más poderosa institución de su época, la Iglesia Católica, mientras que aquélla se limitó a criticar “a una vulnerable minoría en el corazón de Europa”, según se reitera en Asesinato en Ámsterdam, como si la condición social, la condición de emigrante o la fe religiosa de los mahometanos pudieran modificar, atenuándola, la responsabilidad en el crimen.

Bruckner replicó recordando que el islam no reconoce fronteras, que cuenta con más de mil millones de fieles y que sus minorías radicalizadas representan uno de los mayores desafíos del siglo. Y añadió: “No basta con que Ayaan Hirsi Ali tenga que vivir recluida, acosada por los radicales, que amenazan con cortarle el cuello, y rodeada de guardaespaldas (…), sino que además tiene que sufrir el sarcasmo de idealistas de altos vuelos y filósofos de poltrona. Incluso se la ha llamado nazi en Holanda. De esa forma, los defensores de la libertad son tildados de fascistas, mientras que los fanáticos aparecen como víctimas.”

Gran parte del libro de Berman está dedicada a recordar los turbadores antecedentes familiares y doctrinales de Ramadan, cuyo abuelo materno fue Hassan al-Banna, fundador de la organización integrista de la Hermandad Musulmana de Egipto (1928) y partidario acérrimo del Gran Muftí de Jerusalén, Amin Al Husseini, que trató de fraguar una alianza de los árabes con el nazismo. Su padre, Said Ramadan, también destacado dirigente de los Hermanos Musulmanes, se instaló en Suiza para escapar de la represión de Naser.

Para hacerse cargo de las inquietantes relaciones del mundo árabe-musulmán con la Alemania nazi, el libro más exhaustivo y reciente es el de Jeffrey Herf titulado Nazi Propaganda for de Arab World (Sheridan Books, 2009). El contrapunto se encuentra en The Arabs and the Holocaust (Metropolitan Books, Nueva York, 2009), del académico libanés Gilbert Achcar, que minimiza la influencia nazi en el islamismo. Ambos libros deben manejarse con precaución porque representan las dos interpretaciones parciales (judía y árabe) de un tema que sigue siendo muy polémico, fácil presa de la denigración perentoria o el anacronismo exculpatorio.

“Verdades veladas” y un manifiesto

La crítica más acerba del libro de Berman y, al mismo tiempo, la apología de Ramadan y otros epígonos del islamismo moderado se encuentra resumida en un ensayo de Marc Lynch, profesor de la Universidad George Washington, publicado en la revista Foreign Affairs bajo el título de Verdades veladas. El ascenso del islam político en Occidente (julio-agosto de 2010).

Lynch acusa a Berman no sólo de discriminar  y manipular las fuentes para llevar agua al molino de su tesis, sino también de parcialidad y ceguera ante “la variación dramática y la competición dentro de los grupos islamistas y, ante todo, de la feroz guerra entre los puristas del salafismo que exigen una interpretación literal del islam, que les aleja de la modernidad, y los pragmáticos modernizadores que abogan por adaptar el islam a nuestra época”. Los salafistas, que siguen el ejemplo de “los piadosos predecesores”, sólo aceptan el Corán y la Sunna como pilares del islam y rechazan cualquier innovación religiosa.

Lynch asume la defensa de Ramadan, al que considera “símbolo del islamismo no violento”, y lo presenta como “un pragmático que busca el camino para que los musulmanes de Europa sean cabales europeos sin dejar de ser completamente musulmanes”, según expone éste en uno de sus libros más famosos: Musulmanes occidentales y el futuro del islam (traducción española en 2004). Y acusa a Berman de preferir a los laicos o agnósticos, los disidentes, y no ver “la clase de puente que Ramadan está construyendo” entre Occidente y los mahometanos que recusan la violencia.

El principal argumento de Ramadan y sus defensores es que “el islam es diverso”, con importantes divergencias entre los grupos, sus ideologías y sus comportamientos, desde la guerra santa o el pacifismo hasta los adeptos de la alianza de civilizaciones, en el poder o la oposición. La conclusión de Lynch tiene mucho de pensamiento ilusorio: “Los musulmanes están en Occidente para quedarse. Por lo tanto, es imperativo encontrar un camino para que esas comunidades [las islámicas] participen plenamente en la seguridad y prosperidad ofrecida por las sociedades occidentales.”

Berman y otros detractores del islamismo no niegan la variedad, pero piensan que el problema está en la transformación de una religión en una ideología política cuyo proyecto consiste en la creación del Estado islámico. En ese objetivo coinciden los moderados y los radicales, los intelectuales burgueses y pacíficos como Ramadan, apóstoles del multiculturalismo y el islam en Europa, y los salafistas, los yihadistas o guerreros que se suicidan mediante un  atentado, derriban un avión o conducen un coche bomba.

Según Berman, “el más interesante pensamiento de Ramadan es su predicción de que el islam europeo será algún día el centro y no simplemente un elemento marginal del islam universal”. Pero su descripción de Hamás como una organización moderada y benefactora, que tanto EE UU como la Unión Europea consideran terrorista, confirma, entre otras cosas, la distancia que separa al islamismo como ideología política del pensamiento laico de algunos escritores y pensadores de origen musulmán como Ayaan Hirsi Ali (Yo acuso, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2006) Abdelwahab Meddeb (La enfermedad del islam, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003), Boualem Sansal (La aldea del alemán o el diario de los hermanos Schiller, El Aleph, Barcelona, 2009), Tahar Ben Jelloun (varios libros traducidos al español) y Bassam Tibi (La conspiración. El trauma de la política árabe, Editorial Herder, Barcelona, 1996).

Ayaan Hirsi Ali, Chahla Chafiq, Caroline Fourest, Bernard-Henri Lévy, Irshad Manji, Mehdi Mozaffari, Maryam Namazie, Taslima Nasrin, Salaman Rushdie, Antoine Sfeir, Philippe Val e Ibn Warraq, a raíz de la polémica surgida por la publicación de las caricaturas de Mahoma en un periódico danés, insertaron en la revista satírica Charlie Hebdo, de París (1 de marzo de 2006), el Manifeste des douze:ensemble contre le nouveau totalitarisme (Manifiesto de los doce: juntos contra el nuevo totalitarismo), en el que denunciaron al islamismo como “una amenaza totalitaria mundial”.

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