Posteado por: M | 23 marzo 2011

Y Sarkozy se fue a la guerra

Mientras Muamar Gadafi seguía matando, como lamenté en un artículo anterior, se produjo una intensa batalla diplomática, así en la ONU como en otros organismos y capitales, algunos de cuyos cabildeos y disputas me propongo relatar para que los lectores juzguen los méritos y el temple ético de la llamada clase política internacional. La iniciativa partió del presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, y del primer ministro de Gran Bretaña, David Cameron, ambos necesitados de ajustar viejas cuentas con el sátrapa libio y de ofrecer a sus electores el anticipo de una actitud más enérgica y decente. El presidente Obama les secundó en el último minuto y acabó por inclinar la balanza del lado de la intervención.

El protagonismo de Sarkozy, tratando de reverdecer viejos laureles, confirmó que la rimbombante política exterior común de la Unión Europea (UE) es una entelequia, pletórica de servidores y muy costosa, en manos de la inexperta y dubitativa baronesa Ashton. A cada cita con la historia, la UE llega con retraso, deserta de sus promesas, se presenta en orden disperso o debilitada por fuertes discrepancias. Ya ocurrió en 2002-2003, al plantearse la invasión de Iraq, cuando Francia, Alemania y Rusia formaron un  trío de fortuna para oponerse al intervencionismo del tándem Bush-Blair apoyado por los otros países europeos.

Ahora no cabe, como otras veces, cargar las culpas sobre las anchas espaldas del amigo americano, ya         que Obama, con varios frentes bélicos abiertos y un complicado equilibrio interno, estuvo dudando hasta el último momento, exactamente hasta el 15 de marzo, tras una reunión con sus principales asesores, cuando dio instrucciones a la embajadora en la ONU, Susan Rice, para que batallara en el Consejo de Seguridad en favor de la intervención. La resolución 1973 para establecer una zona de exclusión aérea sobre Libia fue adoptada 48 horas más tarde, pero unos días antes “el presidente no quería esto”, según resumió un comentarista próximo a la Casa Blanca.

La guerra de Libia es la guerra de Sarkozy, presidente de torno del G-8, que asumió el mando de las operaciones diplomáticas mucho antes de que se pronunciara el Consejo de Seguridad de la ONU, bajo el impulso, según todos los indicios, del filósofo Bernard- Henri Lévy, celebridad mediática y abogado de la causa contra el dictador libio, muy  versado en los acontecimientos del Oriente Próximo y la estrategia hacia los países árabes, que actuó como si fuera un ministro o un embajador especial al servicio de las ambiciones presidenciales. B-H Lévy contó en su blog que se encontraba en Bengasi, en contacto con los insurgentes, y se puso en contacto telefónico con Sarkozy para instarle a evitar el desastre.

Con su popularidad en caída libre en todas las encuestas, hasta el punto de darlo por derrotado en una hipotética primera vuelta electoral, en la que sería eliminado por Marine Le Pen, nueva presidenta del ultraderechista Frente Nacional (FN), Sarkozy necesitaba un golpe de efecto que le permitiera recuperar la iniciativa y mejorar sus probabilidades de reelección en las presidenciales de 2012. El presidente también se sintió espoleado por la urgencia de corregir el papel secundario y vacilante representado por Francia en las revueltas de Egipto y, sobre todo, de Túnez, país tradicionalmente en su zona de influencia. La connivencia de algunos ministros franceses con los dictadores caídos acabó por hundir la imagen del Elíseo.

Luego de haber dilapidado la herencia del gaullismo, incapaz de presentar las reformas que prometió en su programa electoral de 2007 para sacar a Francia del inmovilismo, Sarkozy y sus huestes vuelven a caer en la tentación de remedar el discurso xenófobo y populista de Marine Le Pen, en esta ocasión mediante el pretexto de organizar un simposio popular sobre el islam y el laicismo estatal. También pretenden lavar las afrentan sufridas por su falta de reflejos y su parálisis diplomática durante las revueltas árabes en Egipto y, sobre todo, en Túnez, cuyo dictador Ben Alí fue apoyado por París hasta el último minuto.

En 2009-2010, Sarkozy lanzó un debate sobre la identidad nacional, luego se puso al frente del movimiento para prohibir el burqa y en el verano pasado ordenó la expulsión de miles de romaníes. Medidas populistas, bordeando el racismo, que parecen calcadas de las requisitorias de Marine Le Pen. La imitación llega al léxico cuando el ministro del Interior, Claude Guéant, declara en Le Figaro que “el presidente encabezó la cruzada para movilizar al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas” e impedir que Gadafi consumara la masacre de la oposición. ¿No resulta inoportuno o chocante mentar la cruzada tratándose de un país árabe?

Mientras el presidente se ocupa de los debates teóricos y las grandes maniobras diplomáticas, como si pudiera olvidarse de la intendencia, Francia marcha relativamente bien e incluso se recupera de la crisis económica gracias a la eficacia silenciosa del primer  ministro, François Fillon, resistente de todas las crisis, alejado de los focos mediáticos, secundado por una meritocracia que agrupa a un buen plantel de funcionarios imbuidos de la religión del servicio público, con holgadas nóminas y movilidad en los escalafones.

Ningún jefe de Estado de derecha o de izquierda puede permitirse que Francia pierda su condición de gendarme occidental en África, aunque sea por delegación de EE UU, ni olvidarse de sus intereses en Marruecos y Túnez, los dos países que el Quai d´Orsay trata con más cariño y dedicación. Para resolver algunos vergonzosos episodios de colaboración con los dictadores, Sarkozy no tuvo más remedio que destituir a la anterior ministra de Asuntos Exteriores, Michèle Alliot-Marie, muy aficionada a pasar sus vacaciones en el norte de África.

La oposición socialista, que sigue profundamente dividida entre varias y excluyentes personalidades, se apresuró a aplaudir en la Asamblea Nacional la modesta recuperación de la “grandeur”, cuando comprobó que la iniciativa de Sarkozy conectada con una opinión pública proclive a la xenofobia, a juzgar por el eco de las diatribas de Marine Le Pen, y que considera al dictador libio un apestado extravagante y tribal, cuyo hijo amenazaba con el escándalo de desvelar los euros supuestamente gastados en la campaña electoral de Sarkozy en 2007.

Sin consenso europeo

No hubo consenso previo dentro de la Unión Europea para emprender la guerra, sino una iniciativa franco-británica presentada como un fait accompli a los socios europeos y luego asumida e impulsada por la diplomacia norteamericana. Alemania estropeó la concordia familiar con sus reticencias y su abstención en el Consejo de Seguridad, aunque la cancillera Angela Merkel se prestó a salir en la foto del Elíseo (19 de marzo) que reunió a los representantes de la coalición intervencionista, culminación de “la diplomacia de la escalinata”, como la llaman los periódicos franceses, en referencia a la del palacio presidencial que sirvió de marco fotográfico.

Nos faltan aún por conocer muchos detalles de las maniobras diplomáticas en París y Nueva York, pero un sucinto repaso cronológico mostrará que fue Sarkozy, con el acompañamiento de Cameron, el que movió los hilos de la trama y preparó la tramoya y el escenario.

El 10 de marzo por la mañana, dos representantes de la oposición libia fueron recibidos por el presidente Sarkozy en el palacio del Elíseo y a la salida anunciaron que “Francia reconoce al Consejo Nacional de Transición como legítimo representante del pueblo libio”. Esa recepción presidencial fue preparada por el filósofo Bernard-Henri Lévy, que había preconizado públicamente una intervención contra el dictador. Al parecer, el primer ministro, François Fillon, y el ministro de Asuntos Exteriores, Alain Juppé, no estaban al corriente de la iniciativa del equipo del Elíseo.

No obstante, Alain Juppé, que procede del gaullismo más duro y que tiene reputación de político enérgico, descabalgado por unas huelgas cuando era primer ministro con el presidente Jacques Chirac, se subió inmediatamente al tren en marcha de la intervención: “La debilidad de las democracias da rienda suelta a los dictadores –advirtió–, pero ha llegado el momento de romper con esa regla.”

El primer ministro británico aprovechó astutamente la oportunidad para proclamar su más enérgica reprobación de la actitud del precedente gobierno laborista, dirigido por Gordon Brown, que aceptó poner en libertad a un terrorista libio, Alí Mohamed al-Megrahi, condenado en un tribunal holandés a cadena perpetua por haber urdido el atentado con bomba contra un avión de la Pan Am que estalló en el aire sobre Lockerbie (Escocia) y segó la vida a 270 personas, el 21 de diciembre de 1988.

A pesar de la indignación de Washington por el oscuro trato sobre el terrorista libio, éste fue puesto en libertad por las autoridades escocesas el 19 de agosto de 2009, alegando razones humanitarias (al serle detectado un cáncer de próstata), después de que Gadafi pidiera públicamente la mediación de Brown. La opinión británica quedó persuadida de que el retorno de al-Megrahi a Libia desprendía un nauseabundo olor a petróleo. Antes de que estallara la sublevación contra el dictador libio, el terrorista estaba vivo y llevaba una vida cómoda en Trípoli.

Hasta la Italia de Berlusconi, probablemente el país con más intereses en Libia, acabó por sumarse a los que clamaban por detener el avance insolente del dictador de Trípoli hacia la Cirenaica.

El mismo día, por la tarde, Sarkozy y Cameron enviaron una carta conjunta a sus homólogos de la Unión Europea para instarles a apoyar la probable resolución de la ONU. En la reunión del Consejo Europeo en Bruselas al día siguiente, 11 de marzo, no puede decirse que hubiera unanimidad, como exigen las decisiones de política exterior, sino que se oyeron algunas reticencias, especialmente por parte de Alemania e Italia, aunque el proyecto de siguió adelante y se trasladó a Nueva York para su debate y aprobación en el Consejo de Seguridad.

En esos momentos, apareció en escena la secretaria de Estado, Hillary Clinton, que llegó a la capital francesa el 14 de marzo, donde reflexionó y se dio cuenta de las inconsistencias de la diplomacia estadounidense en el norte de África y el Próximo Oriente, según la filtración interesada que publicó el New York Times. La secretaria de Estado, luego de una primera visita a El Cairo y Túnez, actuó persuadida de que el apoyo de la Liga Árabe alteraba por completo el paisaje diplomático. El cambio fue posible porque Clinton estuvo apoyada en todo momento por dos estrechas colaboradoras de Obama: Samantha Power, miembro del Consejo Nacional de Seguridad, y Susan Rice, embajadora en la ONU.

No obstante, ni la trepidante actividad de Sarkozy y Lévy ni la influencia de Clinton y sus dos colaboradoras hubieran sido suficientes para movilizar al paquidermo onusiano si Gadafi y su hijo no hubieran cometido un error garrafal: anunciar una represión sin piedad y avanzar a sangre y fuego sobre Bengasi, cuna y reducto de la oposición libia, suscitando el temor de nuevas matanzas de civiles como en Bosnia, Kosovo o Ruanda, que aún se recuerdan con pavor. La opinión norteamericana, aunque bastante alejada del problema, empezó a reaccionar cuando las televisiones y los periódicos dramatizaron con el probable sacrificio de Bengasi a manos de los mercenarios y esbirros del dictador.

Como señalé en un artículo anterior, un sector importante de la Administración de Obama, encabezado por el secretario de Defensa, el republicano Robert Gates, estaba en contra de cualquier intervención. El consejero de Seguridad Nacional, Thomas E. Donilon, y el jefe del Contraterrorismo, John O. Brennan, recomendaron la mayor prudencia, entre otras cosas, porque los rebeldes libios constituyen una incógnita para los servicios de información norteamericanos. La decisión de Obama en pro de la intervención sólo se concretó tras obtener el apoyo de algunos países árabes no citados por la prensa (se supone que las monarquías del Golfo).

La decisión de Obama se adoptó en una reunión con sus principales asesores en la Casa Blanca, el 15 de marzo, que la prensa describió como “extremadamente tensa” porque tuvo que romper el consenso previo según el cual una intervención militar no era conveniente. El presidente alegó que los cambios que se estaban produciendo en el Oriente Próximo aconsejaban un mayor énfasis de la estrategia en el fomento de la democracia y la defensa de los derechos humanos. La frase que los confidentes ponen en boca de Obama fue la siguiente: “Ésta es una gran oportunidad para poner en consonancia nuestros principios e intereses.”

En el Consejo de Seguridad, como siempre, los cabildeos y la subasta del voto tuvieron algunos momentos de comedia de enredo, como la desaparición momentánea del representante de Suráfrica, con el que contaba la diplomacia norteamericana después de que Obama hablara por teléfono con el presidente surafricano, Jacob Zuma, según confirmó la Casa Blanca. A la postre, la embajadora Rice recuperó al surafricano y éste arrastró a su colega de Nigeria, al que no se esperaba, para unirse a los votos afirmativos y llegar hasta los diez, uno más de los requeridos. ¡Que todo sea para mantener vivos los altos designios de la legalidad internacional!

La abstención de Alemania

Ante las vacilaciones de Washington, el peso de la presentación y defensa de la resolución en la ONU lo llevaron los diplomáticos franceses y británicos, en una aparente y súbita resurrección de la entente cordiale, mientras Alemania prefería no intervenir y abstenerse en la votación, cautivados tanto la cancillera Merkel como su ministro de Exteriores, Guido Westerwelle, por un súbito neutralismo que confirma las grietas en el edificio en construcción de la diplomacia europea y el eco-pacifismo de la opinión pública alemana, junto con su rechazo de la energía nuclear, en vísperas electorales en los Länder de Baden-Württenberg, Sajonia-Anhalt y Renania-Palatinado.

Comentando la abstención de Alemania con Rusia y China, un periodista alemán de Der Spiegel se refirió sin ambages a “los extraños compañeros de cama” que provocó la resolución para detener la cabalgada criminal de un personaje tan poco recomendable como Gadafi. El liberal Guido Westerwelle, en el papel de “pacifista en jefe”, insistió en “los peligros y riesgos” de la operación militar para explicar el voto. Como concesión a sus aliados, y en medio de las recriminaciones por su falta de solidaridad, Berlín se propone tomar parte en los vuelos de vigilancia sobre Afganistán.

“Los soldados alemanes no participarán en una misión en Libia”, zanjó Westerwelle. No es la primera vez que los alemanes miran hacia el este, teniendo en cuenta las lucrativas relaciones comerciales con Rusia y sus hidrocarburos; pero el abandono de los aliados occidentales y tradicionales para alinearse con la dictadura de Beijing y el autoritarismo del Kremlin en una actitud de indiferencia moral resulta asaz turbador para un sector no desdeñable de la clase política alemana, en el mismo seno de la Unión Cristiano Demócrata (CDU), el partido de la cancillera, la cual fue blanco de algunas críticas acerbas en los periódicos franceses y británicos.

El liberal Westerwelle parece imitar ahora al socialdemócrata y a la sazón canciller Gerhard Schröder durante la guerrilla diplomática que frustró en la ONU una resolución para autorizar la intervención en Iraq, en el otoño invierno de 2002-2003, con el ministro francés Dominique de Villepin como gran tenor de la oposición al tándem Bush-Blair y antagonista del secretario de Estado, Colin Powell. También entonces, la fiebre electoral estuvo presente, pero Schröder, una vez derrotado en las elecciones generales, encontró acomodo privado con la empresa rusa Gazprom y el gasoducto bajo el Báltico que debe conducir el gas ruso hasta Alemania.

La diferencia, desde el punto de vista europeo, estriba en que Alemania y Francia estuvieron entonces muy unidas para oponerse a EE UU y Gran Bretaña en la guerra contra Sadam Husein. El frente común franco-alemán y su fuerte escolta mediática, sin embargo, no evitaron la profunda división de Europa, pues España, Portugal, Italia y la mayoría de los países de Europa oriental hicieron causa común con George Bush y Tony Blair, respaldando los bombardeos y la invasión de Iraq. Para Alemania, desde luego, la compañía de Francia era bastante más confortable que la de China y Rusia, aunque quizá no más productiva.

La comparación con Sadam Husein

Y puestos a comparar, no estarán de más algunas precisiones ahora que numerosos comentaristas se visten con la toga de los leguleyos para establecer las diferencias supuestamente sustanciales entre la guerra de Bush contra Sadam y la guerra de Sarkozy contra Gadafi, recurriendo a un positivismo de cartón piedra –el respaldo del Consejo de Seguridad cueste lo que cueste– para mitigar los aldabonazos de la conciencia. La ONU no autorizó pero tampoco condenó la invasión de Iraq, quizá porque existían varias resoluciones previas condenatorias dele régimen de Bagdad. Lo que hizo posteriormente fue legalizar la ocupación por una coalición internacional y la reconstrucción del país.

Los empeñados en el distingo pasan por alto la guerra también “ilegal” de la OTAN contra Serbia (marzo-junio de 1999), que causó más de 3.000 muertos y una enorme devastación, así como el ulterior juicio internacional de Slobodan Milosevic y su suicidio antes de que se pronunciara la sentencia. Además, el aval del Consejo de Seguridad, siempre restrictivo, enmascara las verdaderas intenciones de los intervinientes y no puede ser un salvoconducto moral completamente desconectado de la realidad que se enjuicia. Las argucias jurídicas en la esfera del derecho de gentes no pueden obstaculizar la lucha contra el tirano.

Apenas comenzaron a caer los misiles sobre Libia, la Liga Árabe, que había solicitado el establecimiento de una zona de exclusión aérea, criticó los bombardeos, sin duda por considerarlos excesivos. Lo mismo hizo Rusia, que acusó a los aliados de bombardear indiscriminadamente.

Ni la carencia de una resolución absuelve al sanguinario Sadam Husein, ni la legalidad internacional condena por sí sola a Gadafi. Hay otros dictadores que jamás serán condenados. Lo que une a todos en la reprobación universal es la infamia de sus regímenes y el trato brutal infligido a sus súbditos. El objetivo estratégico de ambas operaciones también es similar si no idéntico, y no figura, por supuesto, en el texto de la ONU: el cambio de régimen, aunque no se airee para no contravenir el tenor literal de la resolución. La decisión de proteger a los civiles siempre plantea problemas de exégesis. ¿Dónde termina la acción humanitaria y comienzan los actos de guerra? ¿Quién decide, por ejemplo, cuáles son los medios adecuados para proteger a los civiles?

La historia se encargará de juzgar en último extremo el resultado de la intervención, confirmará los intereses menos altruistas de los participantes en la punición de Gadafi y reforzará probablemente el argumento de que el naciente derecho humanitario que ahora se invoca es de una parcialidad insostenible que tampoco emociona a los letrados improvisados. El sátrapa del Yemen, el emir de Bahréin y el dictador de Siria, para limitar los ejemplos al mundo árabe, llevan mucho más tiempo reprimiendo o matando a sus ciudadanos sin que el Consejo de Seguridad levante la ceja o invoque la protección de las poblaciones civiles.

Como expliqué en otros artículos, Gadafi fue un patrocinador notorio de algunos atentados terroristas, como los de la discoteca de Berlín o el avión de la Pan Am derribado sobre Lockerbie (Escocia), pero su represión interna no alcanzó el nivel de genocidio ni cuantitativamente fue tan espeluznante como la que empleó Sadam Husein contra los chiíes en el sur y los kurdos en el norte, a los que trató sin piedad e incluso aniquiló colectivamente con gas letal, esas armas de destrucción masiva que al final desaparecieron y prestaron el argumento decisivo a los adversarios de la invasión.

Luego de la primera guerra de Iraq o del Golfo (1991), el presidente Bush (padre), por razones no suficientemente aclaradas, decidió detener a sus tropas a las puertas de Bagdad. La consecuencia inmediata fue que el carnicero Sadam Husein se envalentonó, después de la derrota, y siguió practicando la represión más implacable, pese a las zonas de exclusión aérea en el norte y el sur que aplicaron EE UU y Gran Bretaña con aprobación de la ONU hasta la invasión de 2003.

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