Posteado por: M | 27 marzo 2011

La “revolución del jazmín” que no estallará en China

La prueba inequívoca del aumento de la represión en China en los últimos dos meses, para prevenir cualquier contagio de las revueltas árabes, irrumpió en la prensa occidental el 25 de marzo, al anunciarse que un tribunal había condenado a diez años de cárcel a un conocido activista de los derechos humanos y la democracia, el escritor Liu Xianbin, de 43 años, residente en la provincia de Sichuan, veterano de la agitación estudiantil que fue ahogada en sangre por el Ejército Popular en la plaza de Tiananmen, el 4 de junio de 1989, y firmante de la Carta 2008 en la que un grupo de intelectuales y letrados hizo un llamamiento en pro de las libertades y el pluralismo político.

La dura sentencia contra Liu Xianbin confirma que la vigilancia y persecución de los disidentes se intensifica desde que estallaron los disturbios en Túnez, Egipto y Yemen a principios de 2011. China conoce la peor ola de detenciones del último decenio. Según los corresponsales occidentales en Beijing, entre 25 y 30 disidentes fueron detenidos y acusados de “subversión” contra la seguridad del Estado, y algunos de ellos, simplemente por manifestar unas opiniones heterodoxas en Twitter o en  algún blog de internet. Varios disidentes siguen en manos de la policía o en ignorado paradero.

Liu Xianbin fue convicto por la sentencia de “incitar a la subversión del poder estatal” y difamar al Partido Comunista (PCCh) a través de sus ensayos en algunas publicaciones extranjeras, en los que denunciaba la pésima situación de los derechos humanos en su país. Liu ya había sido condenado en 1999 a 13 años de prisión por haber colaborado en la fundación del proscrito Partido Democrático de China, aunque fue liberado cuatro años de antes de cumplir íntegramente la pena. Su abogado negó los cargos que se le imputan y alegó que las libertades de expresión y conciencia están inscritas en la constitución.

Pese a la distancia y las palpables diferencias políticas y, sobre todo, económicas, las protestas en los países árabes provocaron una considerable alarma en los círculos dirigentes de Beijing, quizá porque llegan en muy mal momento para los designios del régimen, aparentemente embarcado en “una ofensiva del encanto” para mejorar su imagen en el exterior y reforzar su soft power (poder blando), su poder de atracción y persuasión, frente al hard power (poder duro o militar, también financiero), que tanto preocupa a sus vecinos asiáticos.

El profesor Joseph S. Nye, de la universidad de Harvard, teórico de esa dicotomía del poder político (hard o soft), fue invitado recientemente por la universidad de Beijing para exponer su doctrina –la primacía, a largo plazo, del poder blando–, prueba inequívoca de las preocupaciones gubernamentales por mejorar sus relaciones públicas y corregir la sensación de agresividad que se desprende con frecuencia de sus crecientes gastos militares y sus apabullantes progresos económicos, ininterrumpidos desde hace más de 30 años, que han convertido a China en la segunda economía del mundo.

Al final de un artículo en el Washington Post, en el que expone su experiencia con los estudiantes de Beijing, el profesor Nye reconoce que tiene pocas esperanzas de que sus sugerencias para mejorar el soft power sean de utilidad en China, donde el monopolio político del PCCh es absoluto y parece inamovible en las actuales circunstancias.

Desde que unos desconocidos activistas de los derechos humanos colocaron a principios de marzo un osado manifiesto en internet, en el que incitaban a una “revolución del jazmín”, la policía está omnipresente en Beijing y otras grandes urbes para reprimir cualquier conato de protesta. Los grupos que actuaron con el prurito de reactivar un movimiento democrático fueron expeditivamente dispersados, y algunos de sus miembros, detenidos e incluso maltratados.

Los indicios recogidos por los corresponsales extranjeros coinciden en señalar la indiferencia generalizada de la clase media urbana, la más beneficiada por el despegue económico, ante el activismo democrático de los disidentes. Aunque los resultados de las encuestas suscitan bastante escepticismo, la última disponible revela que casi el 90 % de los ciudadanos está satisfecho con la situación de su país. Ahora bien, como las opiniones se recaban por teléfono, las áreas urbanas donde vive la clase media están representadas en exceso. Las zonas deprimidas o atrasadas, que son muchas, no tienen incidencia demoscópica.

El régimen comunista sigue obsesionado con la estabilidad, como se desprende de las resoluciones de la Asamblea Nacional Popular, cuya sesión anual acaba de celebrarse a principios de marzo en el Palacio del Pueblo de Beijing. Desde 1989, cuando los tanques aplastaron la revuelta estudiantil, la dirección del PCCh concentró el desarrollo y las ventajas sociales en las áreas urbanas a fin de prevenir que pudiera enquistarse o fraguarse un nuevo movimiento de protesta. La mejora constante del nivel de vida en esas zonas otorgó al sistema autoritario una gran capacidad de maniobra. La blogosfera china es bastante conservadora y de un nacionalismo estridente.

Ante los más de 3.000 delegados de la Asamblea Nacional, el gobierno de Wen Jiabao presentó un nuevo plan quinquenal (2011-2015), estableció las líneas generales del presupuesto y reveló sus prioridades económicas. Cinco de éstas ya figuraban en el plan de 2006 y vuelven a centrar la atención gubernamental: equilibrio del desarrollo regional, mejora de las prestaciones sociales, creación de condiciones favorables para la innovación, el avance en el uso de energías renovables y la protección del medio ambiente.

El presupuesto adoptado por la Asamblea sigue el criterio “wei-wen”, una expresión compuesta por dos vocablos que resumen todo un programa político: “preservar-estabilidad”, una fórmula que, como explica Willy Lam en el Asia Times Online, “engloba el mantenimiento del orden, la represión de la disidencia y la vigilancia de la población”. El objetivo estratégico no ha cambiado desde 1989: “Siempre más dinero para el control de las masas”. El plan cuida todos los sectores de la economía relacionados con la estabilidad social: los alimentos de primera necesidad, el control de la inflación o las discrepancias geográficas o sociales en el ritmo de desarrollo.

Los regímenes caídos de Egipto y Túnez poco se parecen al de China, cuya columna vertebral es el PCCh, una estructura mastodóntica atravesada por la corrupción, pero económicamente eficaz y sometida a los enrevesados equilibrios de una dirección colectiva que difunde e impulsa el poder político hasta los rincones más apartados. Si los jóvenes tunecinos y egipcios protagonizaron unas revueltas del pan en su versión electrónica, espoleados por unas perspectivas de futuro harto sombrías, la juventud china participa de la creciente prosperidad, se enorgullece de las conquistas de su país y abriga el sentimiento de que la riqueza está a su alcance.

El poder chino está persuadido de su legitimidad histórica y no vacilará en emplear la violencia frente a los que meramente desean su apertura o so evolución pacífica. La seguridad constituye el primer motivo de inquietud y la condición primera para mantener el crecimiento y la cohesión de un país históricamente debilitado por las tensiones periféricas. Adeptos tanto del capitalismo como de un materialismo blindado, los dirigentes del PCCh, aunque encarnan la segunda generación después de la matanza de Tiananmen, han entronizado a Confucio (la sociedad por encima de los individuos) y están más preocupados por reforzar los poderes del aparato estatal que por facilitar la iniciativa de los ciudadanos.

El presidente Hu Jintao y el resto de la dirección colectiva, que en 2012 deberán entregar el testigo a una nueva generación, tienen siempre presente el fantasma del fracaso de Mijail Gorbachov, el líder desafortunado que, según ellos, cometió el gravísimo error de anteponer la reforma política a la urgente corrección de los desequilibrios y bloqueos económico-sociales que finalmente destruyeron el sistema soviético (demasiada glasnot y poca perestroika). La libertad con los almacenes vacíos desembocó, a corto plazo, en el caos y la dimisión del Estado que se creía eterno.

Quien no quiera perder toda la esperanza, como en el infierno de Dante, puede leer con provecho los escritos de Liu Xiaobo, premio Nobel de la Paz 2010, que acaban de ser publicados en Francia con el título La philosophie du porc et autres essais (La filosofía del cerdo y otros ensayos), editado por Gallimard con prólogo del que fue disidente checo Vaclav Havel.

Liu Xiaobo no se muestra muy optimista, pues estima que el sistema político despótico no será reformable si antes no se fortaleza una sociedad menos conformista. Y concluye: “En suma, la vía de China hacia la libertad debe apoyarse sobre todo en un movimiento de abajo hacia arriba, impulsando una evolución gradual, porque es muy difícil de esperar una revolución de arriba abajo.” El ensayo a que pertenece este párrafo, titulado “Cambiar el poder cambiando la sociedad”, ha sido reproducido por el Courrier International (número 1064).

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