Posteado por: M | 3 abril 2011

La dictadura de Siria se enroca y dispara

En su primera aparición pública televisada desde que comenzaron las protestas, el presidente sirio, Bachar el Asad, en vez de anunciar algunas reformas y el fin de la represión, adoptó un tono belicoso y desafiante contra los manifestantes, a los que advirtió de que estaban siendo manipulados por una “conspiración extranjera” cuyo objetivo es “la fragmentación de Siria, la destrucción de Siria como nación, para fortalecer los designios israelíes”.  Desde la tribuna del Parlamento, máxima expresión de la oligarquía dominante y obsecuente, el dictador de Damasco amenazó con más duelos y quebrantos en “una batalla que estamos dispuestos a librar”, mientras los sicofantes le aclamaban (30 de marzo).

Probablemente escarmentado por los ejemplos de Túnez y Egipto, cuyos presidentes cayeron bajo la presión de la calle, de la cólera de los opositores y la neutralidad del ejército, Asad  pensó que cualquier respuesta positiva ante las demandas populares sería una concesión degradante que abriría la puerta para nuevas demandas. Por eso, insistió en la mano dura y las vagas promesas. Su actitud no fue la de un líder acorralado, como Ben Alí o Mubarak, sino la del jefe de un régimen de una extrema rigidez, de una larga historia siniestra, en un país que es un mosaico de casi imposible cohesión, en el que las tensiones interétnicas podrían convertirse rápidamente en un pandemónium.

El presidente Asad no ofreció ninguna reforma concreta ni novedad alguna. Apenas la creación de un comité de estudio sobre el estado de excepción vigente desde 1963, coraza del régimen. Piensa, erróneamente, que las gastadas triquiñuelas retóricas de “la hipocresía occidental y la arrogancia israelí” pueden seguir mitigando o aplazando las necesidades del pueblo o distrayendo a los ciudadanos de los innumerables flagelos del régimen: la corrupción generalizada y rapaz, la violencia constante, la incuria administrativa, la ausencia brutal de perspectivas y la frustración de la juventud. Un panorama tan sombrío como en otros países árabes que el dictador ya no puede camuflar con los grafitos de la charlatanería antisionista. Asad se quedó sin alternativa para la represión feroz. No sabe hacer otra cosa que enrocarse y disparar contra su pueblo.

Hay dudas sobre la verdadera idiosincrasia de Bachar el Asad. Unos creen que es un modernizador frustrado, estrechamente vigilado por la vieja guardia esclerótica que acompañó a su padre durante los 30 años de crudelísima satrapía (1970-2000), y otros suponen que se ha convertido en la fotocopia desvaída de su progenitor. En cualquier caso, ningún indicio permite suponer que el dictador esté dispuesto a emprender una revolución contra la casta que lo rodea y probablemente lo coarta.

Antes al contrario, Asad (hijo) conoce muy bien las tensiones y los riesgos de la reforma, pero sin duda alguna prefiere la seguridad y el gran garrote. No dudó en aplastar un naciente movimiento democrático que en 2001 empezó a criticar moderadamente el legado de estancamiento económico e inmovilismo político que heredó de su padre. Las cárceles se llenaron de disidentes que apenas habían tenido la oportunidad de expresarse.

La misma secretaria de Estado, Hillary Clinton, lo llamó “reformador” luego de las primeras escaramuzas callejeras tras la caída de Mubarak, pero el 29 de marzo, en una conferencia de prensa en Londres, pronunció “una dura condena de la brutal represión del gobierno sirio contra los manifestantes”. La secretaria de Estado recordó las entrevistas de su marido son Asad (padre), que abrieron expectativas pero no sirvieron para nada, y se olvidó de los informes de la ONU y la simple lógica sitúan en el palacio de Asad (hijo) al inspirador del asesinato del primer ministro libanés en 2005.

El Baas o el nacionalismo árabe laico

Bachar el Asad, educado en Londres, oftalmólogo de profesión, adquirió por herencia en el 2000 una de las dictaduras más longevas, la de su padre, el general Hafez el Asad, que llegó al poder en 1970, mediante un golpe de Estado incruento dentro del mismo régimen del partido Baas (Resurrección), panarabista y laico, primera organización del nacionalismo árabe moderno. Fundado en Damasco en 1943, con mucha influencia entre los militares, el Baas propugnó la unificación de todos los pueblos árabes en una sola nación, y a partir de 1953, quizá por efecto de la guerra fría, predicó un socialismo árabe de contornos muy difusos y militaristas, soviético en sus estructuras despóticas, que se extendió por toda la región y patrocinó la efímera República Árabe Unida (RAU), de 1958 a 1961.

Los políticos y los jóvenes oficiales del Baas, encabezados por uno de los fundadores del partido y su principal ideólogo, el cristiano greco-ortodoxo Michel Aflaq (1910-1989), se hicieron con el poder en Damasco mediante un golpe de Estado militar, en 1963, remedando lo ocurrido en El Cairo once años antes. Pero ante las continuas luchas intestinas dentro del partido, los militares acabaron por eliminar a los civiles y consolidaron una dictadura castrense en la que el general Asad, a la sazón ministro de Defensa, ocupó la presidencia en 1970.

Reservado, enigmático, sagaz y calculador, cliente y aliado de la URSS en las batallas de la guerra fría, aunque teórico defensor del neutralismo, Hafez el Asad, al que sus adversarios vituperaban como “el carnicero de Damasco”, tuvo más fortuna como peón soviético en el tablero del Oriente Próximo y como dictador gélido y sangriento contra su pueblo que por dos veces en los campos de batalla contra Israel.

Siria perdió los altos del Golán (1.250 kms. cuadrados de altiplanicie), de gran importancia acuífera, en la guerra de los seis días contra Israel (junio de 1967), cuando Asad era ministro de Defensa, y no pudo recuperarlos en la de octubre de 1973, cuando ya era presidente vitalicio. Con el tiempo, Damasco se convirtió en el punto de referencia de todos los grupos de resistencia o terrorismo contra Israel, pero su impotencia militar no escapa ahora a las denuncias de los manifestantes que increpan al hijo por la pérdida territorial.

En realidad, en vez de prepararse para luchar contra Israel, desde 1976 las tropas sirias intervinieron en la guerra civil del Líbano, donde establecieron un protectorado de facto hasta su retirada en 2005, tras la revuelta popular antisiria que siguió al asesinato del ex primer ministro libanés, Hafiz Hariri, y la crisis internacional subsiguiente. Los libaneses estaban persuadidos de que el crimen había sido urdido en Damasco. Los últimos soldados sirios abandonaron el Líbano el 26 de abril de 2005, tras 29 años de ocupación, y los libaneses que había participado en “la revolución del cedro” asistieron estupefactos en pocos días al hundimiento dramático y acelerado del “montaje libio” que se creía inamovible.

El Consejo de Seguridad de la ONU solicitó un informe sobre “las causas y consecuencias del atentado” que causó la muerte a Hariri y otras 19 personas, el 14 de febrero de 2005 en Beirut. La misión investigadora remitió su informe a Kofi Annan, en el que claramente sugería que el atentado había sido teledirigido desde Damasco con la colaboración del Hizbolá (Partido de Dios) libanés. El juicio de los sospechosos por parte del Tribunal Penal Internacional sigue suscitando una enconada controversia entre las fuerzas políticas libanesas.

Henry Kissinger obtuvo un éxito relativo en la preparación del terreno para la negociación egipcio-israelí que concluyó en Camp David (1978), ya durante la presidencia de Jimmy Carter, y se concretó en un tratado de paz (1979) y la devolución a Egipto de toda la península del Sinaí. Pero sus contactos con el presidente sirio fueron tormentosos y desalentadores, como reconoció en sus memorias.

En vez de seguir los pasos del egipcio Anuar el Sadat, el sirio Asad se presentó como el símbolo de la resistencia contra Estados Unidos e Israel dentro del mundo árabe, aunque sólo consiguió que el Parlamento Israelí proclamara la anexión del Golán (diciembre de 1981), lo que hace más difícil su devolución. Fue un superviviente de todas las derrotas y desventuras geopolíticas en la zona. En 1981 firmó un tratado de amistad y cooperación con  la URSS para construir una gran presa en el Éufrates, tras llegar a un acuerdo con Turquía. Al desmoronarse la cooperación con Moscú, criticó acerbamente a Mijail Gorbachov, al que acusó de haber dilapidado los fundamentos de su poder.

Treinta años de terror

Durante toda la duración del régimen baasista-presidencialista, Damasco fue el refugio de diversas organizaciones terroristas como Abu Nidal, Septiembre Negro y Abu Musa, vinculadas teóricamente a la resistencia palestina. Según el departamento de Estado norteamericano, esas organizaciones estuvieron implicadas en más de 50 atentados que causaron más de 500 muertos en los años 1983-1986. En la actualidad, la capital siria sigue albergando la retaguardia de grupos que Occidente considera terroristas como Hamás o la Yihad Islámica. A su vez, la alianza entre Damasco y Teherán origina quebraderos de cabeza y múltiples conjeturas en la diplomacia norteamericana.

Su régimen fue tan duradero como brutal e implacable, y acabó empantanado entre la corrupción, el aislamiento internacional y el espantajo de la lucha contra Israel para justificar el mantenimiento del estado de excepción. Para perpetuarse en el poder, la camarilla cívico-militar que rodeaba a Asad, integrada principalmente por los alauíes (una disidencia del chiismo), tan sólo el 12 % de la población, supo explotar sin escrúpulos las divisiones étnicas (árabes, kurdos, circasianos, armenios, asirios) y religiosas (mayoría suní, alauíes, diversas confesiones cristianas y drusos) de la población. Una abigarrada mezcla de etnias y credos, más enrevesada que la de Iraq y potencialmente explosiva.

El régimen sirio se mantiene por una estrecha alianza entre la compacta minoría alauí, hegemónica en el clan militar y las fuerzas de seguridad, y la élite suní (confesión de casi el 40 % de la población), que controla vida económica y cultural. El protagonismo militar de los alauíes se debe a la acción del colonizador francés (1920-1946), que formó un ejército autóctono que se nutría de las minorías étnicas y religiosas para hacer frente al nacionalismo incipiente impulsado por la mayoría suní. Mientras esos dos grupos mantengan su alianza, será difícil que fragüe una oposición capaz de presentar una alternativa nacional e impulsar un cambio genuino.

El régimen de Asad se embarcó en una lucha feroz contra la sucursal siria de la Hermandad Musulmana de Egipto, principal movimiento del fundamentalismo islámico. En 1980, una gran matanza de presos islamistas se produjo en Tadmor (conocida por Palmira en Occidente), donde más de 1.000 fueron asesinados en una de las más siniestras prisiones del régimen, y enterrados en fosas comunes. En febrero de 1982, el ejército de Asad ahogó en sangre un levantamiento de los islamistas contra la opresión. Los militares asesinaron a unas 20.000 personas en Hana, plaza fuerte del integrismo, utilizando tanques y artillería, y la ciudad quedó prácticamente destruida.

Según el informe titulado Years of Fear (Años de terror), publicado en Washington el 10 de junio de 2010, y del que se hizo eco el periodista británico Robert Fisk, uno de los más reputados analistas del mundo árabe, más de 17.000 sirios murieron víctimas de la represión durante los 30 años de dictadura de Asad (1970-2000). El documento contiene relatos escalofriantes sobre el calvario de las víctimas y la vana espera de los familiares de los miles de desaparecidos en los años 80 del pasado siglo.

Poco antes de su muerte, a finales de marzo de 2000, Asad se entrevistó con el presidente Bill Clinton en terreno neutral, en Ginebra. Estuvieron a punto de lograr un acuerdo de paz sobre el Golán, pero fracasó en el último minuto. El obstáculo insuperable fue el agua: una estrecha franja costera de 10 metros de anchura a la que descienden los acuíferos desde la altiplanicie hasta el mar de Galilea o lago Tiberíades, que Damasco reivindica porque estuvo bajo su dominio desde la guerra de 1948 a la de 1967, pero que Israel no le reconoce porque no estaba dentro de la frontera de 1923, cuando se estableció el mandato francés. Un embrollo jurídico, además de estratégico, por la cuestión de las agua del río Jordán, capital para Israel.

Gobernar desde la tumba

El ascenso de Bachar el Asad y su conversión en presidente de Siria a la muerte de su padre (2000) constituyeron un fenómeno extraordinario, sin precedentes en el mundo árabe, de cómo una república autoproclamada laica y socialista se convirtió en una institución hereditaria. Las promesas de modernización y apertura muy pronto fueron sustituidas por la misma represión de antes y el culto delirante de la personalidad tanto del presidente como de su esposa, Asma el Asad, nacida en Londres de padres sirios, educada en el King´s College y empleada del banco norteamericano JP Morgan antes de casarse.

Sus adversarios aseguran que Bachar, en una reunión del partido dominante Baas, reafirmó su programa continuista: “Hafez el Asad gobierna Siria desde su tumba”, una especie de promesa o de amenaza macabra de seguir por el mismo camino. Lo cierto, en todo caso, es que el presidente no retrocedió después de la carnicería de Deraa, la ciudad meridional donde las tropas dispararon contra los civiles desarmados en la manifestación del 24 de marzo y atacaron la mezquita, sombrando la muerte dentro de sus muros. Desde que comenzaron las manifestaciones, el 2 de febrero, en apoyo de los opositores egipcios, hasta principios de abril, diversas fuentes médicas y oficiosas cifraron en más de 150 las víctimas mortales de la represión.

Un periódico de El Cairo, Al Shuruq (Amanecer), describió sucintamente la naturaleza del régimen y las reacciones que suscita: “Los servicios de seguridad oficiales y no oficiales del partido dirigente [Baas], sus sindicatos y sus organizaciones populares han contribuido colectivamente a instaurar una cultura de la boca cosida, acusando de traición a cualquiera que no participe en la veneración de las iniciativas de la dirección ilustrada, por muy corrompida y represiva que sea.” Es decir, la dictadura ideológica del partido único, una reminiscencia del sistema soviético, ¡por fin adaptado a la mentalidad árabe!

Las primeras manifestaciones de protestas no alcanzaron en Damasco (14-15 de marzo) la dimensión que en otras capitales árabes, quizá porque las fuerzas especiales de la policía estuvieron dispuestas desde el primer momento a disparar contra los civiles. Después de varios días de luto y cortejos fúnebres, el 25 de marzo no fue el día de la ira que esperaba la oposición. Las mezquitas estuvieron repletas de gente, pero los imanes pronunciaron sermones en pro de la unidad, no de la revuelta, y los manifestantes no tomaron las calles de las ciudades. Damasco se mantuvo en calma tensa, y en Deraa, el lugar del martirio, prevaleció un silencio sepulcral.

Pocas semejanzas con Túnez y Egipto

Nada semejante en la capital siria al optimismo y la tenacidad de las muchedumbres reunidas en la plaza Tahrir en El Cairo, en presencia de las cámaras de televisión de todo el mundo, en los días que precedieron a la caída de Mubarak. En Siria, los periodistas extranjeros, en la frontera, sin poder entrar, y la policía demostrando su brutalidad habitual. La impresión dominante, incluso entre los opositores del exterior, es que el nuevo levantamiento árabe, desde Túnez al golfo Pérsico, podría detenerse ante las murallas del régimen sirio.

Dentro del enrevesado mundo árabe-musulmán, causas internas y externas de hondo calado explican la menor virulencia de las protestas en Siria, a pesar de que a pesar de que el grueso de sus 22 millones de habitantes sufre la misma situación social e incluso peor que la de tunecinos y egipcios. El despotismo familiar, la corrupción, el desempleo asombroso entre los jóvenes y la pobreza indignante –el 40 % de la población vive con menos de dos dólares diarios—no son suficientes para desencadenar un movimiento irresistible si la dictadura utiliza todo su arsenal de resistencia y opresión, o si amenaza con abrir las puertas del infierno.

Ya me he referido a la balcanización étnico-religiosa como un freno para la agitación contra el despotismo. Todos los sectores bien situados temen una revisión del sistema de reparto de las prebendas que podría tener consecuencias tan caóticas como en Iraq. El partido Baas, pese a su retórica panarabista, tanto en el Iraq de Sadam Husein como en la Siria actual, no fue ni es otra cosa que una dispensa intelectual o ideológica, un instrumento para perpetuar las divisiones tribales y la opresión de una camarilla dictatorial.

Pero probablemente lo más característico del régimen sirio es que las fuerzas armadas, al contrario de lo ocurrido en Egipto y Túnez, no han vacilado en seguir ciegamente las instrucciones del déspota y sus corifeos, disparando contra las multitudes indefensas desde que el 18 de marzo comenzaron  las protestas. El régimen de Bachar al Asad guarda más similitudes con el de Sadam Husein, ambos dominados por el partido Baas.

El factor estratégico, empezando por la extraña complacencia de algunos sectores de la Administración de Obama, explica en gran medida la supervivencia de un régimen tan execrable como el de Damasco. Basta mirar en un mapa las fronteras con Israel, Líbano, Iraq, Jordania y Turquía para darse cuenta de hasta qué punto Siria aparece involucrada en todos los conflictos regionales. El estallido de la caldera siria tendría repercusiones inmediatas y desestabilizadoras en Jordania, el Líbano y probablemente Iraq.

Por su oposición frontal a EE UU e Israel, el régimen de Siria goza de una especie de legitimidad nacionalista entre los árabes, reforzada por su respaldo de Hizbolá en el Líbano y Hamás en la franja de Gaza, ambos movimientos militarizados y aureolados por su confrontación con el imperialismo. Tanto Mubarak como Ben Alí, por el contrario, aparecían en el imaginario popular árabe y en la falacia ideológica como meros peones o colaboradores de EE UU y, en último extremo, de Israel.

Ante las demandas crecientes de democracia y progreso, el déspota de Damasco se protege al presentarse como el último resistente contra Israel, aunque no haya movido un dedo en los altos del Golán desde 1973. En unas declaraciones al Wall Street Journal, cuando ya la sangre de los nuevos mártires corría por las naves de la mezquita de Deraa, el presidente Asad señaló que la situación de Siria era muy distinta a la de Túnez o Egipto por figurar en el frente de resistencia frente a EE UU e Israel.

Esa fachada de resistencia, sin embargo, no convence a todo el mundo. “Asad es el dictador árabe favorito de Israel”, titulaba el periódico Haaretz, de Tel Aviv, un punzante comentario de Salman Masalha. Los israelíes no contagiados por la ola de nacionalismo militarista sostienen que la militancia islamista de Hamás e Hizbolá, ambos movimientos pendientes de los favores de Damasco, sólo contribuye a dar fáciles argumentos al gobierno y una opinión pública de Israel que se encuentran virtualmente secuestrados por los colonos y la extrema derecha. En resumen: cuanto más indecente y vociferante sea un gobierno árabe, menos riesgos para Israel.

Washington vacila entre la negociación y el lazareto, quizá porque sigue reflexionando sobre la compleja red de connivencias regionales que convergen en la capital siria. O porque sigue obnubilado por el fetichismo de la estabilidad, del statu quo a cualquier precio. Tras llegar al poder, el presidente Obama abandonó por completo la hostilidad y las sanciones que su predecesor, George W. Bush, había mantenido invariables. En aplicación de la estrategia de “parlamentar con el enemigo”, la Casa Blanca creyó que Damasco podría serle de utilidad en su objetivo de culminar el proceso de paz palestino-israelí.

El resultado de esa revisión política parece desalentador. Ningún progreso en Palestina, mientras Hizbolá se fortalece en el Líbano y Hamás en Gaza. Tampoco puede decirse que Siria haya disminuido su cooperación con Irán, que sigue adelante con su programa nuclear. Asad demostró con centenares de cadáveres que no es un reformador, como creía Clinton, sino que preside un régimen más represivo que los de Ben Alí o Mubarak. La contradicción es flagrante entre la pretensión estadounidense de acompañar las revueltas árabes para alentar la democracia y la aparente ceguera ante lo que ocurre dentro de Siria.

Empiezan a abrirse paso en Washington algunas reflexiones sobre la inconveniencia de cortejar a un déspota como Asad, pero no parece que Obama haya encontrado aún el camino de Damasco para iniciar una rectificación que pondría en tela de juicio la estrategia del engagement, de los contactos e incluso la negociación con regímenes que antes estuvieron situados en el eje del mal. Los críticos de Obama tiran con balas de grueso calibre, como Elliot Abrams: “El régimen de Asad hizo de Siria el corredor para que terroristas de todo el mundo entraran en Iraq a combatir y asesinar americanos.”

No sabemos si Asad prevalecerá una vez más sobre la sangre de sus compatriotas, por estar en el centro de la caldera en ebullición del Oriente Próximo, o si finalmente será arrastrado por las innumerables víctimas y sometido al juicio del Tribunal Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad. O al menos alejado de su pueblo por el exilio. ¿Por qué se interviene en Libia y no en Siria?, se preguntan los ingenuos. En todo caso, lo más deplorable en la evolución de los acontecimientos sería que las revueltas árabes y las esperanzas que transportan quedaran detenidas a las puertas de Damasco.

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