Posteado por: M | 6 abril 2011

Los islamistas en la tormenta

Dado el carácter hegemónico, público y omnipresente de la religión musulmana en las sociedades árabes, no resulta fácil distinguir entre la piedad generalizada y popular de los manifestantes, que frena o impulsa, unifica y somete a las multitudes durante el rezo cotidiano, y la actividad de los predicadores y agentes del islam político, cuyo objetivo es anticipar el reino de Dios a través de una comunidad universal regida por la sharia (ley islámica). Cuatro meses después de que el levantamiento estallara en Túnez y se propagara como reguero de pólvora, aún no está claro cuál fue el papel desempeñado por los islamistas, aunque conocemos algunas interpretaciones interesadas y probablemente falaces de lo ocurrido. Tampoco sabemos aún si las revueltas, con su anhelo espontáneo de justicia y libertad, entrañan el declive de los islamistas o si, por el contrario, favorecerán su fortalecimiento ideológico y su avance social. Parece evidente, sin embargo, que los islamistas no estuvieron en el origen de la tormenta, ni la orientaron, ni la manipularon en ningún momento.

Algunos de los regímenes caídos o acosados, como los de Egipto, Argelia, Túnez y Yemen, se valoraban ante sus aliados y protectores occidentales como garantes de la estabilidad frente al radicalismo islámico, el último dique de contención de la riada de Al Qaeda y sus secuaces. Así funcionó, al menos, desde el seísmo del 11 de septiembre de 2001 que derribó las Torres Gemelas de Nueva York. También resulta significativo que el contenido de la protesta y su retórica, el nervio narrativo de las protestas escapó por completo de las consignas típicamente islamistas –el islam como solución para todos los problemas— y adoptó un lenguaje inspirado por la reclamación de los derechos humanos y la democracia, por las ansias de libertad y justicia, y no por el imperativo de la construcción de la ciudad celestial. Rompiendo con la tradición del agravio, Occidente e Israel no fueron los destinatarios principales e ideológicos de la cólera popular, ni los chivos expiatorios de las aflicciones.

La religión estuvo presente en la plaza de Tahrir, como no podía ser de otra manera; pero los manifestantes exigieron la democracia en vez de un régimen teocrático. El Cairo de febrero-marzo de 2011 nunca se pareció al Teherán del imán Jomeini en 1979. El mismo vocabulario prodemocrático en Bahréin, pese a que los manifestantes eran mayoritariamente chiíes en sintonía espiritual con sus hermanos de Irán. En los primeros días de la revuelta egipcia, los Hermanos Musulmanes, la fuerza política mejor estructurada y más poderosa, mantuvieron una actitud prudente, como si temieran dilapidar las ventajas y la tolerancia de que disfrutaban con Hosni Mubarak.

Ante el tumulto de las masas árabes, los islamistas fueron divididos una vez más por algunos analistas occidentales en radicales y moderados, coincidentes en los fines del Estado islámico, pero aparentemente discrepantes en cuanto a los métodos. El arabista y politólogo francés Gilles Kepel sugirió incluso que la situación en Egipto podría conocer una evolución en el estilo de Turquía, donde el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), de orientación islamista, logró mantener a los militares en los cuarteles y preservar la democracia, aunque no cejó en su empeño de reislamización de la sociedad, según “la agenda oculta” que denuncian los defensores del laicismo.

En la misma dirección voluntarista, que considera irrelevante la actividad de las redes de Al Qaeda durante las revueltas populares, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, llegó a proclamar que “el éxito de las protestas pacíficas había desacreditado a los extremistas”. Pero otros sectores de opinión, así en EE UU como en Europa, expresaron el temor de que la agitación en el mundo árabe acabe por funcionar como el caballo de Troya del islamismo radical.

El pronóstico más balsámico en Occidente, que convierte a los Hermanos Musulmanes en una organización protodemocrática, está sometido a los embates de una realidad compleja y con frecuencia contradictoria. Una vez repuestos de la sorpresa inicial, sin embargo, los grupos islamistas trataron de subirse en marcha al tren de los cambios, de recuperar el empuje de las asambleas populares, y ofrecieron interpretaciones divergentes, según los países, llevando el agua a sus respectivos molinos.

El egipcio Ayman al-Zawahiri, lugarteniente de Osama Bin Laden, en una alocución grabada, alabó la gesta de sus compatriotas, al derribar a Mubarak, y señaló sus causas: burlar a Estados Unidos, rechazar la democracia y abrazar el islam como panacea para todos los males. En opinión de este ideólogo de Al Qaeda, la decisión de Washington de retirar su apoyo a Mubarak y otros dictadores era “una consecuencia directa” de los atentados del 11 de septiembre de 2001, bautizo de sangre y fuego de la yihad (guerra santa) universal.

Otro de los más ardientes predicadores, el clérigo Anuar al-Aulaki, en la edición inglesa de Inspire, portavoz de Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), en un ensayo titulado El tsunami del cambio, anunció a mediados de marzo que “los muyahidines [combatientes] de todo el mundo están viviendo un momento de júbilo”. Y añadió que los analistas occidentales andaban bastante despistados “al no darse cuenta del papel desempeñado por los guerrilleros del islam en Egipto, Túnez, Libia, Yemen, Arabia, Argelia y Marruecos”.

Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) inspira si es que no dirige desde que comenzó la revuelta contra el presidente de Yemen, Alí Abdalá Saleh, protegido por los norteamericanos en la lucha contra el terrorismo, lo que explica tanto las vacilaciones de Washington como la dureza de la represión y los obstáculos para encontrar una salida. El partido islamista Congregación Islámica para la Reforma o Al-Islah (reforma en árabe) está representado en el parlamento de Saná y cuenta con el respaldo de parte de la clerecía.

En opinión de Aulaki, los dirigentes occidentales se sienten “confusos, preocupados e infelices por la caída de algunos de sus más estrechos y fiables amigos” en el mundo árabe. “El desenlace no tiene que ser necesariamente un gobierno islámico para que consideremos lo ocurrido como un primer paso en la dirección correcta –escribió precavidamente— porque se han roto las cadenas del miedo que protegían los intereses imperiales de EE UU.”

En general, los propagandistas de Al Qaeda se refieren a las revueltas populares en los países árabes como “una oportunidad” para sus designios. “¿Una oportunidad de oro?”, se pregunta el semanario británico The Economist. Yusuf al-Qaradaui, también egipcio, el sermoneador más famoso de la cadena de televisión Al Yazira, no sólo jaleó a los manifestantes, sino que emitió una fatua (sentencia de una autoridad religiosa del islam) prometiendo el paraíso a cualquier musulmán que mate al coronel Gadafi.

La cuestión del islamismo radical, que apenas se planteó durante el levantamiento egipcio, fue motivo de preocupación en Libia desde el primer momento, cuando los servicios secretos norteamericanos y británicos advirtieron de que algunos elementos que estaban o habían estado vinculados a Al Qaeda formaban parte del Consejo Nacional de la oposición instalado en Bengasi, plaza fuerte tradicional del radicalismo islámico. La lucha tribal y el caos puede conformar el escenario más propicio para que Al Qaeda se infiltre y acabe por prevalecer.

Varias informaciones de difícil confirmación, pero recogidas por las agencias internacionales, señalaron que la rebelión libia estaba sirviendo para que el grupo de Al Qaeda en el Magreb (AQM), que opera desde varios países al sur del Sáhara, consiga rearmarse incluso con misiles tierra-aire de fabricación rusa del modelo Strela (Sam-7 en la terminología de la OTAN). Las autoridades argelinas y marroquíes estaban muy interesadas en propalar la información.

Cuando Gadafi proclamó en su defensa que la rebelión era consecuencia de “una conspiración de Al Qaeda”, algunos grupos islamistas se felicitaron inmediatamente por la intervención militar de la OTAN. Abdel Hakim al-Hisadi, comandante de los rebeldes libios, estuvo como instructor en un campo de Afganistán y ahora declara en Bengasi, según recogen varios periódicos occidentales, que “ha cambiado nuestra forma de mirar a Occidente, porque ha salvado a nuestro pueblo y tenemos que darle las gracias”. Declaraciones, desde luego, que hay que interpretar con la máxima cautela.

Antes de que Gadafi rompiera con el terrorismo en aras de la respetabilidad y la acomodación con Occidente, en Libia habían existido varios campos de entrenamiento para los combatientes de la guerra santa que luego marchaban a Irak o Afganistán. El Grupo Combatiente Islámico Libio llegó a dirigir una guerrilla contra el régimen libio en las montañas de Darna, ciudad al noreste de Bengasi, ahora ha adoptado el nombre de Movimiento Islámico de Libia y apoya a los rebeldes. Uno de los mandamases más notorios es Sufian Bin Qumu, que formó parte del séquito de Osama Bin Laden en Sudán, pasó seis años preso en Guantánamo y ahora, desde la Cirenaica, proclama a los cuatro vientos que los bombardeos de la OTAN son “una bendición”.

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