Posteado por: M | 10 abril 2011

De Libia a Bahréin y Siria, el doble rasero, la hipocresía y la farsa

Desde antes de que estallara, y debido principalmente a las vacilaciones de Washington, la intervención militar en Libia planteaba demasiados problemas, algunos de casi imposible resolución, de modo que, casi un mes después de que el 19 de marzo comenzaran los bombardeos de los aviones franceses, la situación ha desembocado en un peligroso callejón sin salida. La sangre sigue corriendo en las tierras árabes, en Siria, Bahréin, Yemen y hasta en la mítica plaza de Tahrir de El Cairo, pero los aviones occidentales y los más ardoroso defensores del intervencionismo humanitario planean exclusivamente sobre Libia y lo hacen sin mucha convicción. La llamada comunidad internacional invoca el idealismo pero ejerce con descaro el criterio del doble rasero, de la parcialidad, según los intereses de los que participan en las operaciones.

El coronel Gadafi, pese a las defecciones, está atrincherado en Trípoli mientras sus fieles esbirros, con blindados y artillería pesada, utilizan como escudo a la población civil o avanzan sembrando el pánico para mantener la amenaza de que algún día reconquistarán Bengasi. Los rebeldes confirman su incapacidad para convertir el caos tribal en una fuerza militar creíble. EE UU está en franca retirada, y la OTAN, dividida por una guerra cuyo objetivo final resulta inescrutable o inconfesable. Francia y Gran Bretaña maniobran para mantener la presión aérea sin atreverse a desbordar los límites estrictos del mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, sin duda por temor a que el simulacro de guerra se transforme en una conflagración de verdad.

Aunque fue un halcón charlatán, rodeado de neoconservadores, que cometió errores de bulto en la planificación de la guerra y, sobre todo, de la posguerra en Iraq, Donald Rumsfeld, secretario de Defensa durante la Administración de George W. Bush (2001-2006), codificó unos principios de actuación para aplicar por el Pentágono en caso de conflicto, y el más conocido lo enunció así: “Cuando se inicia una operación militar, la misión debe determinar la coalición, y jamás al revés.” Parece razonable en todos los órdenes: primero se señala el objetivo; después se alinean las fuerzas que están dispuestas para alcanzarlo. En Libia se hizo al revés.

Preguntado por el semanario alemán Der Spiegel a propósito de Libia, Rumsfeld declaró a principios de abril: “EE UU no articuló claramente una misión. Comenzamos por formar una coalición y ésta, a su vez, determinó la misión. Los miembros de la coalición expresaron sus preocupaciones humanitarias, pero mientras persista la ambigüedad sobre si Gadafi debe quedarse o abandonar el poder, proseguirá la carnicería. Desde un punto de vista estrictamente humanitario, la ambigüedad es dañina, y puede de hecho ser letal (…). Mientras no quede claro que tratamos de derrocar a Gadafi, el gobierno, los militares y los diplomáticos libios se mantendrán a su lado.”

De manera preventiva o para eludir males mayores que reputa inevitables, la Administración de Obama, acuciada por los problemas presupuestarios y el estrés de los ejércitos, se ha quitado de en medio. Los aviones norteamericanos A-10 y AC-130, los únicos que pueden volar a baja altura para castigar a las tropas de Gadafi, sin producir daños colaterales, han sido retirados del teatro de operaciones. Así se ahorra dinero y se obedece otro de los principios estratégicos del Pentágono: no colocar las tropas estadounidenses bajo un mando extranjero, aunque sea de la OTAN. Según la Casa Blanca corresponde a los europeos poner toda la carne en el asador, que es una manera de incitarlos a mostrarse menos renuentes en Afganistán.

Una hermosa lección desde Varsovia

La coalición europea improvisa y tergiversa, además de estar profundamente dividida. Incapaz de proteger efectivamente a los civiles –objetivo primordial teórico de la intervención–, como demuestra la agonía de la resistencia en Misrata, discute sobre el destino de Gadafi, aunque éste sigue lejos de su alcance, o trata de acallar las protestas de Turquía, el socio de la OTAN que fue arrastrado a la intervención para preservar la falacia de la unanimidad. La coalición condiciona la misión y puede conducirla al fiasco.

Ante los representantes de los principales periódicos europeos, el primer ministro de Polonia, Donald Tusk, denunció el 9 de abril el doble rasero y, sobre todo, “la hipocresía de la Unión Europea” sobre la intervención militar en Libia. Y añadió: “He planteado la cuestión en Bruselas: ¿Está la Unión Europea dispuesta a defender los derechos humanos en todos los sitios donde son violados?” El primer ministro polaco señala los casos de Sudán y Costa de Marfil, pero resulta inevitable añadir los de Bahréin, Siria y Yemen. ¿Por qué Europa no recrimina a los hermanos Castro que se quiten de encima a los disidentes enviándolos a España?

En cuanto a la hipocresía, considera Donald Tusk que el duro reproche debe aplicarse a toda Europa: “Cuando se utiliza la fuerza militar en nombre de los derechos humanos, uno se obliga a utilizarla en todos sitios. Es preciso evitar los dos pesos, las dos medidas, la idea de que la Unión Europea sólo intervendrá cuando estén en juego los intereses petroleros. Si se quiere proteger a las personas contra las represiones, los dictadores, las prisiones, las torturas, esa norma debe tener un carácter universal y no aplicarse sólo cuando es cómodo, fácil, provechoso.”

Una hermosa lección procedente de Varsovia, donde, como es sabido, los invasores y ocupantes de muy diversos signo cometían asesinatos masivos y además arrojaban por el balcón el piano de Chopin.

Una intervención selectiva

La intervención en Libia tiene un carácter claramente selectivo, que pone sordina a las tensiones entre legitimidad y legalidad, pero no a la incongruencia del doble rasero. Fue autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU, en aplicación del principio de “La responsabilidad de proteger”, una mera recomendación de la Asamblea General de 1995 sin carácter coercitivo que choca frontalmente con los principios generales de la Carta fundacional (26 de junio de 1945), levantada sobre dos pilares – la seguridad colectiva y la no injerencia en los asuntos internos de los Estados miembros salvo amenaza para la paz mundial–, pero ajena por completo al llamado derecho humanitario surgido después de la caída del muro (1989) y al generalizarse la exhibición del espanto.

El Consejo de Seguridad aprobó la resolución contra Gadafi no porque éste fuera el más terrible de los déspotas, sino porque era el eslabón más débil de la cadena árabe-islámica ene momentos de convulsión, se había quedado prácticamente sin protector y sin amigos –salvo algunos dictadores latinoamericanos— e incluso había merecido la repulsa de la muy conformista Liga Árabe y el muy conservador Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) que agrupa a todas las monarquías petroleras. Ni Rusia ni China tenían intereses en Libia ni estaban dispuestas a cargar con el oprobio del veto que las hubiera colocado en el punto de mira de una cólera árabe de alcance imprevisible.

No se trata sólo de una cuestión de doble rasero –por qué en Libia y no en otros países—sino de intervenciones de signos contrario en el m ismo mundo árabe. Los occidentales intervienen contra Gadafi, en una acción preventiva para evitar que se consume una matanza en Bengasi, pero, al mismo tiempo, sin ningún mandato de la ONU, las tropas de Arabia Saudí entran unilateralmente en Bahréin pero no a favor de la mayoritaria población chií que reclama libertad y el fin de la discriminación, sino para proteger a la familia reinante, la dinastía de los Jalifa, cuyos esbirros siguen disparando contra los manifestantes en la plaza de la Perla.

EE UU y Europa guardan un sepulcral silencio ante los desmanes del jeque de Bahréin y su protector de Arabia Saudí –primer productor mundial de petróleo—mientras distraen a sus respectivas opiniones, tan sensibles ante los tambores de la guerra, con las apariciones histriónicas y la perversidad de Gadafi y sus mercenarios. No cabe duda de que los norteamericanos y los europeos, en Bahréin, han elegido el deshonor mientras hacían la guerra a Gadafi.

Asistimos así a una representación del “teatro del absurdo”, como señala Mai Yamani en Bitterlemons. La farsa se añade a la hipocresía. Qatar actúa supuestamente en defensa de “los derechos humanos” en Libia, mientras que Arabia Saudí se presenta como armado cancerbero –armado por Washington, desde luego– de la valiosa “estabilidad” que garantiza el jeque de Bahréin, en contra de las demandas pacíficas y justificadas de la población. La respuesta occidental ante las revueltas árabes parece decantarse decisivamente por la estabilidad. La estabilidad incluso en un territorio tan opresivo e inhóspito como Siria.

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Responses

  1. LO PRIMERO QUE TE DIGO ESTA MY BIEN TODO LO ANTERIOR ESCRITO MENOS DE LA MANERA QUE ESTA DEFINIDA SIRIA OPRESIVO E INHOSPITO SOY UNA EXTRANJERA VIVO EN ESTE PAIS Y JAMAS EN 16 AÑOS E SENTIDO LO ANTES ESCRITO EL PRESIDENTE BACHAR DR. ES UNA PERSONA MUY SENCILLA HUMANITARIA MUY QUERIDO POR SU PUEBLO ES VERDAD QUE NO TODOS LO VAN A QUERER PERO SI VES EL CANAL SIRIO Y DEJAS DE VER EL CANAL ARABIE O ALJAZZERE QUE SON CANALES DE QATAR CUYO PRINCIPAL PAIS A PAGADO A SICARIOS PARA DESESTABILIZAR AL PAIS PODRAS CONSTATAR DE LA UNION DEL PAIS PARA SACAR A LOS INTRUZOS DEL PAIS SOY APOLITICA PERO ESTA ES LA VERDAD LO UNICO MALO QUE TIENE ESTE PAIS ES QUE ES LA PIEDRA EN EL ZAPATO DE ISRAEL Y POR CONSIGUIENTE DE EEUU.

  2. […] M. Mateo. (2011). De Libia a Bahréin y Siria, el doble rasero, la hipocresía y la farsa. Tomado de: https://mateomadridejos.wordpress.com/2011/04/10/de-libia-a-bahrein-y-siria-el-doble-rasero-la-hipocr… […]


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