Posteado por: M | 12 abril 2011

Nacionalismo trasnochado y realidad económica de Portugal

La dictadura de Antonio de Oliveira Salazar en Portugal (1928-1970) se caracterizó por el nacionalismo económico y el puntilloso equilibrio financiero, reflejados en la retórica de la independencia nacional y el prurito de no gastar ni un escudo más de los que ingresaba el Estado en una época presidida por la austeridad, la policía política y la pobreza. Aunque resulte paradójico e incongruente, los actuales dirigentes, hijos de la revoluçao dos cravos (1974), mantuvieron el nacionalismo salazarista postcolonial a través de un sector público hipertrofiado e ineficaz, pero fueron incapaces de controlar el creciente desequilibrio entre los gastos y los ingresos. Hasta que sobrevino el desastre.

La situación es tan inquietante, con unas dramáticas elecciones generales previstas para el 5 de junio, que más de 40 personalidades portuguesas de todos los colores políticos y culturales firmaron el 9 de mayo un documento titulado Un compromiso nacional, un apremiante llamamiento a los partidos, los sindicatos y los ciudadanos para crear un clima de serenidad e información veraz frente a la crisis galopante. Entre los signatarios, los ex presidentes de la República António Ramalho Eanes, Mário Soares y Jorge Sampaio, el arquitecto Álvaro Siza Vieira, el cineasta Manoel de Oliveira, el ensayista Eduardo Lourenço, el novelista Lobo Antunes y el empresario Belmiro de Azevedo.

La situación en la calle parece bastante agitada y la tensión política se palpa todos los días en la prensa, aunque lo más probable es que la sangre no llegue al río. La proximidad de las elecciones enrarece la atmósfera y hace muy difícil esa negociación que preconiza la Unión Europea (UE) entre el gobierno en funciones y la oposición antes de concretar la ayuda económica (unos 80.000 millones de euros) y las modalidades de su devolución, así como las exigencias para reducir el déficit y la deuda y adelgazar de manera drástica el oneroso sector público sin provocar una sublevación de los sindicatos muy influidos aún por el esclerótico partido comunista (PCP).

El primer ministro socialista, José Sócrates, dimitió el 23 de marzo luego de que todas las oposiciones reunidas rechazaran en la Asamblea Nacional su cuarto plan de austeridad en un año, pero se mantiene en su cargo para despachar los asuntos corrientes porque el presidente de la República, el derechista Aníbal Cavaco Silva, disolvió el parlamento y convocó elecciones generales anticipadas para el 5 de junio. Pese a la dudosa constitucionalidad de un plan de rescate solicitado por un primer ministro en funciones, todo parece indicar que la oposición comparte resignadamente los apremios gubernamentales.

Los responsables comunitarios de Bruselas desearían que las principales fuerzas políticas llegaran a acuerdo sobre el rescate, su cuantía y sus intereses, para no tener que negociar otra vez con el gobierno que salga de las urnas, como ocurrió con Irlanda. Pero, ¿cómo llegar a un consenso si el primer ministro en funciones y el jefe del principal partido de la oposición, el Partido Socialdemócrata (PSD, derecha liberal), Pedro Passos Coelho, no se hablan si no es con testigos? Para abrir la campaña electoral, los trabajadores del sector público planean una huelga para el 6 de mayo.

El nacionalismo económico goza de una peligrosa preeminencia que viene de muy lejos. El doutor Salazar fue un catedrático de hacienda pública en la universidad de Coimbra, católico militante, que llegó al poder sin proponérselo, requerido para cuadrar las cuentas por unos militares golpistas y por completo ignaros de las leyes de la economía, primero como ministro de Hacienda y luego como presidente del Consejo (primer ministro). Al final se convirtió en el hombre indispensable que impuso un control draconiano del presupuesto. Durante sus 40 años en el poder, el escudo fue una divisa estable y respetada, sin altibajos en su cambio con el dólar y la esterlina, pero el crecimiento resultó escaso para sacar al país del atraso.

La cicatería de Salazar y su obsesión por la contención del gasto llegaron a ser legendarias y merecieron en su época muchos elogios por parte de los que consideraban la inflación como el enemigo principal. También dieron pábulo a alguna chanza popular. Cuenta el polígrafo español Pedro Sainz Rodríguez, durante algún tiempo exiliado en Lisboa, que después de una frugal comida en el palacio de Sâo Bento, en la modesta residencia de Salazar, éste ordenó a los criados que trajeran el pavo (o peru), no como el suculento plato final que esperaban los comensales, sino como el animal vivo encargado de engullir las migajas.

El régimen democrático surgido de la revolución de los claveles, concebido por unos militares de escasas luces económicas, pero aconsejados por algunos iluminados del marxismo y el populismo, incrementó el peso del sector público, en gran parte como consecuencia de las nacionalizaciones masivas que escoltaron un proceso de cambio que se creía revolucionario y singular pero que desembocó pronto en una normalización liberalizadora y privatizadora, según las exigencias de la Comunidad Europea, en la que Portugal ingresó junto con España (el 1 de enero de 1986). Un proceso de descolonización improvisado y acelerado agravó los problemas estructurales.

El ingreso en la Comunidad Europea, en vez de impulsar el cambio, perpetuó el escaso dinamismo de la economía y ofreció a las diversas fuerzas políticas el pretexto para no acometer las reformas, como certifica cualquier somero análisis de la evolución en los últimos dos decenios. El crecimiento jamás pasó del 4 % y reculó peligrosamente, hasta llegar al 0,2 % anual en 2006, en vísperas del estallido de la crisis financiera, cuando ya era evidente que la estructura económica estaba anquilosada. El resultado fue que el producto interior bruto (PIB) por cabeza bajó del 65,8 % al 65,5 % de la media europea entre 1995 y 2006, la famosa “década perdida”. La convergencia era imposible porque la débil demanda interna coincidió con una acusada falta de competitividad.

Mientras tanto, el gasto público creció desmesuradamente, hasta alcanzar el 50 % del PIB en 2010. La izquierda en general, y en especial el gobernante Partido Socialista, consideró durante demasiado tiempo que el rigor presupuestario del salazarismo era una idea reaccionaria, mientras que el centro-derecha quizá no tuvo suficiente fuerza para corregir los desajustes más notorios con medidas necesariamente impopulares como la congelación de salarios, para vincularlos a la productividad, o la modernización y el recorte de una burocracia pletórica.

En 2003, Portugal fue el primer país que vulneró el límite del déficit (3 %) establecido para la unión monetaria consagrada en el tratado de Maastricht. En 2009, se disparó hasta el 10 % y la deuda pública se aproximó al 100 % del PIB. El déficit persistente alimentó el endeudamiento y las tensiones inflacionistas una vez que se hizo imposible la devaluación tras implantarse el euro como moneda fiduciaria. Antes de que Sócrates capitulara (6 de abril), el bono portugués a 10 años ofrecía unos intereses del 9 % y el gobierno tenía que pagar casi el 6 % para conseguir los préstamos a un año, una situación imposible para una economía estancada y severamente endeudada.

Durante todos los años de débil crecimiento, los sucesivos gobiernos fueron incapaces de aligerar el peso abrumador del Estado en la economía (energía, transportes, comunicaciones), siempre acongojados la derecha y la izquierda por el pensamiento retrógrado de que las privatizaciones de las grandes empresas sentarían las bases para una nueva “invasión española”. El mismo nacionalismo de Salazar, cuando España y Portugal eran dos dictaduras que vivían “de costas voltadas”, pero expresado ahora de manera tecnocrática.

Los desencuentros hispano-portugueses fueron numerosos y ridículos. El monopolio eléctrico de Portugal (EDF) podía comprar en España la asturiana Hidroeléctrica del Cantábrico, pero la española Iberdrola tuvo frenar su expansión en la misma raya artificial que divide políticamente la cuenca del Duero. El proyecto de Ave Madrid-Lisboa sigue concitando las sospechas de los más ardientes nacionalistas. Las compañías telefónicas de ambos países no lograron mantener unas relaciones razonables, sin prejuicios políticos, ni siquiera en Brasil, debido al lógico desequilibrio patrimonial en favor de la española. Sólo los bancos vencieron algunas resistencias en otro momento de crisis para ahora encontrarse con el fardo de la deuda.

El Estado portugués ahora no tendrá más remedio que vender las joyas de la república para pagar parcialmente el fin de la fiesta y someter a sus ciudadanos a una implacable cura de austeridad, el precio de los errores históricos de sus políticos, la incuria de sus administraciones y el añejo recurso de mitigar las tensiones sociales abriendo la válvula de seguridad de la emigración. Como lusitanófilo fervoroso, lamento profundamente que los portugueses tengan que tragarse tan amarga píldora, cuando no es seguro, ni mucho menos, que vaya a terminar con sus aflicciones.

Porque los síntomas de deterioro que se observan en Grecia e Irlanda ponen en entredicho la estrategia de los rescates con nuevos préstamos de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, en condiciones menos duras que las del mercado, pero que aumentan la deuda y los intereses. En un país como Portugal, cuyo dinamismo depende en gran medida del gasto del Estado, la reducción de éste y la austeridad conducen al estancamiento o la recesión. En ausencia de un crecimiento económico elevado y sostenido, que ahora parece poco probable, a los países endeudados sólo les queda la alternativa poco halagüeña de la bancarrota, de una quita sustancial en su deuda por parte de los acreedores. Los técnicos definen la situación como “la trampa de la deuda”, en la que se encuentran atrapados Grecia, Irlanda y Portugal.

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