Posteado por: M | 23 abril 2011

El infierno de Gaza bajo la dictadura islámica

La franja de Gaza es un infierno mitigado por la caridad internacional, sometido al bloqueo de Israel y gobernado con mano férrea por el grupo integrista Movimiento de la Resistencia Islámica (Hamás, por su sigla en árabe) desde 2007; un estrecho enclave costero, sin agua y sin otros recursos naturales, que resume la tragedia de los palestinos, su abandono, su rabia y su desesperanza. También sirve de refugio o santuario del fanatismo más siniestro, como acaba de confirmar el asesinato del italiano Vittorio Arrigoni, un activista pro palestino que fue estrangulado por sus secuestradores, presumiblemente el grupo extremista Tawhid y Yihad (Monoteísmo y Guerra Santa), el 14 de abril, tras ser torturado, en una casa deshabitada de la Ciudad de Gaza.

Arrigoni llegó a Gaza en agosto de 2008, junto con otros simpatizantes de la causa del pueblo palestino que pretendían protestar por el bloqueo de Israel, militantes del Movimiento Internacional de Solidaridad (MIS), una organización multinacional de voluntarios. Durante el ataque del ejército israelí (Tsahal) contra la franja (diciembre de 2008-enero de 2009), la llamada Operación Plomo Fundido para destruir “la infraestructura terrorista”, el pacifista italiano se granjeó la admiración de los gazianos porque se desplazaba con las ambulancias para informar sobre los bombardeos y sus efectos deletéreos, las víctimas y la devastación.

El 14 de abril, los secuestradores difundieron un vídeo en el que Arrigoni aparecía vivo, aunque ensangrentado, y exigían, para liberarlo, que fuera puesto en libertad el jefe de Tawhid y Yihad, Hisham Saidani, encarcelado en marzo. En caso de que no se cumpliera su exigencia, los anónimos autores de la grabación amenazaban con ejecutar al prisionero en un plazo de 30 horas que expiraba a las 5 de la tarde del día 15. No obstante, y según el médico que practicó la autopsia, la víctima fue estrangulada con una cuerda de plástico al menos 24 horas antes de concluir el ultimátum, lo que parece indicar que el gobierno de Hamás no pudo hacer nada por evitar el trágico desenlace.

No obstante, y aunque parece una venganza o ajuste de cuentas, los detalles del crimen siguen confusos, como ocurre con frecuencia con todos los acontecimientos de Gaza, donde proliferan los grupos salafistas, extremistas religiosos identificados vagamente con la nebulosa de Al Qaeda, que pretenden ser más radicales que Hamás, del que denuncian su escasa combatividad frente a Israel o su falta de rigor en la imposición de la sharia (ley coránica). El gobierno gaziano, a su vez, tiene declarada la guerra a esos grupúsculos, muchos de cuyos cabecillas están en la cárcel.

La policía de Hamás, desbordada por la situación, comunicó que había detenido a un palestino sospechoso y sugirió que Israel tenía parte de culpa por su campaña para impedir que nuevos activistas internacionales lleguen a Gaza, pero no ofreció prueba alguna. Según informaciones facilitadas por amigos y familiares, Arrigoni estaba preparando su regreso a Italia, supuestamente desconcertado por los daños colaterales de un  conflicto irresoluble. Tawhid y Yihad, por su parte, negó que fuera responsable del asesinato, pero lo hizo con una llamada telefónica de imposible verificación. Un embrollo inextricable sobre la autoría y la ejecución del crimen.

Una demografía vertiginosa

La franja de Gaza, un enclave costero al suroeste de Israel, tiene una superficie de tan sólo 360 kilómetros cuadrados, en los que se hacinan un millón y medio de palestinos (más de 4.000/ km.), con una de las densidades de población más elevadas del mundo y un crecimiento demográfico vertiginoso, superior al 4 % anual. Estuvo administrada por Egipto desde 1948, pero en la guerra de 1967 fue conquistada y ocupada por el ejército israelí. La mayoría de los gazianos habita en campos de refugiados, bajo los auspicios de una organización de la ONU (UNRWA), y malvive de una agricultura y una artesanía muy precarias y, sobre todo, como mano de obra barata en Israel cuando la frontera no está cerrada.

En agosto de 2005, bajo el gobierno del general Ariel Sharon, las tropas israelíes abandonaron unilateralmente Gaza, desmantelaron unas 20 colonias judías y evacuaron a unos 8.500 colonos dedicados a la agricultura o la colaboración con el ejército. No obstante, el Tsahal mantiene el control de la frontera norte, del espacio aéreo y naval, y reivindica el derecho de bloqueo y de represalias mediante incursiones terrestres, asesinatos selectivos o bombardeos con el prurito de impedir que los milicianos disparen misiles de corto alcance contra la ciudad israelí de Sderot y el territorio circundante.

La retirada hebrea provocó una verdadera guerra civil entre las milicias de Al Fatah, brazo armado del gobierno palestino de Ramala, y las de Hamás. La lucha armada y los sangrientos ajustes de cuentas acabaron en junio de 2007 con el triunfo de los milicianos integristas, que proclamaron la secesión de la franja, establecieron un gobierno y forzaron a sus adversarios políticos a refugiarse en Cisjordania. Desde entonces, ambos territorios palestinos están separados por un muro de desconfianza y violencia, prácticamente incomunicados y regidos por sendas administraciones, sometidos además a la vigilancia o las represalias implacables del Tsahal.

Hamás fue fundado el 14 de diciembre de 1987, en la franja de Gaza, coincidiendo con el estallido de la primera intifada palestina contra la ocupación israelí. Según sus estatutos, su objetivo último es la destrucción de Israel y la creación de un Estado islámico en Palestina, desde el Jordán al Mediterráneo. Rechazó con las armas los acuerdos de Oslo entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina dirigida por Arafat (1993) y promovió una campaña de ataques suicidas contra civiles en Israel, durante la segunda intifada (2000-2005), por lo que fue calificado como grupo terrorista por EE UU y la Unión Europea. Inspirado inicialmente por la Hermandad Musulmana egipcia, está apoyado por Siria e Irán, el Hizbolá libanés y parte de la diáspora palestina.

En sus orígenes, Hamás fue esencialmente un movimiento de resistencia de fuertes connotaciones religiosas, como corresponde a la sociedad tradicionalista y muy conservadora de la franja en que surgió, bajo la dirección espiritual del jeque Ahmed Yasin y la indulgencia de los servicios secretos israelíes (Mossad), deseosos de provocar una división en la resistencia palestina monopolizada a la sazón por la OLP de Arafat. A partir de 2000 y los atentados suicidas, Hamás  se convirtió en el enemigo número uno para Israel, hasta el punto de que Yasin fue asesinado el 22 de marzo de 2004, mediante un misil disparado por un helicóptero, en una represalia israelí o asesinato selectivo.

Un polvorín islamizado

La politización de Hamás progresó tras su triunfo en las elecciones generales palestinas de enero de 2006 y corrió paralela a su enfrentamiento con Israel, enconado desde que el 14 de junio de 2007 tomó el control de Gaza e intensificó sus esfuerzos para islamizar y militarizar a los gazianos, con el apoyo del Hizbolá libanés, Irán y Siria, los enemigos más visibles y vociferantes del sionismo. El enclave se ha convertido en un polvorín y un arsenal de misiles fabricados artesanalmente o enviados clandestinamente desde los túneles construidos por debajo de la frontera de Rafah con Egipto, que permanece cerrada a pesar de la caída del régimen de Mubarak.

Hamás mantiene una enconada competencia ideológica y religiosa con los grupos extremistas que se inspiran en la corriente Salafiya (Movimiento de los Antepasados), fundado por el egipcio Rashid Rida en el siglo XIX, heraldos de un emirato islámico. Cuatro grupúsculos principales operan  en Gaza: Jund Ansar Alá (Soldados de Dios), Jaish al Islam (Ejército del Islam), Jaish al Umma (Ejército de la Comunidad) y el ya citado Tawhid al Yihad, cuyos militantes se aproximan al millar, aunque las evaluaciones suelen ser contradictorias.

Esa pugna entre islamistas se concreta en el proceso de islamización patrocinado por el gobierno de Hamás, a través de unas patrullas llamadas da´wa (predicación islámica) que pasan por todos los hogares para incitar a sus moradores a adherir a las leyes coránicas y adoptar el velo (hijab) y la vestimenta tradicional.

Como escribe Mkhaimar Abusada, “Hamás no se contenta con imponer los códigos sociales islámicos en la vida diaria, sino que ejerce su dominación sobre el sistema social, educativo y religioso, adoctrinando al pueblo e inculcándole los valores islámicos”. Entre otras imposiciones, el ministerio de Educación de Gaza separa a los alumnos por sexos y obliga a las escolares a cubrirse con el hijab. Una “policía de la moralidad” interviene en los asuntos educativos y religiosos o dirige patrullas que recorren las playas para asegurarse de que los hombres y las mujeres no se hablan si no están convenientemente vestidos.

Para no alarmar a las potencias occidentales ni a los simpatizantes extranjeros de la causa palestina que trabajan en Gaza, el gobierno de Hamás niega con frecuencia que esté empeñado en una campaña de islamización radical, pero uno de sus principales dirigentes, Mahmud al Zahar, reconoció en una reciente entrevista con la agencia Reuters: “¿Acaso es un delito islamizar al pueblo? Soy un musulmán y vivo según nuestra tradición. ¿Por qué debería vivir según la vuestra? [la occidental]?”

La unificación de los territorios palestinos y la reconciliación de sus habitantes ha sido intentada infructuosamente en varias ocasiones, con la mediación de Egipto u otros Estados árabes, y se supone que serían muy importantes para reanimar el desfalleciente proceso de paz con Israel, pero nada parece indicar que Hamás, sus 25.000 hombres armados y sus valedores internacionales estén dispuestos a la entrega de las armas, como exigiría su integración en un Estado palestino digno de tal nombre. En Cisjordania, la situación ha mejorado notablemente, bajo la dirección del primer ministro, el tecnócrata Salaam Fayad, y están naciendo las estructuras necesarias para que el Estado palestino se perfile en el horizonte político. Hamás, por el contrario, nada tiene que ofrecer, salvo el muy retórico y abominable objetivo de destruir a Israel.

Lo más probable es la caldera infernal de Gaza siga en ebullición, que el foco de violencia y fanatismo persista en el costado de Israel e irradie la tensión por toda la zona. Los dirigentes de Hamás no quieren enterarse de que el disparo de misiles contra Israel sólo sirve para prolongar y exacerbar los sufrimientos del millón y medio de palestinos que malviven bajo su férula en uno de los lugares más inhóspitos del mundo.

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