Posteado por: M | 26 abril 2011

En Argelia, la losa de la guerra civil

A principios de enero de 2011, Argelia vivió cinco días de motines contra la carestía de la vida en los que perdieron la vida cinco personas y más de 800 resultaron heridas, pero inmediatamente sobrevino una calma relativa que situó al país aparentemente al margen de las convulsiones que estaban agitando otros países árabes. Los nuevos llamamientos a la revuelta, a mediados de febrero, no lograron impactar en la población. Dos causas explican el retraimiento ciudadano: el recuerdo aún punzante de la guerra civil de los años 90 y las concesiones de un poder alarmado en forma de generosa distribución de la renta petrolera.

No obstante, una sorda inquietud era palpable tanto en los partidos de la oposición como en los centros urbanos y los grupos profesionales, hasta el punto de que el presidente de la República, Abdelaziz Buteflika, en un discurso televisado el 15 de abril, prometió una reforma de la constitución de 1996 “para coronar el edificio institucional y reforzar la democracia”. Siguiendo los pasos del rey de Marruecos, el jefe del Estado argelino anunció que una comisión integrada por “representantes de las corrientes políticas y especialistas de derecho constitucional” redactará un proyecto de revisión constitucional.  La propuesta será debatida en el Parlamento y sometida a referéndum.

Antes del discurso, las principales fuerzas políticas proclamaron que estaban a favor de una revisión constitucional “en profundidad”. Forman la llamada coalición presidencial que ganó las elecciones parlamentarias de mayo de 2007: el Frente de Liberación Nacional (FLN), ex partido único; la Unión Nacional Democrática (RND), del primer ministro Ahmed Ouyahia, y el Movimiento de la Sociedad por la Paz (MSP), que agrupa a los islamistas moderados. Sólo el Frente de las Fuerzas Socialistas (FFS), de Hocine Ait Ahmed, y el Partido de los Trabajadores (trotsquista) reivindicaron la elección de una asamblea constituyente, como está previsto en Túnez.

La prensa independiente, por el contrario, mostró su decepción sin ambages. “Muy lejos de las expectativas de los argelinos”, resumió el diario El Watan (La Patria), que lamentó la demora del presidente en responder a las demandas populares, quizá porque no quería dar la impresión de que actuaba a remolque de las manifestaciones callejeras. Mustafá Buchachi, presidente de la Liga Argelina de Defensa de los Derechos Humanos, lamentó: “Pienso que cambiar los textos o enmendar la constitución no es la mejor manera de promover un cambio del sistema, porque el problema en Argelia es que las instituciones civiles y militares actúan al margen de las leyes.”

La creciente islamización social

El Frente Islámico de Salvación (FIS), que ganó las elecciones parlamentarias de 1991, con el 47, 3 % de los sufragios, está proscrito desde 1992, lo mismo que su brazo armado, el Ejército Islámico de Salvación (EIS), que perpetró atentados muy sangrientos en la Kabilia en 2001 y al que se  atribuye la creación del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), integrado desde 2007 en Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), cuyos comandos operan desde Níger y otros países subsaharianos. El Grupo Islámico Armado (GIA) compitió con el EIS en la comisión de atentados durante la guerra civil.

La última oleada de violencia terrorista se produjo en 2007, cuando más de cien personas resultaron muertas en varios atentados con coches bomba en Argel, Batna y Dellys, en abril, mayo, julio, septiembre y diciembre, que Al Qaeda se atribuyó, suscitando el temor de un retorno de “los años de sangre”. Parte de los islamistas amnistiados en 1999 y 2003, en aplicación de la política de reconciliación nacional del presidente Buteflika, volvieron al terrorismo en una supuesta franquicia de Al Qaeda que extiende sus tentáculos por todo el Magreb.

¿Dónde están los votantes del FIS en 1991? Los que no han huido para integrarse en Al Qaeda están políticamente representados por el Movimiento de la Sociedad por la Paz (MSP), que forma parte de la coalición presidencial y contribuye a la reislamización aparente. La mayoría de las mujeres se cubre la cabeza con el pañuelo y los hombres barbudos con vestido tradicional (chilaba), que antes estaban recluidos en los barrios populares, ahora toman posiciones en el centro de Argel. La mayoría de los nuevos comercios son propiedad de los islamistas.

Las opiniones sobre la islamización de una sociedad que antes había adoptado en los centros urbanos el laicismo del colonizador son contradictorias. Para unos, los islamistas, que perdieron la guerra, han ganado la paz, y hoy son más numerosos y están mejor organizados que en 1992. Otros creen que se trata de una paradoja: los islamistas se han integrado económicamente a cambio de su neutralización política. “Los signos religiosos externos son una modalidad de negociación de la paz social, una manera de fundirse en la masa, pero si el Estado desempeñara bien su papel, esa situación desaparecería”, argumenta Daho Djerbal, director de la revista Naqd.

Desde el 12 de febrero, una Coordinadora Nacional para el Cambio Democrático (CNCD) empezó a organizar marchas de protesta contra la carestía de la vida y la restricción de las libertades, en Argel, Orán y otras ciudades. Hasta los policías locales, colaboradores de las fuerzas de seguridad, y los trabajadores privilegiados de Sonatrach, primera empresa del país especializada en la producción y comercialización de los hidrocarburos, se declararon en huelga para reclamar un aumento de salarios, inmediatamente satisfecho.

El maná de la renta petrolera

Antes de comprometerse con las reformas legales, el régimen multiplicó las concesiones y el reparto de millones de dinares para mitigar la cólera de los manifestantes y evitar el contagio de las revueltas árabes. El gobierno procedió con celeridad a distribuir el maná petrolero mediante los subsidios para los productos de primera necesidad, las ayudas directas a los parados o las amas de casa y un aumento generalizado de los salarios, de hasta el 150 % para los profesores universitarios y del 110 % para los forenses y otros funcionarios. “La revolución ha sido recuperada [maniatada] antes de que se produjera”, resumió un caricaturista de Argel.

El politólogo Mohamed Chakik Mesbah, citado por el diario Le Monde, trató de explicar el fracaso de las movilizaciones y la aparente fortaleza del régimen: “Los recursos financieros de que dispone con profusión constituyen la única característica de excepción que presenta Argelia” en el complejo y convulso universo árabe. También deben tenerse en cuenta las divergencias insalvables entre los pequeños partidos tolerados, en busca de soluciones políticas inmediatas, y los grupos sindicales y de defensa de los derechos humanos, que abogan por organizar previamente una plataforma reivindicativa. La coordinadora que los aglutinaba acabó en la dispersión.

El otro factor que explica el relativo fracaso de la protesta es el recuerdo vivo de las víctimas y los sufrimientos del conflicto civil de los años 90, la guerra sucia de los militares y los fuerzas de seguridad contra los insurrectos islamistas que causó unos 200.000 muertos. El estado de urgencia instaurado el 9 de febrero de 1992 no fue levantado hasta el 24 de febrero de 2011, como una medida más del apaciguamiento gubernamental. El país vive aún traumatizado por los horrores del llamado “decenio negro” (1992-2002), sin haber superado las tremendas cicatrices de la lucha fratricida.

Las Fuerzas Armadas –147.000 soldados y 187.000 paramilitares— y el Departamento de Información y Seguridad (DRS), los servicios secretos, forman la columna vertebral de una dictadura mitigada por el reparto de la renta petrolera. Pero el precario consenso político se deteriora inexorablemente por la mala salud del presidente Buteflika, de 74 años,  veterano de la guerra de la independencia; la pugna que desata su eventual sucesión y el traspaso del poder desde la vieja guardia que hizo la revolución (la guerra contra Francia, 1954-1962) a una nueva generación seducida por la tecnocracia y el enriquecimiento. Entre esos tecnócratas aspirantes a ocupar el palacio de El Muradia destacan el primer ministro, Ahmed Ouyahia, y Ahmad Benbitour, un reputado economista que ya dirigió el gobierno en 1999-2000.

Aunque llegó al poder en 1999 con un programa de reconciliación nacional,  y fue reelegido por tercera vez en 2009, en un escrutinio boicoteado por la oposición, el presidente Buteflika y sus colaboradores no han sido capaces de crear instituciones sólidas para garantizar una sucesión ordenada en el marco de una deseable participación popular en la vida política. El sistema está prácticamente bloqueado, en manos de una minoría de tecnócratas y militares, sin alternativa visible, lo que sin duda alimenta las ambiciones de la nueva élite castrense. Como en Egipto, el ejército constituye la última barrera de contención de la riada, pero también la única esperanza de una evolución pacífica hacia el horizonte brumoso de la democracia.

Argelia quedó arruinada durante la gestión del partido único y la economía socialista o administrada, pero no ha sido capaz de emprender un nuevo camino. Las reformas son urgentes, pero los proyectos duermen en los cajones de la burocracia, de manera que el país sigue dependiendo por completo del volátil mercado de los hidrocarburos, cuya explotación representa nada menos que el 97 % de la renta nacional. La extracción de crudo alcanza los dos millones de barriles diarios, el 2 % aproximadamente de la producción mundial, similar a la de Libia.

Los buenos resultados económicos de 2010, con un crecimiento cercano al 4 %, un aumento de los ingresos petroleros y una reducción moderada del déficit presupuestario, no fueron suficientes para reducir el desempleo, superior al 22 %, en una situación de aumento demográfico desbocado a pesar de la emigración constante hacia Francia y otros países europeos. Argelia cuenta con 36 millones de habitantes, de los que casi un tercio tienen menos de 15 años, y la renta por cabeza se sitúa en los 7.200 dólares anuales.

Como en otros países árabes, la corrupción está a la orden del día y gangrena toda la administración, sin duda alentada por los dineros fáciles del oro negro. Dos episodios recientes obligaron al poder a organizar una operación de manos limpias para frenar el escándalo. El primero está relacionado con la construcción de una autopista que atravesará todo el país, desde la frontera marroquí a la de Libia. Con un presupuesto por encima de los 12.000 millones de dólares, la gigantesca obra fue adjudicada a unas empresas chinas que pagaron sobornos por más de 500 millones. Varios altos funcionarios del ministerio de Obras Públicas están encarcelados, y el ministro, bajo sospecha, es dirigente del Movimiento de la Sociedad por la Paz (MSP), el partido islamista que se integra en la coalición presidencial.

El segundo affaire afecta a la petrolera Sonatrach, cuyo presidente y director general, un vicepresidente y varios directores generales están procesados desde enero de 2011, todos ellos implicados en una práctica común: el cobro de comisiones por la adjudicación de suculentos contratos de petróleo o gas, uno de los cuales pasó inopinadamente de 3.600 millones de dólares a 6.200 millones. El escándalo afecta directamente al ministerio de la Energía, del que depende Sonatrach, cuyo titular es Chakib Khelil, un tecnócrata que trabajó en el Banco Mundial y que debe su fortuna política al presidente Buteflika.

Algunos analistas creen ver en estos escándalos el reflejo de la lucha política entre la presidencia de la República, los servicios secretos (DRS) y el ejército ante la eventualidad de una crisis política de envergadura, ya sea desatada por el recrudecimiento de la revuelta popular o por la desaparición de Buteflika. La DRS se encuentra, desde luego, en el origen de las investigaciones que revelaron las actividades delictivas.

El conflicto del Sahara Occidental

Argelia, rival de Marruecos desde su independencia de Francia en 1962, es el más activo protector del gobierno del Frente Polisario y el máximo defensor de la República Saharaui (RASD), que ejerce su influencia sobre los campamentos de refugiados saharauis existentes en el lado argelino de la frontera de Tinduf. La rivalidad por el Sáhara mantiene además en el limbo el ambicioso proyecto de la Unión del Magreb Árabe (UMA), según el acuerdo firmado en Marrakech el 17 de febrero de 1989 por los jefes de Estado de Marruecos, Argelia, Libia, Túnez y Mauritania.

La frontera entre Argelia y Marruecos es la más larga de cuantas se encuentran cerradas en el mundo (1.559 kilómetros), símbolo de las execrables relaciones entre ambos países. Como señala el historiador Benjamín Stora, que ha dedicado un ensayo a este asunto, “la invocación ritual del Gran Magreb enmascara mal la inercia de los responsables norteafricanos por construir realmente una unión política y económica”.

Argelia denuncia la obstinación de Marruecos por negarse a cumplir las resoluciones de la ONU sobre la descolonización del territorio, que administra de manera más que dudosa, y considera que el Frente Polisario es un actor legítimo y que el pueblo saharaui tiene derecho a la autodeterminación. Rabat, por su parte, estima que tanto el Frente Polisario como la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) son creaciones de Argel que impiden la existencia de un Magreb económicamente integrado. El temor a un nuevo enfrentamiento armado entre ambos países favorece la constante modernización del ejército argelino. Ni siquiera la amenaza terrorista común puede terminar con los malentendidos y los reproches recíprocos.

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Responses

  1. Excelente resumen de lo que pasa en argelia, despues de ver la peli ” de dioses y hombres”, recorde uno de los 3 conflictos que mas me impactaron en mi juventud, por su crueldad y por su complejidad, la guerra de los balcanes, argelia e irak.gracias por aclarar a los profanos un tema de la historia reciente, tan desgarrador y tan desconocido para la mayoria de los occidentales, un saludo


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