Posteado por: M | 29 abril 2011

El tablero geoestratégico en torno a Damasco

Frustradas por completo las expectativas creadas por el levantamiento del estado de urgencia, el presidente Bachar al Asad, siguiendo los pasos de su padre, se decantó por la solución militar violenta y utilizó los blindados para frenar la protesta popular cuya represión ha causado más de 400 víctimas mortales desde que se inició a mediados de marzo, según cálculos concordantes de varios organismos humanitarios. Los tanques del ejército entraron en Deraa, el 25 de abril, para atemorizar y reprimir a una población valerosa pero indefensa, mientras los francotiradores de los escuadrones de la muerte del régimen, apostados en los tejados, disparaban contra cualquiera que osara salir a la calle después del toque de queda. Los cortejos fúnebres también fueron tiroteados siguiendo el macabro ritual inaugurado por la ferocidad del poder.

¿Por qué la altiva comunidad internacional, encastillada en el rascacielos de cristal de Manhattan, ordena proteger a los civiles en Libia y los abandona en Siria? El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, condenó al gobierno sirio por utilizar los tanques y munición real contra los que protestan luego de haber solicitado una investigación independiente sobre el creciente número de víctimas, pero el Consejo de Seguridad, una vez más, y a pesar de la terrible ofensiva de las tropas, fracasó en su intento de redactar al menos una declaración de condena conjunta, el 27 de abril.

El proyecto de resolución presentado por Gran Bretaña, Francia, Alemania y Portugal fue recusado por Rusia y China, ambas con derecho de veto, y el Líbano, que mantiene tradicionalmente unas relaciones enrevesadas con Damasco. Los representes ruso y chino se pronunciaron contra los que consideran “una injerencia exterior” que podría desencadenar “una guerra civil”. Un alto funcionario de la ONU resumió la situación en el Consejo: “La tolerancia [de rusos y chinos] con respecto a las iniciativas europeas y norteamericanas para proteger a los civiles del Próximo Oriente parece agotada.” El embajador sirio, Bachar Jaafari, declaró que su gobierno resistiría cualquier intervención externa en los asuntos del país.

Como es notorio y habitual, los delegados de la ONU son maestros en el arte de la logomaquia mientras se perpetran impunemente las más repugnantes atrocidades. Para que los diplomáticos se movilicen debe producirse previamente una poco probable conexión planetaria de intereses. O que las iras populares se desencadenen contra un régimen tan excéntrico y aislado como el de Gadafi. Y cada día de retraso en la resolución o en la contundente reprimenda entraña un aumento del número de víctimas que caen directamente sobre la conciencia de los países que disponen de derecho de veto en el Consejo de Seguridad.

La Liga Árabe es otro ejemplo flagrante de la inoperancia diplomática, el doble rasero y la hipocresía. En esta ocasión, se limitó a condenar la violencia de manera genérica, sin referirse a Siria o Asad. “Las demandas populares de libertad y democracia merecen apoyo, no balas en los pechos de los manifestantes”, afirmó la declaración, aunque sin citar a ningún país. “Hacemos un llamamiento a los regímenes y los gobiernos árabes –añadió— para que se comprometan con las reformas y las aceleren, para que cesen inmediatamente en el uso de la fuerza contra los manifestantes y eviten el derramamiento de sangre de sus ciudadanos.” Dramáticas y cautelosas palabras, pero sin ninguna influencia sobre la aflicción de los sirios acosados por su propio ejército.

El silencio cómplice de las TV árabes

Nadie se atreve a pedir en Siria una zona de exclusión aérea, como la que se estableció en Iraq en 1992 y ahora en Libia, para impedir que prosiga la matanza de civiles. Las cadenas árabes de televisión por satélite, especialmente Al Yazira (Qatar) y Al Arabiya (Arabia Saudí), muy activas durante las revueltas en Túnez o Egipto, se muestran extrañamente indulgentes con la represión en Siria. Los medios occidentales que cubrieron en directo los fastos revolucionarios en El Cairo o Túnez están ausentes de Damasco. Ante el recrudecimiento de la violencia, la Casa Blanca comunicó que estudiaba la imposición de nuevas sanciones al régimen de Asad, “para dejar bien sentado que su comportamiento es inaceptable”, pero sin dar más detalles.

La actitud timorata o de autocensura de la cadena Al Yazira (tanto en árabe como en inglés), que se había jactado de su implicación en las caídas de Ben Alí y Mubarak, la explicó Michael Young en un periódico de Beirut, The Daily Star: “Siria forma parte del ‘eje de la resistencia’ [contra Israel] y la caída de su régimen perjudicaría tanto a Hizbolá como Hamás. La misma ausencia de entusiasmo caracterizó la cobertura por la cadena de la intifada libanesa contra Siria, en 2005. Resulta fácil atacar a los presidentes yemení, libio o egipcio, que son o eran, a su manera, ‘traidores’ de la causa árabe. Pero los sirios se sienten abandonados porque su combate no cuenta con el tratamiento habitual de Al Yazira: fuerte en la emoción y eléctrico en los eslóganes que incitan a la movilización”.

Siempre según Young, la actitud de ambas cadenas se explica porque sus propietarios, “Arabia Saudí y Qatar comparten el mismo deseo de evitar una crisis en Siria, por temor al caos que podría derivarse, y su posición es respaldada por la mayoría de los Estados del Golfo”, los que atesoran los petrodólares, los mismos que no han vacilado en ahogar en sangre las protestas de Bahréin. El doble lenguaje de los árabes con mucho dinero, que entraña una complicidad escandalosa con los carniceros, alcanza su máxima expresión en todo lo que concierne a la Siria de Asad.

Propiedad del emirato de Qatar, Al Yazira es especialista en un doble mensaje, democrático en inglés, islamista en árabe, pues lo mismo aparece como campeón de la libertad y las reformas que ofrece uno de sus programas más populares al verbo incendiario del predicador  integrista Yusuf al-Qaradawi, teórico de los Hermanos Musulmanes, especialista en las diatribas antinorteamericana o antijudía, que propugna además la censura de los supuestos mensajes antiislámicos. La cadena por satélite es mucho más liberal en inglés que en árabe e informa sobre las cuestiones regionales teniendo muy en cuenta los intereses estratégicos y económicos de Qatar. Su silencio sobre los episodios más sangrientos de la represión en Bahréin resulta altamente sospechoso, y en lo concerniente a Siria, la versión árabe nunca alcanzó los niveles de la inglesa en la crítica acerba de la dictadura de Asad. “Los vientos de cambio alcanzan Siria”, tituló en inglés.

Mucho de lo que conocemos de la sublevación  en Siria procede de internet y de los teléfonos móviles. Luego de llamar la atención sobre la presencia amenazante de los blindados en Deraa, la ciudad mártir, se preguntaba un bloguero: “¿Acaso las bombas de la OTAN van a llover sobre los tanques sirios próximamente?” Otro testigo comunicó el 25 de abril a la agencia Reuters: “Unidades del ejército castigan la ciudad en estos momentos. Persiste el tableteo de las ametralladoras y el retumbar de los morteros.” Y otro vecino de Deraa declaró a la agencia norteamericana Associated Press: “Necesitamos una intervención internacional. Necesitamos que otros países nos ayuden.” Y otro residente, mientras filmaba la entrada de los tanques en la ciudad, exclamaba con sarcasmo: “Aquí están las reformas de Bachar al Asad.” Son las voces desesperadas ante el autismo de la comunidad internacional y los equilibrios o intereses geoestratégicos que paralizan cualquier intervención, incluso la meramente verbal.

Un turbio asunto de familia

El régimen del partido único Baas tiene una larga historia de utilización de la violencia extrema para aniquilar a la oposición. La actual escalada militar recuerda los aciagos acontecimientos de febrero de 1982, cuando el general-presidente Hafez al Asad, el dictador que creó la dinastía, envió al ejército a la ciudad de Hama para aplastar a sangre y a fuego una revuelta popular dirigida por los Hermanos Musulmanes que habían recurrido a la provocación terrorista. El sitio de la ciudad duró tres semanas y los militares causaron entonces entre 10.000 y 40.000 muertos entre la población civil.

Los altos mandos del ejército sirio no tienen los escrúpulos morales de que hicieron gala los de Egipto y Túnez cuando se negaron a disparar contra los civiles desarmados en circunstancias semejantes. No es en realidad el ejército de Siria, legitimado popularmente, sino más bien el ejército de Asad, cuyos generales pertenecen a la misma minoría religiosa (alauí)  y forman parte inseparable de la oligarquía económica, en la que se mezclan con algunos opulentos comerciantes suníes de Damasco y Alepo como la familia de la atractiva esposa del presidente. El sistema de monopolios estatales –petróleo, tabaco, azúcar– está en manos de los uniformados y sus secuaces.

La ferocidad de la represión es un turbio asunto de familia. Los blindados que entraron en Deraa pertenecían a la cuarta división acorazada, cuyo jefe es el hermano menor de Bachar al Asad, Maher Asad, y el peso de la represión de los manifestantes recae sobre los pretorianos de la Guardia Presidencial, en la que sirven los más fieles de los fieles.

Más que un antagonismo derivado del mosaico étnico y religioso, la revuelta se nutre del resentimiento que generan los pingües negocios de la muy amplia familia presidencial, la oligarquía de sus generales y comerciantes enriquecidos, mientras la pobreza preside la vida de la inmensa mayoría. Hasta ahora, el ejército se mostró leal al presidente, por lo que éste desplegó los tanques y adoptó un lema que me recuerda otro de Bertolt Brecht y que es la antítesis del que prevaleció en Egipto y Túnez: “El régimen desea derribar al pueblo.” Propósito en el que confluyen la situación estratégica del país, los intereses de sus aliados en la región y el temor a que la caída de Asad desencadene una situación caótica y de violencia sectaria parecida a la de Iraq después de la invasión anglo-norteamericana en 2003.

La teocracia de Irán permanece muda ante los desmanes de su principal aliado, aunque teóricamente laico, Asad, y los medios iraníes recibieron órdenes de no informar sobre lo que sucede más allá de su frontera occidental. Hizbolá y su milicia, en el Líbano, tras haber secuestrado al gobierno sin disparar un tiro, no pueden en ningún caso indisponerse con su patrono, armador y compañero de correrías poco edificantes. Aunque Siria retiró sus tropas del Líbano en 2005, mantiene su reivindicación irredenta y ejerce una considerable influencia sobre otras fuerzas políticas libanesas. El eje de la resistencia árabe se completa con Hamás, cuya milicia tiene establecida una dictadura islámica en Gaza dependiente de los suministros que le llegan de Siria e Irán.

Jon B. Alterman, del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales, de Washington, resume la situación singular del régimen de Siria: “Menos internacionalmente conectado que Egipto, menos internacionalmente aislado que Libia, mucho más brutal que Túnez.” Y añade que lo más determinante para la continuidad de Asad es que los principales aliados norteamericanos en la región –Israel, Turquía y Arabia Saudí— no desean su caída.

Los israelíes han expresado de muy diversas maneras su temor de una caída de Asad que podría ser un revulsivo para los elementos más radicales, los numerosos grupos afines a Irán que alientan la guerra santa (yihad) desde sus despachos de Damasco. La monarquía saudí, protegida y armada por Washington, se ha convertido en el antagonista por antonomasia, religioso y estratégico, del régimen de los ayatolás. Turquía, en fin, con una frontera común de 900 kilómetros, no quiere ni oír hablar de una desestabilización general en la zona que podría arrojar gasolina sobre el candente problema de los kurdos.

La última esperanza

La última esperanza de los que protestan recae en las divergencias que ya se han producido o puedan producirse dentro del régimen, así en el ejército como en partido Baas. La primera disidencia importante se produjo en el partido único, del que dimitieron más de 200 militantes de Deraa, cuna de la revuelta, para protestar contra la violencia de las tropas. En su declaración, recogida por la agencia Reuters, los dimisionarios proclamaron: “En vista de la posición negativa adoptada por la dirección del Partido Baas Árabe Socialista, y después de centenares de muertos y miles de heridos a manos de las fuerzas de seguridad, hemos decidido presentar colectivamente nuestra dimisión.”

Fuentes diplomáticas en Damasco, citadas por las agencias de prensa occidentales, aseguraron el 28 de abril que existían algunos signos de descontento en el seno de las fuerzas armadas, en las que la mayoría de los soldados y mandos intermedios son suníes mientras que los jefes pertenecen a la minoría alauí, una disidencia del chiismo, la misma confesión que el presidente. Según relatan algunos opositores, numerosos soldados de una unidad se negaron a abrir fuego contra los civiles en Deraa, pero se trata de una información telefónica que no pudo ser confirmada sobre el terreno. Otras informaciones dudosas aseguraron que algunos de los soldados renuentes a disparar fueron pasados por las armas.

La oposición es variopinta, está dividida y muchos de sus grupos tienen sus cuarteles generales en el exilio. El ex vicepresidente de la República Abdel Halim Jadam, que rompió con el régimen en 2005, se encuentra exiliado en París; el Movimiento para la Justicia y del Desarrollo, de orientación islamista, tiene su sede en Londres; y el Partido para la Reforma, de Farid Ghadry, actúa desde Washington. Nunca fueron capaces estos tres grupos de organizar un frente común. En el interior de Siria, las fuerzas heterogéneas de la disidencia (islamistas, laicos, kurdos) firmaron una Declaración de Damasco, “una iniciativa nacional para el cambio democrático”, pero quizá la fuerza más representativa, los Hermanos Musulmanes, se encuentra paralizada por la pena de muerte con que el régimen castiga a sus militantes.

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