Posteado por: M | 3 mayo 2011

La muerte de Bin Laden no acaba con la guerra

Nueve años y siete meses después del apocalipsis de Manhattan, el jefe de Al Qaeda, Osama bin Laden, inspirador e inductor del ataque terrorista que derribó las Torres Gemelas y causó casi 3.000 víctimas mortales en Nueva York y Washington, fue muerto por los disparos de un comando de fuerzas especiales de Estados Unidos en su refugio de la ciudad paquistaní de Abbottabad, al norte de Islamabad, el domingo, 1 de mayo. Para cortar de raíz cualquier especulación, sospecha o leyenda, el presidente Barack Obama, al anunciar el acontecimiento en una solemne alocución, reveló que los estadounidenses tenían el cadáver del terrorista más buscado, el cuerpo acribillado a balazos del símbolo de la violencia islamista que recorre el mundo. El cadáver fue inhumado en el mar.

En un momento problemático para EE UU, de repliegue material y aislacionismo moral, de fatiga psicológico-militar y pérdida de referencias, con su poderosa economía agobiada por la deuda y el déficit, el sonado éxito de la eliminación de Bin Laden servirá para insuflar nuevas energías a la primera potencia, en sus horas aparentemente bajas, y para suscitar entre sus ciudadanos una renovada confianza en el liderazgo mundial. Las lucubraciones sobre el ocaso irremediable de los imperios quedarán momentáneamente desplazadas de las primeras planas mientras Obama saca brillo a sus blasones de comandante en jefe y candidato a la reelección en 2012.

El presidente reveló que la operación contraterrorista estaba en marcha desde agosto de 2010 y había contado con la colaboración de Pakistán, pero las autoridades paquistaníes no confirmaron ese aserto, una actitud probablemente dictada por una elemental precaución ante las críticas y probables represalias por parte de los islamistas locales que aclamaban a Bin Laden como un héroe. Los talibanes paquistaníes, por su parte, amenazaron con atacar a los líderes del país, incluido el presidente Asif Alí Zardari.

El anuncio de la muerte del terrorista más buscado produjo algunas manifestaciones de júbilo en la Zona Cero de Manhattan y delante de la Casa Blanca, además de una sensación general de alivio, de justicia cumplida o de venganza consumada que afectará a todos los secuaces del ídolo caído para siempre. La noticia tuvo especial resonancia en los países que se consideran más amenazados por el terrorismo, como Israel, aunque en toda Europa se mezclaron las felicitaciones a Washington con la esperanza. “Un mundo sin Osama bin Laden es un mundo mejor”, resumió el ministro suecos de Exteriores, el veterano diplomático Carl Bildt.

Bin Laden

Osama Bin Laden

La única batalla que se recuerda contra Bin Laden se libró en diciembre de 2001, en las montañas afganas de Tora Bora, cerca de la frontera con Pakistán.  Luego de varios días en que los helicópteros y los aviones norteamericanos estuvieron bombardeando la zona, el jefe terrorista y sus guardaespaldas escaparon del cerco para esconderse en algún lugar del convulso Pakistán. Bin Laden se convirtió en una especie de leyenda, de héroe oculto, cuyo retorno se aguardaba con anhelos de victoria y venganza por sus seguidores. Durante los últimos años, se había transformado en una sombra inquietante, la North Star del terrorismo global, según la descripción de un jefe de la CIA encargado de su infructuosa localización, y los medios de comunicación seguían atribuyéndole muchas de las desgracias del terror en todos los continentes. En medio de la confusión y el temor, los norteamericanos mantuvieron invariable el cartel típico empleado durante la conquista del oeste para perseguir a los criminales: “Se busca, vivo o muerto”, hasta su liquidación o su captura.

No cabe duda de que la liquidación de Bin Laden es un duro golpe para Al Qaeda, pero las secuelas de tan magno acontecimiento, sin embargo, son imprevisibles y pueden ser contradictorias, en un momento en que el universo árabe-musulmán está sacudido por un fuerte seísmo social y político de desenlace incierto. La aureola del jefe terrorista se había desdibujado mucho desde 2001, cuando la sola exhibición de su retrato provocaba el delirio o la histeria antioccidental en muchos países o sectores musulmanes.

Después de la invasión anglo-norteamericana de Iraq en 2003, Al Qaeda en Mesopotamia pareció dirigir el descenso al caos y el derramamiento de sangre,  pero sus capacidades operativa y de reclutamiento se hallan ahora en sus niveles más bajos, de manera que la retirada de las tropas estadounidense a final de año se reputa irreversible. Los recuerdos son lúgubres en Iraq, pero el futuro del país ya no puede ser ensombrecido por los herederos del jefe terrorista desaparecido.

La situación es mucho más delicada en Pakistán, un país profundamente desgarrado que recibe más de mil millones de dólares de EE UU para las operaciones de la lucha antiterrorista desde 2001. Nunca estuvo claro, sin embargo, si el gobierno y los servicios secretos paquistaníes actuaban en la misma dirección o si éstos, que forman un Estado dentro del Estado y mantienen desde siempre relaciones sospechosas con los talibanes, no habían protegido a Bin Laden de la cacería dirigida desde Washington. Pakistán se ha negado en numerosas ocasiones a perseguir a los aliados de Al Qaeda con el pretexto de que operaban en Afganistán.

El enemigo planetario

Tras el ataque de la escuadrilla suicida contra los símbolos del poder norteamericano, las Torres Gemelas del World Trade Center y el Pentágono, el 11 de septiembre de 2001, Bin Laden y el terrorismo islámico se elevaron a la categoría de nuevo enemigo planetario, como antes lo fueran Hitler y el nazismo o Stalin y el comunismo, susceptible de estimular la paranoia y de justificar la estrategia punitiva del imperio universal y benevolente, de sus aparatos coercitivos y propagandísticos. O de mantener en funcionamiento el campo de concentración de Guantánamo, a pesar del quebranto que provoca en el sistema judicial norteamericano.

No obstante, cuando la hiperpotencia deviene un gendarme harto reticente, cuyas vacilaciones empiezan a inquietar a sus aliados, y que prefiere concentrarse en sus problemas internos, la desaparición de ese antagonista universal no resuelve el enloquecido problema de las guerras en Afganistán y Pakistán, ni restaura milagrosamente la hegemonía ni implica el fin a la guerra santa (yihad) declarada a principio de los años 90 del pasado siglo por un multimillonario saudí, príncipe de las tinieblas, revestido de profeta apocalíptico, “contra los enemigos de Dios, cristianos, judíos y otros infieles e hipócritas”.

En su comparecencia televisada, el presidente Obama sentenció: “Esta noche se ha hecho justicia (…) Estados Unidos ha lanzado un mensaje inequívoco: no importa cuánto tiempo haga falta, lo importante es que se hará [justicia].” La emotiva declaración presidencial es una advertencia conminatoria para los eventuales herederos del jefe terrorista: no se puede desafiar impunemente al poder norteamericano. No se trata sólo de un éxito de la tenacidad, ni siquiera de unos servicios secretos que recuperan parte del prestigio perdido, sino de la voluntad política transmitida de Bush a Obama y de los sofisticados y costosos medios que se ponen a su servicio. Que tome buena nota, por lo tanto, el egipcio Ayman al-Zawahiri, considerado como el número dos de Al Qaeda, ideólogo y estratega, responsable de la campaña mundial contra EE UU y cerebro operativo del 11-S, el que imparte la ortodoxia en la red, el único que publicó una declaración con motivo de los acontecimientos que desembocaron en la destitución del presidente Hosni Mubarak.

El factor disuasorio de la liquidación del enemigo huidizo y obsesivo, esfumado o desaparecido en los lugares más inaccesibles de la frontera afgano-paquistaní, debe ponderarse con mucha cautela. Como es notorio, el islamismo radical constituye una nebulosa de grupos heterogéneos y autónomos, geográficamente dispersos, que se juramentan para la yihad o guerra santa, cohesionados exclusivamente por su aversión hacia Occidente y espoleados por los desengaños que engendra constantemente el proceso modernizador de muchos países islámicos, cuya dimensión ideológica reviste un carácter tan global como reaccionario.

El Frente Islámico Internacional para la Guerra Santa contra los Judíos y los Cruzados, integrado por Al Qaeda y otros grupos menores, que surgió el 22 de febrero de 1998 por una fatua de los ulemas, y cuyos objetivos eran “la liquidación de los americanos y sus aliados civiles y militares”, se ha visto diezmado y dispersado por la represión, la escasez de medios y las querellas teológico-estratégicas. No obstante, la organización principal cuenta con diversas franquicias que operan en Iraq, el Magreb, el Yemen, Libia, Pakistán o el Sureste asiático, obedientes a la misma prédica ideológica del combate contra Occidente, pero perfectamente confundidos con el paisaje.

El último atentado terrorista directamente vinculado a Al Qaeda se produjo el 24 de noviembre de 2010 en el Yemen. Fue un ataque suicida contra una procesión religiosa en un reducto de la rebelión chií en el norte del país que mató a 23 personas. Durante toda la revuelta en el Yemen contra el presidente Saleh, los elementos relacionados con  Al Qaeda se han mostrado muy activos, lo que en parte explica la actitud contemporizadora y cautelosa de Arabia Saudí y EE UU.

El núcleo duro de Al Qaeda transmite las órdenes a los “comandantes de campo”, quienes organizan las operaciones sobre el terreno y se encargan, a su vez, de despertar a las “células dormidas” y entrenar a los ejecutores de los atentados. Su filosofía es “un hombre, una bomba”. Dispone de militantes devotos y aspirantes al suicidio en muchos países, desde el Magreb a Indonesia, a veces bien integrados socialmente, y presenta la particularidad de que pocas veces asume públicamente los crímenes que comete, legitimados previamente por una fatua de la autoridad religiosa. Más que un grupo religioso o guerrilleros parece una secta apocalíptica que excluye cualquier idea de transacción o compromiso.

Dadas las circunstancias que prevalecen en el universo islámico y muy especialmente en Afganistán y Pakistán, la muerte de Osama Bin Laden no garantiza una reducción de la amenaza terrorista, ni es previsible que facilite el combate contra los talibanes y sus aliados. El pesimismo es inevitable cuando se sabe con certeza que cientos de musulmanes con pasaportes europeos viajaron a las áreas tribales de Pakistán, fronterizas con Afganistán, para recibir entrenamiento terrorista y regresaron a Europa para seguir en las células clandestinas.  El jefe de Al Qaeda sólo era un símbolo de un malestar y una determinación fanática que se extienden por el mundo.

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Responses

  1. Aquí,en España,el Gobierno de ZAPATERO,debe tomar buena nota: a los terroristas hay que combatirlos a muerte,y NO NEGOCIAR CON ELLOS.-
    ¡Señores del Gobierno!,Vds estan negociando con asesinos.Ponen enlibertad a estos,sin haber cumplido sus condenas.-
    Señor Rubalcaba,deje ya de traicionar a España.-
    Un saludo,lean mí webs: http://www.viriato-viera.com.

  2. En los EEUU se ha celebrado la muerte de Bin Laden como una victoria militar más.Es a lo que están acostumbrador a ganar batallas, aunque después pierdan la paz.
    Para derrotar al terrorismo islámico hay que remediar los problemas que lo causan y de esto estamos lejos aún


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