Posteado por: M | 15 mayo 2011

Más notas sobre la muerte de Bin Laden y el declive de su proyecto

Nueve años y siete meses después del apocalipsis de Manhattan, el fundador y jefe de Al Qaeda, Osama bin Laden, multimillonario saudí, inspirador e inductor del ataque terrorista que derribó las Torres Gemelas y causó casi 3.000 víctimas mortales en Nueva York y Washington, resultó muerto por los disparos de un comando de fuerzas especiales de Estados Unidos en su refugio en una zona residencial de la ciudad paquistaní de Abbottabad, unos 50 kilómetros al norte de Islamabad, en la madrugada del 1 de mayo. Para cortar de raíz cualquier especulación, sospecha o leyenda, el presidente Barack Obama, al anunciar el acontecimiento en una solemne alocución televisada, reveló que los estadounidenses tenían el cadáver del terrorista más buscado, el cuerpo acribillado a balazos del símbolo o icono de la violencia de inspiración islamista que recorre el mundo, pero se abstuvo de vaticinar el fin de la guerra emprendida en 2001. También resulta problemático el futuro de Al Qaeda y su utopía en el nuevo panorama social y político creado por el nuevo levantamiento árabe.  

El comando norteamericano que ejecutó la operación, en tan sólo 40 minutos, pertenece a los Seals, una unidad de élite de la Marina, y estuvo integrado por 79 hombres, de los que 24 descendieron de tres helicópteros para asaltar el chalet de tres plantas, rodeado por un muro, en el que vivían Bin Laden y su familia: tres mujeres y seis hijos. En contra de lo que se dijo en un principio, la Casa Blanca aclaró que Bin Laden estaba desarmado cuando los soldados le dispararon a la cabeza. Uno de sus guardaespaldas o mensajero, que vivía en el chalet, abrió fuego en los primero minutos del ataque y fue abatido rápidamente. Tampoco es cierto que una de sus mujeres intentara protegerlo y resultara herida. Tanto las esposas como los hijos permanecen bajo custodia de las autoridades paquistaníes.

Algunas zonas de sombra siguen existiendo en cuanto a la cronología y los detalles de la intervención, la supuesta pérdida de un helicóptero o el objetivo real del comando: matar o capturar a Bin Laden. El secreto de Estado y las cuestiones de legalidad internacional –la intervención en un país extranjero sin la aquiescencia de éste– siguen pesando sobre el relato de los hechos, “los 40 minutos más largos de mi vida”, seguidos en directo desde un despacho de la Casa Blanca, como confesó Obama en la primera entrevista televisada, el 8 de mayo. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, emitió una frase parecida para describir su emoción.

El comando atacante era bastante numeroso en previsión de cualquier choque no deseado con las fuerzas armadas paquistaníes. Obama afirmó que, al autorizar la operación, tuvo muy presente la pesadilla que vivió Jimmy Carter cuando ordenó una operación que resultó fallida para rescatar por la fuerza a los rehenes que estaban en manos de los supuestos revolucionarios iraníes, en la embajada norteamericana de Teherán, tras la toma del poder por el ayatolá Jomeini, en 1980. También recordó el presidente lo acontecido en Somalia en 1993, bajo el mandato de George Bush (padre), cuando dos helicópteros norteamericanos fueron derribados en Mogadiscio y los cadáveres de los soldados norteamericanos fueron arrastrados por las calles delante de las cámaras de televisión.

Tras consumar la operación, los atacantes trasladaron en helicóptero el cadáver del líder islamista al portaaviones Carl Vinson, en el océano Índico, donde se le practicaron todas las pruebas pertinentes, incluidas las del ADN, para disipar cualquier duda sobre su identificación. A juzgar por las declaraciones de Obama, al negarse a publicar las fotografías del muerto, Bin Laden resultó herido de dos disparos en la cabeza y, por lo tanto, su rostro quedó desfigurado. Apenas diez horas después, sus restos mortales fueron inhumados en el mar, observando el ritual coránico, según aclararon los portavoces de la Casa Blanca. Advirtieron igualmente de que las fotografías no serán publicadas porque su visión podría tener efectos inflamatorios en algunos sectores de la opinión musulmana.

En un momento problemático para EE UU y su acción exterior, de repliegue material y aislacionismo moral, de fatiga psicológico-militar y pérdida de referencias, con su poderosa economía agobiada por la deuda y el déficit, el sonado éxito de la eliminación de Bin Laden servirá para insuflar nuevas energías en la primera potencia global, en sus horas aparentemente más bajas; consolar a las familias de las víctimas del mayor atentado terrorista de la historia y suscitar entre sus ciudadanos una renovada confianza en el liderazgo mundial. El deseo de venganza o simplemente de castigo se expresó también en la opinión pública estadounidense en los momentos que siguieron  a la divulgación de la noticia.

Inmediatamente después de la alocución presidencial, las primeras reacciones de los responsables norteamericanos apuntaron en la dirección del retraimiento: mantener el calendario de repliegue en Iraq, cuya culminación está prevista para finales de año, y acelerar la retirada de las tropas de Afganistán, que debe comenzar en agosto próximo, para llegar a la campaña electoral de 2012 con los soldados en casa. El prestigioso analista Leslie Gelb urgió en el Wall Street Journal: “Afganistán ya no es una guerra en que estén implicados los intereses vitales de EE UU. Se trata de la renuencia de las élites políticas para aceptar dos hechos incontrovertibles: la amenaza terrorista de Al Qaeda ya no se centra en aquel viejo campo de batalla, y la lucha contra los talibanes corresponde principalmente a los mismos afganos.”

El tesoro de información requisado en la residencia de Bin Laden será utilizado a fin de “continuar los esfuerzos para la completa destrucción de Al Qaeda –declaró John Brennan, el principal asesor de Obama en cuestiones de terrorismo–. Estamos decididos a hacerlo y creemos que podemos lograrlo.” No obstante, el director de la CIA, Leon Panetta, advirtió :”Aunque Bin Laden está muerto, Al Qaeda no lo está”, mientras EE UU y Gran Bretaña lanzaban una advertencia general a sus ciudadanos alrededor del mundo y ponían las embajadas y las bases militares en alerta, ante el temor de represalias en cualquier momento.

Otros comentaristas recordaron que EE UU lleva gastados más de dos billones de dólares tanto en las guerras de Iraq y Afganistán como en la burocracia de la seguridad desde 2001. La crisis económica, aunque aparentemente desatada por las hipotecas basura y las trampas financieras, está estrechamente relacionada con el aumento exponencial del gasto público y, por ende, de la deuda y el déficit. No obstante, si reparamos en las manifestaciones de júbilo que se produjeron en la Zona Cero y Times Square de Nueva York, así como en otras ciudades norteamericanas, ante la eliminación del enemigo público número uno, las lucubraciones sobre el ocaso irremediable de los imperios quedarán momentáneamente desplazadas de las primeras planas de los periódicos mientras Obama saca brillo a sus blasones de comandante en jefe y candidato a la reelección en 2012.

El presidente reveló, en sus primeras palabras, sin poder disimular su emoción, que la operación contraterrorista estaba en marcha desde agosto de 2010 –probablemente siguiendo las pistas facilitadas por algunos detenidos de Guantánamo– y había contado con la colaboración de Pakistán, pero las autoridades paquistaníes desmintieron rotundamente ese aserto, una actitud probablemente dictada por las divisiones del poder en Islamabad y por una elemental precaución ante las críticas y probables represalias por parte de los islamistas locales que aclamaban a Bin Laden como un héroe. Los talibanes paquistaníes, por su parte, amenazaron con atacar a los líderes del país, incluido el presidente Asif Alí Zardari.

En el vidrioso asunto de las relaciones con Pakistán y en el no menos peliagudo de la ejecución sumaria de Bin Laden, la comunicación de la Casa Blanca dejó mucho que desear, hasta el punto de que fue calificada de caótica. “Una cacofonía mediática mal orquestada, errática e incoherente”, señaló en su blog el periodista francés Georges Malbrunot, que fue corresponsal en Bagdad, buen conocedor de los mecanismos mediáticos norteamericanos. El New York Times, pese a sus simpatías por la Administración de Obama, se mostró severo: “Hemos asistido a la colisión clásica entre el deseo de la Casa Blanca de informar rápidamente de un triunfo deslumbrante para la seguridad nacional – además de dar de comer a unos medios hambrientos— y la colecta complicada de los hechos después de una operación caótica en el otro extremo del mundo.”

Aunque los rumores incontrolables comenzaron a circular en Washington en la noche del domingo (1 de mayo), Obama no apareció en la televisión hasta las 23.15 horas de ese día (05.15 horas del lunes, 2 de mayo, hora española). La operación había comenzado siete horas antes, a la 01.00 de la madrugada en Abbottabad (día 1), cuando eran las 22.00 horas del día anterior (39 de abril) en España. El asalto duró 40 minutos y se produjo unas seis horas y media antes de que Obama lo anunciara, luego de haber seguido en directo el desarrollo de la operación desde la Situation Room de la Casa Blanca, en compañía de los principales responsables de su gobierno: el vicepresidente Joseph Biden; la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y el secretario de Defensa, Robert Gates, además de la plana mayor del Consejo Nacional de Seguridad.

La noticia de la eliminación  del terrorista más buscado provocó algunas manifestaciones de júbilo en la Zona Cero de Manhattan y delante de la Casa Blanca, además de una sensación general de alivio, de justicia cumplida o de venganza consumada que influirá en todos los secuaces del ídolo caído para siempre, aunque no sabemos cómo. Tuvo especial resonancia en los países que se consideran más amenazados por el terrorismo, como Israel, aunque en toda Europa se mezclaron las felicitaciones a Washington con la esperanza de que se reduzca la violencia y algunas recriminaciones sobre el procedimiento. “Un mundo sin Osama bin Laden es un mundo mejor”, resumió el ministro sueco de Exteriores, el veterano diplomático Carl Bildt. “Un hito” en la lucha contra el terror, proclamó el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon.

La celeridad, las precauciones y el hecho de mantener completamente al margen a las autoridades paquistaníes se explican por una experiencia llena de filtraciones y fiascos, de fracasos reiterados, debido en gran parte a la fragmentación  del poder paquistaní. La única batalla que se recuerda contra Bin Laden se libró en diciembre de 2001, en las montañas afganas de Tora Bora, cerca de la frontera con Pakistán. Luego de varios días en que los helicópteros y los aviones norteamericanos estuvieron bombardeando intensamente la zona, el jefe terrorista y sus guardaespaldas escaparon del cerco para esconderse en algún lugar del convulso Pakistán, en la zona fronteriza con Afganistán, probablemente con la connivencia de algunos jefes locales.

En medio de esos fracasos, Bin Laden se convirtió en una especie de leyenda, de héroe oculto, de emir esperado, cuyo retorno se aguardaba con anhelos de victoria y desquite por sus seguidores. Durante los últimos años, se había transformado en una sombra inquietante, la North Star del terrorismo global, según la descripción de un jefe de la CIA encargado de su infructuosa localización, y los medios de comunicación seguían atribuyéndole rutinariamente muchas de las desgracias del terror en todos los continentes. En medio de la confusión y el temor, los norteamericanos mantuvieron invariable el cartel típico empleado durante la conquista del oeste para perseguir a los criminales: “Se busca, vivo o muerto”, hasta su liquidación o su captura. Y la CIA, tras varios años de desastres, pudo colgarse la medalla.

Las cuestiones legal y moral

Pocas críticas suscitó la operación dirigida por la CIA para la liquidación de Bin Laden, salvo en los territorios más proclives al antinorteamericanismo. Llovieron sobre Washington las felicitaciones de los gobiernos europeos, como en los mejores tiempos de la arrogancia del poder entronizada e indiscutible. El hecho de que Obama se comporte como un guerrero reticente, como un progresista, en el sentido europeo del término, desarma a los gobiernos de izquierda que en otras circunstancias –con George W. Bush como presidente, por ejemplo— sin duda hubieran expresado al menos su desacuerdo con el desarrollo de la operación.

Obama se ha olvidado casi por completo de los escrúpulos morales y las críticas geoestratégicas que dirigió a George W. Bush. No cerró la prisión de Guantánamo, según lo prometido reiteradamente, ni puso fin a las detenciones preventivas ni ha podido llevar ante los tribunales a los más relevantes sospechosos de terrorismo. Ha cambiado algo la retórica, procurando evitar la expresión de “guerra global contra el terrorismo” (global war on terrorism), acuñada por su predecesor, pero mantiene la idea de un conflicto armado permanente, utiliza la ley de poderes especiales votada por el Congreso después de los atentados del 11/S de 2001 y gasta cantidades fabulosas de dólares en la burocracia de la seguridad.

Esa ley de excepción autoriza al presidente a utilizar “toda la fuerza necesaria y apropiada” contra las naciones, organizaciones o individuos que planificaron, autorizaron, cometieron o colaboraron en el atentado, pero el derecho internacional clásico, reafirmado por la ONU, insiste en que una persona desarmada debe ser detenida y llevada a juicio, aplicando criterios de necesidad y proporcionalidad. Ocurre, sin embargo, que el derecho internacional se aplica o se desprecia según el poder de los protagonistas.

Quizá no fue un acto justiciero, como proclamó Obama –“se ha hecho justicia”, declaró–, pero las consideraciones políticas y estratégicas acabaron por imponerse en las largas deliberaciones que preludiaron la intervención. Un Bin Laden vivo hubiera sido “un quebradero de cabeza inasumible”, reconocieron los portavoces de la Casa Blanca. Resulta impensable, desde luego, el escenario del “rostro más buscado del terrorismo” esperando juicio en una prisión norteamericana, en el caso improbable de que hubiera podido ser capturado vivo.

La Administración de Obama ha elaborado un doctrina para justificar la ejecución de los líderes y los esbirros de Al Qaeda, arguyendo que EE UU está en guerra con  los grupos terrorista y que la eliminación de sus miembros manu militari no es un asesinato respaldado por el gobierno –prohibidos explícitamente por la ley–, sino la consecuencia de un enfrentamiento en el campo de batalla. No son operaciones de policía, sino militares. No obstante, algunos miembros del Partido Republicano denuncian a Obama por su renuencia a enviar a los sospechosos de terrorismo a Guantánamo, donde, interrogados contundentemente, puedan aportar datos importantes para la seguridad nacional, aunque semejantes argumentos entrañen una justificación retroactiva de la tortura.

La controversia se suscita al margen de los gobiernos, entre personalidades u organizaciones no gubernamentales (ONG) que disputan acaloradamente con criterios morales si la muerte de Bin Laden fue la consecuencia de un acto de guerra o de una operación policial. Me encontraba en Londres cuando el arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, suscitó una fuerte controversia al criticar la forma en que los norteamericanos eliminaron a Bin Laden. Tras reconocer que “era manifiestamente un criminal de guerra”, el prelado anglicano añadió: “La muerte de un hombre desarmado siempre nos provoca un sentimiento de turbación porque no parece que se haya hecho justicia en esas circunstancias.”

La réplica inmediata apareció en forma de un editorial titulado “Justicia cumplida”, en The Times: “Creemos que fue una acción de legítima defensa llevada a cabo de manera eficiente y valerosa (…), ya que el primer deber del Estado es proteger a sus ciudadanos, a los que Osama Bin Laden había declarado la guerra.” Tras señalar que el arzobispo pensaba en un mundo ideal, inexistente, en el que nunca tuviera que sentirse turbado, añadía: “Nuestro mundo real es mucho mejor sin Bin Laden, sin  ninguna duda”. Finalmente, el editorialista rebatía el fondo de la cuestión: “En realidad, se ha hecho justicia, una justicia violenta, expeditiva, pero que siempre es preferible a la impunidad.”

La ambigua posición de Pakistán

No cabe duda de que la liquidación de Bin Laden, real y simbólica, es un duro golpe para Al Qaeda, pero las secuelas de tan magno acontecimiento, sin embargo, son imprevisibles y pueden ser contradictorias, en un momento en que el universo árabe-musulmán está sacudido por un fuerte seísmo social y político de desenlace incierto. La aureola del jefe terrorista se había desdibujado mucho desde 2001, cuando la sola exhibición de su retrato provocaba el delirio o la histeria antioccidentales en muchos países o sectores musulmanes. La proclamación de la victoria, por lo tanto, se me antoja intempestiva.

Después de la invasión anglo-norteamericana de Iraq en 2003 y la caída de Sadam Husein, la franquicia Al Qaeda en Mesopotamia (AQM) pareció dirigir el descenso al caos y el derramamiento de sangre,  pero sus capacidades operativa y de reclutamiento se hallan ahora en sus niveles más bajos, de manera que la retirada de las tropas estadounidense a final de año se reputa irreversible. Los recuerdos son lúgubres en Iraq, pero el futuro del país ya no puede ser ensombrecido por los herederos del jefe terrorista desaparecido.

La situación es mucho más delicada en Pakistán, un país profundamente desgarrado que recibe más de mil millones de dólares de EE UU para las operaciones de la lucha antiterrorista desde 2001. Nunca estuvo claro, sin embargo, si el gobierno y los servicios secretos paquistaníes actuaban en la misma dirección o si éstos, que forman un Estado dentro del Estado y mantienen desde siempre relaciones sospechosas con los talibanes, habían protegido a Bin Laden de la cacería dirigida desde Washington. Pakistán se ha negado en numerosas ocasiones a perseguir a los aliados de Al Qaeda con el pretexto de que operaban en Afganistán.

Los agravios son recíprocos. Si en Washington crecen las sospechas sobre el comportamiento de los servicios secretos paquistaníes (ISI) y algunos jefes militares, que quizá encubrieron o protegieron al cerebro de Al Qaeda, el gobierno de Islamabad se queja de la violación de su soberanía por el comando estadounidense. La protesta paquistaní se concretó en la revelación de la identidad del jefe de la CIA en aquel país, al que se adjudica una actuación destacada en la recogida de información que permitió la liquidación de Bin Laden.

No obstante, el primer ministro paquistaní, Yousuf Raza Gilani, en su primera comparecencia en el Parlamento, rechazó enérgicamente las alegaciones de que el ejército o los servicios secretos hubieran ayudado al jefe de Al Qaeda, aunque nadie se explica cómo éste pudo vivir seis años muy cerca de una academia militar sin ser detectado. Para rebajar las tensiones, los servicios secretos paquistaníes permitirán que la CIA interrogue a las tres esposas de Bin Laden que tienen bajo su custodia, detenidas después del asalto de la vivienda.

Aqil Shah, profesor en la universidad de Harvard, asegura que “el gobierno de Pakistán, dirigido por el Partido Popular (PPP), se opone inequívocamente al extremismo violento, pero los militares continúan considerando a algunos grupos [terroristas] como instrumentos estratégicos de la política exterior”. Y si no se resuelve el conflicto endémico con la India a propósito de Cachemira, será muy difícil que los pretorianos de Pakistán cambien significativamente su conducta.

El enemigo planetario y su futuro

Tras el ataque de la escuadrilla suicida contra los símbolos del poder norteamericano, las Torres Gemelas del World Trade Center y el Pentágono, el 11 de septiembre de 2001, Bin Laden y el terrorismo islámico se elevaron a la categoría de nuevo enemigo planetario, como antes lo fueran Hitler y el nazismo o Stalin y el comunismo, susceptible de estimular la paranoia y de justificar la estrategia punitiva del imperio universal y benevolente, de sus aparatos coercitivos y propagandísticos. O de mantener en funcionamiento el campo de concentración de Guantánamo, a pesar del quebranto que provoca en el sistema judicial norteamericano.

No obstante, cuando la hiperpotencia deviene un gendarme harto reticente, cuyas vacilaciones empiezan a inquietar a sus aliados, y que prefiere concentrarse en sus problemas internos, la desaparición de ese antagonista universal no resuelve el enloquecido problema de las guerras en Afganistán y Pakistán, ni restaura milagrosamente la hegemonía ni implica el fin a la guerra santa (yihad) declarada a principio de los años 90 del pasado siglo por un multimillonario saudí, príncipe de las tinieblas, revestido de profeta apocalíptico, “contra los enemigos de Dios, cristianos, judíos y otros infieles e hipócritas”.

En su comparecencia televisada, el presidente Obama sentenció: “Esta noche se ha hecho justicia (…) Estados Unidos ha lanzado un mensaje inequívoco: no importa cuánto tiempo haga falta, lo importante es que se hará [justicia].” La emotiva declaración presidencial es una advertencia conminatoria para los eventuales herederos del jefe terrorista: no se puede desafiar impunemente al poder norteamericano. No se trata sólo de un éxito de la tenacidad, ni siquiera de unos servicios secretos que recuperan parte del prestigio perdido, sino de la voluntad política transmitida de Bush a Obama y de los sofisticados y costosos medios que se ponen a su servicio. Que tome buena nota, por lo tanto, el egipcio Ayman al-Zawahiri, considerado como el número dos de Al Qaeda, ideólogo y estratega, responsable de la campaña mundial contra EE UU y cerebro operativo del 11-S, el que imparte la ortodoxia en la red, el único que publicó una declaración con motivo de los acontecimientos que desembocaron en la destitución del presidente Hosni Mubarak.

El factor disuasorio de la liquidación del enemigo huidizo y obsesivo, esfumado o desaparecido en los lugares más inaccesibles de la frontera afgano-paquistaní, debe ponderarse con mucha cautela. Como es notorio, el islamismo radical constituye una nebulosa de grupos heterogéneos y autónomos, geográficamente dispersos, que se juramentan para la yihad o guerra santa, cohesionados exclusivamente por su aversión hacia Occidente y espoleados por los desengaños que engendra constantemente el proceso modernizador de muchos países islámicos, cuya dimensión ideológica reviste un carácter tan global como reaccionario.

Como vaticina el presidente del Council of Foreign Relations, Richard Haass, “el terrorismo es un fenómeno descentralizado en su financiación, planificación y ejecución. La eliminación de Bin Laden no significa el fin de la amenaza (…) El terrorismo continuará.”

El Frente Islámico Internacional para la Guerra Santa contra los Judíos y los Cruzados, integrado por Al Qaeda y otros grupos menores, que surgió el 22 de febrero de 1998 por una fatua de los ulemas, y cuyos objetivos eran “la liquidación de los americanos y sus aliados civiles y militares”, se ha visto diezmado y dispersado por la represión, la escasez de medios y las querellas teológico-estratégicas. No obstante, la organización principal cuenta con diversas franquicias que operan en Iraq, el Magreb, el Yemen, Libia, Pakistán o el Sureste asiático, obedientes a la misma prédica ideológica del combate contra Occidente, pero perfectamente confundidos con el paisaje.

El último atentado terrorista directamente vinculado a Al Qaeda se produjo el 24 de noviembre de 2010 en el Yemen. Fue un ataque suicida contra una procesión religiosa en un reducto de la rebelión chií en el norte del país que mató a 23 personas. Durante toda la revuelta en el Yemen contra el presidente Saleh, los elementos relacionados con  Al Qaeda se han mostrado muy activos, lo que en parte explica la actitud contemporizadora y cautelosa de Arabia Saudí y EE UU.

El núcleo duro de Al Qaeda transmite las órdenes a los “comandantes de campo”, quienes organizan las operaciones sobre el terreno y se encargan, a su vez, de despertar a las “células dormidas” y entrenar a los ejecutores de los atentados. Su filosofía es “un hombre, una bomba”. Dispone de militantes devotos y aspirantes al suicidio en muchos países, desde el Magreb a Indonesia, a veces bien integrados socialmente, y presenta la particularidad de que pocas veces asume públicamente los crímenes que comete, legitimados previamente por una fatua de la autoridad religiosa. Más que un grupo religioso o guerrilleros parece una secta apocalíptica que excluye cualquier idea de transacción o compromiso.

Dadas las circunstancias que prevalecen en el universo islámico y muy especialmente en Afganistán y Pakistán, la muerte de Osama Bin Laden no garantiza una reducción de la amenaza terrorista, ni es previsible que facilite el combate contra los talibanes y sus aliados. El pesimismo es inevitable cuando se sabe con certeza que cientos de musulmanes con pasaportes europeos viajaron a las áreas tribales de Pakistán, fronterizas con Afganistán, para recibir entrenamiento terrorista y regresaron a Europa para seguir en las células clandestinas.  El jefe de Al Qaeda sólo era un símbolo de un malestar y una determinación fanática que se extienden por el mundo.

En el mundo árabe, sin embargo, las revueltas liberadoras han contribuido ciertamente a desacreditar la ideología de Al Qaeda y sus profetas, su denuncia del pluralismo y las elecciones como remedo fraudulento de la civilización occidental. El rechazo de Occidente, la imposición de la ley coránica como panacea universal, la restauración del califato y las muy severas restricciones culturales que predican los islamistas sólo seducen a las masas en épocas de postración. Ya hemos visto como la esperanza suscitada por las revueltas prodemocráticas forzaba a los islamistas a subirse apresuradamente al tren de las reformas.

Aunque sin compartir la hipótesis del islamólogo Gilles Kepel, según la cual “Bin Laden ya estaba muerto” y su desaparición física no hará otra cosa que acelerar la decadencia de sus ideas, no cabe duda de que la calle árabe-musulmana acogió el relato del asalto de Abbottabad con sorprendente indiferencia, cuando se esperaba la violenta sacudida de otras veces y una diatriba general contra la perfidia norteamericana. La utopía del emir invencible se halla en el ocaso. El mundo que cambió radicalmente el 11 de septiembre de 2001 parece que está en el preludio de una nueva mudanza en alguna medida conectada con la libertad y el progreso.

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