Posteado por: M | 17 mayo 2011

La dimisión del mediador y la violencia de la Nakba

Los sangrientos acontecimientos del 63 aniversario de la Nakba (catástrofe) del pueblo árabe de Palestina, que rememora el nacimiento del Estado de Israel (1948), la primera guerra árabe-israelí y la expulsión o huida de sus tierras de unos 800.000 palestinos, coincidieron el 15 de mayo con los ecos de la dimisión irrevocable del ex senador George Mitchell como enviado especial del presidente Obama para el Próximo Oriente, encargado de promover las negociaciones para la resolución del conflicto mediante la coexistencia de dos Estados en el exiguo territorio que va desde el río Jordán al Mediterráneo. La espantada de Mitchell sugiere que el acuerdo de paz parece más inalcanzable que nunca y que las negociones bilaterales, bloqueadas desde septiembre de 2010, no podrán reanudarse en los próximos meses.

Obama nombró a Mitchell el 22 de enero de 2009, dos días después de su instalación en la Casa Blanca, con una premura que subrayó las intenciones del presidente: las negociaciones entre israelíes y palestinos y la consecución de un acuerdo de paz considerado como “una prioridad para la seguridad nacional” de EE UU. El nombramiento de Mitchell estuvo avalado por su exitoso desempeño de la misión de paz entre las facciones rivales en Irlanda del Norte y su informe de 2001 sobre las causas de la segunda intifada palestina que se inició un año antes, aunque levantó ampollas en Israel.

Mitchell fue muy censurado durante su gestión por la prensa norteamericana pro israelí, que incluye prácticamente a todos los grande medios, que le reprochó, remedando la argumentación del gobierno de Benyamin Netanyahu, su insistencia y hasta su obsesión sobre la renuncia a construir nuevas colonias judías en Cisjordania y Jerusalén oriental como condición sine qua non para avanzar el proceso de paz. Sometido a incoercibles presiones internas, — el lobby judío mantiene muy buenas relaciones con demócratas y republicanos–, Obama nunca puso toda la carne en el asador ni fue capaz de vencer el rechazo intransigente del primer ministro israelí, que dirige el gabinete de coalición más derechista y nacionalista de la historia de Israel.

Rodeado por varios consejeros y una pletórica burocracia, Mitchell realizó innumerables viajes por la región, ofreció polémicas conferencias de prensa, irritó a tirios y troyanos, especialmente a los israelíes, y buscó un acuerdo mediante conversaciones directas entre las partes o por persona interpuesta, pero sólo logró que Netanyahu y el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, acudieran a Washington en septiembre de 2010 para mantener un diálogo de sordos que desembocó en un incremento sustancial de la acrimonia y la sensación de fracaso. En diciembre, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, reconociendo la frustración y la impotencia, confirmó el abandono de los esfuerzos para sentar a las partes en la misma mesa.

El fracaso de Mitchell afecta lógicamente a Obama y su Administración, que pierden al negociador en el momento delicado de las revueltas en el mundo árabe, de la controvertida reconciliación entre Fatah y Hamás, los dos movimientos rivales de la causa palestina, y las batallas que se avecinan en la ONU para el reconocimiento de la independencia teórica de un Estado palestino delimitado por las fronteras de 1967, las existentes antes de la guerra de los seis días de junio de aquel año. Los refugiados iniciales y sus descendientes han crecido hasta los casi cinco millones, acogidos a la caridad internacional y repartidos por los campos de Jordania, Gaza, Cisjordania, el Líbano y Siria.

También desaparece del escenario la ilusión de llegar a un acuerdo con Siria sobre los altos del Golán, ocupados por Israel desde 1967, otra de las prioridades de la Casa Blanca, enterrada por la feroz represión del régimen del presidente Bachar el Asad.

El estallido de violencia con motivo de la Nakba que sacudió las fronteras de Israel (Siria, Líbano y Gaza), donde el ejército israelí disparó contra los refugiados palestinos que forzaron las vallas fronterizas y causó 15 muertos, encendió todas las alarmas en los círculos dirigentes de Jerusalén. El recuerdo de las intifadas, la aglomeración sin precedentes y sincronizada en las fronteras, gracias a los nuevos medios electrónicos de comunicación; las expectativas surgidas de las revueltas árabes y el acuerdo de reconciliación entre Fatah y Hamás, firmado en El Cairo el 4 de mayo, enmarcan una nueva situación, potencialmente explosiva, por más que Netanyahu proclamara que está decidido a “salvaguardar nuestras fronteras y nuestra soberanía”.

Luego de tantas tragedias y tan reiteradas matanzas, no sabemos cuántos muertos palestinos más podrá soportar la buena conciencia inalterable de los judíos. Por el momento, el gobierno israelí prosigue la colonización de Cisjordania, no se mueve un ápice de sus conocidas posiciones territoriales e ideológicas y prefiere el aislamiento diplomático, mientras cuente con la protección de EE UU, antes que cualquier riesgo susceptible de abrir la más pequeña grieta en el rígido sistema de seguridad.

La opinión más extendida en Israel es que la violencia del 15 de mayo no anuncia una tercera intifada, puesto que tanto la Autoridad Palestina como Hamás están dedicados a las maniobras diplomáticas que deben culminar en septiembre próximo, en la Asamblea General de la ONU, por una mayoría abrumadora, con el reconocimiento internacional del Estado palestino. Las manifestaciones de la Nakba, como creen en Israel, probablemente no serán el preludio de una escalada violenta en el conflicto, pero no conviene olvidar que nadie previó las revueltas que comenzaron  en Túnez en diciembre de 2010 y se extendieron como reguero de pólvora.

La clave para desatascar el conflicto la guardan el gobierno israelí y sus firmes aliados de Washington. Un inminente discurso de Obama, en el que renovará su compromiso con el mundo árabe-musulmán y reflexionará tanto sobre las revueltas democráticas como sobre la muerte de Bin Laden, no se espera que aporte muchas novedades en lo concerniente a Palestina. El primer ministro israelí, que pronunciará un discurso en el Congreso norteamericano la semana próxima, tiene la intención de proclamar que no se sentará de ninguna manera a negociar con un gobierno que incluya a representantes de Hamás, el movimiento islamista que gobierna en Gaza y al que EE UU y la Unión Europea consideran una organización terrorista.

Sólo los muy bien intencionados pueden creer que Obama y Netanyahu, dos personalidades tan distintas por no decir antagónicas, pueden colocar sobre la mesa una iniciativa conjunta susceptible de convencer a los palestinos de que se encuentran ante una nueva oportunidad para la recuperación de sus derechos y, por ende, de la paz.

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