Posteado por: M | 22 mayo 2011

La caída infamante de DSK y el estupor de Francia

Tras la decisión del gran jurado, la institución colectiva y popular que decide la inculpación oficial y el procesamiento de los acusados, ya caben pocas dudas de que la requisitoria del fiscal y la decisión de la jueza de encarcelar preventivamente a Dominique Strauss-Kahn (DSK), director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), están fundadas en indicios más que racionales de delito y riesgo de fuga. Finalmente, quedó bajo arresto domiciliario, previo pago de una fianza de seis millones de dólares (uno en efectivo y los otros cinco con avales) y sometido a la humillación de un brazalete electrónico, varias cámaras de video que controlarán todos sus movimientos y la vigilancia de un guardia privado pagado de su peculio. La presunción de inocencia y las sospechas de un complot aireadas por gran parte de la prensa francesa amiga, aunque serán sostenidas hasta el veredicto final con un derroche de fortuna y amistades, se derrumbaron estrepitosamente en un juzgado de Manhattan, el 20 de mayo.

Tras la acusación y los otros pronunciamientos judiciales, se consolida la presunción que el político francés tuvo un comportamiento vergonzoso, machista, brutal y cobarde contra la camarera de un hotel de lujo (Sofitel) de Manhattan, de propiedad francesa, en el que ocupaba una suite que cuesta 3.000 dólares por noche. Fue inculpado oficialmente de siete cargos (seis delitos), entre ellos, los de violación en grado de tentativa, agresión sexual y retención ilegal, que, en caso de condena, podrían acarrearle una pena de más de 20 años de cárcel. “La caída de los poderosos es más dura en Estados Unidos”, concluyó lacónicamente Arthur Dethomas, abogado de los colegios de París y Nueva York.

Silencio o complicidad de los medios

La situación procesal de DSK no deriva de que sea un seductor o un homme a femmes (un mujeriego o castigador), como lo describió de manera benevolente parte de la prensa francesa, ni siquiera a que tenga fama de ser un libertino o avejentado rijoso, incluso un acosador frustrado, sino de que existen pruebas suficientes para suponer que actuó en su suite del Sofitel como un sátiro desenfrenado, prepotente; un violador en potencia, cuya relación enfermiza con las mujeres había estado hasta ahora protegida por un muro de silencio y hasta de complicidad, la omertá que reina en los medios de comunicación franceses sobre los aspectos más escabrosos de la vida privada de sus políticos, según la expresión publicada en Le Monde por el periodista Christophe Deloire, autor del libro Sexus politicus. Los llamados “asuntos de costumbres”, según el eufemismo de los medios, encubren, disimulan o mitigan, en verdad, la conducta indecente o/e infiel, de lujuria incontenible, de algunos políticos.

Esas inclinaciones o debilidades suelen ser el secreto de polichinela y motivos de chascarrillos y también de malevolencia en los círculos políticos y mediáticos de Francia. En el caso de DSK, socialdemócrata confeso, su tren de vida, sus aficiones lujosas y lujuriosas, sus turbulencias machistas, junto con las ambiciones políticas de su tercera y multimillonaria esposa, la periodista Anne Sinclair, estrella mediática un poco venida a menos, le hacían aparecer con frecuencia como la caricatura o la hipérbole del socialismo caviar o del socialismo champaña, términos peyorativos que se utilizan en Francia para retratar las contradicciones insuperables entre los ideales predicados y el pragmatismo llevado a sus últimas consecuencias.

La prensa francesa mantuvo sobre el político orondo y encantador, durante demasiado tiempo, la coartada de un mundo al revés, de un relativismo exculpatorio y sofocante, y en vez de buscar la verdad y servirla al público, como demanda la ética más elemental del métier, se encastilló en el mutismo y la complicidad. Los medios conocían muy bien al personaje y sus aficiones, pero propendieron a transformar su comportamiento obsesivo con las mujeres en una falaz y extravagante virtud: la de la seducción machista. Como es habitual, los periódicos exhibieron su  prudencia a todas luces excesiva en las cuestiones concernientes al sexo.

En una entrevista conjunta con DSK y su mujer en el semanario L´Express, preguntada ésta si sufría por la reputación de seductor que tenía su aquél, Anne Sinclair replicó: “¡No! Estoy más bien orgullosa. Para un hombre político es muy importante la seducción.” La misma esposa burlada y complaciente que olvidó en 24 horas la aventura de su marido con una subordinada en el FMI, la húngara Piroska Nagy, que ahora vuelve a los noticiarios para denunciar la actitud del organismo internacional, empeñado en exculpar contra toda evidencia a su superior. La señora de DSK, imitando a Hillary Clinton en sus momentos más amargos, aseguró que lo ocurrido no era sino una noche loca, un efímero pasatiempo, un pecado venial. El infierno sigue lleno de buenas intenciones, y a veces, de chirriante hipocresía.

La manga ancha del directorio del FMI, que perdonó a su director después de que éste formulara una disculpa, determinó que, tras ese episodio, las periodistas o empleadas evitaran quedarse a solas con él, ante el temor de sufrir un asalto que las dejaría sin trabajo en caso de resistencia, según leo en The Nation, un semanario de izquierdas. Otra prueba más, aunque sin haber sido probada en juicio, de que era un peligro público. Una especialista del comercio del sexo en Manhattan, Kristin Davies, aprovechó la ocasión para hacer publicidad de su negocio y revelar que enviaba chicas a DSK a mil dólares por hora y que algunas se quejaron de sus maneras violentas.

Frases como “el don Juan de esas damas” (Paris Match) y “el seductor inveterado” (Challenges) se prodigaban en la prensa francesa y recorrían tanto los pasillos de la Asamblea Nacional como las redacciones de los medios, sin reparar en los riesgos de un político que utiliza sus influencia y poderes para seducir o acosar a las féminas. Hasta el último minuto, los periódicos que conocían los antecedentes de DSK y sus costumbres licenciosas insistieron en que éste era el mejor candidato posible del Partido Socialista (PS) para vencer a un Nicolas Sarkozy en sus horas más bajas en la elección presidencial de 2012. ¿Qué importaba su “fuerte personalidad”, según la expresión de una ministra española, si al final se alzaba con el sillón del Elíseo?

Para resumir sus proezas en el tortuoso camino de la seducción, Le Monde recurrió a un título poco edificante y nada comprometedor: “Las relaciones ambiguas de DSK y las mujeres.” ¿Qué quiso decir con el adjetivo ambiguas cuando todo parece indicar que son tan notorias como altamente peligrosas? Ambiguo, al menos en español, se predica de lo que puede entenderse de varios modos, de lo que es dudoso o incierto; pero la verdad es que había pocos folicularios franceses que no estuvieran al tanto de “las relaciones arriesgadas”, el machismo trasnochado y la actitud donjuanesca de que hacía gala DSK, “a veces más allá de lo razonable”, según la periodista Babette Stern, que lo entrevistó cuando era ministro de Hacienda, en 1999. Era legendaria su fama de conquistador empedernido, aunque algunas conquistas fueran imaginarias.

Otra periodista francesa, Tristane Banon, ahijada de Anne Sinclair, salió estos días a la palestra para  relatar con todo lujo de detalles una cita estrictamente profesional – para componer un libro de entrevistas– que terminó de manera violenta ante el acoso de DSK, en 2002. He aquí sus palabras: “Llegué a un apartamento completamente vacío (…) Él quiso que yo le diera la mano para responder (…) Todo terminó muy mal, en un combate. Me defendí dándole puntapiés y él me desgarró el sostén y trató de abrir mis pantalones (…) Acabé por marcharme.” En 2007, en una emisión televisada, Banon describió a DSK como “un chimpancé en celo”, y añadió que su madre, diputada socialista en 2002, la había convencido para que no presentara una denuncia contra el agresor. Ahora estudia querellarse contra él, pese a los nueve años transcurridos.

El seísmo político y la respuesta del PS

El seísmo político de la caída de DSK en Manhattan mantuvo en un extraño silencio a las dirigentes del PS, empezando por su secretaria general, Martine Aubry, que se declaró “dolida y sorprendida”, y por la ex candidata presidencial Ségolène Royal, que invocaron ritualmente la presunción de inocencia incluso después de la inculpación oficial. Elisabeth Guigou, ex ministra socialista de Justicia, compañera de gobierno de DSK, dejó bien sentado que su reputación de libertino era “muy conocida de todo el mundo”, y añadió sin pestañear: “Hay una gran diferencia entre la fama de ligón que tenía, que estaba establecida y que tanto él como su mujer asumían, y la acusación de que es objeto, que es grave, muy grave, de delito sexual.” Exactamente la diferencia que separa la complacencia del horror.

La abogada feminista Gisèle Halimi logró desembarazarse del corsé de lo políticamente correcto para declarar que estaba “decepcionada por la izquierda” y defender que “el respeto de las mujeres [debe] prevalecer sobre la amistad y el espíritu de clan”. Comparando la justicia norteamericana con la francesa, Guigou dijo que estaba “persuadida de que si el asunto hubiera ocurrido en Francia, nada se hubiera sabido”.  Probablemente, ni siquiera nos hubiéramos enterado del despido de la camarera. También lamentó que las grandes divas del socialismo (Royal, Aubry, Guigou) no hubieran expresado la menor compasión por la víctima, la mujer que sufrió la acometida de su correligionario.

La guinda dialéctica y jurídica en todo este asunto la colocó el ex ministro socialista de Justicia Robert Badinter, personalidad de prestigio en el foro y supuesto feminista, que denunció nada menos que “la ejecución mediática” de DSK, supuestamente “destruido antes de cualquier juicio”, y recabó con cinismo e insidia, aunque revestidos culturalmente de antiamericanismo primario, “la igualdad de armas” entre “la acusadora y el presunto inocente”, entre la camarera pobre e inmigrante del hotel y el poderoso director gerente del FMI. La presunción de inocencia, por lo visto, protege más a DSK, pese a sus antecedentes, que a la víctima, a la que una mayoría de franceses sitúa en el centro de la conspiración contra su afable y seductor político. Y como el antiamericanismo está muy arraigado y muy bien representado, el nacionalista y socialista Jean-Pierre Chevénement, senador y ex ministro, equiparó lo ocurrido en Manhattan con “un horrible linchamiento global”.

Estas expresiones apuntan directamente al mal francés: el antiamericanismo más cutre y una supuesta superioridad cultural que nadie está dispuesto a reconocer en este mundo tan globalizado. La comprensión de tan lamentable fenómeno se facilita con la lectura de los libros de Jean-François Revel, el incansable e inolvidable fustigador de la superchería.

Con algún retraso, el 21 de mayo, las asociaciones feministas Osez le Feminisme y La Barbe firmaron una denuncia contra el sexismo ambiental y declararon que se sentían indignadas. Y añadían: “Estamos estupefactas ante la oleada cotidiana de declaraciones misóginas proferidas por algunas personalidades públicas, ampliamente difundidas por las pantallas de televisión, las emisoras de radio, los lugares de trabajo y las redes sociales (…) Esas declaraciones presentan una confusión intolerable entre la libertad sexual y la violencia de que son víctimas las mujeres (…) No sabemos lo que ocurrió en Nueva York el 14 de mayo, pero sabemos lo que ocurre en Francia desde hace una semana. Asistimos a un fulgurante ascenso a la superficie de los reflejos sexistas y reaccionarios, tan prestos a surgir entre una parte de las élites francesas.”

Divergencias culturales

La convulsión social y política desatada por el comportamiento sórdido de Strauss-Kahn ahondó el supuesto abismo cultural entre los países anglosajones, con EE UU a la cabeza, a los que se considera más puritanos y más exigentes con las costumbres de sus políticos, y los países de tradición latina, como Francia, Italia o España, donde en nombre del respeto de la vida privada, los dirigentes de la cosa pública están aparentemente mucho más protegidos en sus desvaríos sexuales y/o conyugales, como si éstos no constituyeran un peligro para la recta administración de los bienes comunes. La prensa de calidad contribuyó a exacerbar la polémica.

El periódico británico The Guardian, de centro-izquierda, señaló en un artículo que “Francia se cuestiona a sí misma por el secreto a voces de Strauss Kahn” y denunció tanto “el silencio cómplice” como la existencia de “dos mundos paralelos en la prensa francesa: el impreso y que está detrás; el del chismorreo y el de los hechos que nunca deben revelarse”. Tras referirse al caso del humorista Stephane Guillon, que se atrevió a satirizar en 2009 “la obsesión por las mujeres” de Strauss-Kahn, pero que muy poco después fue despedido de su programa de radio, el periódico londinense concluyó: “En un país donde los hábitos sexuales de los líderes se ignoran oficialmente, las alegaciones de un intento de violación han sido un severo golpe.”

The New York Times, también situado en el centro-izquierda, insistió en la “complicidad” de los medios y recordó los diversos escándalos de costumbres que los franceses ocultaron y toleraron en años recientes, desde las correrías de Giscard d´Estaing y la mala fama de acosador de Jacques Chirac, hasta el concubinato y la hija extramarital y secreta de Mitterrand, para hablar sólo de los presidentes de la República. El caso más reciente de connivencia de la prensa lo ofreció la separación de los dirigentes socialistas François Hollande y Ségolène Royal, mantenida en secreto durante la campaña electoral de 2007, sin duda para no turbar el ánimo de algunos votantes.

Las discrepancias culturales no son una cuestión de franceses, anglosajones, españoles o italianos, en contra de la teoría desplegada en un brillante ensayo por mi admirado Salvador de Madariaga, sino que reflejan las pasiones y los intereses de una clase política dominante que mantiene una estrecha endogamia con los medios de comunicación, extrañamente silenciosos cuando su obligación consiste, precisamente, en airear todos los trapos sucios, incluidos los sexuales. La teoría de los caracteres nacionales está totalmente desprestigiada desde un punto de vista científico, como ya demostró otro español ilustre, Julio Caro Baroja.

La historia reciente confirma que hay sinvergüenzas y rijosos en todos sitios y en las más diversas circunstancias. Lo que cambian son las instituciones penales y la actitud de los medios de comunicación. No sólo en Francia los periódicos se inclinan por mantener el secreto de lo que consideran “asuntos privados”, aunque se trate de políticos cuyas costumbres o inclinaciones sexuales son relevantes, desde luego, para el desempeño de sus funciones. Las muy estrictas leyes contra el libelo, en Francia, y el remedo, la bisoñez democrática o el complejo de inferioridad, en el caso de España, explican la existencia de situaciones realmente medievales (el llamado derecho de pernada), vejatorias y escandalosas, que los medios ocultan o abordan con un sigilo digno de mejor causa.

No es cierto que los norteamericanos se muestren más intolerantes o incluso inquisitoriales con la infidelidad marital de sus políticos, ni que los franceses tengan la manga muy ancha. Franklin D. Roosevelt fue un notorio adúltero, y John F. Kennedy, un adicto del sexo, concebido como terapia para sus terribles dolores de cabeza; “el campeón de las sábanas”, que llegó a compartir algunas prostitutas con Giancana, el capo mafioso de Las Vegas, y mantuvo un tórrido idilio con Marilyn Monroe, a la que no fue fácil quitarle el vestido tan ajustado que lucía cuando cantó en el Madison Square Garden el “Feliz cumpleaños, señor presidente”. Por la misma época, en las estancias del palacio del Elíseo, en París, reinaba Charles de Gaulle, un general puritano e incorruptible que jamás dio a su esposa Yvonne un  motivo de agravio.

Tampoco es cierto que los franceses sean menos estrictos en los asuntos sexuales, más proclives a la infidelidad. Las diferencias hay que buscarlas en las instituciones y la prensa. Cuando la Cámara de Representantes decidió el procesamiento para la destitución (impeachment) de Bill Clinton, por perjurio y obstrucción de la justicia (19 de diciembre de 1998), por haber mentido al gran jurado en cuanto a sus relaciones con la becaria Monica Lewinsky, contó con fervientes defensores en Europa y especialmente en la izquierda francesa, un poco despistada sobre los verdaderos motivos de la acción judicial.

Como es sabido, el presidente no fue inculpado por haber practicado el sexo oral con la becaria en el despacho Oval, ni siquiera por haberla difamado, sino por haber explotado a una joven empleada de la Casa Blanca y haber mentido bajo juramento al gran jurado. Luego de pedir perdón, Clinton fue absuelto de ambos delitos por el Senado, cámara alta en la que es necesaria una mayoría de dos tercios para acordar la destitución del jefe del Ejecutivo. Quedó demostrado que el público norteamericano no era ni más ni menos censor que el francés de las malas costumbres, devaneos o debilidades de sus dirigentes, en el supuesto, claro está, de que llegara a enterarse de los secretos de alcoba o despacho.

Y entramos en el terreno de las dos varas de medir, de la hipocresía descarnada y de la politización extrema de los pecados de la carne. La izquierda tiene una propensión notoria a ver la paja en el ojo ajeno y no la biga en el propio, a exigir la castidad sin fisuras a la derecha y decretar el amor libre o con muy pocos límites para sus propios dirigentes. Basta con volver a la prensa progresista para comprobar cómo dispara justamente contra el lascivo Silvio Berlusconi, al que deja literalmente en pelotas y en ridículo, sin derecho a la presunción de inocencia, y cómo echa mano de la teoría del complot o del placer mercenario para excusar los acosos de Strauss-Kahn y denigrar a su víctima sin ninguna prueba.

Los dos sistemas judiciales

Los franceses en general y los militantes y dirigentes socialistas en particular, según todas las encuestas, mostraron su estupefacción por lo ocurrido en el Sofitel de Manhattan y vivieron las actuaciones de la justicia norteamericana como una tragedia o  humillación nacional. El nacionalismo, francés en este caso, desprecia cuanto ignora y descarga contra el otro sus propias frustraciones, convierte en víctima al victimario con una ligereza nauseabunda. Lo que ignora, en este caso, son las exigencias del sistema judicial de Estados Unidos, que no es mejor ni peor que el francés, sino simplemente diferente, una justicia elegida que ofrece a sus electores algunas muestras públicas inequívocas de su independencia.

“Tratamiento injusto”, “ejecución mediática”, “violación de los derechos humanos”. Éstas han sido algunas frases leídas o escuchadas en los medios de comunicación franceses luego de que DSK fuera paseado por la policía, con las esposas puestas, hasta llegar delante del juez. El llamado perp walk (paseo del perpetrador) o marcha del sospechoso esposado hacia la sala de audiencias, una especie de pena del paseíllo, con aparición en el telediario incluida, aunque no figura en ningún código, está muy arraigada en la tradición judicial estadounidense, cualquiera que sea la condición social del acusado, de manera que una actuación especial con DSK hubiera resultado discriminatoria para la opinión pública norteamericana.

En Francia, y quizá también en España, donde la separación de poderes es mucho menos nítida que en EE UU, la situación social o política del acusado condicionan la actuación de la policía –considerada o brutal—dirigida desde el ministerio del Interior. La opinión pública abriga muchas veces la sospecha de que la iniquidad o el rigor suelen estar estrechamente relacionados con la fortuna o la influencia política del acusado. En Nueva York, se trata de una justicia elegida, en la que el fiscal lleva la voz cantante, en este caso, un demócrata llamado Cyrus Vance, con reputación de integridad y dureza, hijo del ex secretario de Estado homónimo.

En EE UU, el sistema judicial acusatorio (también llamado contradictorio y dispositivo), en cuyo centro se encuentra el fiscal del distrito que instruye el caso (district attorney) y acumula las pruebas contra el sospechoso, mientras que los abogados defensores rastrean (en algunos casos compran o fabrican) las que puedan servir de descargo. Al final, como culminación del juicio oral contradictorio, el jurado popular emite un veredicto y el juez establece la pena. En Francia y España, por el contrario, el proceso es inquisitivo o de oficio, en el que un juez teóricamente independiente dispone de los medios ilimitados del Estado para desarrollar la investigación que va reflejando en el sumario.

En un caso como el de DSK, un hombre rico que cuenta con los mejores abogados, el proceso de tipo norteamericano probablemente le resulte más favorable, puesto que sus defensores pueden, llegado el caso, llegar a un acuerdo con la víctima y cerrar el caso de manera extrajudicial (transacción  civil). En realidad, casi el 90 cierto de los casos se resuelven sin llegar a juicio. Esto quiere decir que el político francés parte con alguna ventaja.

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Responses

  1. No hay mucho a comentar ya que te atienes a algo que es concreto y acertado en su análisis. Una verdadera vergüenza para el ente político y mediático de Francia. Remedo la frase de un político español, creo que fue D.Antonio Maura: !Pobre Francia!

  2. ¡Hola Mateo! Soy Laude, me ha gustado mucho leer este articulo pues no habia leido nada tan completo sobre el tema.
    Es curioso y repetitivo los casos de politicos metidos en un berengenal semejante y que los medios no publican nada o solo aquello que interesa al politico.
    Un abrazo y recuerdos a Montse.

  3. Hola Mateo, hace mucho que no hablamos y he querido ponerme al día de tus últimos análisis. Prevaliéndome de la ventaja de conocer las últimas novedades del caso desde que escribiste el artículo y aunque sea irme un poco por los cerros de Úbeda o de Quesada (tómalo como deformación profesional), me da por pensar que este caso, como el de Julian Assange y otros con menos repercusiones políticas, sin perjuicio de cómo evolucionen procesalmente y se resuelvan, tienen en común una espectacular exposición mediática de actuaciones judiciales que recaen sobre personas que no han perdido la condición de inocentes.

    El verano pasado asistí a dos conciertos del famoso pianista y director ruso Mihail Pletnev. El mismo día en que daba el primero de sus dos conciertos en la Quincena Musical, los aficionados nos desayunamos leyendo una exhaustiva información periodística sobre sus problemas legales en Tailandia, donde había sido denunciado por abusos sexuales a un menor de catorce años.

    El artista había tenido que depositar una fianza y tenía obligación de viajar a Tailandia cada pocos días para presentarse ante la autoridad judicial que estaba investigando los hechos denunciados.

    La decisión de la Quincena de mantener sus actuaciones fue la correcta, argumentos contractuales aparte. Y pese a lógicos reparos morales de muchos espectadores impactados por la información leída ese mismo día y sin tiempo para profundizar en ella, el comportamiento del público fue perfecto, expresando, creo que conscientemente, la normalidad de que lo único que nos debe importar es que toda persona es inocente mientras no se demuestre con pruebas lo contrario y que no nos corresponde a nosotros ni siquiera cuestionarnos la inocencia de una persona, porque hay unos cauces y personas encargadas por la sociedad de esos asuntos. Incluso admitiendo la falibilidad de estas personas, los agujeros del sistema, la posibilidad de abuso de las garantías procesales, etc.

    No hubo ni demostraciones de protesta, que hubieran sido prematuras e improcedentes, ni un recibimiento artificialmente apoteósico como intento de desagravio un tanto hipócrita. Supongo que el señor Pletnev agradeció la normalidad, especialmente cuando venía de, digámoslo así, “pactar” su sustitución en los Proms londinenses unos días antes.

    Por lo visto, hace ya meses se produjo en Tailandia el archivo de las actuaciones que recaían sobre él, sin ningún cargo, acusación, juicio ni condena. No recuerdo haber leído nada en la prensa. Seguramente cuando esto ocurrió, yo estaba ocupado en otras cosas y se me pasó por alto la noticia, que me parece muy relevante, y de la que me he enterado al querer ponerme al día, precisamente por acordarme del asunto a raíz del caso Strauss-Kahn. En todo caso, seguro que no se le dedicó el mismo espacio que a la noticia sobre la denuncia, que no era más que un acto unilateral de un particular, es posible que con intenciones económicas.

    Tengo la sensación de que por lo general, en los medios de todos los países, el reflejo informativo de las decisiones de sobreseimiento o absolución es mucho más discreto, quizá por la ausencia de interés informativo asociado al morbo, que el de las actuaciones de instrucción o las simples denuncias particulares. Con lo que el daño producido por juicios paralelos y condenas sociales es irreparable.

    No pongo la mano en el fuego por este señor Strauss-Kahn, desde luego. Y ninguna resolución me sorprenderá. Pero lo único que me concierne, una vez que ha abandonado sus funciones (lo que me parece imprescindible, no me olvido de sus responsabilidades públicas), es la sentencia, si es que llega algún día, y que la misma sea el resultado de un juicio con todas las garantías, que seguro tendrá, si el procedimiento avanza hasta esa fase.

    Muchos saludos,

    Fernando Revueltas


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