Posteado por: M | 30 mayo 2011

Kissinger, el amigo americano de China

Henry Kissinger, que dirigió la política exterior norteamericana durante las presidencias de Richard Nixon y Gerald Ford, de 1969 a 1977, acaba de publicar un libro titulado On China (Sobre China, Penguin Press, 2011) que resume a la perfección su archiconocido realismo diplomático, su énfasis en los intereses norteamericanos como guía suprema de la acción exterior y su confesada incomodidad con el activismo en pro de los derechos humanos que tanto irrita al gobierno de Beijing. La conclusión es que EE UU debe buscar con celeridad una partnership (asociación) estable con el coloso asiático para evitar “el duelo del siglo”, evocado por algunos nacionalistas chinos, que podría tener repercusiones desastrosas.

Ahora se cumplen los 40 años del primer viaje secreto de Kissinger a Beijing (julio de 1971) que precedió a la muy célebre e histórica entrevista de Nixon con Mao Zedong en la Ciudad Prohibida (21 de febrero de 1972) y que vino a clausurar la fracasada política de lazareto. La secuencia fue como sigue: la alianza de facto de ambos países para frenar el expansionismo soviético, según la doctrina del contrapeso estratégico; la retirada estadounidense de Vietnam, el genocidio de Camboya y la liquidación de la costosa e inútil revolución cultural, el último intento del comunismo chino por perpetuar la agitación de los guardias rojos y el delirio de la purga permanente en las altas esferas del partido (PCCh).

Nixon y Mao, 1972

Kissinger, Nixon, Holdridge y Zhou Enlai, 1972

Desde 1971 hasta hoy, Kissinger ha realizado más de 50 viajes a China y ha actuado como interlocutor privilegiado y discreto entre las autoridades de ambos países, en momentos delicados, para evitar cualquier quebranto irreparable en sus relaciones. Su consultoría se remonta a John Kennedy y su último cliente es Obama. El que fue consejero de Seguridad Nacional y secretario de Estado, adalid y nostálgico del concierto de las naciones, según el patrón de su admirado Metternich, sigue creyendo y defendiendo esa convergencia Washington-Beijing surgida cuando “las necesidades de la época la hicieron inevitable”. En su opinión, la actual y recíproca conveniencia económica debería mejorarse y completarse con una asociación estratégica que sirva para promocionar una era de prosperidad en la cuenca del Pacífico.

El libro es un exhaustivo recorrido por las relaciones entre ambos países durante el último medio siglo y una tenaz apología del pragmatismo y de la complementariedad de sus intereses, pero se permite algunas incursiones en tiempos más remotos con el prurito de descubrir las constantes en el comportamiento diplomático de las autoridades de Beijing y unos estereotipados caracteres nacionales chinos, supuestamente inmutables. También nos ilustra con una crítica severa de los idealistas norteamericanos de cualquier orientación que pretenden supeditar los intercambios entre ambos países al progreso de la democracia y el respeto de los derechos humanos.

Los cambios producidos globalmente en 40 años aconsejan, sin duda, mejorar las relaciones con China en todos los campos, como propone Kissinger, desde la intendencia al poder militar. En 1971, la economía china, convaleciente de las turbulencias de la revolución cultural, no llegaba al 20 % de la norteamericana, mientras que actualmente sobrepasa el 80 %, debido a la revolución ideológica e industrial emprendida por el Deng Xiaoping, el sucesor de Mao a partir de 1978, que ha convertido al Imperio del Medio en la fábrica del mundo y el banquero de la deuda estadounidense.

De los 18 capítulos del libro, los tres primeros están dedicados a la historia de China (91 de las 531 páginas). Combate Kissinger la tesis de que EE UU “perdió China” en 1949, por no ayudar al mariscal Chiang Kai-shek y no reaccionar ante la llegada de los comunistas al poder en Beijing. La primera y fatídica consecuencia de esa falsa y mala conciencia norteamericana, que se enquistó en el departamento de Estado y el Pentágono, fue la contienda de Corea (1950-1953), la única aventura coordinada chino-soviética, en el paroxismo de la guerra fría.

El análisis del maoísmo resulta muy persuasivo en lo que concierne a la pugna con el confucianismo y la prédica de Mao sobre la confrontación con todos los adversarios del comunismo, externos e internos, como el único camino del progreso. En último término, China aparecía a la sazón enfrentada irremediablemente a las otras dos superpotencias, por motivos esencialmente nacionalistas, en la conflictiva frontera soviética o en los estrechos marítimos, vigilados constantemente por EE UU, que separaban el continente de la isla de Taiwán, donde las crisis se repetían periódicamente.

El libro de Kissinger me parece insuperable cuando analiza las relaciones de poder o relata el proceso de la reconciliación de Washington y Beijing, con Moscú al fondo, pero resulta menos convincente cuando ensalza a Mao como supuesto enterrador del feudalismo y olvida o minimiza los crímenes horribles cometidos en nombre de la revolución fanáticamente igualitaria y burocrática, de los campos de reeducación y de los errores estratégicos que alimentaron, entre otras abominaciones, el genocidio de los jemeres rojos en Camboya. Los elogios reiterados de los herederos de Mao y de la apertura del país conducen al autor a una visión parcial de la represión de la revuelta simbolizada en la plaza de Tiananmen, en junio de 1989.

Kissinger condena cualquier amago de intervención occidental en los asuntos internos de China, incluida la sistemática violación de los derechos humanos. Entre la democracia y la estabilidad, cuando el dilema afecta a la política exterior de EE UU, el ex secretario de Estado siempre apuesta por la estabilidad. Recuerda que en 1991, el entonces presidente de China, Jiang Zemin, le advirtió: “Nunca nos someteremos a las presiones (…) Es un principio filosófico.”

Los valores liberales de EE UU se llevan mal con la diplomacia hiperrealista que defiende el ex consejero presidencial. Los chinos piensan lo mismo y Kissinger aboga por superar los abismos culturales y psicológicos. Por eso escribe: “Puesto que las presiones de la opinión pública esconden un cambio de régimen o una especie de abdicación, resulta difícil aplicarlas a los países con los que una continuada relación es importante para la seguridad de EE UU. Y ése es especialmente el caso de China, tan imbuida con la memoria de humillantes intervenciones de las sociedades occidentales.”

Sostiene Kissinger que, teniendo en cuenta el nacionalismo obsesivo de China, la exigencia de un cambio democrático como condición para el progreso en otros asuntos conduciría a un callejón sin salida. El corolario es que las intervenciones humanitarias no deben extremarse hasta el punto de perjudicar los intereses geoestratégicos de EE UU. El ascenso prodigioso de China puede hacer que “las relaciones internacionales sean de nuevo bipolares”, pero confía en que los dirigentes chinos mantengan la cabeza fría.

En vez de intentar “la organización de Asia sobre la base de contener o frenar a China o crear un bloque de Estados democráticos para una cruzada ideológica”, Kissinger cree que Estados Unidos debería cooperar con China para construir una nueva “Pacific Community”.

Como deduce un crítico acerbo del New York Times, “Kissinger vota a favor de la seguridad nacional über alles”, quizá recordando malévolamente su origen alemán. El libro acaba preconizando concesiones mutuas entre realistas e idealistas para adaptarse a las circunstancias y promover “políticas operativas”. Como no podía ser de otra manera, el ex secretario de Estado trata de influir sobre uno de los debates más relevantes de los que agitan y seguirán agitando  el mundo político-académico de Washington. Un debate ante el que Beijing, como antagonista, hace gala de una proverbial paciencia. Como Mao le recordó a Kissinger, los chinos miden el tiempo por milenios.

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