Posteado por: M | 5 junio 2011

Al Qaeda medra en la guerra civil de Yemen

Tras dos semanas de escaramuzas, la escalada de la violencia en Yemen llegó a su paroxismo el 3 de junio de 2011 cuando las tropas gubernamentales entablaron feroces combates contra las milicias tribales fieles al jeque Hamid al-Ahmar. Los insurgentes atacaron por primera vez, con cohetes y artillería pesada, el palacio presidencial en Sanaa e hirieron al presidente Alí Abdalá Saleh y a su primer ministro. Ante el temor de que la probable guerra civil y el fortalecimiento de Al Qaeda perturben las rutas vitales del petróleo, el presidente Obama envió a su consejero para asuntos de contraterrorismo, John Brennan, a Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos a fin de estudiar las opciones más apropiadas para contener la endiablada crisis.

La revuelta popular contra la dictadura, que comenzó el 20 de enero de 2011 en las calles de la capital, se convirtió a finales de mayo en una confrontación tribal que genera una tremenda confusión política, instala el caos económico en el país más pobre del mundo árabe (el 43 % de sus habitantes subsiste con menos de dos dólares diarios), provoca el éxodo de miles de personas y ofrece nuevas oportunidades estratégicas a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), dirigida por el predicador islamista norteamericano Anuar al Aulaki, uno de los grupos terroristas más avezados, cuya última operación conocida fue el intento fallido de destruir en vuelo un avión de pasajeros norteamericano con destino a Detroit, el día de Navidad de 2009.

Desde que el movimiento insurreccional se consolidó el 3 de febrero, Día de la ira, los esfuerzos diplomáticos por conseguir la renuncia del presidente, que lleva 32 años en el poder, fracasaron estrepitosamente. Saleh fue reelegido en 2006, en unas elecciones fraudulentas, como todas las anteriores, para un nuevo mandato de siete años. Dispone de un partido político denominado Consejo General del Pueblo (CGP), que no es sino un clan tribal y una coalición de intereses. Los diversos grupos de la oposición están coligados, a su vez, en la Unión de Partidos, que dispone de representación parlamentaria.

Las presiones de EE UU y de las seis monarquías petroleras aliadas en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), conglomerado tan reaccionario como opulento, arrancaron algunas promesas rápidamente incumplidas. Las concesiones económicas del régimen, seguidas por otras de carácter político (falsas promesas del presidente de abandonar el poder), no consiguieron aplacar los ánimos. El general Ahmed Alí Abdulá, hijo del presidente y jefe de la Guardia Republicana, aseguró que no abrigaba la ambición de suceder a su padre, pero la obstinación de éste y la represión implacable contra los manifestantes devaluaron todas las declaraciones.

La consecuencia inmediata fue que la violencia se recrudeció y devino endémica en todo el país. Los combates en la capital se intensificaron después de que el gobierno yemení recusara el último acuerdo para una transición pacífica del poder el 22 de mayo, alcanzado con la mediación del CCG. La irritación se palpaba en Washington cuando se supo que el régimen había desplegado contra los rebeldes a las tropas entrenadas en EE UU con el propósito de combatir el terrorismo de Al Qaeda. La protección norteamericana del presidente Saleh suscita los más virulentos reproches por parte de la opinión árabe que apoya las revueltas contra las dictaduras. La pasividad de los occidentales se confunde fácilmente con la complicidad ante los continuados desmanes del dictador y las atrocidades de sus escuadrones de la muerte.

Todos los problemas de este Estado pobre y semidesértico, a todas luces fallido, se han agravado por la resistencia del poder, pese a la continuada deserción de políticos y jefes militares, y la osadía de una oposición envalentonada. En la que fue república de Yemen del Sur, en torno a Adén, se reaviva un fuerte movimiento separatista que mantiene desde 1994 su rechazo de la unificación con el Yemen del Norte que se consolidó en 1990 bajo la férula del presidente Saleh.  Los sudistas acusan al gobierno central de discriminación y de monopolizar los pozos petrolíferos, aunque de escasas reservas, que constituyen la única riqueza del país.  Las heridas de la guerra civil de 1994 siguen abiertas.

También en el sur, las milicias de Al Qaeda se apoderaron de  la ciudad de Zinjibar, al este de Adén, en un osado golpe de importantes repercusiones estratégicas. En el norte, hacia la frontera con Arabia Saudí, opera una insurrección de carácter religioso (chií) que cuenta con el respaldo de Irán. El agua empieza a escasear en todo el país, el nivel del desempleo es pavoroso, agravado por la presencia de miles de refugiados somalíes, la situación  sanitaria es calamitosa y está en marcha un nuevo éxodo hacia la frontera saudí.

La negativa del poder a satisfacer las demandas de la oposición ha provocado la división y la hostilidad de los clanes dentro de la confederación tribal Hashed, a la que pertenece el presidente Saleh. Uno de los clanes, dominado por el jeque multimillonario Sadiq al-Ahmar y sus numerosos hermanos, hizo causa común con la protesta popular, cuyos objetivos democráticos dicen compartir, y ha creado las condiciones más propicias para una guerra de todos contra todos. El presidente y sus allegados sospechan que la familia Ahmar orquestó la protesta popular desde su inicio, a través del partido islamista Unión Yemení para la Reforma.

En medio de la agitación en todo el Oriente Próximo, Al Qaeda toma posiciones en el sur de Yemen, en la ciudad de Zinjibar, desde la que podría extender sus operaciones y amenazar el tráfico marítimo de petroleros que atraviesan el estrecho de Bab el Mandeb para dirigirse al mar Rojo y el canal de Suez, la zona por la que patrullan los navíos de la V Flota de EE UU cuya base principal se encuentra en Bahréin. El régimen de Saleh está exhausto, sin  nada que ofrecer a sus clientes defraudados. Los comentaristas norteamericanos ya han planteado la hipótesis amenazante de “un nuevo Afganistán” en la península Arábiga.

Tras el ataque contra el palacio presidencial, Saleh fue traslado a Arabia Saudí y hospitalizado para curarle las heridas de metralla, más graves de lo que se había dicho en un primer momento. El poder fue asumido por  el vicepresidente Abd Rabbu Mansour Hadi. La mayoría de los observadores supone que será muy difícil que el presidente regrese a Yemen, habida cuenta de que Arabia Saudí fue la promotora del acuerdo para una transición política que no sabemos si podría terminar con la guerra tribal y los profundos desgarros del país.

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