Posteado por: M | 7 junio 2011

Expectativas y riesgo de Humala en el Perú

Forzados a elegir entre el sida y el cáncer, como dramatizó Mario Vargas Llosa, los peruanos se pronunciaron por escaso margen en favor del candidato nacionalista e izquierdista, el teniente coronel retirado Ollanta Humala, que triunfó en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el 5 de junio, al derrotar por escaso margen a Keiko Fujimori, hija del ex presidente homónimo, situada en el centro derecha. Fue el escrutinio más reñido y probablemente el más crucial de la historia reciente del Perú, luego de un decenio de crecimiento económico sostenido, reducción significativa de la pobreza, aunque aún golpea al 30 % de la población, y funcionamiento regular de las instituciones democráticas.

Cuando se llevaba escrutado el 86,59 % de los sufragios, Humala había obtenido el 51,18 %, frente al 48,81 % de Fujimori, pero ésta reconoció rápidamente la derrota. Reiterando el tono moderado de su discurso, el vencedor abogó por un gobierno de concertación nacional y prometió que “el crecimiento económico será el motor de la inclusión social”, pero no consiguió calmar a sus poderosos y atemorizados adversarios, especialmente los de las compañías mineras. La bolsa de Lima se desplomó un 8, 7% en la apertura, lo que obligó a suspender la negociación durante dos horas. Al terminar la sesión, el índice bursátil había retrocedido el 12,51 %.

Los dos contendientes están catalogados como populistas, epíteto de oprobio dirigido a los políticos que encandilan a las masas con una oratoria inflamada, señuelos irracionales, dádivas caciquiles y promesas reiteradamente incumplidas, pero a los que suele acompañar el éxito en los países menos evolucionados o más desgraciados de América Latina, sin una clase media que amortigüe el abismo entre los opulentos y los pobres.  El populismo actual es una versión catódica de la llamada “política del balcón”, propagada a través de las pantallas televisivas, como escenifica el venezolano Hugo Chávez, remedado por sus clientes, el nicaragüense Daniel Ortega, el ecuatoriano Rafael Correa y el boliviano Evo Morales, el cuarteto bolivariano.

Las mejores credenciales democráticas correspondían a otros candidatos que quedaron en la cuneta en la primera vuelta, el 10 de abril, como el ex presidente Alejandro Toledo o el empresario Pedro Pablo Kuczynski, que llegó en tercer lugar. Humala obtuvo entonces el 31,7 % de los votos, y Fujimori, el 23,5 %, es decir, que algo más del 54 % de los votantes se inclinó por unos candidatos de pasado turbio y futuro problemático. Prácticamente, la mitad de la sociedad peruana, con una clase media empujada por la bonanza económica, se desgarró entre otros aspirantes y quedó sin representante genuino en la segunda vuelta.

El indigenismo y la sombra de Chávez

El vencedor final, Ollanta Moisés Humala Tasso, de 48 años, de origen quechua, ex militar de proclividades golpistas, es un personaje equívoco, inquietante, que fue modificando sus posiciones anticapitalistas, mitigando su radicalismo, a medida que aumentaban sus probabilidades de alzarse con la banda presidencial. La pregunta que se hacen los peruanos y que resuena en Washington y otras capitales del hemisferio es si el triunfador seguirá los pasos de Chávez, arruinando al Perú y cercenando unas expectativas de progreso, o si, por el contrario, renunciará a sus planes de modificar la Constitución, respetará el status quo, manejará con prudencia las reservas acumuladas en los años de bonanza y seguirá la senda trazada por Lula da Silva en Brasil y sus programas para la erradicación de la pobreza.

Ollanta Umala

Humala ya contó con el notorio apoyo de Chávez en las elecciones de 2006, cuando fue derrotado en la segunda vuelta por el socialdemócrata Alan García, que el 28 de julio acaba su mandato de cinco años. Durante la campaña electoral de entonces, ante las intromisiones constantes del presidente venezolano, el gobierno de Lima retiró a su embajador en Caracas en señal de protesta. Pero si hemos de creer a los servicios de inteligencia peruanos, en su informe de 2009, las infiltraciones y las subvenciones venezolanas prosiguieron e incluso se incrementaron a través de las redes de la Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA, 2001), la maquinaria engrasada con los petrodólares de Chávez.  Hace tres años, Gana Perú, el partido de Humala, ingresó en el Foro de Sâo Paulo, una organización creada e instrumentalizada por Cuba desde 1990 para contrarrestar los efectos de la caída del muro de Berlín y desintegración de la URSS en la  extrema izquierda latinoamericana.

En la campaña electoral de este año, y muy especialmente durante su duelo con Fujimori para la segunda vuelta, Humala moderó su lenguaje, suavizó su nacionalismo económico, recabó el consejo de los estrategas brasileños, al mismo tiempo que se distanciaba ostensiblemente de Chávez, e hizo algunas promesas para eliminar la reelección presidencial de sus temibles propuestas de reforma de la Constitución, aunque no pudo evitar los reiterados rumores de que estaba recibiendo dinero del presidente venezolano a través de los caminos más tortuosos. La sospecha le acompañó hasta las urnas y será difícil de disipar.

Los antecedentes familiares son tan inquietantes como los de su contrincante. Su padre, Isaac Humala, fue un miembro destacado del partido comunista y fundador del Movimiento Etnocacerista (del nombre del general-presidente Andrés Avelino Cáceres), que aboga por un régimen racista-indigenista, nostálgico del imperio inca, y su hermano Antauro, también etnocacerista, está encarcelado por la sangrienta intentona golpista contra el gobierno democrático del presidente Toledo en 2005.

Una somera lectura de su programa de gobierno, un opúsculo de 197 páginas titulado La gran transformación, levanta la alarma de sus críticos, que hallan abundantes motivos de reproche en una retórica izquierdista que profiere dicterios contra el “neoliberalismo” y promete tanto “la nacionalización de las actividades estratégicas” como “la renegociación de los acuerdos de librecambio”, además de una revisión de los contratos para la explotación de los recursos mineros y energéticos que fueron firmados durante las presidencias de Alejandro Toledo y Alan García. Perú es un gran exportador de metales.

El voto de los escritores

Uno de los acontecimientos más sorprendentes de la campaña electoral para la segunda vuelta fue el protagonizado por un grupo de intelectuales y escritores (Bryce Echenique, Iwasaki y Roncagliolo, entre otros), capitaneado por Vargas Llosa,  premio Nobel de Literatura, que tomó partido por Humala y publicó un manifiesto contra Fujimori por entender que la victoria de ésta constituiría un retorno a un pasado siniestro, la pesadilla de “una década criminal cuyas funestas consecuencias no debemos olvidar, relativizar ni pasar por alto”.

Abogando por preservar “el orden democrático”, y tras hacer un llamamiento a la sociedad peruana para que se  mantenga vigilante, Vargas Llosa y sus acompañantes, pese a las conocidas divergencias ideológicas, se fiaban de la palabra del candidato y concluían: “Humala ha jurado públicamente defender esos principios [democráticos]. Creemos que nuestro deber en este momento es escuchar ese juramento y que nuestra obligación inmediatamente posterior será vigilar su cumplimiento. El presente nos ha dejado con esa alternativa que es la vía válida de oposición a la reinstauración de la dictadura.”

El manifiesto de los escritores desgarró aún más al cuerpo electoral, quizá porque en la brillante requisitoria se daban cita los viejos rencores de la política peruana, incluyendo las heridas de la derrota de Vargas Llosa ante Alberto Fujimori en las presidenciales de 1990, y los lógicos temores ante lo desconocido, ante un eventual retroceso o tergiversación del modelo económico de libre mercado que permitió a Perú batir todas las marcas de crecimiento regional. También aleteaba el negro presagio de una dolorosa marcha atrás en la consolidación del sistema democrático, habida cuenta la fragilidad de las instituciones y la falta de cohesión o el oportunismo de los partidos políticos forjados en torno a un líder.

Por el contrario, el economista Hernando de Soto, que alcanzó fama internacional por su obra El otro sendero (1986), presidente del Instituto Libertad y Democracia, del que se rumoreaba que sería primer ministro en caso de triunfo de Fujimori, insistió en que las credenciales democráticas de ésta eran muy superiores a las de su adversario. “A diferencia de su contrincante, ella nunca apoyó un golpe”. Los inversores internacionales y los mercados de capitales temen que el nuevo presidente incremente el control estatal de la economía y vulnere la disciplina fiscal que se encuentra en el origen del saneado crecimiento económico de los últimos años.

En otras palabras: los ajustados resultados electorales se explican por el desasosiego de unos ciudadanos que se debaten entre el horror de los recuerdos del pasado y la incertidumbre del futuro. El renombrado artista Fernando Szyszlo sentenció con su lúcida perplejidad: “Lo siento, pero no puedo votar por ninguno de los dos.” La sociedad peruana sigue siendo dual, con unas barreras aún visibles entre las élites de origen europeo y los indígenas (el 45 % de la población es amerindia y el 30 %, mestiza), aunque la fractura étnica es menos determinante que la originada por el dinero.

La legisladora Keiko Fujimori, de 35 años, conservadora y religiosa, de origen japonés, parece haber pagado en las urnas los pecados y errores de su padre, Alberto Fujimori, presidente de 1990 a 2000, que protagonizó un autogolpe en 1992, para meter en cintura a un Congreso hostil, y que se vio envuelto en numerosos escándalos político-judiciales, entre ellos, la esterilización forzosa de numerosas campesinas y el patrocinio de un escuadrón de la muerte que cometió numerosos asesinatos, durante los años sombríos de su exitosa pero sangrienta campaña contra la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso y sus delirios genocidas. El ex presidente purga una condena de 25 años de  prisión por violación de los derechos humanos, a la que fue condenado en 2009 por el Tribunal Supremo.

Keiko Fujimori

Keiko Fujimori insistió en que los hijos no deben cargar con las culpas de sus padres y que ella era una adolescente cuando su progenitor dio un autogolpe y clausuró el Congreso en 1992. Pero no cabe duda de que la derrotada colaboró estrechamente con la presidencia paterna en sus últimos años, desempeñando el papel de primera dama tras la separación tumultuosa de sus padres, y afirmó recientemente, con  notoria imprudencia, que aquel gobierno había sido “el mejor de la historia de Perú”. Aunque pidió perdón por los excesos del fujimorismo, no pudo aventar el tufillo dinástico de su empresa, mientras sus adversarios reiteraban que no tenía otro programa que el de sacar a su padre de la cárcel mediante el indulto o el apaño judicial.

Las incógnitas del cambio

Nada más conocerse los resultados, en la madrugada limeña, Vargas Llosa proclamó por la radio: “El triunfo de Humala, contrariamente a lo que dicen sus adversarios, no pone en peligro el desarrollo económico. Creo que ha dado bastantes pruebas, sobre todo en segunda vuelta, de que va a respetar la democracia política, la economía de mercado, la propiedad privada y que no va a poner en peligro aquello que ha hecho que el Perú crezca en estos años de una manera muy notable, aunque claro, sin que los frutos de este desarrollo llegaran a todo el país”.

Mucho menos seguro se mostró el presidente de la patronal, Humberto Speziani, quien señaló que el presidente debe dar confianza al empresariado: “Le corresponde a Humala y solo a él calmar a la población ante las expectativas económicas y brindar confianza a los empresarios. Asimismo, debe de respetar el juramento que firmó por el Perú.” Entre la poderosa coalición de los derrotados se encontraban no sólo los consorcios empresariales, sino los más altos dignatarios de las iglesias católica y protestante y el mismo presidente Alan García, es decir, casi todo el establishment.

La convicción de Vargas Llosa y sus epígonos, en lo que concierne a la reconversión democrática de Humala, suscita más controversia que adhesiones, quizá porque la fe del carbonero suele producir nefastos resultados políticos. Además, las intervenciones de los intelectuales en la política ofrecen un catálogo de desastres. Las bellas diatribas del premio Nobel de Literatura contra la plaga del indigenismo contrastan fuertemente con la trayectoria vital y política del presidente electo, el cual repitió una y otra vez que “no es un caballo de Troya de Chávez”, pero ya se sabe que las palabras se las lleva el viento y que la historia política está plagada de promesas incumplidas, programas tergiversados y plegarias no atendidas.

Los escritores encabezados por Vargas Llosa y el ex presidente Alejandro Toledo suponen que, teniendo en cuenta los avances de la democracia peruana en los últimos diez años, Humala puede ser controlado por los mecanismos institucionales y la presión social. Algo parecido se pensaba de Chávez, pese a su pasado golpista, cuando llegó al poder en 1998. Los resultados de tan funesta profecía están a la vista y los sufren los venezolanos.

La única razón de peso para pronosticar que Humala respetará sus compromisos es que se encontrará en minoría en el Congreso unicameral, donde su partido, Gana Perú, sólo dispone de 47 de los 130 escaños, por 37 de Fuerza 2011, el partido de Fujimori; 21 de Perú Posible, del ex presidente Toledo, y 12 de la Alianza por el Gran Cambio, del ex ministro Pedro Pablo Kuczynski. Una probable alianza con Toledo, que le apoyó en la segunda vuelta, permitiría a Humala formar un gobierno estable para afrontar una etapa que se augura turbulenta. Porque una cosa es cambiar el sistema, como pretende el caudillo bolivariano, y otra muy distinta y deseable corregir sus graves deficiencias.

De todas maneras, y si se ponderan tanto el escaso arraigo de los partidos políticos como los mecanismos del régimen presidencial, de exorbitante hegemonía del Ejecutivo, cabe recordar que el presidente Chávez es un especialista consumado en la compra o domesticación de los diputados, la denigración o el ostracismo de todos los adversarios y la manipulación de las masas, mientras lenta pero de manera inexorable se corroen las instituciones y aumentan los pobres susceptibles de recibir las migajas del poder. Un círculo realmente infernal que espero y deseo que no se reproduzca en el Perú. Corresponde a los peruanos, como le incita otro premio Nobel, en este caso de la Paz, el costarricense Óscar Arias, el impulso para romper definitivamente “con  su increíble colección de generaciones perdidas”.

En el orden internacional, el triunfo de Humala ratifica que EE UU pierde posiciones en el hemisferio de manera aparatosa. El gobierno de centro-izquierda que se forme en Lima sin duda mirará más a Brasilia que a Washington, en un momento en que la locomotora brasileña enarbola la bandera de la regeneración y el desarrollo frente al estancamiento estadounidense y la aparente indiferencia de Obama. En sus escasas referencias diplomáticas, el presidente electo presentó a Perú como un provechoso enlace en el Pacífico entre los gigantescos mercados de China y Brasil. ¿Nace una nueva utopía liberadora de la mano del mercado libre? Los peruanos deberán trabajar duro, en cualquier caso.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: