Posteado por: M | 9 junio 2011

Portugal gira a la derecha bajo protectorado internacional

“Absolutamente a la derecha”, tituló un periódico lisbonense su información sobre la derrota de la izquierda en general y del gubernamental Partido Socialista (PS) en particular en las elecciones generales del 5 de junio. Con inequívoca decisión aunque sin entusiasmo, a juzgar por la escasa participación (58,91 %), los portugueses viraron a la derecha para dar el triunfo al conservador Partido Social Demócrata (PSD), dirigido por Pedro Passos Coelho, con el 38,63 % de los votos y 105 escaños (+24). En tercer lugar quedó el Centro Democrático y Social-Partido Popular, de orientación  católica, cuyo líder es Paulo Portas, con el 11,74 % de los sufragios y 24 diputados (+3).

Los resultados del escrutinio son los peores de la izquierda desde la caída de la dictadura en 1974. El Partido Socialista (PS) del primer ministro, José Sócrates, fue el segundo más votado con el 28,05 % de los sufragios y 73 escaños (-24) en la Asamblea de la República. La llamada Coalición Democrática Unitaria (CDU) del Partido Comunista (PCP) y los Verdes, dirigida por Jerónimo de Sousa, mejoró muy ligeramente hasta llegar al 7,94 % de los votos y 16 escaños (+1). El Bloque de Izquierda (BE) sufrió un descalabro al perder la mitad de los sufragios y quedar reducido al 5,19 % y  8 diputados (-8). En su conjunto, la izquierda sólo obtuvo el 41,18 % de los votos, mientras que la derecha del PSD (38,63 %) y su aliado del CDS (11,74%) alcanzó el 50,37 %.  La abstención (41,09%) fue la más elevada de la democracia. Los votos nulos y en blanco sumaron  el 4,03 %. La comparación se efectúa con los resultados de las elecciones precedentes (27 de septiembre de 2009). En el momento de redactar este análisis, faltaban por escrutar las papeletas de los portugueses del extranjero, que eligen a 4 diputados.

A pesar del fuerte desgaste sufrido por el PS, la izquierda que se opone al liberalismo económico, aboga por la salida de la zona euro y sigue cantando las excelencias del marxismo-leninismo, como si la URSS fuera algo más que un vago recuerdo para el electorado, no consiguió levantar el ánimo, ni motivar a los electores, ni provocar su ira. El PCP, fiel a su tradición de presentarse embozado con otras siglas, sólo se benefició muy ligeramente del desastre del PS. La extrema izquierda no suscita ninguna esperanza y no medra, por tanto, en las aguas turbias de la recesión y el paro. El Bloque de Izquierda, disidencia desaliñada y con ínfulas intelectuales de los comunistas, lejos de prosperar con el desastre social, fue severamente castigado. Por lo tanto, los únicos aspectos relevantes del escrutinio fueron el giro a la derecha y una abstención ligeramente por encima de la que es habitual.

El primer ministro socialista, José Sócrates, que presentó la dimisión como líder del partido nada más conocerse los resultados, esgrimió reiteradamente en su defensa, durante la campaña electoral, que el rescate internacional hubiera podido evitarse si la oposición no hubiera rechazado su plan de austeridad (el segundo en menos de un año) en la Asamblea de la República, el 23 de marzo, lo que provocó la dimisión inmediata de su gobierno y la convocatoria de elecciones generales anticipadas. Esos lamentos de Sócrates son excusas de mal gestor, reflejos fatigados del político oportunista e imprevisor, que aplaza indefinidamente las medidas por temor a disgustar a su clientela. Porque el primer ministro y su partido estaban en el poder desde las elecciones legislativas del 20 de febrero de 2005, más de tres años antes de que estallara la crisis financiera, y se cruzaron de brazos a la espera de que Bruselas les sacara las castañas del fuego. La contrapartida llega en forma humillante de protectorado económico-financiero.

Una plaga recorre Europa, la de los políticos sin programa y sin principios, esclavos de las encuestas, efímeras estrellas catódicas, que, en vez de contrariar a “sus bases”, a las que prometieron diversos paraísos posmodernos, prefieren esperar a que los eurócratas de Bruselas les impongan las decisiones que ellos son incapaces de adoptar. Venden la soberanía y el orgullo nacionales cuando el barco está a punto de zozobrar porque eluden la ética de la responsabilidad y el valor cívico que entraña. Y sostienen, sin aparente mala conciencia, que la pócima acibarada de la austeridad y el rigor sólo será aceptada por la ciudadanía si está dictada por los poderes internacionales.

Los males estructurales de Portugal vienen de muy lejos, se remontan a los efectos de dos acontecimientos erróneamente asumidos e interpretados que marcaron la historia del país en los últimos 40 años: la caída de la dictadura en 1974 y el ingreso en la Unión Europea el 1 de enero de 1986. El impulso socializante e intervencionista que surgió de la revolución de los claveles desembocó en la hipertrofia del sector público, que aún persiste, y en un completo fiasco económico una vez enterrados los delirios militares inspirados por un partido comunista bolchevique que había confundido a Lisboa con Petrogrado.

Los fondos estructurales de Bruselas y luego el ingreso apresurado en el euro –dinero fácil y simulacro de disciplina– sirvieron para aplazar las reformas, enmascarar los problemas y dispensar a los políticos de todos los partidos de realizar el esfuerzo y los sacrificios necesarios para promover una verdadera convergencia con los países del norte de Europa. La emigración y las remesas de los emigrantes siguieron funcionando como una válvula de escape y un mecanismo de seguridad para prevenir la agitación social.

“Portugal vivió por encima de sus posibilidades”, denuncian ahora los analistas más lúcidos y desencantados, como el politólogo Manuel Cabral. En último extremo, un fracaso político que se debe al pánico cerval que origina el tener que legislar  medidas supuestamente impopulares o susceptibles de contrariar a las respectivas clientelas, corolario de los gobiernos medrosos, sin  otro designio que el disfrute del poder, que actúan siempre en el corto plazo, esgrimiendo los viejos tabúes, obsesionados por las encuestas de opinión mejor o peor manipuladas.

La nación más antigua de Europa

Portugal atraviesa por unos momentos aciagos, bajo los efectos de una profunda depresión y un aparatoso desprestigio de la política y los políticos. El pesimismo popular, “el laberinto de la saudade”, el amargo despertar de los sueños europeos y la introspección en los medios intelectuales han adquirido carta de naturaleza en la que se considera la nación más antigua de Europa, una monarquía surgida en el siglo XII, muy celosa de su independencia, sostenida benévolamente por los británicos, ahora sometida al protectorado financiero y económico de la Unión Europea (UE), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario (FMI), la troika que le ha impuesto un plan draconiano de rescate y ajuste.

No pretendo, desde luego, reivindicar la soberanía, tan maltrecha en esta época global, ni defender el nacionalismo cerril tan explotado en diversos momentos históricos por las élites portuguesas, sino, sencillamente, fustigar la incuria y la irresponsabilidad de los políticos que recurren a las más arteras maniobras para escabullirse de cumplir con los deberes del cargo.

Portugal es el tercer país europeo, después de Grecia e Irlanda, que recurre a los poderes externos para escapar de la tormenta financiera y sus daños colaterales. Los datos sobre la situación de los diversos organismos internacionales son abrumadores: el país seguirá en recesión en los próximos dos años, con un déficit presupuestario del 9,3 % del PIB, una deuda pública que superará los 100.000 millones de euros en 2011 y dificultades insuperables para la financiación del tremendo agujero a unos intereses casi usurarios. Las previsiones de la Comisión Europea van en la misma dirección y son demoledoras: la recesión llegará al 4 % entre 2011 y 2012 y el desempleo escalará hasta el 13 % (los sindicatos prevén el 15 %), mientras los salarios y las pensiones retrocederán en términos reales casi el 15 % hasta 2012.

Según se desprende del “memorando de entendimiento” firmado el 4 de mayo por el gobierno de Lisboa con los representantes de la troika salvadora, luego de tres semanas de arduas negociaciones, el acuerdo para los tres años próximos incluye un préstamo a plazos de 78.000 millones de euros, para evitar la bancarrota, y un plan de austeridad, rigor presupuestario, recortes sociales y venta de las joyas del Estado, es decir, las participaciones estatales en las más importantes y emblemáticas empresas (la eléctrica EDP, Correos, la compañía aérea TAP y la petrolera GALP, entre otras).

Portugal casi siempre tuvo problemas financieros en los últimos dos siglos, lo que explica en gran parte la dictadura fiscal y luego política establecida por António Salazar, un maniático del equilibrio presupuestario. “Portugal nâo é um país pequeno”, proclamaban los mapas de la dictadura salazarista en los años 50, cuando al territorio peninsular se añadía el de las colonias africanas, en la época en que el escudo era una de las monedas más estables de Europa, lo que tanto admiraba el escritor Josep Pla. En los años 60 del pasado siglo, tras el plan de estabilización español, un escudo costaba 2,50 pesetas.

Un golpe militar de los descontentos con la política colonial desencadenó la llamada revolución de los claveles (1974), que, de manera harto apresurada e improvisada, forzó la retirada de África, redujo el país a sus estrictos límites, “a praia mais ocidental de Europa”, con el estrambote de las islas atlánticas de Azores y Madeira, algo menos de 100.000 kilómetros cuadrados, una superficie que dobla la de Holanda y triplica la de Bélgica, pero con sólo 10 millones de habitantes.

Las drásticas medidas incluidas en el plan de rescate, que ningún gobierno se atrevió a abordar, serán tan difíciles de asumir como dolorosas en su aplicación, incluyendo la reducción del aparato del Estado y de la plétora de sus servidores (un total de 15.000 funcionarios hasta 2013), que verán congelados sus sueldos, así como la eliminación de los servicios superfluos; la reforma de la justicia, “esencial para el buen y justo funcionamiento de la economía”; el recorte de las prestaciones sociales, el aumento de los impuestos (sobre todo, el IVA) y la flexibilización del mercado laboral.

Todos los ciudadanos deberán apretarse el cinturón hasta unos niveles sin precedentes. Las pensiones superiores a los 1.500 euros sufrirán recortes progresivos hasta 2013, se reducirá la duración máxima del subsidio de desempleo y se abaratará el despido de los trabajadores, cuya indemnización máxima no superará el salario de un año. Los recortes afectarán incluso a los servicios básicos, de manera que el sistema público de salud deberá ahorrar casi 1.000 millones de euros, mediante la reducción de las ayudas para los medicamentos y la atención hospitalaria, así como el aumento de las tarifas del sistema de copago, la llamada tasa moderadora de las prestaciones. En educación, el Estado deberá ahorrar 370 millones de euros a través de la reducción de personal y de las subvenciones para las escuelas privadas.

“No tenemos ninguna razón para alimentar el triunfalismo porque necesitaremos mucho coraje para superar los enormes problemas que nos aguardan”, declaró Passos Coelho, próximo primer ministro, tras conocer su triunfo. El nuevo gobierno, una coalición de los dos partidos de la derecha, que dispondrá de una cómoda mayoría en la Asamblea de la República (como mínimo, 129 de los 230 escaños), tendrá en el diktat internacional su última línea de defensa, su justificación y su coartada frente a los vencidos en las urnas, pero probablemente deberá afrontar en la calle una situación similar a la de Grecia, con continuas huelgas y algaradas.

Estamos seguros de que las condiciones de vida de los portugueses van a empeorar considerablemente en los próximos tres años, ahora que la fiesta ha terminado y es preciso pagar los platos rotos. Pero lo que no sabemos es si las medidas impuestas podrán ser aplicadas y si, en caso afirmativo, serán suficientes para resolver los enconados problemas estructurales del país y restablecer la confianza de sus socios europeos y de los mercados.

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