Posteado por: M | 12 junio 2011

¿Para qué sirve la OTAN?

¿Para qué sirve la OTAN? La misma pregunta resuena en los cuarteles generales y las cancillerías desde la caída en 1989 del muro de Berlín, símbolo de la división de Alemania y del mundo en dos bloques antagónicos e irreconciliables. En efecto, la Alianza Atlántica fue constituida en 1949 con el propósito de “contener” a la URSS, de proteger a los países de la Europa occidental cuando los tanques soviéticos, como decía el general De Gaulle, estaban a una etapa ciclista de París. Pero, desaparecido el enemigo común, cambiaron radicalmente las circunstancias y los efectos resultan desconcertantes. Ampliada pero no reformada la Alianza, los socios aflojan sus vínculos, los Estados ya no gastan en defensa como sería necesario para mantener en plenitud el dispositivo militar, EE UU se impacienta y el fiasco de Libia pone al descubierto las grietas intrínsecas de una organización anacrónica y exhausta.

El encargado de lanzar la requisitoria fue el secretario de Defensa norteamericano, Robert Gates, que está a punto de cesar en el cargo y aprovechó un cónclave de reflexión en Bruselas para poner todos los puntos sobre las íes y reprochar a los aliados su escasa contribución al gasto militar y su raquítica voluntad política, de manera que está en juego el futuro de la Alianza si los 28 socios no cambian de conducta. Y advirtió que la OTAN se enfrenta a “un oscuro e incluso sombrío porvenir”, que podría desembocar en su “irrelevancia”. El discurso de despedida de Gates fue interpretado por algunos observadores como una oración fúnebre que encubre además su frustración personal.

La actuación de Libia es un anticipo de esa irrelevancia, luego de tres meses de inútiles y costosas operaciones para desalojar a Gadafi del poder. Varios intervinientes están cortos de municiones y vuelven sus ojos hacia el Pentágono, en la expectativa de que el amigo americano, como en otras ocasiones, les saque las castañas del fuego. Ahora bien, en tiempos de vacas flacas, EE UU, que actualmente corre con el 75 % de los gastos de la OTAN (el 50 % durante la mayor parte de la guerra fría), ya no dispone de los recursos necesarios para tapar todos los agujeros, y Obama, el presidente menos europeo pese a la admiración que despierta en Europa, mira hacia otros continentes y a China con especial atención. No obstante, la razón fundamental de las discrepancias radica en que la situación económica obliga a reducir los dispendios excesivos o supuestamente superfluos del imperio crepuscular.

En primer lugar, Gates describió la situación: “En lo que concierna a la operación de la OTAN en Libia, se han hecho dolorosamente evidentes las lagunas, tanto en medios militares como en voluntad política, que comprometen la capacidad de la Alianza para llevar a cabo una campaña integrada, eficaz y duradera por mar y aire.” Desde que el Pentágono traspasó el mando a la OTAN, la guerra contra Gadafi bajo el corsé de la ONU está cada día más cerca de la irrisión y se presta al sarcasmo. ¿Qué ocurriría con un enemigo mejor organizado y menos histriónico que el dictador libio?

Según Gates, la OTAN no debe convertirse en “una alianza de dos velocidades”, en la que unos se dedican a operaciones humanitarias y otros a las de combate, una dicotomía que reputa “inaceptable”. Sólo ocho de los 28 socios (Bélgica, Canadá, Dinamarca, EE UU, Francia, Italia, Noruega y el Reino Unido) participan en los bombardeos sobre Libia. España, Holanda y Turquía contribuyen teóricamente al esfuerzo militar, pero no se sabe muy bien qué hacen, presumiblemente porque discrepan políticamente de los castigos aéreos. Polonia y Alemania no están ni se les espera, a pesar de que los alemanes son históricamente los más beneficiados por la existencia de la Alianza Atlántica. La reciente visita de la cancillera Merkel a Washington no logró disipar el malestar norteamericano.

El jefe del Pentágono dejó caer una severa advertencia. Si la situación no se corrige, “pronto se acabarán las ganas y la paciencia del Congreso [de EE UU] de gastar cada vez más preciados fondos en nombre de unos países que parece que no desean dedicar los recursos necesarios para su propia defensa”. Y concluyó: “Si la tendencia en la reducción de las capacidades militares europeas no se detiene, si no se rectifica, los próximos dirigentes de EE UU, que carecerán de la experiencia formativa que para mí fue la guerra fría, pueden llegar a la conclusión de que la inversión norteamericana en la OTAN no compensa.”

La Casa Blanca trató de mitigar el efecto del discurso de Gates entre los aliados, alegando que los puntos de vista del Pentágono no son necesariamente los del gobierno, pero no tuvo más remedio que reconocer que el secretario de Defensa había suscitado “legítimas preocupaciones” y que Obama espera que todos los miembros de la OTAN cumplan con sus obligaciones. El Congreso, abrumado por la deuda y el déficit, no está por la labor de autorizar más gastos o subir los impuestos.

La irritación desborda los círculos políticos de Washington: “Los europeos disfrutan de generosos programas sociales porque EE UU subsidia sus gastos de defensa”, asegura un destacado especialista en cuestiones militares. Y no falta el humor negro que traduce las siglas inglesas de la misión de la OTAN en Afganistán –International Security Assistance Force (ISAF)– por “I saw American Fighting”, es decir: “Observo cómo combaten los norteamericanos.” Nada se gana con disimular la fractura que afecta a los pilares de la OTAN.

El pesimismo es tan agudo y está tan extendido, que se multiplican estos días los llamamientos apremiantes en favor de la innovación y la productividad, tan necesarios para “la reconstrucción de EE UU”, según la expresión de uno de sus más celebres comentaristas, Fareed Zakaria, que escribe en el Washington Post. Y añade: “los temores acerca del déficit presupuestario y el clima político disfuncional han paralizado a los líderes de ambos lados del espectro político.”

La retórica y los pleonasmos de Obama no resolverán la peliaguda situación ni evitarán que prospere la discordia. Los presupuestos militares en Europa experimentan un franco retroceso y la voluntad política no es capaz de superar los obstáculos que levantan la crisis financiera y la deuda soberana. En su reciente discurso en el Westminster Hall del Parlamento británico, el presidente norteamericano aseguró que “la OTAN es la más exitosa alianza de la historia humana”. Aceptemos la hipérbole. Lo cierto es que la Alianza extendió su radio de acción, que el tratado fundacional limitaba a la Europa occidental, y que hoy se encuentra luchando en Afganistán después de haberse aproximado peligrosamente a Moscú, pero sin haber ajustado sus medios a los objetivos más ambiciosos, pero no necesariamente compartidos.

Obama, además de mirar primordialmente a la cuenca del Pacífico, acaricia “una nueva concepción” de la OTAN para adecuarla a los nuevos retos y amenazas del terrorismo, la piratería marítima y la guerra cibernética, pero aún no ha explicado cómo revitalizarla, modificar sus objetivos y su organización, repartir sus gastos de manera más equitativa y movilizar en su favor a unas opiniones públicas reticentes. Mientras no se vislumbre el final del túnel de la crisis económico-financiera, lo más probable es que EE UU y Europa no podrán dedicarse a reconstruir sobre nuevas bases la vieja alianza en entredicho. Y se mantendrá la pregunta: ¿Para qué sirve una OTAN que ni siquiera es capaz de derrocar a Gadafi y que está impaciente por escapar, como sea, del laberinto de Afganistán?

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