Posteado por: M | 15 junio 2011

Las elecciones de Turquía y las dudas sobre su futuro

Lo peor de las elecciones legislativas en Turquía es que los resultados son siempre previsibles, similares a los que anticipan las encuestas, y que, por lo tanto, el factor aleatorio, consustancial con un sistema democrático, es irrelevante, como consecuencia del bloque de inercia estructural que permanece fiel al hegemónico partido gobernante, conservador e islamista. No existe ni siquiera especulativamente la alternancia en el poder. Lo mejor del escrutinio es que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, en su sigla en turco), del primer ministro Recep Tayyip Erdogan, con el 50 % de los sufragios, ciertamente obtuvo una contundente victoria, la tercera consecutiva desde 2002, pero insuficiente para impulsar una nueva Constitución sin el consenso de las otras fuerzas políticas en la Gran Asamblea Nacional.

Erdogan y su AKP lograron la mitad de los votos, emulando a otros líderes que alcanzaron el mismo resultado con parecida base electoral conservadora y fuertemente islamizada, la clase media del bazar y la masa campesina de la meseta de Anatolia. Me refiero a Adnam Menderes, jefe del Partido Demócrata, en las elecciones de 1950 y 1954, y Soleiman Demirel, en las de 1965. El primero terminó en la horca, tras haber sido depuesto por un golpe militar en 1960, acusado de corrupción  y de traicionar los ideales de Ataturk. El segundo venció en las elecciones de 1965 al frente del Partido de la Justicia, reencarnación del demócrata, y dirigió varios gobiernos hasta que fue destituido en 1980 por la última y más violenta asonada castrense.

Desde que se instauró el multipartidismo, bajo protección aliada después de la Segunda Guerra Mundial (1945), el islam político tuvo que enmascararse con nombres diversos para sortear la hostilidad y la tutela de los militares. La última mutación se produjo en 2001, cuando Erdogan provocó una escisión en el Partido de la Virtud para crear el AKP, con el que triunfó en las elecciones de 2002, tras moderar su discurso tanto social como religioso, abrazar la tecnocracia y abogar por el ingreso en la Unión Europea (UE) como objetivo a largo plazo. El liberalismo debería ser el motor del cambio y el progreso. El éxito le acompañó en el empeño: la economía, en bancarrota en 2002, es una de las más dinámicas del mundo.

El buen hacer de Erdogan y su partido fue innegable en el decenio transcurrido desde su llegada al poder, mediante el procedimiento de hacer compatible la modernización económica con el conservadurismo social y religioso. El país crece ininterrumpidamente, con tasas que se aproximan a las chinas; la renta se ha triplicado y, al mismo tiempo, la sociedad protagoniza un renacimiento del islam político, incluso en Estambul y la costa del Egeo, las zonas más urbanizadas y secularizadas. La estabilidad está asegurada por el abrumador y desproporcionado poder del AKP, debido en gran medida a la impotencia de una oposición ideológicamente fragmentada.

El Partido Republicano del Pueblo (CHP, en su sigla en turco), heredero del kemalismo, fue durante muchos años la correa de transmisión del poder del Ejército, pero en el último decenio, coincidiendo con el ascenso del islamismo y del AKP, se situó en el centro-izquierda y se convirtió en socialdemócrata, menos nacionalista y menos estatista, una mutación ideológica con la que no pudo evitar un descenso acusado de simpatizantes y electores, a pesar de sus proclamas liberales y feministas. En las elecciones del 12 de junio, aunque estrenaba un nuevo líder, Kemal Kiliçdaroglu, el CHP fracasó en su intento de llegar al 30 % de los votos y tuvo que conformarse con el 25,8 %, cuatro punto más que en 2007. Sigue como primera fuerza de la oposición con 135 escaños en la Asamblea  (+23), pero es evidente que carece de la iniciativa.

El Partido de Acción Nacionalista (MHP), de un nacionalismo exacerbado, mantuvo su porcentaje de votos de hace cinco cuatro años (13 %) y perdió 16 escaños, luego de que estallara un escándalo sexual de algunos de sus dirigentes, aireado desde el poder en vísperas electorales. Enarbola la bandera de la intransigencia en asuntos como la ocupación de Chipre, el reconocimiento del genocidio armenio o la autonomía cultural de la minoría kurda.

Los nacionalistas kurdos, agrupados en el Partido de la Paz y la Democracia (BDP), lograron el 6 % de los votos y mejoraron su representación en la Asamblea Nacional hasta los 35 escaños (+15), aunque para ello tuvieron que recurrir a la argucia de presentar a sus candidatos como independientes, a fin de eludir la barrera del 10 % de los votos que deben obtener los partidos para entrar en el Parlamento. Esa restricción, una de las más elevadas del mundo, perturba tanto el reparto de los sufragios como su expresión parlamentaria, pese al sistema proporcional.

Aunque no alcanzó la mayoría de dos tercios (367 escaños) en la Asamblea y ni siquiera la mayoría cualificada (330), preceptiva para someter una propuesta legislativa a referéndum, no cabe ninguna duda de que el AKP, con su mayoría absoluta de 326 escaños (la cámara única cuenta con 550), dispondrá de la fuerza social y política necesaria para impulsar una nueva Constitución que sustituya a la que los generales dictaron en 1982, a fin de cumplir con algunas de las demandas de Bruselas.

Las últimas reformas constitucionales, aunque con el pretexto de la aproximación a Europa, han confinado al estado mayor en los cuarteles y han cortado las alas a la judicatura, las dos instituciones más identificadas con el laicismo y la separación del Estado y la mezquita. Los 26 artículos de la Constitución enmendados por referéndum en septiembre de 2010 sirvieron, entre otras cosas, para que el AKP monopolizara el nombramiento y promoción de los jueces.

La religión se utiliza como elemento indispensable de la cohesión social. Los mensajes políticos del AKP están trufados de consignas islamistas, el gobierno autoriza el pañuelo islámico en las universidades, donde antes estaba prohibido, y controla la venta de alcohol. La esposa del primer ministro aparece con el pañuelo en todos los actos oficiales, para dar ejemplo, y a las mujeres se les recuerda de manera insistente que “es preciso tener tres hijos”. La corrupción está muy extendida en las filas de un partido que se confunde con los engranajes del Estado, pero el gobierno sofoca tanto las denuncias como la información periodística, como ocurrió en el escándalo de una fundación caritativa turca en Alemania sospechosa de haber servido de pantalla para su financiación ilegal.

Una oposición muy heterogénea y con objetivos muy dispares difícilmente podrá contrarrestar la fuerza creciente del movimiento islamista-conservador y su retórica religiosa que domina en los medios de comunicación, los círculos académicos e incluso el boyante mundo de los negocios. La apisonadora de Erdogan, su bien engrasada máquina electoral y mediática, se muestra arrolladora, y no repara mucho en los métodos para lograr sus objetivos. Así, por ejemplo, el líder de la oposición, Kemal Kiliçdaroglu, de confesión aleví –una rama heterodoxa y relativamente liberal del islam–, fue acusado por Erdogan, durante la campaña electoral, de “no ser un verdadero musulmán”.

El país con más periodistas encarcelados

Turquía es probablemente el país del mundo con más periodistas encarcelados (57 ), más que China o Irán, según un reciente informe de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) frecuentemente escondido o preterido en la prensa europea complaciente con el AKP, al que califica invariablemente de “islamista moderado”. Las multas y las presiones se ciernen sobre los medios de comunicación que no se pliegan a los designios del poder. El Dogan Media Group, el más importante del país, fue castigado recientemente con sendas multas de 400 y 3.000 millones de euros, que superan con creces el valor conjunto de las empresas del grupo.

La moderación de que el AKP hizo gala en sus comienzos no ha resistido la consolidación y disfrute del poder en torno a Erdogan y su islamismo cada día más radicalizado, hasta el punto de que la élite laica y militar que había presidido los destinos de la República desde 1923 ha tenido que ceder su dominio a otra islamista y de un conservadurismo sin fisuras, así en la económico como en las costumbres y la vestimenta. El liberalismo y las reformas de los primeros años en el poder, con la mirada puesta en Europa, se han desvanecido, y los equilibrios políticos hace tiempo que saltaron por los aires. El politólogo Hakan Yilmaz, profesor de la Universidad del Bósforo, lo explica sin ambages: “Antes había otros elementos que hacían del islam del AKP algo muy moderado, pero ahora esos elementos se han disipado, haciendo emerger el núcleo ideológico, los valores islámicos que no son particularmente democráticos.”

El CHP sólo logró triunfar en Estambul y algunas ciudades de la costa del Egeo por donde se mueven los turistas. Durante el último decenio, mientras los islamistas avanzaban en todos los terrenos, los kemalistas pasaron a ser una fuerza declinante, ideológicamente desorientada, refugio de los sectores seculares en aparatoso retroceso. Su nuevo líder, Kemal Kiliçdaroglu, elegido en 2010, no supo insuflar un nuevo espíritu en la vieja formación ni adoptar una estrategia convincente para denunciar los abusos del poder en el terreno de las libertades individuales. Ya se oyen las primeras voces críticas dentro del partido.

Erdogan es un líder competente, populista y carismático, pero tiene un temperamento volcánico que le lleva a amenazar a los periodistas, a denigrar a sus adversarios políticos o a increpar públicamente al presidente de Israel, Shimon Peres, durante la reunión internacional de Davos. Los observadores turcos y extranjeros coinciden en que la tentación autoritaria o caudillista y la intransigencia religiosa son los aspectos más negativos de su personalidad. Su pretensión de compararse con los líderes demócrata cristianos europeos resultaría irrelevante si no fuera reiterada por la prensa europea más obediente a los dictados de la corrección política.

¿Qué hará Erdogan con su tercer triunfo? Puede buscar la solución mediante el consenso de algunos de los problemas que acucian al país, desde la reforma constitucional a la autonomía de los kurdos, pasando por la retirada de las tropas de la parte septentrional de Chipre ocupada desde 1974. Pero también puede olvidarse de que la mitad de los turcos no votó por él y dedicarse a enconar los aspectos más controvertidos de su gobierno: la islamización como panacea social y la estrategia referendaria para proseguir el desarme de sus adversarios y avanzar hacia un régimen presidencialista que colmaría sus ambiciones.

Y en el exterior, deberá resolver el dilema de la fidelidad a la OTAN o la alianza con los regímenes represivos de Irán y Siria y sus clientes del islamismo más radical, como Hizbolá o Hamás, aunque así contribuya a exacerbar la paranoia del gobierno de Israel. La tradicional alianza con EE UU, pese a los esfuerzos de Obama por preservarla, se encuentra en sus momentos más bajos y debilita lógicamente el flanco más oriental de la OTAN.

Las elecciones del 12 de junio reforzaron la estabilidad y el autoritarismo del primer ministro que aspira a convertirse en presidente de la república en el estilo francés o norteamericano, pero no resolvieron el principal problema del país, a saber: la convivencia del islam político con la democracia, desafío que marcará igualmente el destino final de las revueltas árabes. Seguimos sin saber si Erdogan es el líder capaz de conducir a Turquía hacia la democracia liberal, requisito inexcusable para vencer las reticencias de varios países para su ingreso en la Unión Europea.

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