Posteado por: M | 18 junio 2011

Hacia la destrucción del Estado sirio

El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, en unas declaraciones efectuadas en Sâo Paulo, el 16 de junio, exigió al presidente de Siria, Bachard al Asad, que “deje de matar más gente, se comprometa a un amplio diálogo y tome medidas audaces (…) antes de que sea demasiado tarde”. Apenas 24 horas después, como todos los viernes después de las plegarias de mediodía en las mezquitas, las tropas y los escuadrones de la muerte del régimen volvieron a disparar contra los manifestantes en varias ciudades y causaron nuevas víctimas difíciles de cuantificar porque los periodistas y las organizaciones humanitarias no pueden entrar en el país.

El secretario general de la ONU, al igual que el presidente Obama, aparenta esperar una milagrosa regeneración del carnicero de Damasco. En vez de reclamar que abandone el poder para acabar con el infierno criminal y la destrucción del país, se limite a pedir que rectifique su comportamiento y se ponga al frente de un proceso de reforma. Lo mismo que hizo el jefe de la Casa Blanca en su famoso discurso del 20 de mayo sobre las revueltas árabes: “El presidente Asad tiene ahora la oportunidad de elegir entre dirigir la transición o dejar libre el camino.” Extraña filosofía moral y política que confunde al dictador sirio con un reformista que puede ponerse al servicio de la democracia, como por ensalmo.

Un reputado comentarista norteamericano, Elliot Abrams, escribe en su blog: “¿Cuántos pacíficos manifestantes tienen que morir, cuántos refugiados tienen que huir, cuantos días deberán continuar los ataques militares contra el pueblo de Siria por la mafia criminal de Asad en Damasco antes de que Estados Unidos haga un llamamiento para que Asad se vaya?” Tanto Obama como la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se escudan detrás de los problemas estratégicos de toda la región a pesar de “los horrorosos y repugnantes” ataques contra los civiles desarmados.

La impotencia de la ONU no es ninguna novedad, sino la manifestación cruel de una enfermedad incurable. Un proyecto de resolución del Consejo de Seguridad, promovido por Francia y Gran Bretaña, se ha extraviado en los meandros de la burocracia internacional. Rusia y China, que disponen del derecho de veto, rechazan cualquier resolución que condene enérgicamente la represión e imponga sanciones, invocando el principio de la no injerencia en los asuntos internos de un país soberano, es decir, despreciando, una vez más, el llamado derecho humanitario en las relaciones internacionales. Recientemente, los presidentes Dimitri Medvedev y Hu Jintao hicieron un hipócrita llamamiento para “la resolución de los conflictos por medios pacíficos”.

¿Cómo aludir a los medios pacíficos cuando miles de sirios son asesinados, encarcelados o forzados al destierro?  La máquina de matar no descansa. Según las organizaciones sirias de defensa de los derechos humanos, al menos 1.300 civiles y 300 militares han perdido la vida hasta mediados de junio desde que en marzo comenzaron las manifestaciones de protesta contra el poder despótico detentado por el clan de los Asad desde hace 41 años. Los hospitales se encuentran a rebosar y unas 10.000 personas están encerradas en las mazmorras del régimen. A la carnicería imparable se añade ahora la tragedia de otras 10.000 personas, en su mayoría de la minoría kurda, que huyeron a Turquía para escapar de la represión.

Un periódico árabe editado en Londres, Al-Hayat describe la situación de los miles de prisioneros: “Están sometidos a torturas terribles y sufren un trato de un salvajismo extremo. Se les arrancan las uñas (incluido a los niños), se les rompen los dientes o se les fracturan las costillas. Es el precio exorbitante que pagan los sirios por satisfacer sus aspiraciones de libertad y justicia.” En cuanto a la transición hacia la democracia, el mismo rotativo añade:   “Sin un verdadero cambio, no hay ninguna esperanza de justicia y dignidad para los sirios. Aquellos que los han tratado como al ganado deben ser sancionados.” Primero, que se vaya Asad, y después, ya hablaremos. A su juicio, el presidente de Siria ha perdido toda su escasa legitimidad.

Los culpables, los fariseos o los cómplices en la comunidad internacional desbordan la santa alianza chino-rusa. Hay que empezar por Europa, cuya conciencia está de vacaciones o descansa adormecida o selectiva y parcialmente indignada. Algunos europeos dicen sentirse horrorizados, pero los principales compradores del petróleo sirio (unos 200.000 barriles por día) –Francia, Alemania, Italia y Holanda—no parecen bien dispuestos para cancelar tan lucrativo negocio. El aislamiento económico y diplomático del régimen de Asad no forma parte de los objetivos de EE UU, Israel y la Unión Europea (UE), debido no sólo a los intereses económicos en juego, sino, sobre todo, al temor del estallido de un país multiétnico, de múltiples vecinos, aliados y adversarios, que podría generar un seísmo en la región.

Según el discurso oficial de Damasco, la revuelta popular es una insurrección inspirada por los islamistas, dirigida por los Hermanos Musulmanes, con patrocinio y ayuda del extranjero, una revuelta similar a la insurrección de febrero de 1982, cuando el general Hafez al Asad, padre del actual presidente y creador de la dinastía, aplastó con crueldad sin precedentes el levantamiento armado que se centró en el martirio de Hama. El sitio de la ciudad duró tres semanas, el ejército causó entonces entre 10.000 y 40.000 muertos entre la población civil y el régimen se consolidó mediante el terror y la intimidación.

Como señalé en anteriores artículos, el ejército sirio carece por completo de autonomía, más bien actúa como el brazo armado de Asad y sus compinches de la oligarquía económica, que ven como la tierra se mueve bajo sus pies, pero que no están dispuestos a seguir el camino de sus colegas de Egipto o Túnez.  Los altos mandos del ejército sirio no tienen los escrúpulos morales de que hicieron gala los de Egipto y Túnez cuando se negaron a disparar contra los civiles desarmados en circunstancias semejantes. Prefieren morir matando.

No se trata en realidad del ejército de Siria, formado mayoritariamente por soldados de reemplazo. El brazo armado de Asad, equipado con carros de combate y aviones, están integrado por los jefes y oficiales que pertenecen a la misma minoría religiosa (alauí)  y forman parte inseparable de la oligarquía económica, en la que se mezclan con algunos opulentos comerciantes suníes de Damasco y Alepo, como la familia de la atractiva esposa del presidente. El sistema de los monopolios estatales –petróleo, tabaco, azúcar– está en manos de los uniformados y sus secuaces, y la corrupción está generalizada entre la camarilla de cortesanos vinculada a la dinástica familia presidencial.

En el interior, la cuestión de la amenaza islamista explotada por Asad y sus esbirros explica la actitud temerosa o dubitativa de amplios sectores de la población que parecen formar una mayoría silenciosa, tácitamente resignada, que el régimen utiliza sin escrúpulos e incluso exhibe sin pudor en las calles de Damasco. La complejidad étnica y religiosa del país, con numerosas minorías interesadas en preservar el status quo, justifican la adhesión a un Estado multiconfesional y relativamente laico. Por eso la oposición en el exilio se muestra muy cautelosa y retrocede ante la perspectiva de una intervención exterior que, como en el caso de Iraq, provocaría un estallido de consecuencias imprevisibles.

La represión implacable, no obstante, está socavando los frágiles cimientos del Estado sirio, cuya destrucción se perfila en el horizonte. La gobernación de un país no puede prolongarse indefinidamente mediante la punición colectiva, el pánico y el anuncio de males mayores. Al enconarse la represión, decrecen las probabilidades de encontrar una salida. Los únicos resultados tangibles de tan ciega estrategia son la continuidad de la protesta y el aumento incesante del número de víctimas, lo que, a su vez, suscita la cólera o la desesperación de sectores cada vez más amplios de la población. Una dinámica infernal, traumática, que será muy difícil de detener.

Como hemos visto, teniendo en cuenta la posición geoestratégica de Siria, la comunidad internacional está paralizada por consideraciones muy diversas. El New York Times, en un editorial titulado “La pesadilla de Siria,  instaba el 17 de junio al presidente Obama a “encontrar mejores maneras de castigar y aislar al presidente Bachard al Asad y sus compinches”, pero no se le ocurría otra cosa que una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU para condenar e imponer sanciones, un método difícil de adoptar y prácticamente imposible de ejecutar con éxito. Y mientras prosiguen los cabildeos y las recriminaciones, la primavera árabe empieza a adquirir en Siria las tonalidades de un día de difuntos.

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