Posteado por: M | 24 junio 2011

Grecia ahonda la crisis de Europa

Varias crisis se superponen dentro de la Unión Europea (UE), el gran designio integrador plasmado en el tratado de Roma (1957), concebido contra el pasado alemán y el futuro soviético, que actualmente ofrece signos inequívocos de una profunda fatiga. Desaparecida la URSS, unificada Alemania, la más urgente y tangible es la crisis del euro o de la unión monetaria, instituida por el tratado de Maastricht (1992), que se manifiesta con especial virulencia en el agobio de la deuda soberana de los llamados países periféricos (Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia), cuyos niveles de endeudamiento y déficit fiscal los sitúan al borde del precipicio de la suspensión de pagos, conocida eufemísticamente como reestructuración.

La segunda crisis es institucional y refleja la incapacidad de los líderes políticos y la eurocracia, en simbiosis de intereses con un acusado déficit democrático, para enmendar los tropiezos de un conglomerado interestatal que fue ampliado hacia el este de manera improvisada, exorbitante y prematura en 2004, como remedio para el caos poscomunista en la Europa central y oriental.  Pero la heterogeneidad y disfuncionalidad del grupo de los 27 no fueron corregidas por el tratado de Lisboa (1 de diciembre de 2009), un farragoso texto de compromiso (gasto meramente simbólico), tabla de salvación de los restos del naufragio de la fallida constitución, que creó una presidencia permanente del Consejo Europeo, una especie de figura decorativa o amigable componedor durante dos años y medio, y aumentó ligeramente los poderes del Parlamento.

La crisis de la deuda y el euro vuelve a centrarse en Grecia, que ya fue rescatada de la suspensión de pagos en 2010 con un préstamo por la astronómica cifra de 110.000 millones de euros, compartido por la UE y el Fondo Monetario Internacional (FMI), en la expectativa de que el crecimiento sería lo suficientemente vigoroso como para ir pagando a los prestamistas y vender de nuevo los bonos estatales en el mercado de capitales. El fiasco ha sido monumental. Ni crecimiento ni retorno al mercado. Y por añadidura, y una vez más, el gobierno socialista griego, no cumplió con las condiciones impuestas.

El forcejeo en Atenas entre el recién nombrado ministro griego de Economía, Evangelos Venizelos, y los inspectores de la UE y el FMI, indica claramente que no será fácil la aplicación de las medidas de austeridad y rigor. El gobierno griego prometió un recorte de 28.300 millones de euros, pero los inspectores encontraron un desfase en las cuentas de 5.500 millones, por lo que Venizelos acabó por reconocer un agujero negro de sólo 3.800 millones. ¿Cuándo desaparecerán las discrepancias entre las cuentas griegas y las que hacen sus prestamistas, condición indispensable para restablecer la confianza de los mercados?

Una indulgencia contraproducente

La impresión dominante es que Grecia, que jamás cumplió los requisitos establecidos para acceder al euro, está peor que hace un año y que, en consecuencia, necesita otro plan de salvamento quinquenal para evitar la quiebra y sus imprevisibles consecuencias, por valor de otros 100.000 millones de euros. Cuando se unió a la eurozona en 2001, con dos años de retraso sobre los Estados fundadores, todo el mundo sabía que las finanzas griegas no cumplían los criterios fiscales y presupuestarios, pero la UE cerró los ojos ante la evidencia y prefirió enfocar el escrutinio sobre la Grecia antigua, cuna intelectual de la democracia. En medio de la fiebre constructora de los Juegos Olímpicos de Atenas (2004), Bruselas se mostró peligrosamente indulgente.

Tanto la UE como el FMI despiertan de la pesadilla que contribuyeron a generar. Ahora se niegan a entregar parte del dinero del primer plan de rescate (12.000 millones de euros previstos en julio) si el gobierno de Atenas no aprueba un nuevo programa de austeridad y rigor fiscal que tranquilice a los probables prestamistas. Pero éstos no creen en el gobierno griego, que ha sido incapaz de despedir a un solo funcionario, a pesar de la plétora burocrática que asfixia al país, y que ha adoptado muchas medidas a regañadientes, pero sin emprender genuinos cambios en profundidad de la administración y del sistema productivo.

El voto de confianza obtenido en el Parlamento por el gobierno, el 21 de junio, con sólo los votos del partido socialista (Pasok) es sólo el primer paso en un camino erizado de obstáculos, pues Papandreu deberá presentar inmediatamente a los diputados, obedeciendo el dictado de los poderes externos, el nuevo plan de cinco años con medidas de ahorro y reformas estructurales, centradas en la mejora de la oferta, y luego adentrarse en el terreno minado de un referéndum.

El Parlamento griego deberá pronunciarse de manera definitiva entre el 28 y el 30 de junio, pero no podrá obtener ni siquiera el beneficio de la duda por parte de una oposición de derechas que no comparte la amarga receta. A pesar de las presiones conjuntas de la cancillera Merkel y el presidente Sarkozy, el líder de la oposición Antoni Samaras, del partido conservador Nueva Democracia, reafirmó su rechazo del plato indigesto cocinado por el FMI y Bruselas.

La deuda de Grecia se eleva a la fabulosa cifra de 340.000 millones de euros, equivalente al 150 % de su producto interior bruto anual, unos 30.000 euros por cabeza (la población sobrepasa ligeramente los 11 millones), y es la más onerosa de garantizar en los mercados mundiales por estar considerada por las agencias de calificación al mismo nivel que los “bonos basura”.

El malestar se extiende por todo el continente

Los desfiles de protesta en Atenas y otras ciudades olvidan el pasado más reciente, cuando los sucesivos gobiernos griegos, de derechas e izquierdas, falsificaron las estadísticas para acceder al euro y dijeron a los votantes que la moneda única era una manera cómoda y nada hiriente de alcanzar el nivel de vida de los europeos del norte, sueldos elevados, jubilaciones generosas y vacaciones espléndidas. Un mundo feliz y ni un solo sacrificio. Ahora tienen que pagar con intereses y moras la superchería y la irresponsabilidad, tanto la pública como la privada. Y para no asumir una verdad tan amarga, políticos y ciudadanos compiten en la búsqueda de un chivo expiatorio en la codicia ajena o la incomprensión o la arrogancia del vecino.

El gobierno del socialista Yorgos Papandreu sigue colgado del abismo. Ni hizo los deberes ni es probable que pueda hacerlos. Tiene que subir los impuestos y vender las joyas de la corona (privatización y subasta de empresas) y, al mismo tiempo, reducir los servicios sociales, meter la tijera en los gastos y acelerar el programa de austeridad, luego de haber reducido los emolumentos del sector público en el 20 % y las pensiones en el 10 %. Unas medidas siempre difíciles de avalar para un gobierno de ideología socialdemócrata más proclive al gasto, la intervención y las subvenciones que al rigor presupuestario. Y todo ello, con la oposición encrespada en el Parlamento, una nación desmoralizada y el renacido partido comunista, superviviente de la guerra civil, agitando la calle hasta el motín.

El malestar y las dudas se extienden por el continente. Gran Bretaña y los escandinavos, ni están ni se les espera en la empresa azarosa del euro. La locomotora franco-alemana hace tiempo que está averiada y sólo se pone en marcha de manera renqueante para evitar in extremis el desastre, pero no para resolver los acuciantes problemas. La cancillera Angela Merkel navega contra la corriente de una opinión pública crecientemente euroescéptica, nostálgica del marco y menos idealista, mientras que en otros países acreedores y de finanzas saneadas, como Holanda y Finlandia, los sentimientos antieuropeos causan estragos en el electorado.

Frente a las manifestaciones airadas de Atenas, Madrid o Lisboa, donde se han visto banderas europeas mancilladas con la esvástica, pancartas con lemas antidemocráticos, proclamas antiliberales o carteles ofensivos contra los bancos y los ahorradores, el desdén o la sorda irritación progresan entre los europeos más previsores y productivos o alimentan la fortuna electoral del populismo xenófobo.

Los extremos se tocan en el desprecio o la denigración del sistema político y su clase dirigente, según manifiestan insistentemente los llamados indignados (aganaktismenoi, en griego moderno), despertando la memoria del período más aciago de la historia europea que desembocó en la catástrofe de 1945. En una pancarta desplegada ante el Parlamento griego podía leerse en español: “No pasarán”, la consigna comunista en el Madrid en guerra de 1936. La atención prestada a la vorágine callejera y sus elementales propuestas sólo se explican precisamente por la indigencia intelectual de una clase política harto desorientada.

Los economistas no se ponen de acuerdo sobre la mejor manera de salvar a Grecia de la bancarrota y a Europa del contagio. Los liberales propugnan una operación de la verdad que exponga la situación sin paliativos, que saque a la luz las vergüenzas de Grecia y otros países, incluyendo la suspensión de pagos, algo que ocurrirá inexorablemente, según el parecer de Kenneth S. Rogoff, ex economista jefe del FMI y actualmente profesor de la universidad de Harvard, en unas declaraciones al New York Times. “La quiebra de Grecia es inevitable”, reitera en el Financial Times Martin Feldstein, quien añade: “Grecia no está sola en la insolvencia, por lo que su bancarrota (default) podría arrastrar a la de Portugal, Irlanda y posiblemente España.”

Los socialdemócratas y europeístas, por el contrario, no sólo abogan por el rescate continuado cueste lo que cueste, sino que incluso ponen en tela de juicio la prudencia de unos planes de austeridad que hacen más problemático el crecimiento, aunque reconocen que sin disciplina fiscal el euro acabaría derrumbándose. Pero algunos especialistas temen que las tácticas dilatorias incrementarán la factura de la crisis en la eurozona.

La crisis no nace del euro, ni de la supuesta perversidad de los mercados, sino del incumplimiento sistemático de las premisas del tratado de Maastricht y del pacto de estabilidad y crecimiento (1997) que previó la supervisión fiscal de los países de la eurozona y un régimen sancionador por la vulneración de los criterios de convergencia (déficit, deuda e inflación). Sin reglas de juego no hay partido. Cuando la Comisión Europea propuso otorgar esos poderes de vigilancia a la Oficina de Estadística (Euroestat), Francia y Alemania se pusieron al frente de los Estados que descartaron dicha medida como una intromisión intolerable. Esa supervisión, desde luego, hubiera podido evitar que Grecia, Irlanda, Portugal y España iniciaran su marcha imparable hacia el abismo de un déficit fiscal que cuadriplicaba el límite fijado. La regulación existe, pero lo que se echa de menos es la voluntad política para aplicarla.

Ante la inoperancia del pacto de estabilidad y crecimiento, en marzo de 2011 se firmo el llamado pacto del euro, o “compromisos comunes” revisables anualmente, para permitir el rescate de los países en apuros, pero a condición de que éstos llevaran a cabo reformas estructurales y fueran multados en caso de incumplimiento en algunos asuntos delicados como el empleo, la competitividad, la pensiones, la estabilidad financiera y control del déficit público. Su mayor defecto es que los compromisos son un acuerdo para frenar la inquietud, pero sin poder coercitivo y, por ende, condenado a la papelera burocrática.

El economista italiano Mario Monti, eurófilo de prestigio, que fue varias veces comisario europeo, en un artículo publicado en el Financial Times, achaca las tribulaciones de la eurozona a “la insana cortesía entre los países y la excesiva deferencia hacia los grandes Estados” en lo que concierne a la aplicación de las normas que deben presidir el funcionamiento del mercado único y, por supuesto, del euro. La credibilidad fue gravemente atacada en 2003 cuando Alemania y Francia se saltaron los requerimientos del pacto y, al mismo tiempo, impidieron que la Comisión Europea les lanzara la admonición reglamentaria que un año antes habían recibido Portugal e Irlanda. Ese descarado doble rasero tuvo funestas consecuencias.

En busca del impulso político

Los males no radican sólo en el incumplimiento o laxitud de las reglas, sino en que la unión monetaria nació mutilada y así sigue, hundida en el marasmo fiscal e incluso en las políticas contradictorias. Los países de la eurozona no han logrado la integración suficiente para mantener incólume la moneda única. Las divergencias entre los Estados miembros son tan acusadas, por ejemplo, entre la supercompetitiva Alemania y la claudicante Grecia, que la armonización fiscal y el rigor presupuestario, además de una regulación bancaria uniforme, se perfilan como los instrumentos imprescindibles para preservar la buena salud del conjunto.

Cualquier avance para consolidar la unión monetaria y hacerla más eficaz necesita un impulso político y unas condiciones favorables, pero lo que aparece en el horizonte son las disputas, el cierre de fronteras, la tentación xenófoba y la prioridad de los intereses nacionales. El europesimismo se fortalece y crece por doquier. La única novedad relativamente optimista, sin embargo, procede de Estados Unidos, donde los medios oficiales y académicos han pasado de la indiferencia cuando no la hostilidad hacia el proceso de integración europea a la creencia de que una mayor cohesión política sería imprescindible para resolver los problemas de la intendencia a ambos lados del Atlántico.

Así, por ejemplo, el director en funciones del FMI, el estadounidense John Lipsky, en el último informe de la entidad sobre Europa, llega a la conclusión de que la resolución del problema de la deuda pasa por “una mayor integración económica”. Y añade: “Si el área del euro desea ser más estable, flexible y capaz de impulsar su potencial crecimiento, deberá seguir adelante con un  programa de reformas para lograr una mayor integración”, piedra angular de “su increíble éxito”.

También el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, en un discurso el 21 de junio, tuvo palabras de elogio para la eurozona, a la que instó a hablar con claridad y una sola voz: “Los países europeos tienen un conjunto de instituciones complejo, pero deben ponerse de acuerdo y hablar claro sobre una estrategia que permita a los inversores y a los mercados entender el plan básico” para resolver la crisis griega. ¿Dos miembros de la élite norteamericana súbitamente convertidos al federalismo europeo? En realidad, se trata de un grito de alarma ante las cuentas de EE UU, el país más endeudado del mundo.

Tampoco está claro si la UE necesita más integración o menos, más o menos Europa para afrontar la crisis estructural. La idea de una unión cada día más estrecha, según los ideales primigenios, se manifiesta como un proyecto utópico frente a la cooperación interestatal realmente existente. Las reticencias de Gran Bretaña y los países escandinavos no sólo ante el euro, sino también ante la política exterior y de seguridad común, tan elogiada como ineficaz, resquebrajan la cohesión comunitaria. Cada vez con más apremio, los imperativos nacionales trascienden las líneas de fractura ideológicas.

Así, la izquierda socialdemócrata está desgarrada entre los federalistas (alemanes, españoles, italianos, belgas) y los euroescépticos o adversarios del euro (británicos, escandinavos), mientras que los socialistas franceses no acaban de adoptar una posición común. La derecha está dividida entre nacionalistas y eurófilos, intervencionistas y liberales, incluso dentro de cada uno de los países, y sólo en España parece haber una extraña por infrecuente unanimidad europeísta entre el PSOE y el PP. Los liberales en sentido estricto, en fin, discrepan sobre el acervo comunitario, suelen simpatizar con el euroescepticismo y conciben la historia de la integración europea como una pugna entre el liberalismo económico, que ensalzan, y el intervencionismo estatal o superestatal, que reprueban.

Los más eurófilos pretenden aprovechar la crisis para resucitar y propulsar el proyecto federalista. Guy Verhodstadt, que fue primer ministro de Bélgica, quizá influido por el caos disgregador de su país, declaró recientemente que la única respuesta válida para la actual situación es “un nuevo salto hacia los Estados Unidos de Europa”. El gobernador del Banco central de los Países Bajos, Nout Wellink, expresó una opinión similar al asegurar que la eurozona necesita “una reforma institucional que adopte las características de una unión política”.

La réplica puede encontrarse en el semanario alemán Der Spiegel, que acaba de publicar un largo y sesudo informe con el propósito de demostrar que “el euro es la mayor amenaza para el futuro común de Europa”, al “encadenar economías que son simplemente incompatibles”. Y en el Financial Times, donde Gideon Rachman sostiene que “el verdadero problema es político y cultural”, y concluye: “No existe una suficiente identidad política común que sirva de base para la moneda única.”

Siempre he pensado que la iniciativa política era absolutamente necesaria para vencer la morosidad de unas opiniones públicas enzarzadas en las cuestiones perentorias y unos dirigentes indecisos, carentes de proyectos a medio plazo, más preocupados por los resultados de las encuestas que por las soluciones duraderas. Me parece aún válida la divisa de Jean Monnet, uno de los padres fundadores de la empresa: “La construcción de Europa, como todas las revoluciones pacíficas, necesita tiempo, tiempo para convencer, tiempo para adaptar la mentalidad de los pueblos y tiempo para asumir las grandes transformaciones.”

También sospecho que los ideales europeístas están adormecidos, cuando no atacados en la calle y los despachos, y que la clase política se ha degradado mucho en comparación con la de los padres fundadores. Las bellas promesas dieron paso a un panorama bastante sombrío, una situación menesterosa en la que el voluntarismo con miras electorales suele producir unos resultados mediocres y hasta funestos. El tiempo de la convergencia cultural y políticas es necesariamente lento. Habría que exponer con claridad las cuentas, la pobreza relativa sobrevenida, así como debatir sobre los remedios sin sectarismo y aplazar los sueños federalistas que enmascaran la realidad. Una cura de realismo político y ética de la responsabilidad.

Anuncios

Responses

  1. Cuando leo, y releo, los grandes y sesudos, análisis de Don Mateo Madridejos, saco mis conclusiones:
    Primero: LA PANDEMIA FINANCIERA, se extiende con velocidad, arruinando ACTIVOS de los Estados, siendo sus PASIVOS, la ruina y QUIEBRA de los mismos.-
    Segundo: La Deuda y Déficit, de España nos ha llevado a la QUIEBRA, porque Las normas del PEC (Programa de Estabilidad y crecimiento) No se han cumplido las del año 2009,… ¿pero y las del 2010? Son estas: Portugal = 0,3.-España =0,8-Grecia=0,30.Italia +0,7.Francia +1,20 –Alemania +1,20.-
    Los responsables de que se cumplan estas normas son: Los altos Funcionarios de la UE.- El Gobierno monetario de la UE ha fallado muchísimo. Conocían desde hacía mucho tiempo las cuentas de Grecia se estaban falseando. Eran un fraude. No hizo nada.- Las Agencias de Ratin son americanas, y estas son pagadas por aquellos que encargan la valoración. Estos capullos: Altos funcionarios de la UE, han ido al rescate de Grecia, poniéndoles en las manos: 115.000.000 Euros. Decisión unilateral de la Señora Ángela Merkel.- Claro…así salvan los alemanes, franceses e italianos todo su dinero: que durante cinco o seis años venían comprando a la Deuda Pública: griega, portuguesa, española, irlandesa.-
    Tercero:¿Podrían ser una soluciones, que haya dos valores de EUROS: Uno fuerte y otro desvaluado?; ¿Países en QUIEBRA, que sean rescatados, su moneda: el EURO DESVALUADO? .-
    Cuarto: Países rescatados tienen que tener NORMAS, del PEC (Programa de Estabilidad su crecimiento), y competir con los Estados que no han necesitado el rescate.Si las normas no son cumplidas, deberían tener una penalización


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: