Posteado por: M | 25 junio 2011

Afganistán, la derrota de Vietnam y la caída del dólar

“It’s time to start nation-building here at home”,  arguyó Barack Obama al anunciar el comienzo de la retirada progresiva de tropas de Afganistán, en una alocución televisada, el 22 de junio. La traducción literal es como sigue: “Ha llegado el momento de emprender la construcción de la nación aquí, en casa”, lo cual quiere decir, según el contexto, que los recursos del país más poderoso deben utilizarse para resolver los graves problemas internos (domésticos, dicen allí), y muy en especial los de la deuda, el déficit presupuestario, el desempleo, la enseñanza y el retroceso en la capacidad de innovar (ciencia y tecnología). Un abandono implícito de la aventura exterior y una justificación de peso, bastante popular y hasta populista, para el aparatoso repliegue que está en marcha en todo el mundo, de consecuencias imprevisibles.

Así comienzan la desescalada y el traspaso hipotético de los poderes de seguridad al gobierno de Kabul y al ejército afgano, que ya cuenta con 300.000 hombres, aunque debilitado por las deserciones, la infiltración de los talibanes y la diversidad étnica. Una política de afganización similar a la de vietnamización aplicada por el presidente Richard Nixon tras su llegada a la Casa Blanca (1969), a fin de abrir el camino para la retirada de las tropas del Sureste asiático (medio millón de soldados). La diferencia más significativa es que el frente interior norteamericano estaba incendiado en 1969, con motines diarios en las universidades, porque el ejército era de reemplazo, y ahora está en calma chicha, porque los soldados son profesionales.

La retirada de 33.000 soldados se completará en el verano de 2012, en los próximos 15 meses,  y 10.000 de ellos regresarán a casa antes de que termine este año. El cuerpo expedicionario estadounidense quedará reducido a unos 70.000 soldados, que son el doble de los que tenía cuando Obama llegó a la Casa Blanca, en enero de 2009. La retirada continuará hasta finales de 2014, fecha prevista para que las tropas afganas tomen el control de todo el territorio, según una predicción exageradamente optimista. Una fuerza residual de unos 25.000 estadounidenses seguiría desplegada en aquel país, dedicada a operaciones de contraterrorismo.

La repatriación anunciada en 15 meses se corresponde numéricamente con el aumento (surge) decretado en diciembre de 2009, luego de una dura pugna geoestratégica entre los asesores presidenciales, civiles y militares. Un debate que ahora recidiva y al que se añaden enojosas cuestiones de política interna y cálculo electoral. La fecha elegida para concluir esa primera retirada, en septiembre de 2012, coincidirá con los momentos estelares de la campaña para la reelección de Obama. Resulta inevitable, por lo tanto, el reproche de que el presidente subordina el interés nacional a las consideraciones electorales.

La controversia de 2009 sobre el carácter y los límites de la guerra sigue en el candelero. Los partidarios de la estrategia contraterrorista, encabezados por el vicepresidente, Joseph Biden, abogaban y siguen defendiendo ahora una drástica reducción de tropas y la limitación de las operaciones a las dirigidas contra los refugios de Al Qaeda y los talibanes, a uno y otro lado de la frontera paquistaní. En la misma onda transmiten muchos congresistas demócratas, ganados por el derrotismo, así como un sector académico y consultivo del más alto nivel, el cual fustiga desde el principio la “war of choice”, la guerra de elección, es decir, en la que no están en juego los intereses vitales de la nación, y reclama, por ende, una aceleración del repliegue.

Los secretarios de Estado y de Defensa, Hillary Clinton y Robert Gates, junto con los altos mandos militares, propugnaron, por el contrario, una estrategia de contrainsurgencia, cuyas premisas indeclinables son la ocupación del territorio y la lealtad de la población. El problema es que la pretensión de proteger a los afganos y predicarles la buena nueva de la democracia exige más tropas y más dinero. El comandante en jefe de Afganistán, David Petraeus, que pronto se hará cargo de la dirección de la CIA, dejó bien sentado que asume la decisión del presidente, pero que no comparte sus motivos. ¿Por qué anunciar la retirada apenas siete meses después de que se completara el aumento de tropas decidido en diciembre de 2009?

En el Partido Republicano, los parlamentarios están divididos sobre la oportunidad del repliegue, pero, en todo caso, se muestran bastante escépticos sobre el futuro inmediato de la contienda. Los más radicales aseguran que la decisión de Obama perjudicará los progresos para proteger y controlar a la población en el sur y el este del país, las dos zonas más expuestas a la guerrilla de los talibanes. Los neoconservadores fustigan en general la retirada infamante de un campo de batalla que costó mucho conquistar, diez años exactamente, y que ahora se abandona con precipitación.

En una guerra de insurgencia, cualquier anuncio de retirada prematura por parte de las fuerzas de intervención favorece la estrategia de los insurgentes, que disponen de mucho más tiempo y no tienen que presentarse a las elecciones. Exactamente como ocurrió en Vietnam. Los acuerdos de paz firmados en 1973, tras la negociación dirigida por Henry Kissinger y un enviado de Vietnam del Norte, Le Duc Tho, no impidieron el triunfo final de los comunistas y su entrada en Saigón dos años después, para certificar la primera derrota militar de EE UU.

Las nuevas generaciones de norteamericanos ya han olvidado las trágicas y humillantes escenas de los últimos diplomáticos y marines en la capital survietnamita huyendo en helicóptero desde los tejados de la embajada fortificada, en abril de 1975. Como la negociación con los talibanes comenzó hace varios meses, la voluntad de retirada tanto norteamericana como de los aliados de la OTAN presagia una nueva derrota que no podrá enmascararse. Inquietos por el desempleo y el retroceso en su nivel de vida, esfumados el impulso patriótico y la moral de victoria que siguieron a los atentados terroristas de septiembre de 2001, los norteamericanos no parecen dispuestos a morir por Afganistán.

En diciembre de 1971, agobiado por la crisis económica, por el abismal desequilibrio en las cuentas y los exorbitantes gastos bélicos, el presidente Nixon suspendió unilateralmente la convertibilidad del dólar (35 dólares por onza), en vigor desde los acuerdos de Bretton Woods (julio de 1944) que establecieron el nuevo sistema monetario mundial con la divisa norteamericana como reserva. El fin de la convertibilidad fue acompañado por una doble devaluación del dólar (10 % en 1971 y otro 10 % en 1973), para estimular las exportaciones. “[EE UU] exporta hasta la inflación”, se había quejado el general De Gaulle.

Las grandes cifras de la economía norteamericana son mareantes, pues la deuda nacional supera los  astronómicos 14 billones de dólares, el déficit presupuestario está en el 10 % del PIB y el desempleo afecta a más del 9 % de la población, un porcentaje abrumador para los parámetros del país. El presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, advierte sobre el retraso en la recuperación económica y algunos gurús de Wall Street especulan con una suspensión de pagos y, en el mejor de los casos, con una demora en el pago de las obligaciones. Mientras tanto, el dólar se deprecia con relación al euro, una relación onerosa para Europa que no se sabe muy bien si obedece a la debilidad de la divisa o a una estrategia para favorecer las exportaciones. En su conjunto, la situación se parece bastante a la de 1971, cuando Nixon suspendió la convertibilidad.

¿Cuánto durará la cura de aislacionismo? En cualquier caso, los beneficios de la paz, la prosperidad y el equilibrio de las cuentas públicas que prevalecieron durante los dos mandatos de Bill Clinton (1993-2001) se han esfumado por completo. El estrés de los ejércitos, según la expresión del jefe del Pentágono, el repliegue generalizado en el teatro de operaciones global y la caída del billete verde, del que China atesora las mayores reservas, parecen confirmar la hipótesis de que el gendarme del universo se encuentra fatigado. Y si EE UU está cansado, Europa debe estar exhausta.

Para salir del atolladero, hace 40 años, el presidente Nixon y su consejero Kissinger compensaron la retirada de Vietnam y la crisis económica con una diplomacia de altos vuelos cuya orientación principal fue el establecimiento de una alianza implícita con China para contrarrestar el activismo intervencionista de la URSS de Leonid Brezhnev en Europa oriental, donde impuso su doctrina de la soberanía limitada, y en el Tercer Mundo, desde Vietnam a Etiopía y Angola. ¿Qué sorpresa nos reserva Obama?

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