Posteado por: M | 30 junio 2011

El genocidio de Camboya y los crímenes del comunismo

Los cuatro principales responsables supervivientes del mayor genocidio de la historia contemporánea en términos relativos, que causó la muerte a más de dos millones de personas en Camboya (el 25 % de la población total), comparecieron ante un tribunal internacional en Phnom Penh, acusados de los crímenes más horrendos, el 27 de junio, 36 años después del comienzo de la terrible experiencia. Los valetudinarios encausados son : Khieu Samphan, de 79 años, que ejerció las funciones ceremoniales de jefe del Estado; Nuon Chea, de 84, “el hermano número dos”, ideólogo y brazo derecho del “número uno”, el fallecido Pol Pot; Ieng Sary, de 85, ministro de Exteriores, y la esposa de éste, Ieng Thirith, de 79, ministra de Asuntos Sociales.

El líder máximo del sanguinario régimen, Pol Pot (su verdadero nombre era Saloth Sar), estudió en Francia, como otros muchos de sus subordinados, militó en el Partido Comunista Francés y regresó a su país para convertirse en fundador y secretario del PC de Kampuchea. Luego se granjeó la confianza de Beijing para encabezar la rebelión comunista que en 1975 derrocó al régimen del general Lon Nol, que gozaba del respaldo de EE UU. Líder enigmático, paranoico y brutal, también fue primer ministro de la llamada Kampuchea Democrática (nombre dado a Camboya, aceptado por la ONU) y dirigió la guerrilla después de la derrota de 1979, hasta que murió en la jungla, en abril de 1998, en circunstancias misteriosas.

Los delitos que se imputan a los cuatro acusados son de una gravedad extrema: genocidio, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, asesinatos y torturas durante el período en que el Jemer Rojo (nombre dado por el príncipe Norodom Sihanuk al Partido Comunista de Camboya) estuvo en el poder, desde el 17 de abril de 1975, día en que los rebeldes comunistas se apoderaron de Phnom Penh, y el 7 de enero de 1979, cuando fueron desalojado del poder tras la invasión del país por el ejército de Vietnam con fuerte apoyo soviético.

El tribunal encargado de juzgarlos con tanta demora, las Cámaras Extraordinarias de Camboya, apadrinado por la ONU, protagoniza un experimento jurídico híbrido sin precedentes que reúne a jueces y fiscales camboyanos e internacionales en una extraña mezcolanza. Su formación fue solicitada por el gobierno de Phnom Penh en 1997, para congraciarse con la comunidad internacional y recabar su ayuda económica, pero no entró en funciones hasta 2007, cuando finalmente fueron detenidos los verdugos que hasta entonces habían vivido sin ser molestados por el nuevo régimen. La pena de muerte fue excluida de las posibles condenas, lo mismo que las compensaciones financieras para las víctimas.

Los procedimientos judiciales se han visto entorpecidos paradójicamente por el mismo gobierno camboyano, dirigido por  el primer ministro Hu Sen, que fue oficial de la guerrilla del Jemer Rojo y que siempre, y con diversos pretextos, se mostró reticente a juzgar a sus correligionarios, agobiado por la sospecha de que en algún momento él mismo podría ser incriminado por la jurisdicción internacional. El único condenado hasta ahora, en julio de 2010, fue Kaing Guek Eav, más conocido por Duch, el verdugo por antonomasia, comandante de la prisión de Tuol Sleng, donde fueron torturados y asesinados más de 16.000 prisioneros.

Muchas de las 3.850 víctimas autorizadas a personarse en la causa suponen que el tribunal y el proceso están manipulados por los funcionarios del gobierno, y que pronto se transformará en una mascarada. Otros piensan que la avanzada edad de los procesados y la lentitud del procedimiento acabarán por frustrar las escasas expectativas de justicia. Juristas de diversos países censuran la actitud de la ONU, no sólo por prestarse a un experimento contrario a sus principios (un tribunal mixto), sino por la complacencia mostrada ante las intromisiones continuas del gobierno.

El régimen genocida y secreto del Jemer Rojo (1975-1979)  fue una siniestra utopía de colectivismo agrario, inspirada en el maoísmo, vástago asiático de la ideología comunista, que convirtió a Camboya en un inmenso campo de exterminio. Abolió la religión, las escuelas, la moneda, el mercado, la familia; forzó a la población urbana a abandonar las ciudades para instalarse en las granjas colectivas improvisadas que funcionaban como centros de reeducación (campos de la muerte); persiguió con saña a los monjes budistas y los miembros de las minorías religiosas; sembró el odio contra cualquier persona que utilizara un signo de ilustración (las gafas, por ejemplo); fomentó la delación y el asesinato como pruebas de fidelidad; destruyó todas las infraestructuras urbanas; alimentó una delirante manía conspiratoria que desembocó en las purgas permanentes dentro del partido y la persecución implacable y ejecución sumaria de los supuestos “enemigos del pueblo”. Todo un catálogo indescriptible de atrocidades sin cuento, perpetradas por una máquina del terror ilimitado.

No será como en Núremberg

Algunos observadores internacionales han tratado de comparar el juicio de Phnom Penh con el de Núremberg (1945-1946) que sentenció a morir en la horca a los principales jerarcas nazis, pero la condena de éstos se extendió también al régimen hitleriano y al partido nacional-socialista, las SS y la Gestapo, en cuanto organizaciones criminales. En Phnom Penh se juzga sólo a cuatro valetudinarios acusados de crímenes inexpiables, pero no se pretende lanzar una requisitoria contra el comunismo ni sus variantes de socialismo real, en una historia que comenzó en Rusia en 1917, pero que aún sigue su curso en China, Corea del Norte y Cuba. Las víctimas de esa ideología de inspiración marxista-leninista sobrepasan los 100 millones de muertos.

El balance es abrumador y los episodios de barbarie jalonan la historia del siglo XX, desde los marineros del Kronstdat a los horrores helados de Kolyma; desde los procesos, las purgas y las liquidaciones físicas del estalinismo hasta la constante ampliación del universo concentracionario (gulaj); desde la guerra de España, con la tortura y el asesinato de los desviacionistas, los anarquistas o los meramente sospechosos, hasta el infamante acuerdo con Hitler en 1939 y el asesinato en masa del bosque de Katyn donde fue ejecutada la flor y nata de la oficialidad del ejército polaco. Luego vino, tras la muerte de Stalin, el Budapest de 1956, el muro de la vergüenza de Berlín en 1961, la Praga bajo los tanques de 1968, el genocidio de Camboya y la matanza de la plaza de Tiananmen de Beijing en 1989, ya en los estertores del sistema soviético.

En el libro colectivo Le libre noir du communisme. Crimes, terreur, répression (Robert Laffont, París, 1997), minuciosa acta de acusación, la cuarta parte está dedicada al estudio y balance del comunismo en Asia, “entre la reeducación y la masacre”, cuyo rasgo más distintivo es el de “haber logrado transferir del partido al conjunto de la sociedad la ideologización extrema y el voluntarismo”, aunque pueden rastrearse algunas similitudes con la URSS de Stalin. La ideología comunista estuvo también impregnada de confucianismo en la medida en que éste no distingue entre la cultura popular y la de las élites.

La primera conclusión del Libro negro del comunismo, y probablemente la más demoledora, es que todos los Estados comunistas que han existido recurrieron al terror de masas –la única variante fue la intensidad– y que las víctimas no eran necesariamente los adversarios políticos, sino incluso los mismos militantes, vilipendiados sistemáticamente como “enemigos del pueblo”, sometidos a las purgas o los juicios amañados y sumarísimos, de manera rutinaria. ¿Por qué entonces no juzgar al comunismo, o al socialismo real, como se hizo con el nazismo, y a los partidos comunistas que concibieron y ejecutaron la persecución y el terror?

El juicio de Phnom Penh incita a reflexionar de nuevo sobre las similitudes entre el nazismo y el comunismo, las dos manifestaciones del mal absoluto por totalitario en el siglo XX, pero también sobre el trato muy distinto, discriminatorio o de doble rasero, que reciben esas ideas y sus dignatarios en los cenáculos intelectuales, las cancillerías y las organizaciones internacionales. En China sigue funcionando el régimen de los campos de concentración, pero el primer ministro chino, Wen Jiabao, se paseaba este mes y de manera arrogante por las principales capitales europeas repartiendo favores comerciales.

La vesania nazi se apoderó de Europa durante 12 años (1933-1945), sembrando el horror y la devastación, mas el azote del comunismo fue universal, se prolongó durante muchos años y, aunque mitigado, pervive en algunos países y causa estragos entre los llamados indignados en sus ensoñaciones colectivistas, por más que resulte evidente que las matanzas y los campos de concentración fueron inseparables de las pretensiones voluntaristas de cambiar la naturaleza humana y ocultar el desastre económico mediante la organización de la hambruna, como en Ucrania, o el reparto de la penuria, como en el socialismo real.

Quien desee profundizar en la comparación de esas dos perversiones extremas leerá con provecho el libro Fascisme et communisme (Plon, París, 1998), que recoge la correspondencia polémica entre el historiador francés François Furet y su homólogo alemán, Ernst Nolte, sobre la genealogía y el desarrollo de “dos gemelos monstruosos de la ilusión revolucionaria”. Y los que siguen disculpando el estalinismo, en nombre de un pretendido progreso, harían bien en volver sobre otro libro de Furet, en traducción española, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1995). Nada más alejado de la ceguera de Sartre, que en 1952, en su delirio estalinista, pontificó que todos los anticomunistas eran “unos perros”. Por eso Raymond Aron escribió entonces El opio de los intelectuales (1955) para explicar y censurar la morbosa fascinación de los intelectuales por el comunismo.

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Responses

  1. ¡Hola Mateo! Soy Laude, acabo de leer este articulo y he aprendido muchas cosas con su lectura, me ha gustado mucho leerlo.
    Gracias por ello.
    Recuerdos a Montse. Un abrazo

    Laude


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