Posteado por: M | 21 julio 2011

Murdoch, la prensa y el poder

La concentración de la prensa siempre fue una amenaza para la libertad, agravada en nuestra época por los avances tecnológicos, la omnipresencia social de la televisión y los sórdidos vínculos, cuando no la obscena connivencia, de los periodistas y sus patronos con el poder político. Esas circunstancias concurren en el escándalo que sacude los cimientos del imperio News Corporation, el grupo de empresas propiedad del magnate estadounidense, de origen australiano, Rupert Murdoch, de 80 años, al que algunos periódicos de EE UU increpan como “el tirano multimillonario”, mientras otros ponen en la picota del escrutinio popular al primer ministro británico, el conservador David Cameron, que llegó al poder con el respaldo expreso de los periódicos y las emisoras de aquél.

La encarnizada competencia entre los tabloides (formato manejable) británicos, los periódicos populares o populistas y sensacionalistas que quebrantan a diario todas las normas de la decencia informativa, ha desembocado en la compra/venta descarada de información y la utilización de métodos abusivos e incluso delictivos (el chantaje, la difamación y las escuchas telefónicas) para obtener las exclusivas que alimentan la morbosidad de un público alienado cuando no embrutecido. La familia real británica, numerosos políticos e incontables celebridades, pero también ciudadanos corrientes, cayeron bajo la lupa de la prensa amarilla, una red avarienta de los secretos de alcoba, las exhibiciones y el espectáculo, las debilidades y los vicios de los poderosos.

En el caso del grupo de Murdoch, la dimisión de los dos principales responsables de Scotland Yard, la policía metropolitana, supuestamente involucrados  en algunas de las exclusivas periodísticas, confirma que el virus de la prensa amarilla contamina no sólo a la clase política sino también a las instituciones encargadas de proteger los derechos de las personas y prevenir o perseguir el delito. Desde el año 2000, según detalla la BBC, varios periódicos del grupo lograron información privilegiada de miles de personas por medio de instrumentos de tecnología avanzada (piratería informática) para pinchar sus teléfonos o acceder a sus cuentas bancarias, facilitados muchas veces por los policías corruptos.

El episodio de las escuchas telefónicas data de 2006-2007, cuando un responsable del semanario News of the World (con una circulación superior a dos millones de ejemplares) y un detective privado fueron condenados por haber espiado telefónicamente a algunos allegados de la familia real. El escándalo rebrotó este mes de julio cuando el diario liberal The Guardian, rival contundente del Grupo Murdoch, informó de que los sabuesos del mismo dominical habían perpetrado escuchas ilegales en los teléfonos de los padres de dos adolescentes desaparecidos, de los allegados de las víctimas de los atentados terroristas del 7 de julio de 2007 en Londres y de los familiares de los soldados británicos caídos en Iraq y Afganistán.

En julio de 2009, The Guardian volvió a la carga al revelar que algunos periodistas del News of the World estaban implicados en escuchas telefónicas ilegales que habían afectado al menos a 3.000 personalidades, entre ellas, varios políticos del gobierno, celebridades deportivas y del espectáculo, miembros de la familia real y altos mandos militares. En abril de este año, el semanario incriminado ofreció disculpas por lo ocurrido y propuso unas compensaciones financieras que fueron rechazadas por las víctimas. Éstas siguen adelante con sus reclamaciones judiciales.

Esas revelaciones provocaron una oleada de airadas protestas, mientras diversas iniciativas tomaban cuerpo en internet para protestar por los métodos delictivos y solicitar el boicot del periódico sensacionalista. La decisión de clausurar el News of the World, la detención de Rebekah Brooks, “la reina de la prensa amarilla”, ex directora del semanario, y la comparecencia de Murdoch y su hijo ante la comisión del Parlamento británico que investiga el comportamiento de los medios de información no sirvieron  para sofocar el escándalo en torno a un grupo mediático que vigila a los ciudadanos, a la manera del Gran Hermano, y del que se sospecha que corrompe a la policía y publica informaciones sesgadas para influir sobre los jurados populares.

Ante la extensión del escándalo, los Murdoch, el padre Rupert y el hijo y heredero James, comparecieron el 19 de julio, durante tres horas, ante la Comisión de Cultura, Medios de Comunicación y Deportes de la Cámara de los Comunes. Se presentaron aparentemente humildes y contritos, airearon su ultraje y volvieron a pedir perdón por los desmanes de sus periódicos, pero adoptaron en último extremo un tono combativo y rechazaron cualquier responsabilidad legal o moral en lo ocurrido. “Las personas en las que yo he confiado –declaró el magnate—me han traicionado y son las que tienen que pagar.” Previsible y cobarde reacción del dueño y señor que descarga todas las culpas en sus subordinados, similar a la del mando militar que abandona a sus soldados en medio del fragor de la batalla.

La relación embarazosa con la más alta política está representada por Andy Coulson, ex director del News of the World (2003-2007), colaborador de David Cameron en la oposición y su jefe de prensa en el poder, cargo del que dimitió en enero de este año, tras ser acusado de dirigir las escuchas ilegales. Posteriormente fue detenido varias veces por la policía, bajo la sospecha de sobornar a varios policías e interceptar ilegalmente las comunicaciones privadas, por lo que se encuentra en libertad bajo fianza. En la oposición y luego en el gobierno, Coulson colaboró con Cameron durante cuatro años y medio.

Acosado por la oposición laborista en los Comunes, en una sesión tumultuosa, Cameron se acogió a la presunción de inocencia de su subordinado, pero se comprometió a sacar las consecuencias políticas pertinentes si llegara a comprobarse judicialmente que Coulson lo había engañado. El líder de la oposición, Ed Miliband, replicó que, al contratar a Coulson, el primer ministro había quedado “atrapado por un conflicto de intereses”. El primer ministro contraatacó acusando al gobierno laborista precedente de no haber hecho nada para responsabilizarse de unos hechos que habían ocurrido mientras estaba en el poder.

Las relaciones peligrosas del grupo de Murdoch con la clase política no acaban lógicamente en Cameron. Muchos líderes políticos han transitado o transitan por los albañales de unos medios sin escrúpulos cuya difusión representa el 37 % de los periódicos británicos. El mismo Miliband, la nueva estrella del Labour, acudió en junio a una recepción organizada por el magnate, señal inequívoca de que los líderes políticos son conscientes del tremendo poder del grupo de prensa. El diario británico The Independent señaló las similitudes de la empresa de Murdoch con la Mafia por su peligrosidad para la sociedad británica. “Si no actuamos inmediatamente –escribió uno de sus comentaristas–, lo peor está por llegar y un número creciente de personalidades políticas quedarán sometidas la voluntad de Murdoch.”

“Todos estamos concernidos –reconoció el primer ministro ante los Comunes–, la prensa, los políticos, los dirigentes de los partidos.” Porque quizá todos suponen que no pueden ganar unas elecciones si tienen en frente al poderoso conglomerado mediático. Los últimos tres primeros ministros del Reino Unido –  los laboristas Tony Blair y Gordon Brown, el conservador Cameron—cortejaron a Murdoch para obtener el favor o al menos la neutralidad de sus medios. Las relaciones entre Blair y Murdoch fueron especialmente peligrosas. La conclusión podría ser que faltan estadistas, que las filas de la clase política están llenas de oportunistas que confían más en la apología de prensa venal que en los méritos propios.

La News Corporation, con sede en Nueva York, comprende en EE UU la cadena de televisión Fox News, el diario The Wall Street Journal, portavoz oficioso de los círculos financieros; el tabloide vespertino The New York Post y la editorial Harper Collins. La News International, filial británica de la News Corp., a cuyo frente se sitúa el hijo de Murdoch, edita el diario sensacionalista The Sun, el célebre The Times y el dominical The Sunday Times. Para mitigar el golpe recibido, Murdoch, en una decisión sin precedentes, cerró News of the World, la publicación de mayor tirada, y se vio obligado a renunciar a la adquisición de la cadena gigante de televisión British Sky Broadcasting (BSkyB).

El éxito de Murdoch le granjeó innumerables amistades y una clientela fiel; ante su caída en desgracia, muchos políticos pugnan por abandonar el barco, enmascarar su desenvoltura y olvidar los favores recibidos. Los competidores de la prensa y la TV (BBC, Daily Mail, The Guardian, Channel 4 y BT Group) se frotan las manos, pues son los mismos que en octubre de 2010 formaron un consorcio para impedir que News Corporation se hiciera con todas las acciones de BSkyB, en nombre de la deseable pluralidad de la prensa en el sistema democrático, la argucia retórica que encubre la guerra sin cuartel por el reparto de la tarta publicitaria. Todos temen la agresividad competitiva de Murdoch, el hombre que se jacta de “crear el mercado” en vez de seguir sus tendencias.

La intromisión de los políticos

La confusión entre la prensa y la política produce resultados devastadores en el sistema democrático. Los oligarcas mediáticos, como Murdoch o Berlusconi, pueden utilizar su excesiva influencia para tergiversar lo que el gran público conoce o cree (más creencias o supersticiones que ideas) a fin de promover unos determinados objetivos políticos o favorecer a un candidato. Ante la influencia electoral de los grandes grupos de prensa, los líderes políticos tienden al acomodo o la complacencia para no ser castigados o simplemente preteridos. En el colmo de la superchería, ocurre con frecuencia que, a su vez, los líderes políticos crean, subvencionan o alientan la formación de grupos mediáticos y de intereses que les ayuden a perpetuarse en el poder.

La condenable actitud de algunos de los medios del Grupo Murdoch no deben hacernos olvida la connivencia, la venalidad o la intromisión de los políticos en la creación de la opinión pública, la falsificación de la historia o la manipulación sistemática de una realidad virtual. En España, por ejemplo, no existe el fenómeno de los tabloides británicos, sensacionalistas por definición, ni conglomerados tan poderosos como los de Murdoch o Berlusconi, verdaderos camaleones del poder; pero la influencia política resulta abrumadora, con frecuencia escandalosa, y produce unos medios sectarios o conformistas, dependientes de las migajas que caen de las más altas esferas.

Murdoch tiene muchos enemigos y algunos competidores encarnizados. Sus métodos son discutibles, pero conviene establecer una clara diferencia entre la competición entre los medios, con frecuencia saludable, y la utilización de métodos que violan claramente el código penal y que, por ende, no deben ser tolerados en una sociedad democrática.

Las instituciones de la libertad y la seguridad sufren en muchos países de Europa una erosión sin precedentes. Probablemente España cuenta con los medios de comunicación menos neutrales y más politizados de toda Europa, endeudados hasta la desmesura, cuya supervivencia depende del poder político. Tan lamentable situación alcanza su paroxismo en las televisiones regionales, especialistas en la información unidireccional, creadas y mantenidas en la bancarrota a costa del contribuyente y a la mayor gloria del gobernante de turno transfigurado en ridícula y aldeana estrella catódica.

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