Posteado por: M | 31 julio 2011

El monstruo de Noruega y la disputa del islam en Europa

La súbita e insólita aparición del mal en forma de bestia humana en la zona gubernamental de Oslo y en el cercano islote paradisiaco de Utoya, donde Anders Behring Breivik cometió el doble acto terrorista que causó al menos 76 muertos y una gran devastación, el 22 de julio, conmocionó a la opinión pública occidental y desencadenó, junto al horror y la execración general, una enconada polémica ideológica. El análisis recae sobre el discurso inflamatorio de la extrema derecha, el retroceso demográfico y las normas de inmigración en Europa, la actitud de los gobiernos ante el fenómeno de la llegada de extranjeros y los efectos de la instalación de millones de musulmanes reacios a la integración en el corazón del continente.

El autor confeso de las dos matanzas es un noruego de pura cepa y de raza blanca, ilustrado de clase media, luterano y masón, de 32 años, al que la izquierda socialdemócrata presenta como un extremista de derechas vinculado de manera imprecisa con los partidos populistas que lamentan tanto el multiculturalismo como la creciente islamización de la sociedad europea, denuncian el yihadismo (la guerra santa) de la nebulosa de Al Qaeda, reclaman una política de inmigración restrictiva o menos complaciente y extrapolan los datos censales para vaticinar el choque de civilizaciones o la inexorable supremacía del islam en la segunda mitad de la centuria.

Los comentaristas de la izquierda socialdemócrata estigmatizan muy destacadamente al Partido del Progreso (FrP) noruego, la segunda fuerza política del país, que obtuvo el 23 % de los votos en las últimas elecciones generales de 2009 con un programa de tintes xenófobos y al que Breivik estuvo afiliado de 1999 a 2006. Quizá dejó de militar porque consideró que el FrP era poco enérgico y resolutivo en sus ideas y, desde luego, contrario al empleo de la violencia con fines políticos. El presidente del FrP, Siv Jensen, no sólo condenó los atentados, sino que dijo sentirse aún más entristecido “porque esa persona [el asesino] estuvo entre nosotros”.

Los viejos consensos noruegos hace tiempo que saltaron por los aires como consecuencia de los bruscos cambios étnicos y demográficos impulsados por el petróleo y la inmigración. Casi el 12 % de los 5 millones de habitantes de Noruega son de origen extranjero y muchos de ellos profesan la fe islámica, originarios de Pakistán, Somalia, Eritrea, Iraq, Polonia y otros países. El éxito del FrP, convertido en la segunda fuerza política por el número de votos, se explica por el aluvión de los extranjeros y la xenofobia, por más que sea moderada, que provoca en amplios sectores de la población autóctona. Muchos de los jóvenes que fueron acribillados por Breivik en la isla de Utoya eran de origen extranjero, aunque de nacionalidad noruega.

“Cuando un país se enfrenta con una fuerte inmigración multicultural, las consecuencias sociales y políticas son inevitables –asegura Grete Brochmann, una socióloga de la universidad de Oslo–. Ésa es la cuestión principal en estos momentos, y sin duda constituye un desafío formidable para la sociedad noruega.” El aumento incesante de la población inmigrada ha abierto una fractura profunda entre las fuerzas políticas. Una cosa es el discurso nacionalista y anti-islam, que el FrP patrocina, y otra muy distinta el empleo de métodos terroristas, que todos los políticos noruegos condenan sin paliativos.

La controversia traspasa las fronteras escandinavas y se expresa con énfasis en Alemania, con una fuerte minoría turco-musulmana, donde el jefe del Partido Socialdemócrata, Sigmar Gabriel, declaró que la xenofobia y el nacionalismo, banderines de enganche habituales de los partidos populistas, habían preparado el terreno para los atentados de Oslo. Si las proclamas antiislámicas proliferan en nuestra sociedad –insistió–, e incluso gozan de respetabilidad, aumentan las probabilidades de que un demente o un iluminado decida cometer esos actos de barbarie. Pero el presunto desequilibrio mental del asesino debe completarse con la explicación política.

Otro político alemán, Joschka Fischer, ex ministro de Exteriores, ecologista y europeísta, señaló: “El problema más inquietante es el oportunismo del centro, y creo que ahora va a cambiar”, en una clara alusión a los gobiernos europeos que cooperan con los partidos de inspiración xenófoba, en Dinamarca, Austria, Holanda o Italia. No obstante, el pronóstico de que los partidos tradicionales del centro-derecha tratarán de aislar a los claramente xenófobos resulta altamente problemático y deberá ser sometido a los imperativos y las fluctuaciones de la inmigración, de las urnas y de la formación de gobiernos estables.

Los partidos populistas europeos han denunciado “la amalgama” o el intento de manipulación que, según ellos, pretende la izquierda socialdemócrata al establecer una relación de causa a efecto entre sus postulados y la acción terrorista del monstruo noruego. Partiendo de la base de que el pensamiento es libre y no merece sanción penal mientras no se concrete en el crimen, la presidenta del Frente Nacional (FN) francés,  Marine Le Pen, con las encuestas a favor, se revolvió contra la maniobra izquierdista de “crear la confusión en los espíritus”.

Rechazando cualquier insinuación de responsabilidad colectiva, en un sentido parecido se pronunciaron el holandés Geert Wilders, del Partido por la Libertad (PVV), recientemente absuelto de las acusaciones de incitación al odio racial, y el belga Filip Dewinter, del partido flamenco Vlaams Belang, todos ellos conocidos por sus notorias opiniones antimusulmanas. Arguyen que los partidos políticos que no abogan por la violencia no pueden ser responsabilizados de un atentado, incluso si el terrorista perteneció sus filas. Algunos miembros de esos partidos populistas fueron más lejos y acusaron al multiculturalismo socialdemócrata de crear una atmósfera favorable para la proliferación de los extremismos.

La pretensión de considerar al terrorista como un lobo solitario resulta más convincente fuera del ámbito político. Breivit es luterano y masón, pero ni la Iglesia luterana ni la francmasonería tienen nada que ver con su retórica incendiaria y sus actos criminales. No cabe duda, sin embargo, de que no todas las ideas son iguales ni merecen el mismo respeto. El racismo, la xenofobia o la discriminación del inmigrante son condenadas por todos los partidos políticos respetables en Europa, mas no cabe duda de que esas ideas están haciendo mella en una parte creciente del electorado que hasta ahora se situaba más a la izquierda que a la derecha.

Aunque la policía noruega se inclinó desde el primer momento a sustentar la hipótesis de que Breivik había actuado en solitario, Europol dio a entender que sus servicios estaban investigando la reunión celebrada en Londres en 2002 por los Templarios, una supuesta organización secreta citada varias veces por el terrorista noruego en su manifiesto publicado en internet.

Los asesinos, desde luego, aunque sean psicópatas, no actúan aislados, como si estuvieran dentro de una campana hermética, sino sometidos al influjo y la presión de las ideas dominantes y del medio social en que se desenvuelven. El choque de civilizaciones no es una entelequia, sino una realidad perturbadora que afecta precisamente a los individuos más indefensos, de pensamiento débil, los más propensos a obedecer a una ideología extremista, por disparatado que sea, y los más proclives a dejarse arrastrar por el fanatismo.

Al menos en una docena de países europeos, los populistas cosecharon sus mejores resultados en el último decenio, coincidiendo precisamente con el auge del terrorismo de inspiración islamistas y los incesantes flujos inmigratorios. Sus avances en las elecciones generales fueron espectaculares en Austria (28 %), Suiza (29 %), Noruega (23 %), Finlandia (19 %), Dinamarca (14 %), Países Bajos (15 %), Hungría (16 %) y Suecia (5,7 %).

En Alemania y otros países limítrofes, los enemigos del islamismo difunden su rechazo cada vez con más agresividad, critican a los inmigrantes musulmanes y aseguran que el multiculturalismo está debilitando a la cultura alemana. Pero no se les puede situar automáticamente en la extrema derecha. El blog alemán Políticamente Incorrecto, considerado próximo a los israelíes y claramente pronorteamericano, relató lo ocurrido bajo el siguiente título: “El caso de Anders B. es una catástrofe conservadora.” Ante el lógico temor de que la condena de los atentados de Oslo se extienda a todas las fuerzas políticas que denuncian los avances del islam en Europa.

Otros comentarios en internet insistieron en que Breivik era un seguidor de las convicciones derechistas, pero sus acciones criminales demostraban que no había entendido los elementos fundamentales de la ideología antiislámica. “Los coches bomba y los asesinatos masivos no se encuentran entre las armas que deben ser utilizadas para liberar al mundo occidental de los musulmanes, los multiculturalistas y los marxistas.” Y en otro blog derechista podía leerse: “Los nacionalistas y los cristianos no asesinan niños y, sobre todo, si son de su propia raza.”

En Francia, a su vez, no sólo ya se encuentra en vigor una ley que prohíbe la utilización del velo islámico en el espacio público, sino que el gobierno alienta un debate nacionalista sobre la identidad francesa y el laicismo republicano en la escuela, en la que está prohibido la exhibición de cualquier signo religioso. En lo que va de año, la cancillera Merkel, el presidente Sarkozy y el primer ministro británico, David Cameron, reconocieron que el multiculturalismo había fracasado en los tres países más importantes y poblados de Europa occidental.

Además, la islamofobia e incluso el racismo no son algo exclusivo de la extrema derecha. Muchos de los simpatizantes de los partidos populistas antes lo habían sido de los partidos comunistas, pertenecen a la antigua clase obrera desorganizada y desorientada por la revolución tecnológica y el fracaso estrepitoso de la URSS. Unos sectores sociales golpeados por la crisis económica que no comprenden la atención prioritaria o los favores que los partidos socialdemócratas otorgan a los inmigrantes que les disputan el puesto de trabajo. Y el populismo explota cínicamente las aprensiones de las clases populares. Resulta muy difícil encontrar alguna fuerza política que no esté implicada en la crisis social y espiritual que se abate sobre Europa.

El ascenso del populismo

La ascensión  de los partidos populistas europeos ha sido examinada con rigor por Dominique Reynié en un libro intitulado: Populismes, la pente fatal (editorial Plon, París, 2011), cuya tesis principal afirma que la derecha extrema o populista cabalga sobre la crisis económica y la inmigración. Paralelamente, la visibilidad y la aparente vitalidad de la religión islámica, así como su absolutismo sobre la vida de los creyentes, contrastan con el laicismo dominante entre los europeos y la disminución de las prácticas piadosas en todas las confesiones cristianas.

En todo caso, la masiva llegada de musulmanes a Europa en general y a Escandinavia en particular, como mano de obra barata, ha generado no sólo reacciones xenófobas y antiislámicas, sino que ha fortalecido a los partidos derechistas que preconizan el freno de la corriente inmigratoria y una defensa enérgica de los valores europeos  y las raíces cristianas de Europa. Una doble reivindicación perentoria del patrimonio material y cultural, del empleo y del estilo de vida, y un rechazo paralelo del multiculturalismo preconizado por la socialdemocracia.

Reynié distingue entre los populismos de separación (La Liga Norte en Italia, los secesionistas flamencos, vascos o catalanes), que esgrimen los agravios étnicos o rechazan abiertamente la solidaridad interregional, y los populismos de extrema derecha en sentido estricto como el Frente Nacional en Francia, el Partido de la Libertad en los Países Bajos o los Demócratas Suecos, claramente antiislámicos, cuyo discurso encuentra buena acogida también en la Europa recién liberada del comunismo (Hungría, Eslovaquia, Rumanía), pero aplastada por la crisis.

Manifiesto para una cruzada

En sus primeras declaraciones ante el juez, Breivik aseguró que pretendía iniciar una revolución en la sociedad noruega para derrotar las políticas laxas de inmigración y evitar la propagación del islam. Y en su manifiesto de 1.500 páginas, publicado en internet pocas horas antes de perpetrar la masacre, denunció a los políticos noruegos por haber fracasado en defender al país de la deletérea influencia islámica. Esa proclama, que se asemeja a un collage de muy variada procedencia, caracterizada por su furor antimusulmán, se titula “2083. Una declaración europea de independencia”, en clara alusión al 400 aniversario del sitio de Viena por los turcos (1683) y que de nuevo debe señalar el comienzo del triunfo de las fuerzas cristianas para terminar con la influencia del islam en Europa.

El mamotreto redactado por el terrorista noruego es muy poco original y muchos de sus pasajes están inspirados o simplemente copiados de los escritores europeos y norteamericanos que combaten el yihadismo en la blogosfera. Su dirección electrónica era la siguiente: year2083@gmail. com. Entre los blogs citados por Breivik destacan Gates of Vienna, uno de los campeones de la cruzada antimusulmana, y Atlas Shrugs, dirigido por Pamela Geller, una vociferante crítica del islam que calificó de “ridícula” la pretensión de responsabilizar a los escritores antiyihad por el doble atentado de Oslo.

Para Breivik, paciente y meticuloso, que pasó nueve años planeando los atentados, el enemigo está integrado por todos los que aparecen como responsables en mayor o menor medida de la supuesta islamización de Europa. “Nuestro propio interés –escribe—nos obliga a ayudar a nuestros hermanos franceses, alemanes, británicos y escandinavos para derrotar a los marxistas culturales y los multiculturalistas en las metrópolis europeas.”

El islam es la genuina obsesión del terrorista noruego, que se presenta ante sus lectores como “un conservador cultural” o “un revolucionario conservador”, pero también como un empresario exitoso. Dice estar en guerra contra lo “políticamente correcto”, actitud en la que adivina “una ideología totalitaria”, una especie de Moloch fabricado por los marxistas, los nuevos ideólogos que han reemplazado la lucha de clase y la batalla económica por la pugna cultural a través de la cual pretenden enterrar las tradiciones europeas.

Sus reflexiones no están muy lejos de las de un escritor tan respetado como Christopher Caldwell, el cual, en sus Reflexiones sobre la revolución en Europa, emulando el pensamiento de Edmund Burke sobre la revolución francesa, llega a la conclusión de que el choque entre la civilización occidental y el mundo musulmán se ha decidido a favor de éste por la rendición de aquélla. Un determinismo histórico estridente que seguirá recorriendo los más intrincados caminos de Europa.

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