Posteado por: M | 30 agosto 2011

Tras la devastación de Gadafi, el futuro sombrío de Libia

La huida infamante del coronel Muamar Gadafi y el fin de sus 42 años de satrapía no se deben a la acción militar y el arrojo de los rebeldes, sino a una operación secreta, relámpago y concertada por las tres principales potencias de la OTAN: Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, que entrenaron, armaron y disciplinaron a algunas bandas insurgentes para situarlas en condiciones de emprender el asalto de Trípoli que culminó el 22 de agosto. Mientras las tropas especiales británicas y francesas actuaban sobre el terreno, los norteamericanos intensificaron la vigilancia aérea y los bombardeos en torno a la capital libia, lo que definitivamente inclinó la balanza del lado del Consejo Nacional de Transición (CNT).

“Gran Bretaña, Francia y otras naciones desplegaron fuerzas especiales sobre el terreno, dentro de Libia, para entrenar y armar a los rebeldes”, dijeron los funcionarios de la OTAN en Washington, citados por el New York Times, el 21 de agosto. Las potencias occidentales también facilitaron a los rebeldes la tecnología necesaria para seleccionar los objetivos militares de los gadafistas y transmitir su posición a las fuerzas aeronavales de la OTAN que operaban desde Italia. La puntería, como se sabe, la asegura la panoplia electrónica.

Una de las víctimas más significativas, una vez más, fue la credibilidad del Consejo de Seguridad de la ONU, cuya resolución 1.973, aprobada el 17 de marzo de 2011, estableció una zona de exclusión área sobre Libia y autorizó “el empleo de todos los medios necesarios para proteger a la población civil”, pero excluyó expresamente cualquier tipo de intervención terrestre para cambiar el régimen o tomar partido en el conflicto. La decisión se tomó por 10 votos a favor y 5 abstenciones de Brasil, India, Alemania, Rusia y China, cuyos intereses en el norte de África no se pueden comparar con los de Francia, Gran Bretaña e Italia y sus respectivas petroleras (Total, BP y ENI).

¿En qué han quedados los tan cacareados límites de la intervención de la OTAN, explicados por algunos gobiernos como si fueran una bendición para el pueblo de Libia y un bálsamo para los pacifistas? Confirmado que las potencias atlánticas vulneraron el espíritu y la letra de la resolución del Consejo de Seguridad, París y Londres aluden a “la responsabilidad de proteger” para justificar la intervención, pero ese principio del nuevo derecho humanitario, concebido para evitar desastres como los de Ruanda, Bosnia y Kosovo, validado por la Asamblea General y nunca por el Consejo de Seguridad, no puede esgrimirse para respaldar a los insurgentes contra un régimen reconocido internacionalmente, ni para tomar partido en una guerra tribal o civil.

No es de extrañar, pues, que vuelva por sus fueros la diatriba contra “el renovado imperialismo” y aparezca de manera flagrante el doble rasero que se aplica en Libia y Siria.  “El retorno de los poderes coloniales disfrazados de liberadores es mucho más peligroso de lo que cualquiera pueda imaginar”, escribió Talal Salman, director del periódico izquierdista As-Safir, editado en Beirut. La prédica anticolonial, que había cohesionado al nacionalismo árabe en la época de Naser, pero que estuvo ausente de las revueltas en Túnez y Egipto, donde fueron eliminados dos amigos de Washington, resurge tras la operación de la OTAN en Libia, de penetrante olor a petróleo.

Gadafi, en el poder desde 1969, sátrapa excéntrico y flamígero, dictador errático y durante muchos años financiero del terrorismo, que luego confraternizó con los occidentales, deja tras de sí un panorama devastado, un país tribal, sin instituciones, sin  partidos políticos ni sindicatos, sin verdadero ejército, sin un líder nacional capaz de alzarse por encima de los jefes de clan y exhortar a la pacificación. Y en cuanto al futuro inmediato, la nación que es preciso construir, los pronósticos son poco alentadores.

Las calles de Trípoli volvieron a llenarse de cadáveres en medio del caos, la sombra de Al Qaeda y las venganzas contra los gadafistas. Las bandas armadas, los asesinos y los saqueadores dominaron la situación ante el asombro y el temor de los periodistas occidentales. El mismo día en que el Guía huyó de sus palacios, Anthony Shadid, tras describir los escombros, escribió en el New York Times que “la dirección de los rebeldes es opaca y está fracturada, mientras que las intenciones de los islamistas que están en sus filas son inciertas y los extranjeros andan involucrados en una clase de intervención que durante  mucho tiempo fue tóxica para el mundo árabe.”

Los asesores de las potencias occidentales y de algunos países del Golfo, aunque teóricamente bajo los auspicios del Consejo Nacional de Transición, crearon una Tripoli Task Force en abril a fin de planificar las numerosas tareas que surgirían tras la caída del dictador: policía, suministros diversos, energía, escuelas. Los resultados nada tienen de optimistas. Tras la desaparición de Gadafi, su familia y sus fieles, saqueados los palacios y las residencias principescas de sus hijos, la capital libia se hundió en el desorden y la violencia.

En cuanto a la situación política, algunas de las informaciones sobre los miembros del CNT son poco tranquilizadoras. Uno de los principales jefes de la insurgencia, nombrado gobernador de Trípoli, es Abdel Hakim Belhaj, conocido de la CIA como Abu Abdalá al-Sadek, fundador y emir del Grupo Islámico Combatiente (GIC), organización libia con campos de entrenamiento secretos en Afganistán, según leo en el diario francés Libération. Otros jefes militares de los rebeldes son veteranos de la guerra de Irak.

Las reticencias de Argelia y otros países africanos en cuanto al reconocimiento internacional del CNT se explican por los estrechos vínculos que el islamismo libio, que llegó a declarar la guerra al impío Gadafi, mantiene con el grupo de Al Qaeda en el Magreb.

Ante la fuerte presencia islamista entre los militares y políticos libios que tomaron el poder, se comprende que algunos influyentes analistas norteamericanos, como Richard Haas, propugnen la presencia de “American boots on the ground” (tropas norteamericanas en tierra) –en contra de la opinión inicial de Obama–, ante el riesgo de que la situación se degrade peligrosamente, a semejanza de lo ocurrido en Somalia en 1991 y en Afganistán en 1992, y de que el país se despeñe en la guerra civil.

De todas maneras, el CNT, una coalición disparatada surgida en Bengasi y representativo de las tribus de la Cirenaica, encontrará muchos obstáculos para imponerse a los bereberes, gadafistas y otros grupos étnico-religiosos, que lógicamente pretenderán una parte del botín de un país de cinco millones de habitantes que produce dos millones de barriles de petróleo diarios, pero que no ha progresado como cabía esperar en 42 años de dictadura, agarrotado igualmente por la ausencia de genuinas estructuras nacionales.

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