Posteado por: M | 5 septiembre 2011

El “diktat” de Merkel y la crisis del europeísmo

Ante la crisis económico-financiera y, sobre todo, política que sacude nuestro continente, la mayoría de las miradas y los interrogantes más incómodos se dirigen a Alemania, el país más poblado y poderoso de la Unión Europea (UE), de manera que la evolución del gran proyecto europeísta, nacido con el tratado de Roma (1957), parece haber desembocado en una nueva relación conflictiva y problemática: menos Europa y más Alemania, que estaba latente desde que se produjo el derrumbe estrepitoso del muro de Berlín (1989) y, en menos de un año, la unificación. La hegemonía de Alemania, que hoy nos resulta tan normal, era impensable para los supervivientes de la capitulación del Tercer Reich y la deutsche Katastrophe (1945).

No obstante, mientras aprieta las tuercas a sus socios comunitarios y les exige perentoriamente que ahorren más y gasten menos, el gobierno de coalición de centro-derecha, dirigido por Angela Merkel, una dirigente política que viene del este, de la República Democrática Alemana (RDA), satélite de la URSS, sigue empeñado en mantener el estatuto implícito y peyorativo de coloso económico y enano político, fiel reflejo de la realidad, pero también circunloquio o eufemismo utilizado durante la guerra fría para recordar tanto el peso avasallador de los crímenes y la derrota del nazismo, seguido por la división y ocupación del país, sobre la conciencia colectiva y las opciones diplomáticas.

Quizá también por sus amargos recuerdos, fue Francia, presidida a la sazón por el socialista François Mitterrand, la que se mostró más reticente ante la unificación. El analista Alain Minc sentenció precavidamente: “Si la Comunidad no se fortalece, en vez de una Alemania europea, vinculada irreversiblemente a los países occidentales, asistiremos al proceso ineluctable de la germanización de Europa.”  Otros analistas renuentes sacaron a relucir la vieja tentación germánica nacionalista del Drang nach Osten (marcha hacia el este) o el espacio vital para justificar sus temores ante el nacimiento de una Alemania unida.

Pronto se hizo patente que la reunificación era económicamente onerosa pero políticamente inevitable. Una solución de compromiso, fruto tanto de la voluntad popular como de la tenacidad del canciller Helmut Kohl, respaldado por el presidente Bush padre, alumbró la reunificación en un tiempo récord y, paralelamente, la creación de la Unión Económica y Monetaria (tratado de Maastricht, 1992) y su corolario: el euro, que empezó a circular como moneda única y fiduciaria el 1 de enero de 2002, según los planes ideados por el francés Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea.

La germanización, empero, ha llegado para quedarse, tanto en Bruselas como en todas las capitales de la eurozona, de la mano de la crisis de la deuda soberana. El presidente del gobierno español, Rodríguez Zapatero, confesó en París, durante los actos de congratulación por el éxito de la OTAN en Libia, el 1 de septiembre, que la cancillera alemana le había felicitado por emprender con tanta rapidez la reforma de la Constitución en lo que concierne al límite del déficit público. Una enmienda que le había sido impuesta apenas diez días antes al alimón por Merkel, Sarkozy y el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet.

Un abismo entre el norte y el sur

Pocas veces fueron tan llamativos el descarado diktat germano y la obsequiosidad de un presidente del gobierno en apuros, en el ocaso de una gestión desastrosa que condujo a España al precipicio humillante de la intervención. Una escena (con traductor incluido, por supuesto) pintiparada para el sarcasmo de Groucho Marx: “Si no le gustan estos principios, tengo otros.” La noticia de la felicitación de Merkel que desveló el mismo Zapatero fue reproducida por las radio-televisiones y los periódicos españoles, sin rubores apreciables, mientras la oposición del PP mostraba un engreimiento digno de mejor causa. The Economist zahirió a España como “el alumno obediente” de Alemania.

La crisis de la zona euro ha abierto un abismo entre los países ricos del norte de Europa (Alemania, Austria, Luxemburgo, Finlandia, Holanda), contribuyentes netos al presupuesto de la UE, y los que el semanario alemán Der Spiegel incluye de manera benevolente en “la zona del olivo”, el árbol de la paz, sin duda para no englobarlos en la sigla despectiva Pigs (cerdos) con la que los anglosajones aluden a Portugal, Italia, Grecia y España, la Europa meridional o mediterránea, la más próxima a África, aquejada del síndrome del despilfarro.

Los holandeses xenófobos prefieren otro apelativo maloliente: “los países del ajo.” Y Geert Wilders, agitador notorio, líder del populista Partido por la Libertad (PVV), que respalda indirectamente al gobierno del conservador Mark Rutte, no sólo es un crítico vociferante del islam, sino que también se autodefine como “antieuropeo”, opuesto a cualquier transferencia financiera desde Holanda a los países menos ricos de la UE. Mucho han cambiado las cosas en los mercantilistas y tolerantes Países Bajos, según se deduce de los resultados de las elecciones generales de 9 de junio de 2010, en las que el 20 % de los electores votó por Wilders.

Como señala Der Spiegel, los déficits fiscales y la deuda creciente de los países de la Europa del sur, señales inequívocas de la mala gestión, la imprevisión y el desprecio por el ahorro, también del exhibicionismo hortera, contribuyen a que “el resentimiento sea creciente [entre las poblaciones de los países ricos] y prestan una significativa ayuda electoral a los partidos derechistas y populistas ”, en Austria, Finlandia y los Países Bajos, los cuales persisten en una campaña ruidosa contra los que califican de pródigos y perezosos meridionales, a los que tildan de actuar como nuevos ricos desde el mismo nacimiento del euro, a la espera de que otros les saquen las castañas del fuego cuando estalla la crisis.

En esa afligida y mediocre Europa meridional, la indecisión de los políticos, con frecuencia, resulta ser el reflejo de otro populismo supuestamente izquierdista que se apoya en grupos ultraminoritarios o marginales y que reemplaza la confrontación ideológica de antaño o las discrepancias en la gestión con anacrónicas invocaciones de la lucha de clases, hasta el punto de que en Grecia, Portugal y otros países en apuros la aprobación de una ley en el Parlamento no garantiza que sus disposiciones vayan a ser aplicadas.

El nacionalismo y la xenofobia, embozados en el rigor económico, se pasean por esa Europa septentrional de supuesto espíritu calvinista que contrasta con la otra Europa del sur predominantemente católica y presuntamente manirrota. Ahora bien, las generalidades y los estereotipos son siempre peligrosos e inexactos, porque que en Alemania, según puede comprobarse estos días, el resentimiento contra los meridionales anida, con especial virulencia, entre los muy católicos integrantes de la Unión Social Cristiana (CSU), dominante en Baviera, el partido hermano de la Unión Cristiano Demócrata (CDU) de la cancillera Merkel, incluido en la mayoría parlamentaria.

Valga un ejemplo. La mayoría de los finlandeses, según las encuestas, se opone al segundo rescate de Grecia, por lo que el gobierno de Papandreu tuvo que firmar una garantía bilateral en favor del gobierno de Helsinki para impedir el bloqueo del acuerdo. Timo Soini, jefe de filas de los Verdaderos Finlandeses, el partido populista que obtuvo el 20 % de los votos en las recientes elecciones generales (17 de abril), se refirió a “la gangrena económica” detectada en otros países de la eurozona, y añadió: “Mientras no amputemos lo que ya no puede ser salvado, corremos el riesgo de envenenar al resto del cuerpo”. Una alusión xenófoba contra el rescate de Grecia, extrapolable a otros países con dificultades. La amputación se supone que implica la expulsión de los morosos y/o tramposos para colocarlos en un lazareto.

Casi al mismo tiempo, sin embargo, la troika enviada a Atenas por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (FMI), informó que Grecia no podría cumplir con los límites del déficit para este año que fueron fijados por el primer rescate en 2010. Y llueve sobre mojado, porque es de dominio público que el gobierno griego ya empezó por falsificar los datos económicos para cumplir con los requisitos exigidos para el ingreso en la eurozona. Todo el mundo sabe que el problema de Grecia sólo puede resolverse mediante una quita en su deuda (suspensión de pagos parcial), pero los bancos alemanes tienen comprometidos 500.000 millones de euros en los países de la “zona del olivo”.

¿Qué piensan los alemanes?

¿Qué piensa Alemania acerca de Europa? Ésta es la pregunta imposible que se formulan los vecinos y socios de Alemania y el título de un libro colectivo del Consejo Europeo de Asuntos Exteriores (ecfr.eu), una colección de análisis por especialistas alemanes en historia, derecho, política, sociología y filosofía. Las editoras, Ulrike Guérot y Jacqueline Hénard, en el ensayo liminar, mantienen una hipótesis harto desalentadora: “Después de muchos años en el corazón del proyecto europeo, Alemania parece haber perdido su interés en él, puesto que la primacía que Europa tuvo en la política exterior germana se ha evaporado.” Qué piensa, pues, Alemania, y qué opinan, sobre todo, los alemanes. Ésa es la cuestión candente.

En lo que va de año, el partido de Merkel y sus coligados del Partido Liberal perdieron todas las elecciones regionales y, con especial significación, las de Baden-Württemberg (febrero), el Land más importante de la federación que los cristiano-demócratas controlaban desde hace 60 años, en el que triunfaron los Verdes. Fueron derrotados sucesivamente en Hamburgo, Renania-Palatinado y Bremen, y por último, en Mecklemburgo-Antepomerania (4 de septiembre). Los analistas germanos atribuyen esta colección de reveses electorales a la creciente irritación que concitan tantos las vacilaciones de la cancillera como su desconcertante estrategia europea.

Desde su fundación en 1949, la República Federal (RFA) y su primer canciller, Konrad Adenauer, propugnaron una orientación esencialmente atlántica y europeísta, de reconciliación con los vencedores occidentales (EE UU, Francia y Gran Bretaña), que culminó con el ingreso en la OTAN y la abrogación del estatuto de ocupación (1955), la creación de la Comunidad Económica Europea (1957) y la amistad y cooperación con Francia consagrada por el tratado del Elíseo, firmado por De Gaulle y Adenauer el 22 de enero de 1963, que selló simbólicamente la reconciliación. El europeísmo se concibió como una barrera contra la resurrección del nacionalismo.

Esa constante político-diplomática, que empezó a resquebrajarse tras la unificación (1990), vive sus horas más bajas. La respuesta de Berlín ante la crisis del euro frustró a algunos de sus vecinos más inclinados a pensar que la salvación debe venir de un nuevo gran salto hacia adelante en el proceso de integración europea. Más Europa y no menos. O lo que es lo mismo: mayor integración y menos insistencia en la austeridad. Algo inviable si no cambian las percepciones de la opinión pública, pues las encuestas sugieren reiteradamente que más de la mitad de los alemanes han perdido su fe en la Unión Europea. Merkel no puede desafiar a sus electores ni comprometer su mayoría parlamentaria a menos que se presente, efectivamente, como adalid del rigor financiero y la reducción del gasto que reclaman los votantes.

La cuerda se tensa porque los alemanes y los ciudadanos de otros países rigurosos y prudentes observan con estupor que algunos destinatarios de la exigencia de reformas prometen cumplirlas cuando están en Bruselas, pero luego le dan largas al asunto al regresar a sus países respectivos o simplemente faltan a la palabra dada por temor a una revuelta de sus electores y, sobre todo, de sus paniguados. Pero no se puede esperar, al mismo tiempo, que ese comportamiento irresponsable pase inadvertido para los contribuyentes alemanes u holandeses. Nadie está dispuesto a apretarse voluntariamente el cinturón, quizá porque los políticos, en vez de predicar con el ejemplo y la gestión eficaz, utilizan el presupuesto para derramar favores y atender las súplicas, extender la gangrena de las subvenciones caciquiles.

Permítaseme una digresión sobre España, el país de las subvenciones inagotables, en el que muchos políticos confunden la inversión productiva con el gasto consuntivo que satisface a sus clientelas, y donde el gobierno, acuciado por la crisis, pero revestido de una irritante superioridad moral, arguye que es preciso preservar el Estado del bienestar (“protección social”, según la jerga oficial), cuando en realidad se trataría, entre otras medidas saludables, de suprimir las subvenciones abusivas del caciquismo, recortar las alas de los miniestados autonómicos (bonos patrióticos, seudoembajadas y gasto simbólico, agravios comparativos, proyectos faraónicos, aeropuertos fantasmas y Aves sin viajeros) y cancelar los fondos de cooperación para los países bajo la férula de dictaduras implacables y oscurantistas. Ninguna de esas medidas tiene nada que ver con el sacrosanto Estado del bienestar.

En cuanto a la gestión, Alemania exhibe una experiencia irreprochable que añade autoridad moral a su poder financiero. Durante los últimos años, a fin de pagar los elevados costes de la reunificación, los alemanes volvieron a la épica de los sacrificios y del milagro posbélico para integrar a los 17 millones de orientales: reducción de salarios, reformas estructurales, cinco millones de desempleados para facilitar la modernización de la industria y una austeridad generalizada. Los resultados fueron asombrosos, como lo demuestra el que las exportaciones hacia China alcanzaran un nivel sin precedentes (un aumento de más del 80 %). Al canciller que precedió a Merkel, el socialdemócrata Gerhard Schröder (1998-2005), no le tembló el pulso cuando adoptó impopulares reformas laborales y fiscales que explican por qué la crisis económico-financiera fue menos aguda y prolongada.

El europeísmo, desde luego, está en retroceso entre los alemanes. Los tabloides no esconden su frustración con Europa y los jóvenes de las nuevas generaciones, que no viven obsesionados por la atormentada memoria histórica de sus mayores, están más inquietos por la inmigración y el desempleo que por el aumento de las prerrogativas de Bruselas o el fortalecimiento del euro. Más bien se diría que añoran el marco. La culpa de la guerra se ha extinguido y, por lo tanto, los alemanes no encuentran motivo razonable para pagar por los pecados de los otros. Empiezan, por lo tanto, a saborear el acíbar de la injusticia.

El nacionalismo cabalga de nuevo, aunque poco tiene que ver, afortunadamente, con el que ensangrentó el solar europeo; se trata de un nacionalismo no expansivo, sino más bien introspectivo y, sobre todo, pacifista, que se opone a la aventura de Afganistán y explica el desaire infligido a los aliados a propósito de la intervención en Libia. Otros estiman que la realidad es menos enrevesada: Alemania ha superado las barreras psicológicas de la historia y se comporta como un país normal que otorga la primacía a sus propios intereses.

El gobierno de coalición de la CDU de Merkel con los liberales de Guido Westerwelle, ministro de Asuntos Exteriores, viene actuando como un profesor exigente y puntilloso, muchas veces antipático, dispuesto a leerles la cartilla e imponerles deberes a los malos y recalcitrantes alumnos de la eurozona. En mayo de 2010, Berlín ya retrasó el primer rescate de Grecia y la prensa popular alemana sugirió a Papandreu que vendiera alguna isla para pagar sus deudas, una actitud que agravió a los griegos e incomodó a otros socios.

Un viraje histórico de la diplomacia

En marzo de este año, Alemania sorprendió y enojó a sus aliados de la OTAN al abstenerse en el Consejo de Seguridad en la resolución que autorizó la creación de una zona de exclusión aérea sobre Libia. Por último, el abrupto abandono por Alemania de la energía nuclear después del desastre de Fukushima desconcertó a algunos amigos y, en primer lugar, a Francia. Ganan enteros la opción del gas ruso y de la marcha hacia el este, la reconstrucción de la Mitteleuropa, un espacio cultural y económico germano teleguiado desde Berlín.

Este viraje histórico en la diplomacia alemana –menos Europa y reticencias hacia la OTAN, más autonomía exterior— indujo al ex canciller Kohl a hacer unas duras declaraciones en las que se preguntó “dónde está Alemania y adónde se dirige”. La canciller se vio obligada a replicar al que había sido su mentor político: “Lo que siempre nos une es lo mismo ahora que en tiempos de Helmut Kohl y Konrad Adenauer: la visión cristiana de la humanidad y los valores de libertad, justicia y solidaridad.”

La conclusión de Ulrike Guérot, una de las editoras del libro citado más arriba, es la siguiente: “El imposible comprender el comportamiento de Alemania sobre los escenarios europeo y mundial –sobre el euro, Libia o la energía nuclear—si no se entienden los debates dentro de la misma Alemania. El punto de vista de Berlín y el papel que debe desempeñar en el mundo se han alterado y los efectos de ese cambio se dejan sentir por doquier.”

El cambio en Berlín levanta ampollas en otras capitales, en Washington, París y Londres. Los británicos, aunque no pertenecen a la zona euro, se inmiscuyen en territorio ajeno, como lo acaba de hacer Gordon Brown, ex primer ministro laborista, en un artículo publicado en el New York Times para recordar la mala situación de algunos bancos alemanes como acreedores multimillonarios de los países más endeudados. El artículo de Brown se titula con una acusación: “La curación de la eurozona comienza con Alemania”, aunque reconoce que “la irritación alemana es obvia y está bien fundada” ante “la conducta de España, Irlanda, Portugal y otros países”.

Ya desde principios de abril, en  un artículo publicado en Newsweek, el historiador británico Niall Ferguson pronosticó que, en el futuro, la gente dirá que fue Alemania la que mató a Europa. El artículo se titulaba “Murder on the EU Express” (Asesinato en el exprés Unión Europea), en alusión a la famosa novela de Agatha Christie. En el tren de la Unión Europea, como en el que ideó la narradora británica, viajan demasiados culpables.

El diagnóstico de Ferguson invita a la reflexión: “El principal problema es el fracaso del euro para crear un mercado de trabajo verdaderamente integrado (…) En la última década, el coste de una unidad de trabajo se elevó en Alemania el 40 %, mientras que en España subió el 80 %. Los trabajadores de los países periféricos interpretaron la unión monetaria como un método para equiparar sus salarios con los de los alemanes, pero su productividad nunca alcanzó los niveles germanos.” Cualquier español sabe que la llegada del euro en 2002 fue una inyección de optimismo colectivo, una incitación nefasta para sentirse ricos, buenos y felices, y para contraer deudas sin tino.

Anuncios

Responses

  1. La cabeza pensante de la Señora Merkel,en la crisis de Grecia,ha tenido algún despiste.¿Se producirá el efecto dominó? ¿Cómo será el movimento,para Italia,España y Portugal? Quisiera equivocarme,pero…las fichas empezará a caer. Entonces han previsto los económistas de Alemanía,cómo repercutirán sus expotaciones de Alemania ,a los paises europeos.-
    Según los cálculos,Grecia no podrá pagar hasta dentro de diez años. ¿Qué tiempo para Italia,España y Portugal,¿Cuántos años,tendran que pasar,para que haya el suficiente crecimiento,crear liquidez, y poder saldar las cuentas?.
    Ahi dejo esas preguntas,para que algún experto en ECONOMÍA ,las conteste.
    Espña tendrá suerte,porque el CANDIDATO,no ganará.Este Señor en economía es :UN ANALFABETO.Si ganara, tres o mas generaciones,pasarian hambre.-
    http://www.viriato-viera.com


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: