Posteado por: M | 8 septiembre 2011

Tensiones internas, aislamiento exterior de Israel

Los problemas se multiplican para el gobierno de Benyamin Netanyahu, dentro y fuera de las fronteras de Israel. A las tensiones internas, derivadas del deterioro del nivel de vida de una población militarizada desde tiempo inmemorial, se añaden ahora la ruptura de relaciones con Turquía, la reaparición del terrorismo en el Neguev y la ofensiva diplomática de la Autoridad Palestina para lograr su reconocimiento como Estado por la ONU, en las fronteras de 1967. Israel y EE UU se oponen firmemente a esa pretensión palestina de acelerar, con más de 60 años de retraso, el cumplimiento de la resolución 181 de  la Asamblea General (29 de noviembre de 1947), que recomendó la creación de dos Estados, uno árabe y otro judío, en el territorio en disputa delimitado por el río Jordán y el Mediterráneo, a la sazón bajo mandato británico.

Primero fue una insólita protesta social, que estalló a mediados de julio, sin precedentes en la historia agitada de Israel desde su fundación en 1948. Imitando aparentemente a los indignados de Madrid, los activistas del movimiento por una vivienda digna plantaron sus tiendas de campaña en el bulevar Rothschild de Tel Aviv y lograron reunir a ingentes multitudes, hasta 300.000 personas, y extender las manifestaciones por todo el país, desde Nahariya, en el norte, en la frontera del Líbano, hasta el puerto de Eilat, en el extremo sur, pasando por Haifa, Beersheva y Jerusalén.

Luego, el 18 de agosto, unos terroristas palestinos, en tres ataques simultáneos y coordinados, mataron a ocho israelíes e hirieron a más de 40 (civiles y militares) en el desierto de Neguev, cerca de Eilat, mediante el ametrallamiento de varios automóviles y un autobús. Según el portavoz militar, unos 20 milicianos con armamento pesado se infiltraron en territorio israelí, procedentes del Sinaí, y al menos 7 de ellos fueron eliminados por las tropas hebreas después de cometer los atentados. En represalia, y dando por cierto que los atacantes procedían de Gaza, la aviación israelí realizó varias incursiones en la franja y causó la muerte de unos 10 palestinos, algunos de ellos, según la prensa judía, implicados en la maquinación de los atentados.

Tanto el primer ministro israelí como el ministro de Defensa, Ehud Barak, atribuyeron la responsabilidad a la milicia islamista Hamás, que gobierna en Gaza, pero ésta negó tajantemente cualquier implicación en los ataques. Los periódicos israelíes dieron por seguro que los atacantes se infiltraron en territorio israelí procedentes del Sinaí egipcio, pero, teniendo en cuenta los negros nubarrones que se ciernen sobre las relaciones egipcio-israelíes desde la caída de Mubarak, lo más conveniente era cargar sobre Hamás la autoría de los atentados.

En el frente interior, el gobierno israelí y gran parte de la prensa se precipitaron a anunciar el fin del movimiento de protesta social, en la creencia de que los atentados del Sinaí habían cerrado la fractura nacional y social reflejada en las manifestaciones. “La más grave amenaza a la que nos enfrentamos –escribió el diario Haaretz, de Tel Aviv—es la de ver cómo Israel prosigue con su autohipnosis, sus automatismos y sus eslóganes.”  El periódico estaba persuadido de la paranoia de la opinión pública y de que Israel volvería a ofrecer su imagen tradicional de país amenazado en su existencia pero invulnerable, cuyos ciudadanos deben permanecer unidos para afrontar a los enemigos exteriores.

La invocación de la guerra permanente y del espíritu del David invencible, armado hasta los dientes, junto con la unión sagrada en el gueto de la victoria y tras el muro de protección se utilizan para cohesionar a una población de orígenes diversos, galvanizada por el recuerdo de una historia terrible y la hostilidad de unos vecinos demagógicamente belicosos. El corolario es el mantenimiento del statu quo militar y estratégico, la hibernación del proceso de paz incoado en 1993, pese a quien pese, y la preservación a toda costa de una cultura muy arraigada del callejón sin salida.

“Este atentado despertará a los israelíes”, tituló el diario popular Yediot Aharonot de Tel Aviv, en un artículo de tonos apocalípticos, destinado a solicitar el refuerzo de la disuasión en Gaza y un aumento de los gastos militares. El objetivo último es que cesen los ataques desde el Sinaí, cualquiera que sea el comportamiento de las autoridades militares egipcias hacia los infiltrados. Los estrategas del Tsahal están expectantes ante los resultados de las inminentes elecciones egipcias y sus efectos sobre la relación bilateral.

No obstante, tanto el vaticinio del periódico como los cálculos y expectativas del gobierno se vieron frustrados. La cólera popular, en vez de esfumarse, se recrudeció. Los tambores de guerra no pudieron acallar los gritos de los manifestantes que denuncian los precios exorbitantes de la vivienda. A principios de septiembre, las marchas de los indignados se repitieron en nueve ciudades, mientras más de 50.000 personas se manifestaron delante de la residencia del primer ministro, en Jerusalén. Los airados, en su mayoría laicos, apuntaron directamente contra los privilegios de que gozan los ortodoxos y las ayudas que reciben los colonos para edificar en Jerusalén oriental y la Cisjordania ocupada.

En realidad, todos los problemas de Israel acaban por relacionarse con el conflicto más irritante: la colonización de Cisjordania, censurada por la comunidad internacional, también por EE.UU, y que obviamente vulnera la ley internacional, contradice el principio de paz por territorios y constituye el mayor obstáculo para cualquier intento de negociación. Los atentados y las represalias, a su vez, se entrelazan en un argumento irrebatible que los más conservadores o atemorizados esgrimen contra los que preconizan algún cambio en la concepción de la seguridad de Israel, sus relaciones con los palestinos y su eventual integración regional.

A propósito de la crisis social y de la colonización, señaló el escritor franco-judío Marek Halter: “Los centenares de miles de manifestantes que desfilaron por las ciudades israelíes descubrirán pronto o tarde que los miles de millones de shekels gastados en la construcción en los territorios [ocupados] hubieran sido suficientes para construir pisos e incluso nuevas ciudades en el Neguev o Galilea para todos los que no tienen donde alojarse.”

El 2 de septiembre se consumó la ruptura con Turquía. El ministro de Asuntos Exteriores turco, Ahmet Davutoglu, anunció en Ankara la expulsión del embajador israelí, la suspensión de los acuerdos militares bilaterales y una iniciativa para pleitear ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) contra la legalidad del bloqueo impuesto por Israel a la franja de Gaza. Esas medidas de retorsión responden a la negativa del Estado hebreo de ofrecer sus disculpas por la muerte de nueve ciudadanos turcos en el ataque del Ejército israelí contra la flotilla internacional, organizada en Turquía, que pretendió romper el bloqueo, el 31 de mayo de 2010, provocando un incidente sangriento en aguas internacionales.

Turquía, además, consideró “nulo y sin efecto” un informe de la ONU, redactado por la Comisión Palmer, que declara legal el bloqueo naval de Gaza, pero estima que las tropas israelíes utilizaron una fuerza “excesiva y poco razonable”. El texto onusiano añade que la flotilla de seis barcos “actuó imprudentemente al tratar de romper por la fuerza el bloqueo naval”, pero califica de “inaceptables” la pérdida de vidas humanas y los heridos que provocó el uso de la fuerza. Por último, insta a Israel a “una declaración apropiada de pesar”, a la que Netanyahu se niega alegando motivos de seguridad, una decisión estratégica que tendrá nefastas consecuencias.

Después del incidente de la flotilla, Turquía llamó a consultas a su embajador en Tel Aviv y advirtió de que las relaciones bilaterales “jamás volverán a ser las mismas”.  La ruptura se ha consumado entre dos países que fueron estrechos aliados hasta que los islamistas tomaron el poder en Ankara en 2002. La hostilidad hacia Israel, las buenas relaciones con los grupos palestinos más radicales y sus pretensiones hegemónicas en la región forman parte del cambio copernicano introducido en la política exterior otomana por el primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

La quiebra de la alianza con Turquía, fundada en la confrontación histórica entre el Imperio otomano y sus vasallos árabes, aumenta la soledad estratégica y diplomática de Israel, pero quizá alimenta la intransigencia y los sueños de Netanyahu y su ministro de Asuntos Exteriores, el ruso-israelí Avigdor Lieberman, de convertir a Israel en un reducto ultraconservador e inexpugnable, del que han desaparecido casi por completo el espíritu compasivo, abierto y socializante de los padres fundadores. Los kibbutzim (granjas agrícolas) hace tiempo que fueron sustituidos por la alta tecnología como motor de una economía que no parece afectada por los tambores de guerra diplomática o los nuevos episodios del lacerante problema palestino.

Por último, Washington se ha embarcado en una campaña desesperada para impedir lo que parece inevitable, es decir, que EE UU, Israel y un puñado de países amigos quedarán completamente aislados en la inminente sesión anual de la Asamblea General al tratar de impedir que la ONU consagre el nacimiento de un Estado palestino.  El departamento de Estado amenaza con vetar cualquier resolución en el Consejo de Seguridad.

Luego de haber fracasado en todos sus intentos de reactivar la negociación entre palestinos e israelíes, el presidente Obama perdió la iniciativa hace mucho tiempo y se resignó a la intransigencia y los desplantes de Netanyahu. No pudo conseguir que el primer ministro israelí pidiera perdón a los turcos, como aconsejan los más altos responsables de la OTAN. Ahora ya no puede comprometerse en un proceso de paz moribundo que probablemente le alejaría de algunos de sus votantes y, por supuesto, de parte de los contribuyentes que deben pagar su inminente campaña electoral. No puede presionar al mismo tiempo a Israel y a sus poderosos aliados políticos en EE UU. Ni siquiera le seguirían muchos dirigentes de su Partido Demócrata.

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  1. […] Hay un lado oscuro en ese modelo que terminará generando tanta entropía (ya hay “signals” en manifestaciones internas) que los obligará a cambiar y a abrirse, a vivir menos de las rentas externas y por tanto, a […]

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