Posteado por: M | 12 septiembre 2011

Aniversario del 11-S bajo el signo del pesimismo

Me rindo a la moda periodística de los aniversarios para reflexionar sobre las secuelas de los atentados del 11-S y analizar cómo condicionaron la evolución del último decenio y cómo gravitan aún sobre la situación incierta en que vivimos. Admiro la reacción de los norteamericanos corrientes ante la desgracia, su firme y solemne patriotismo,  su empeño en restañar las heridas, mas sin entregarse al olvido, y su emocionante compostura en los actos conmemorativos del décimo aniversario. Los atentados suicidas aún suscitan el horror y la abominación, pero no creo que hayan cambiado sustancialmente la historia del mundo, aunque sí han dejado una huella indeleble tanto en la nación norteamericana como en la metrópoli neoyorkina.

Ahora hace diez años, el 11 de septiembre de 2001, 19 terroristas de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones civiles norteamericanos y estrellaron dos de ellos contra las Torres Gemelas en Nueva York, que se derrumbaron con estrépito, lo que desató una tragedia terrible y sin precedentes (unos 3.000 muertos), traumatizó a la población y abatió de manera espectacular dos símbolos del poder de la primera potencia. Otro de los aviones se precipitó sobre el Pentágono, en Washington, y el cuarto cayó en una zona despoblada de Pensilvania, cuando su destino parece ser que era la Casa Blanca o el Capitolio, un objetivo frustrado debido probablemente al heroísmo de los pasajeros que desafiaron a los piratas.

Torres Gemelas el 11-S de 2001

            El historiador, en este caso de hechos inmediatos o muy recientes (l´histoire  immédiate, que dicen los franceses), tropieza con graves inconvenientes cuando pretende reflexionar sobre períodos tan cortos de tiempo cuya trascendencia resulta inevitablemente problemática. Y corre el riesgo de caer en la hipérbole, de manera que la “era de la austeridad fiscal” o del rigor presupuestario en que nos encontramos sucede a la “era del terrorismo global” que se inició el 11-S. ¿Por qué tantas eras en sólo un decenio?  El DRAE define la era como el “extenso período histórico caracterizado por una gran innovación en las formas de vida y de cultura”. Me imagino que los lapsos breves y la multiplicación de los aniversarios son otra moda made in USA.

El relato de lo ocurrido y sus consecuencias siempre quedará incompleto, si no es que induce a la frustración. Además, los testimonios periodísticos, diez años después, son poco fiables porque la memoria, como se sabe, suele ser traicionera. ¿Qué clase de acontecimiento fue el 11-S? Entonces, bajo la impresión de lo que parecía imposible y el ambiente enrarecido y luctuoso, se pensó que tras el Apocalipsis de Manhattan, nada volvería ser igual; que el ataque de los kamicazes islamistas, luego de asombrar al mundo, cambiaría el curso de la historia; que los terroristas, además de asesinar y afligir a mucha gente inocente, hirió el orgullo de la hiperpotencia; que fue un momento único en el que “Nous sommes tous Américains”, como tituló Le Monde el editorial del 11-S.

Según ese criterio, había nacido una nueva época, bajo el signo del terror, en la que quedarían alteradas para siempre las estructuras militares y diplomáticas del mundo. Nuestros ojos divisaban de manera lacerante un territorio incógnito. Si la caída del muro de Berlín selló el fin de la guerra fría con el triunfo de los occidentales, el derrumbe de las Torres Gemelas señalaba el comienzo de la guerra global contra el terrorismo de inspiración islamista, según la declaración del presidente George Bush, y también contra “el eje del mal”, es decir, los países que daban cobijo a los malhechores. La ideología comunista que retó a Occidente se volatilizó con la desintegración de la URSS, y el islamismo radical parecía configurarse como un nuevo enemigo igualmente global, tan invisible y audaz como deletéreo.

El declive de Al Qaeda

Diez años después del estupor, la tragedia y el pánico, la visión actual tiende a rebajar la dimensión histórica y la relevancia estratégica de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. El ataque de la escuadrilla suicida no cambió en verdad el curso de la historia. “El 11 de septiembre de 2001 fue una tragedia terrible en toda su extensión, pero no fue un histórico momento decisivo”, sentencia Richard Haass, del Council of Foreign Relations. Para Alain Gresh, de Le Monde Diplomatique, “lo que caracteriza la situación mundial (…) es el declive relativo de Estados Unidos. El 11-S no habrá sido, a la postre, sino una etapa en ese viraje del mundo.”

La nebulosa de los grupos terroristas que funcionan como franquicias de Al Qaeda y sus aliados actúan cuando pueden y en cualquier sitio del ancho mundo, de manera imprevisible, fanática y a ciegas, desde la India hasta EE UU, pasando por Rusia y Europa, pero no han modificado el marco de las relaciones internacionales, cuyo eje se desplaza paulatinamente hacia la cuenca del Pacífico, ni se han apoderado de ningún país, aunque hayan realizado avances notables en Afganistán, Pakistán, Yemen y Libia. Las revueltas árabes y las caídas de Ben Alí, Mubarak y Gadafi, el eterno problema palestino frente a Israel y la crisis financiera que arrastramos desde 2008 centran la atención de las cancillerías.

El máximo riesgo no estriba en los siempre posibles atentados, sino en la doctrina común que alimenta el rencor y la frustración de la hidra terrorista, levantada sobre tres pilares: el odio a Occidente, la sharia o ley coránica (“el islam es la solución”, proclaman los ulemas) y la yihad o guerra santa (contra los occidentales, por supuesto), cuyos propagandistas y apologistas mantienen una presencia formidable en los foros sociales de internet. “El núcleo de Al Qaeda está herido gravemente, pero aún tiene poderosos aliados, como los talibanes paquistaníes, que pueden servir de factor multiplicador de su fuerza”, señaló Bruce Riedel, ex agente de la CIA y asesor de Obama.

El enemigo es bastante más que un grupo terrorista y sus ramificaciones, como se creyó y en parte se sigue creyendo. Se trata de una corriente ideológica, la del islam político, de fuerte arraigo en el universo musulmán, en el que viven más de mil millones de personas. La derrota de Al Qaeda y la muerte de su caudillo no entrañan la desaparición del islamismo, ni del antiamericanismo o antieuropeísmo que crecen por doquier. Y sobre la influencia positiva que puedan tener las inacabadas revueltas árabes, sólo caben las conjeturas o los buenos deseos.

Un mundo más seguro

“Estados Unidos no olvida”, como suele decir Obama, pero no cabe duda de que las urgencias presidenciales están, ante todo, en la pésima situación económica, las legiones de parados, las conflictivas relaciones con China o la evolución en los países del Oriente Próximo. Los norteamericanos han sustituido el temor del terrorismo por otras preocupaciones más prosaicas, aunque en el décimo aniversario del 11-S volvieron a surgir en Nueva York y otras ciudades el fantasma del terror, la paranoia de los atentados, el patriotismo admirable y la islamofobia embozada en los sectores más derechistas del Partido Republicano.

“Lo que ocurrió hace diez años cambió nuestras vidas, pero creo que hoy vivimos en un mundo más seguro”, declaró el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen. Algo parecido creen en la Unión Europea (UE), aunque la percepción varía mucho entre los líderes de los 27 países miembros, según los gobiernos sean conservadores o socialdemócratas, del oeste o del este. El coordinador de la UE para la lucha antiterrorista, Gilles de Kerckhoe, tras certificar “el fracaso patente de Al Qaeda”, sostiene: “Hoy no es posible un ataque de la amplitud y sofisticación del 11 de Septiembre.”

Los norteamericanos están persuadidos del éxito, aunque sea provisional, del combate contra el terrorismo, y la ausencia de atentados importantes contribuye a la serenidad y la confianza. Esa impresión ampliamente compartida quedó muy reforzada por la eliminación cruenta de Osama Bin Laden en una operación de las fuerzas especiales estadounidenses en Pakistán, el 1 de mayo de 2011. Según algunos responsables de la seguridad de Washington, citados por la agencia Reuters, “el liderazgo de Al Qaeda está gravemente herido y casi con toda seguridad no puede montar otros atentados como los del 11-S”.

El seísmo de Nueva York en 2001, al desvelar la vulnerabilidad del territorio de la superpotencia, puso en evidencia el fracaso sin paliativos del espionaje y de los mecanismos de seguridad aérea, tanto en los controles aeroportuarios como durante el vuelo, el seguimiento y la interceptación de los aviones. Los organismos de investigación, empezando por la CIA y el FBI, tampoco estuvieron a la altura de las circunstancias, según una rigurosa indagación publicada por el New York Times, pese a que disponían de un presupuesto anual de 25.000 millones de dólares. Hoy se sabe que varias advertencias prudentes fueron echadas en saco roto y que la red de alerta antiterrorista estaba enfocada en una dirección errónea.

La situación ha sido corregida cuidadosamente, con la inyección de miles de millones de dólares, la utilización de nuevo material electrónico y la supresión de las barreras burocráticas que impedían la efectiva cooperación entre los servicios de seguridad. Algunas de las cortapisas legales o garantías para tratar con los presuntos terroristas fueron eliminadas o reducidas por el presidente Bush actuando como comandante en jefe y en nombre de la guerra contra el terror: las técnicas de interrogatorio que se asemejan a la tortura, la detención indefinida sin juicio de unos 800 detenidos en el penal de Guantánamo, la creación de tribunales militares de excepción y los asesinatos selectivos de dirigentes de Al Qaeda mediante los aviones sin piloto (Predator) en Pakistán, Afganistán, Libia o Yemen.

Esas medidas antiterroristas, duramente criticadas por los defensores de las libertades civiles, ya no son motivo de polémica entre los dos principales partidos, aunque el sector izquierdista de los demócratas se muestre reticente o acerbamente crítico. Las decisiones más crueles y de más dudosa legalidad adoptadas por Bush –la prisión de Guantánamo, los tribunales militares y los asesinatos teledirigidos— no han sido revocadas sino prorrogadas y justificadas por la Administración de Obama. Esta conjunción es notoria y se describe por los expertos  como “una visión bipartidista del contraterrorismo que mantuvo la seguridad de Estados Unidos durante la pasada década” (Max Boot).

Dos guerras y su imponente factura

El presidente Bush, que no estaba preparado para las aventuras exteriores, replicó a los atentados con una declaración de guerra. La respuesta militar fue inminente, primero en Afganistán, y luego en Iraq, dos intervenciones avaladas por una nueva y controvertida doctrina, la de la “guerra preventiva”, presentada por Condoleezza Rice, a la sazón consejera para la Seguridad Nacional, y aún reivindicada por Paul Wolfowitz y otros neoconservadores que atribuyen los éxitos en la prevención a la decisión de “tratar a los terroristas no como delincuentes, sino como enemigos”. “Los enemigos combatientes”, según la jerga oficial.

El ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono suele ser comparado con el ataque japonés que destruyó la flota norteamericana anclada en Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, y que provocó la entrada de EE UU en la Segunda Guerra Mundial. A los que critican  ahora, con evidente retraso, la actuación de George Bush –aprobada en el Congreso por todos los republicanos y la mayoría de los demócratas, incluida Hillary Clinton–, los republicanos recuerdan que fue un presidente demócrata, Franklin Roosevelt, el que decidió recluir en campos de concentración a los ciudadanos norteamericanos de origen japonés, sin duda un baldón en los anales de la democracia estadounidense.

EE UU logró el respaldo de sus aliados occidentales e incluso de Rusia y China para derrocar al régimen de los talibanes, en una  brillante operación militar que comenzó el 2 de octubre y terminó el 7 de diciembre con la toma de Kandahar, último reducto del mulá Omar, ideólogo del régimen oscurantista de Afganistán. La intervención  militar fue justificada porque los talibanes se habían negado a entregar a Bin Laden, escondido en algún enclave montañoso y fronterizo, cuya extradición a EE UU fue exigida por la resolución 1.333 del Consejo de Seguridad, aprobada por todas las grandes potencias.

No ocurrió lo mismo en Iraq, cuya invasión, iniciada el 20 de marzo de 2003, no fue aprobada expresamente por la ONU y levantó una agria polémica entre EE UU y dos de sus principales aliados, Francia y Alemania, además de la oposición radical de China y Rusia. Al éxito militar, con sólo 19 días de combates, sucedió una ocupación desastrosa, con medidas tan estrambóticas como la disolución del ejército iraquí. La mala planificación y las torpezas del ocupante desencadenaron una guerra civil y galvanizaron tanto a los suníes marginados del poder como a los miembros de Al Qaeda en Mesopotamia. Los atentados suicidas, los secuestros y una espantosa guerrilla interétnica se superpusieron sin tregua y sembraron el caos en el país.

La guerra de Iraq fue justificada oficialmente por los supuestos vínculos de Sadam Husein con las redes terroristas y por la necesidad de destruir su arsenal de armas de destrucción masiva. Dos pretextos, jamás confirmados, detrás de los cuales se escondía un ambicioso plan para la implantación de la democracia en los países del Oriente Próximo, en un momento en que EE UU, como proclamó Condoleezza Rice en un discurso en El Cairo, trataba por primera vez de supeditar sus intereses a sus ideales. En la práctica, sin embargo, Washington mantuvo el apoyo a los amigos tradicionales, los jeques del petróleo.

Las dos guerras han producido un mínimo de 6.200 militares muertos (1.770 en Afganistán y 2.5000 en Iraq) y unos gastos estratosféricos (al menos tres billones de dólares) que ponen a prueba los recursos de la primera potencia económica, así como su capacidad fiscal y el temple moral para mantener el despliegue prácticamente universal de sus ejércitos, aunque con especial intensidad en Iraq, Afganistán y Corea del Sur. Según cálculos del New York Times, EE UU ha gastado 3,3 billones de dólares desde los atentados del 11-S, no sólo en las guerras citadas, sino igualmente en la panoplia electrónica preventiva y la reparación de los daños colaterales.

La hegemonía de EE UU, en entredicho

Los estadounidenses están preocupados, ante todo, por la situación económica en vísperas de una dura campaña electoral (“Es la economía, estúpido”), con unas cifras de paro que resultan insufribles (entre el 10 % oficial y el 15 % real), un crecimiento raquítico y un agujero inmenso en los parámetros más importantes de las cuentas públicas. La batalla fiscal desgarra a los dos grandes partidos y mantiene al presidente Obama a la defensiva, después de haber sido incapaz de reformar la industria financiera cuando disponía de mayoría en ambas cámaras del Congreso.

“Estados Unidos no está en guerra con el islam”, proclama el neoconservador Paul Wolfowitz y repite Obama. Ése no fue nunca el problema. Nadie confundió jamás el islam como religión con el islamismo como ideología política y los miles de musulmanes alienados, reclutados y entrenados en las madrasas o por clérigos radicales para atentar contra Occidente. El debate que comenzó el 11-S y que aún prosigue consiste en saber si el islamismo radical es la mera exacerbación del fervor religioso o una nueva forma de totalitarismo teocrático que ya se aplica en algunos países musulmanes.

Diez años después de los atentados del 11-S y a pesar del sonado éxito de haber matado a Bin Laden, EE UU atraviesa por una situación de enrevesada complicación estratégica y pesimismo económico, de repliegue material y aislacionismo moral, de fatiga psicológico-militar y pérdida de referencias. Las lucubraciones sobre el ocaso irremediable de los imperios vuelven a estar de moda entre la comunidad académica.  La pregunta que más se formula en los corrillos es si China conseguirá reemplazar a EE UU como primera economía mundial. Y la tradición aislacionista empuja con fuerza. Primero hay que poner en orden nuestra casa.

El profesor Francis Fukuyama, que vaticinó “el fin de la historia” en un libro célebre, al analizar las consecuencias de la desintegración de la URSS, está persuadido ahora de que “los ataques [del 11-S] marcaron el comienzo del fin de la hegemonía de EE UU” y se muestra abiertamente pesimista sobre el futuro inmediato. Otros, como George Friedman, consideran que no hay alternativa para la hegemonía de EE UU, “el imperio inevitable”. Sin duda, el siglo XX fue “una centuria norteamericana”, a pesar de algunos retrocesos, como el de Vietnam, y el fin de la convertibilidad del dólar (1971). Ahora vivimos un período de incertidumbre y habrá que pagar un precio para superarla.

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