Posteado por: M | 18 septiembre 2011

Europa trata como intruso al mensajero de Obama

La obamanía, la admiración inusual y obsequiosa por el presidente norteamericano que recorrió Europa como un ciclón en 2008-2009, parece que se ha evaporado a juzgar por la afrenta que los ministros de Economía de la Unión Europea (UE) infligieron al secretario del Tesoro, Timothy Geithner, enviado por Obama a la reunión del Eurogrupo en Wroclaw (Polonia), el 16 de septiembre, con el objetivo de persuadir a sus homólogos europeos de la conveniencia de adoptar unos planes de estímulo similares a los ensayados en Estados Unidos con tan pobres y controvertidos resultados.

El rechazo concitado por las propuestas de Geithner fue tan contundente que sobrepasó los límites de la cortesía diplomática para convertirse en un sonado rapapolvo.  Los europeos piensan que el simpático Obama, cuya reelección en 2012 está en juego, debe poner orden en su casa antes de dar lecciones o consejos no solicitados para el arreglo del atribulado solar europeo. “No le des nunca consejos al que te pida dinero”, escribió Calderón.

Probablemente el secretario del Tesoro norteamericano fue demasiado directo y entrometido, muy poco discreto, desde luego, al pronosticar públicamente “riesgos catastróficos” si los 17 países de la eurozona no actuaban con urgencia y de manera coordinada –“hablando con una sola voz”– para resolver la crisis de la deuda soberana, de los países excesivamente endeudados, tímidos en las reformas y empecinados en el gasto a pesar del acoso de los mercados. Censuró las inútiles conversaciones sobre “el desmantelamiento de las instituciones del euro” y presionó a los europeos para que echen más leña (más dinero) al fondo de rescate. Como resume el Economist: “El consejo [de Geithner] fue que los europeos deben actuar como lo hace Estados Unidos.”

El sermón del joven Geithner fue contraproducente. Varios ministros europeos se sintieron ofendidos porque alguien llegado del otro lado del Atlántico les reprochara la situación caótica que se ha creado en torno a la moneda única y la deuda soberana. Algunas respuestas fueron especialmente agrias. La ministra austriaca, Maria Fekter, declaró: “Me resulta extraño que los norteamericanos, cuando los datos fundamentales de su economía son peores que los de la zona euro, vengan a decirnos qué es lo que debemos hacer.” El ministro belga, Didier Reynders, señaló que el secretario del Tesoro debería haber escuchado en vez de hablar tanto. Y el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, puso los puntos sobre las íes: “No discutimos el incremento o la expansión del mecanismo europeo de estabilidad financiera con un Estado que no es miembro de la eurozona.” Y así fue cómo el enviado de Obama, llegado para repartir consejos, fue despedido como un intruso.

Más allá de la confusión económico-financiera reinante a ambas orillas del Atlántico y las escasas dotes diplomáticas de Geithner, el desencuentro de Wroclaw tiene dos razones fundamentales. La primera es que el secretario del Tesoro llegó a su reunión con los ministros europeos con audaces consejos y admoniciones pero sin un dólar en las alforjas, cuando es obvio que, en el campo de las finanzas globalizadas, la atención que merece un país depende, ante todo, de su poder económico y militar, de los generosos créditos que otorga y los impagos que consiente. Y el dólar, después de las guerras de Iraq, Afganistán y Libia, no está para muchas alegrías o prodigalidades. Como demuestra la historia, las exhortaciones sin dinero sobre la mesa suenan a música celestial y se prestan al sarcasmo.

Cuando el dólar atraviesa por un declive histórico, como le ocurrió con  Nixon tras la guerra de Vietnam (1971), ¿qué podemos decir de Obama, un presidente en horas muy bajas en vísperas de una complicada campaña electoral? Luego del deplorable espectáculo que ofreció Washington a principios de agosto, a propósito de la disputa sobre el aumento del límite de deuda, a todos los planes de Obama les aguarda el mismo destino sombrío de una transacción que los desnaturaliza, ya se trate del empleo, los impuestos o los déficits. Tampoco se han superado aún los amargos recuerdos de 2008, cuando el sistema regulatorio de las finanzas norteamericanas fracasó estrepitosamente y sus efectos golpearon a toda Europa.

En Europa, la situación es muy conflictiva, lo que desata también el malhumor de algunos de los ministros empeñados desde hace meses en una ruda batalla sobre el rescate de Grecia y la resolución  de la crisis de la deuda soberana. A juzgar por lo ocurrido en Wroclaw, todo parece indicar que los países con economías fuertes y saneadas en la eurozona (Alemania, Holanda, Finlandia, Austria) no parecen bien dispuestos a gasta más dinero de los contribuyentes en la salvación de sus consocios más débiles.

La controversia no decae entre los partidarios de la austeridad y las reformas estructurales, porque tienen sus finanzas saneadas, y los que siguen pensando en mantener la estrategia del dinero fácil y los tipos de interés bajos, para seguir endeudándose, a través de los famosos eurobonos en proyecto. Éstos alegan que la austeridad suelen impedir o retrasar la recuperación. Los partidarios del gasto, como algunos gurús de Obama, también invocan el recurso de poner en marcha la máquina de imprimir dólares, mas olvidan que el famoso Keynes no tuvo inconveniente en rectificar en 1936 cuando se hizo evidente que los rigores de la Gran Depresión no cedían con los estímulos.

Mientras tanto, la cancillera Merkel, que capitanea la economía más poderosa del continente, se debate en un dilema existencial: seguir adelante con la empresa europea y por ende del euro y los eurobonos, pese a sus enormes grietas, lo que sin duda le granjearía la hostilidad de gran parte de su electorado, o idear un nuevo camino que, sin traicionar el europeísmo, creara temporalmente dos zonas económicas al norte y al sur de los Alpes para sortear por etapas claramente definidas la peligrosa tormenta que se cierne sobre el continente, como le aconsejan algunos de sus ministros y asesores.

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