Posteado por: M | 27 septiembre 2011

La batalla del Estado palestino

No se pueden esperar resultados positivos de la iniciativa diplomática del presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abas, para que la ONU acepte la adhesión del Estado palestino como miembro de pleno derecho. El ejercicio diplomático, acompañado por la retórica de siempre, no alterará en lo más mínimo la situación sobre el terreno, caracterizada por la división de los palestinos, la balcanización colonial del territorio sobre el que teóricamente debería asentarse el nuevo Estado (Cisjordania, Gaza y Jerusalén oriental) y la abrumadora superioridad de Israel en todos los órdenes. El repetitivo espectáculo de los discursos y los cabildeos en el rascacielos de cristal de Manhattan sólo sirve para confirmar la desalentadora inoperancia de Naciones Unidas, teórico representante y guardián del orden internacional.

Los agravios y las heridas de los palestinos siguen sin mutación apreciable, cuando no exacerbados, lo mismo que los temores de Israel ante un medio hostil y unas amenazas de aniquilamiento que son fruto de la demagogia más recalcitrante, pero que cohesionan a los judíos y alimentan tanto su paranoia como sus horribles recuerdos. La negociación definitiva entre Israel y los palestinos no es para mañana, Obama fracasó en el empeño como casi todos sus predecesores y el tortuoso proceso de “paz por territorios” está definitivamente muerto y sepultado.

El Oriente Próximo es la región más volátil del mundo, donde cualquier error de cálculo puede prender fuego al polvorín. Los cambios en los países cercanos y, sobre todo, en Egipto, lejos de tranquilizar a Israel han exacerbado su desconfianza. En el mejor de los casos, el Estado palestino seguirá bajo ocupación militar y sin suscitar ni tan siquiera la solidaridad de muchos árabes, siempre propensos a denunciar una presunta capitulación. ¿Por qué, pues, esa ceremonia en la ONU?

Progresos innegables en Cisjordania

El único cambio significativo sobre el terreno en los últimos 18 años, desde los acuerdos de Oslo (1993), se debe al éxito del primer ministro palestino, Salam Fayyad, economista formado en EE UU y ex funcionario internacional, en la reforma de la economía, que crece al 7 % anual, y la consolidación de las instituciones en que debe descansar el Estado soñado. Todos los informes son favorables para la ardua empresa de crear ese embrión estatal. El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Comité Internacional que reúne a los donantes de ayuda, presidido por Noruega y con participación israelí, coinciden en resaltar los progresos realizados por la AP, incluso en los temas de seguridad que tanto inquietan a Israel.

Según los informes internacionales, el analfabetismo ha sido prácticamente erradicado y el servicio sanitario funciona a unos niveles que se aproximan a los de Israel y los países desarrollados. Cisjordania dispone de un sistema judicial autónomo y sus fuerzas de seguridad, con la cooperación de Israel, han dejado de ser una milicia partidistas para convertirse en una policía moderna y eficaz. Según el Banco Mundial, el mayor obstáculo para mantener el crecimiento son las barreras físicas y legales impuestas por el ocupante, sus soldados y sus colonos. Pese al control represivo que ejerce Hamás, los principales servicios de educación, salud, agua y electricidad se prestan también en la franja de Gaza.

El ministro de Asuntos Exteriores de Noruega, Jonas Gahr Store, que preside el Comité Internacional de ayuda a los palestinos, llegaba recientemente a la siguiente conclusión: “Ninguna resolución [de la ONU] resolverá los problemas del estatuto final. Éste sólo podrá lograrse mediante negociaciones serias y realistas. La ocupación es el principal obstáculo para la realización de un Estado palestino. Los palestinos están plenamente capacitados para dirigir un Estado.” Algunos analistas israelíes, pese a la presión ambiental, consideran que la ocupación es el cáncer de Israel y el mayor obstáculo para la paz.

Además de las fuertes divergencias entre los dirigentes de Cisjordania y Gaza, la situación de los palestinos que viven en Jerusalén oriental, anexionado por Israel desde 1970, ofrece algunas particularidades. Según una encuesta creíble y reciente, realizada por el Palestinian Center for Public Opinion, en colaboración con la universidad norteamericana de Princeton, casi la mitad de los 300.000 árabes de Jerusalén prefieren ser ciudadanos de Israel que de un hipotético Estado palestino. Y aunque resulte sorprendente, el 42 % de los encuestados aseguran que cambiarían de barrio, si fuera necesario, para permanecer bajo la autoridad hebrea. Las entrevistas fueron realizadas privadamente en casa de los encuestados por palestinos residentes en la zona.

Las razones de Abas

“En vez de apoyar a líderes pragmáticos como el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abas, y el rey Abdalá de Jordania, Netanyahu prefiere arrojar arena a los ojos del público para aterrorizarlo”, escribía el editorialista del diario Haaretz al comentar los preparativos para el discurso del primer ministro ante la Asamblea General de la ONU, en el que rechazó terminantemente a un eventual Estado palestino como nuevo interlocutor. Desde que regresaron al poder en marzo de 2009, Netanyahu y muchos de sus ministros sólo pretenden ganar tiempo para crear hechos consumados sobre el terreno.

Ninguna resolución de la ONU, sin fuerza coercitiva y debilitada por el veto de EE UU, puede servir para establecer la paz como por ensalmo y tampoco para modificar la mentalidad de israelíes y palestinos o la actitud de los gobiernos que les apoyan. ¿A qué se debe, pues, la iniciativa de Abas y cuáles son sus perspectivas y sus objetivos? ¿Cómo y por qué el líder palestino se atreve a liberarse de la tutela norteamericana? El análisis es muy complejo, mas existen algunas presunciones razonables pese a las pasiones que levanta el conflicto y oscurecen la realidad.

La primera razón es la frustración del gobierno de Ramala y la desesperación de muchos palestinos ante la inacabable ocupación. Israel y EE UU reconocen que nunca tuvieron unos interlocutores tan bien dispuestos para cumplir sus compromisos, como Abas y Fayyad, pero la buena voluntad de éstos no sirvió para reanimar el moribundo proceso de paz. A la realidad de las colonias que se extienden por Cisjordania (unos 300.000 colonos judíos, muchos de ellos extremistas) y Jerusalén oriental  (200.000 judíos aproximadamente) se añaden el control absoluto de la tierra, el agua y los flujos financieros, el indignante muro de separación, con el pretexto de la seguridad, y los innumerables obstáculos, en forma de férula militar, que impiden la libre circulación de los palestinos.

El segundo motivo apunta a la disputa interna entre palestinos. El Movimiento de la Resistencia Islámica (Hamás) tiene establecida en Gaza una dictadura retrógrada y fanática que no sólo rechaza ritualmente el reconocimiento de Israel, sino que denigra o injuria al gobierno de Fayyad y emplea un lenguaje belicista y maniqueo que seduce a todos los extremistas. Por si esto fuera poco, resulta que Hamás, nacido como una sucursal de los integristas Hermanos Musulmanes egipcios, recibe ayuda y apoyo diplomático de Irán, Siria y el Hizbolá libanés, es decir, los más vociferantes enemigos de Israel, a los que se añade ahora la Turquía islamista y arrogante.

Por último, un nuevo fracaso negociador enconaría la frustración, debilitaría los frágiles cimientos de la AP y llevaría armas y también munición ideológica al molino de las milicias que imperan en Gaza y lanzan misiles contra el sur de Israel. El régimen palestino en Cisjordania ha sido eficaz, pero no se puede decir que sea democrático ni que pueda imponerse en Gaza. El presidente Bush y su secretaria de Estado, Condoleezza Rice, dejaron de insistir en la liberalización política de Palestina después de que Hamás venciera en las elecciones parlamentarias de 2006.

El presidente Abas, emparedado entre la colonización de Israel y el extremismo de Hamás, cree que su actuación en el rostrum de la ONU, ovacionada por la mayoría de los delegados, le servirá para aflojar la camisa de fuerza israelí y mejorar su popularidad y la de su gobierno en la pugna fratricida con Hamás. Cuando el impulso de las revueltas contra el poder establecido se extiende por todo el mundo árabe, el líder de la AP parece haber llegado a la conclusión de que su comparecencia en la ONU con el sortilegio del Estado en su discurso quitará presión a la olla de Cisjordania, siempre al borde del estallido. Pero si la iniciativa encalla en la inoperancia, como parece lo más probable, la agitación volverá a instalarse entre los palestinos.

El fin de la Pax americana

Obama dejó sentado desde el primer momento que opondría el veto al intento de Abas de que la ONU reconozca al Estado palestino. Su discurso en la Asamblea General, el 21 de septiembre, fue decepcionante no sólo para los palestinos, sino para todos los analistas que denuncian el fracaso reiterado de EE UU como agente mediador, aunque parcial, en un conflicto envenenado. “Una serie de fracasos que figurarán en la historia como uno de los ejemplos más acabados de la incompetencia diplomática de la humidad”, según el juicio severo de comentarista palestino.

“La paz no llegará a través de declaraciones y resoluciones en la ONU”, declaró el presidente norteamericano, pocas horas después de que sus diplomáticos, que había viajado a Ramala, fracasaran en su penúltimo intento de allegar el respaldo de los aliados europeos y Rusia para torpedear o desviar por otros derroteros supuestamente negociadores la cuestión candente del Estado palestino. El veto estadounidense en el Consejo de Seguridad es inamovible, pese al desprestigio y la cólera que acarreará.

Hace más de dos meses que la diplomacia norteamericana empezó a maniobrar, dentro y fuera de la ONU, para contrarrestar el desafío de Abas, mas los resultados de esa ofensiva fueron decepcionantes, hasta el punto de que un reputado analista de Washington, Leon Hadar, que colabora en el diario israelí Haaretz, escribió: “Pax Americana is over”, lo que equivale a proclamar que la hegemonía de EE UU en el Oriente Próximo, iniciada en 1956 tras la retirada británica, ha pasado a la historia.

El decadentismo no es de ahora, aunque Obama lo haya espoleado con sus errores y vacilaciones. Esta situación de marasmo y retroceso estaba prevista en los círculos académicos y periodísticos de EE UU al menos desde 2006. Conservo un artículo del periodista Robert Samuelson, publicado en Newsweek en diciembre de 2006, en el que podía leerse: “Consideramos 2006 como el año del fin de la Pax Americana. Desde la Segunda Guerra Mundial, EE UU utilizó su superioridad militar y económica para promover un orden mundial estable que, en su conjunto, mantuvo la paz y expandió la prosperidad. Pero EE UU se está quedando progresivamente sin el poder y la voluntad para desempeñar ese papel.”

Sarkozy, que está a la que salta y que ocupó la tribuna después de Obama, repudió implícitamente la exclusiva mediación norteamericana en el conflicto palestino-israelí y abogó por un mayor compromiso de la comunidad internacional a través de la ONU. Tras solicitar que la representación palestina en la ONU sea elevada al rango de “Estado observador”, el presidente francés recalcó: “Comencemos las negociaciones y establezcamos un calendario preciso.” Una forma como otra cualquiera de evitar el desagradable veto norteamericano y distraer la atención. ¿Acaso hay que volver a negociar con otros mediadores menos parciales lo que se lleva negociando desde hace 18 años? En ese camino, sin la seguridad protectora de Washington, el rechazo israelí está asegurado.

La verdad es que la Unión Europea ha sido incapaz de elaborar una estrategia sólida para resolver el conflicto o, al menos, para corregir el permanente desequilibrio en favor de Israel. Se ha limitado a ser el máximo contribuyente para la reconstrucción del territorio palestino después de cada desastre o cada intifada, la última en 2008-2009. No hay acuerdo entre los 27, ni voluntad de alcanzarlo, de manera que la flamante política exterior común no ha logrado disciplinar a los Estados miembros ni coordinar sus actuaciones. Lo único que ha servido es para crear un oneroso cuerpo diplomático, encabezado por la baronesa británica Catherine Ashton, que consume recursos a gran escala y no ofrece ningún servicio.

Dos veteranos diplomáticos, el español Javier Solana, y el finlandés  Martti Ahtisaari, premio Nobel de Paz, publicaron un artículo en el New York Times  (16 de septiembre), en el que hicieron un apremiante llamamiento y ofrecieron diez razones para que los europeos respaldaran en la ONU la creación del Estado palestino, única forma, a su juicio, para mantener viva la solución de los dos Estados, y advirtieron de los riesgos “de no sostener los derechos de los palestinos mientras que se defienden en otros países”. La ponderada iniciativa no produjo ningún efecto en la dispersa diplomacia dirigida desde Bruselas, a pesar de que los países europeos han invertido más de mil millones de euros en ese proyecto.

Desde que los acuerdos de Oslo fueron ratificados en la Casa Blanca (13 de septiembre de 1993), las negociaciones para “la paz por territorios” fueron concebidas como un ejercicio triangular entre dos partes asimétricas (el poderoso Israel y la precaria Autoridad Palestina) y una tercera, Estados Unidos, en función de mediador, aunque muy poco imparcial debido a sus lazos especiales con la parte israelí. En realidad, el proceso de paz quedó bloqueado a principios de 2001, luego de las intensas reuniones de israelíes y palestinos en Camp David y Taba, bajo el patrocinio de un Bill Clinton a punto de abandonar la Casa Blanca.

El fracaso de Obama ha sido clamoroso, sin paliativos. Los últimos 30 meses se caracterizan por el estancamiento y las recriminaciones recíprocas. Inició su mandato tratando de forzar “un nuevo comienzo” con el mundo árabe-musulmán, con dijo en el discurso de El Cairo, pero acaba de revocar aquella esperanza al anunciar el veto de EE UU a las aspiraciones estatales palestinas que con tanto ahínco había defendido tras su llegada a la Casa Blanca en enero de 2009.

La rectificación resulta espectacular. En sus discursos de El Cairo y Ankara (2009), Obama no sólo trató de congraciarse con el mundo árabe-musulmán, sino que aludió emotivamente a los sufrimientos de los palestinos y anunció una nueva política más equilibrada. Ganó un aplauso efímero de los árabes, pero desató las iras del primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, y su gobierno, el más derechista y expansionista en la historia de Israel, que despidieron con cajas destempladas al vicepresidente norteamericano, Joseph Biden, enviado a Jerusalén en marzo de 2010 con el vago y vano designio de resucitar el proceso de paz.

Tras una visita tormentosa de Netanyahu a Washington y varias escaramuzas diplomáticas que forzaron la dimisión del mediador norteamericano, el ex senador George Mitchell, las negociaciones entre judíos y palestinos quedaron suspendidas sine die en septiembre de 2010, luego de que el gobierno israelí se negara a prorrogar la moratoria en la construcción de nuevos bloques de apartamentos en las colonias de Cisjordania y Jerusalén oriental.

No obstante, Obama mantuvo públicamente su presión sobre Netanyahu para que detuviera indefinidamente el proceso de colonización, y dio un paso inesperado en lo concerniente al Estado palestino. En su discurso ante la Asamblea General de la ONU el 23 de septiembre de 2010, el jefe de la Casa Blanca proclamó: “El año próximo asistiremos al nacimiento de un Estado palestino coexistiendo en paz con Israel.” Exactamente un año después, en el mismo foro, anticipa que opondrá el veto en el Consejo de Seguridad si Abas sigue adelante con su proyecto de que la ONU admita en su seno con plenos derechos al Estado palestino.

Obama y el “lobby” judío

Entre las varias conjeturas sobre el cambio radical de Obama, de su súbita pérdida de memoria, pienso que la más plausible es la que apunta a sus intrincadas relaciones con el poderoso lobby judío en EE UU y, sobre todo, al temor de que el voto y las contribuciones financieras de la minoría judía, tradicionalmente demócrata en el 90 %, acaben decantándose en favor del candidato republicano en 2012. Algunas elecciones parciales y las últimas encuestas, aunque dadas a conocer en medio del fragor de la batalla por el Estado palestino, sugieren que aproximadamente la mitad de los votantes judíos están dispuestos a cambiar de bando tras haber sido decepcionados por el presidente demócrata.

La mudanza comenzó a gestarse en las elecciones parlamentarias de medio mandato (noviembre de 2010), cuando el Partido Republicano conquistó la mayoría absoluta en la Cámara de Representantes y mejoró sus posiciones en el Senado. La crisis económica también contribuye a ese viraje de la opinión. Durante la actual sesión de la Asamblea General de la ONU, los líderes republicanos han arropado y cortejado a Netanyahu y se han reunido con él para hacer menos ingrato su aislamiento. En Washington, republicanos y demócratas han rivalizado en ambas cámaras del Congreso para alardear de su” solidaridad inquebrantable”, según las palabras de Obama, con el primer ministro israelí.

La política de Obama hacia Israel está llena de altibajos, como la de sus predecesores, pero la proximidad electoral la sitúa en un terreno abiertamente prosionista, como dicen varios periódicos norteamericanos. También nos hemos enterado, porque lo desveló esta semana la revista Newsweek, que la Casa Blanca, al mismo tiempo que presionaba al gobierno israelí para que prorrogara la moratoria inmobiliaria en las colonias de Cisjordania, le vendía secretamente unas bombas ultramodernas (GBU-28 Hard Target Penetrators), capaces de penetrar hasta una profundidad hasta ahora desconocida, un arma especialmente útil para un eventual ataque contra las instalaciones nucleares iraníes.

“¿Puede Obama derrotar al lobby de Israel?”, se preguntaba Henry Siegman en un artículo publicado en la revista norteamericana e izquierdista The Nation. Cuatro meses después, la respuesta es negativa. El presidente no tiene fuerzas ni siquiera para proponer un nuevo plan de paz que tendría efectos devastadores para el apoyo financiero que precisa ante la próxima campaña electoral.

Mahmud Abas presentó oficialmente la demanda de adhesión de un Estado palestino a la ONU, pero el voto será esencialmente simbólico. Ni siquiera los palestinos creen en un desenlace favorable, como argumenta desde Beirut el intelectual Rami G. Khouri, que ofrece los siguientes motivos: “No pueden aceptar que las deliberaciones políticas o los procedimientos democráticos relativos al conflicto palestino puedan desarrollarse al margen del marco de prioridades israelíes y de la respuesta servil de EE UU a todos los deseos de Israel, gracias a la formidable potencia de los lobbies pro-israelíes de Washington.”

Más allá del recibimiento multitudinario de Abas a su regreso a Ramala, tras la inútil epopeya de la ONU, los 3,5 millones de palestinos que habitan en Cisjordania tampoco auguran una modesta victoria, ni siquiera el alivio de su situación, sino la continuidad del sufrimiento que lamentó Obama, pero que no ha podido remediar. Deberían aplicarse, no obstante, a proseguir en el camino del desarrollo económico, a pesar tanto de las tremendas dificultades materiales y psicológicas como de la tentación estéril y dolorosa de otra intifada. Su posición estratégica y sobre el terreno es extremadamente débil, entre la indiferencia árabe (la última iniciativa saudí data de marzo de 2002), a pesar de las proclamas públicas, y la fortaleza inconmovible del tándem Israel-EE UU.

El inmovilismo de la opinión israelí

La paz y los planes sucesivos para alcanzarla no causaron ningún movimiento apreciable en Jerusalén, a pesar de que Arafat, el archienemigo, murió en 2004 y el terrorismo cesó prácticamente. “Israel no quiere un acuerdo de paz que comprenda la creación de un Estado palestino”, asegura taxativamente el judío Gideon Levy. “Netanyahu no pierde una oportunidad de evitar la paz”, insiste sarcásticamente otro analista judío, Yoel Marcus, remedando lo que Abba Eban, que fue ministro israelí de Asuntos Exteriores (1966-1974), decía de los palestinos insurgentes o terroristas de entonces. Son voces aisladas, desde luego, ultraminoritarias, que sin mucha esperanza pretenden sacudir la conciencia del pueblo hebreo y quebrar su inmovilismo.

La opinión pública israelí está constantemente a la defensiva, temiendo siempre lo peor, fuertemente militarizada y prisionera de los que no se preocupan tanto de la seguridad, como parece lógico y conveniente, sino de la defensa encarnizada del improbable derecho divino que los religiosos reivindican sobre la totalidad de Eretz Israel, la Tierra de Israel, la Judea y Samaria que constituyen Cisjordania (más acá del Jordán), rebautizada por los británicos. Un supuesto legado teológico sobre unos territorios no puede esgrimirse lógicamente frente a los gentiles ni es aceptable para los israelíes que deploran el creciente poder y los privilegios de los fundamentalistas.

Según el historiador Benny Morris, Israel ha traicionado sus principios. Padece “una profunda crisis interna, existencial, derivada en parte de la cambiante naturaleza del país, más derechista, más restrictivo, propenso a la corrupción, mucho menos liberal y mucho menos igualitario” de lo que deseaban sus padres fundadores. Los colosales gastos militares, sepe a la generosa ayuda de EE UU, impiden que mejore la situación social, Paradójicamente, los ultraortodoxos constituyen el sector más atrasado y pobre de la sociedad judía, debido principalmente a que muchos de ellos no trabajan ni cumplen el servicio militar, pero ejercen una influencia política desorbitada.

Con una minoría árabe que supera el 20 % de la población(500.000 de los 7 millones de israelíes), 300.000 palestinos en Jerusalén y casi otros 5 millones entre Cisjordania y Gaza, los líderes de Israel sospechan que tienen el enemigo en casa y cultivan entre los ciudadanos la aprensión de vivir en una encrucijada histórica que explica su obsesión por la seguridad, pero que quizá exigiría una mayor flexibilidad por parte de un gobierno como el de Netanyahu, con una cómoda mayoría en el Parlamento, que sólo parece interesado en el mantenimiento del statu quo, aunque éste conduzca al aislamiento internacional y la rechifla del resto del mundo.

La de los palestinos es la última gran causa del progresismo internacional que carece de fuerza o de convicción para resolver los problemas más candentes, pero que encuentra un chivo expiatorio en esos colonos israelíes, muchos de ellos procedentes de EE UU, que usurpan las tierras que no son suyas y queman los olivos del vecino humillado. En una situación tan compleja, las expectativas creadas por las revueltas árabes acumulan los agravios de unos pueblos en pie, los izquierdistas occidentales anuncian una supuesta e inédita transformación democrática y cooperan en el resurgir de un antisemitismo latente, ignaro e insufrible.

Israel puede ser censurado, por supuesto, aunque los norteamericanos hagan lo posible por sofocar esos palmetazos, pero el islam político también debería ser  colocado en la picota cuando trata de perpetuar el atraso o establecer una dictadura teocrática. La requisitoria contra ese islam retrógrado no implica necesariamente el apoyo ciego e incondicional del Estado hebreo. Como reflejan los corresponsales y observan los israelíes, el paisaje de Cisjordania y de Galilea empieza estar dominado por los minaretes y las mujeres con el velo, y en Israel aumentan si cesar los hombres de negro con tirabuzones.

El futuro inmediato se anuncia enrevesado y conflictivo. Mientras el mundo árabe-musulmán no cambie radicalmente, será muy difícil que los israelíes estén dispuestos a retirarse del valle del Jordán, un repliegue que reduciría dramáticamente sus recursos acuíferos y su profundidad estratégica. Así lo vienen declarando desde que lo conquistaron en junio de 1967.

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