Posteado por: M | 30 septiembre 2011

Putin prepara la presidencia vitalicia

Aunque era previsible, la decisión de Vladimir Putin de intercambiar los papeles con Dmitri Medvedev para convertirse en presidente cuasi vitalicio de Rusia provocó muchos comentarios poco amables en Occidente, pero mantuvo a los rusos alejados de la perfidia política y dedicados afanosamente al empeño de eludir las trampas burocráticas, urdidas por la corrupción galopante, y prosperar en la medida de lo posible. Como es notorio y reiteran en todos los simulacros electorales, los rusos prefieren la estabilidad del régimen autoritario y nacionalista de Putin a las azarosas aventuras que protagonizaron los presidentes Gorbachov y Yeltsin y que dejaron al país sumido en una profunda postración, en medio de los aplausos occidentales.

Todo el simulacro en sus sucesivas maniobras fingidas funcionó a la perfección. Vladimir Putin, coronel retirado del KGB, en alianza con algunos grupos industriales y financieros surgidos de las tumultuosas privatizaciones, fue designado presidente interino en sustitución del enfermo Yeltsin a finales de 1999. Elegido presidente de la Federación Rusa en 2000, cumplió dos mandatos de cuatro años y en 2008 designó como sustituto a su lugarteniente Medvedev, con fama de reformista y modernizador, cuyo mandato presidencial expira en marzo de 2012. Esos cuatro años no fueron una travesía del desierto, puesto que Putin ejerció como primer ministro.

La Constitución fue modificada para alargar el mandato presidencial de cuatro a seis años, por lo que si Putin obtiene de nuevo dos mandatos, como en estos momentos parece lo más probable, permanecerá en el Kremlin como líder indiscutible hasta 2024, es decir, 24 años en total, sin parangón posible salvo en el caso de Stalin. Cuando llegue a ese término, Putin tendrá 71 años, una edad que no es excesiva para un atleta consumado que no prueba el vodka y lleva una vida espartana. Lo que no sabemos, sin embargo, es cómo se comportará durante tantos años, en circunstancias cambiantes, y qué efectos tendrá ese consulado vitalicio.

Putin caminando sobre un río

La  bicefalia en el Kremlin fue una ficción que mantuvo las formas, una representación caracterizada por el cinismo de sus protagonistas y la connivencia de sus colaboradores. Las riendas del poder siempre estuvieron en manos de Putin, de manera que Medvedev, defraudando algunas expectativas occidentales, fue simplemente el presidente vicario y el enviado protocolario del verdadero hombre fuerte, el que simboliza ante los ciudadanos la restauración del poder del Estado y del orgullo nacional tras un decenio de convulsión y oprobio.

Ambos desempeñaron sus papeles con eficacia, y ahora volverán a intercambiarlos, en medio del aplauso o la indiferencia de los ciudadanos. Medvedev descenderá un peldaño y encabezará las listas del partido Rusia Unida en las elecciones parlamentarias de diciembre próximo. Quizá pueda llevar a cabo como primer ministro alguna de las reformas que se frustraron durante su presidencia.

Medvedev fue ascendido en 2008 con el objetivo de crear un clima favorable a los negocios y dar garantías a los inversores extranjeros para proseguir la modernización del país. Luego del ascenso imparable de la renta derivada de los hidrocarburos, Putin mantuvo una presencia desafiante en la escena mundial y soportó a regañadientes algunas iniciativas diplomáticas del presidente, que consideró poco enérgicas, hasta que la crisis financiera inyectó una alta dosis de incertidumbre en el futuro inmediato de la economía de Rusia. El Kremlin permaneció lejano y esquivo para los occidentales, como “un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”, según el apotegma de Winston Churchill. El bizantinismo de los numerosos sirvientes del poder precede a todas las decisiones políticas.

El anuncio del nuevo intercambio de papeles no fue una sorpresa para los rusos, entre la resignación y los amargos recuerdos que hacen tolerable la situación actual. La noticia era esperada y parecía obvia, según requiere el orden natural del poder: el número uno indiscutible recuperará a partir de marzo el trono del Kremlin que cedió temporalmente hace cuatro años. La lógica es aplastante.

Sólo el ministro de Finanzas, Alexei Kudrin, guardián del rigor fiscal, apreciado por los inversores occidentales, rechazó el cambalache en la cúspide del poder y expuso claramente sus discrepancias con Medvedev y sus planes económicos, en particular la decisión de incrementar los gastos militares. Sus comentarios concitaron inmediatamente una reacción airada de Medvedev, que forzó la dimisión del ministro.  Un alejamiento del poder que se supone temporal, ya que Kudrin es un aliado de Putin y un competente cancerbero del crecimiento de la economía.

Poco ruido en la oposición débil y fragmentada. Los liberales de estilo occidental simulan que han perdido una nueva batalla, cuando en realidad se trata sólo de una escaramuza. El ex viceprimer ministro Boris Nemtzov, que encabeza al Partido de la Libertad del Pueblo, vaticinó el desastre: “El catalizador de la agitación civil y de los posibles acontecimientos revolucionarios será el mismo Putin”, a semejanza de lo ocurrido en el norte de África. Otro miembro de ese partido, Ilja Jaschim, denunció que “no hay elecciones en Rusia” y aventuró que la nueva presidencia exacerbará los problemas de la pobreza, la corrupción administrativa y la brutalidad policial.

Pero el politólogo Leonid Radzihovski, citado por emisora Deutsche Welle y sin duda mejor informado, aclaró: “En estos momentos, Rusia no tiene partidos políticos, ni una fuerte sociedad civil capaz de poner en marcha una revuelta”.

Mijail Gorbachov, que fue la esperanza fallida de los socialdemócratas, tan denigrado en Rusia como ensalzado en el extranjero, escribió un artículo en la Novaya Gazeta para argumentar que Rusia se encuentra “en un callejón sin salida” y que no cree que Putin sea el reformador capaz de sacarla del atolladero. No ha demostrado ser un reformador, desde luego, pero sigue siendo, y por una gran diferencia, el político más popular de Rusia, un líder en el que confiar.

Cuando el resultado electoral es perfectamente previsible, el ejercicio en que se funda la democracia se parece mucho a una ficción. Rusia celebra elecciones parlamentarias cada cuatro años, según las disposiciones constitucionales, pero el partido Rusia Unida tiene asegurada la victoria.

El pluralismo político es simplemente tolerado, cuando no reprimido, y las organizaciones defensoras de los derechos humanos protestan ritualmente contra las vejación es de la policía. El poder ha sido centralizado y endurecido, hasta convertirse en un “poder vertical”, tras la supresión de la elección de los gobernadores que hoy se configuran como delegados del Kremlin; la judicatura está mediatizada y la Duma actúa como una cámara de registro de las decisiones tomadas en la cúspide. La opinión pública sufre una manipulación constante a través de las cadenas de televisión controladas o dirigidas por el gobierno, mientras los periódicos administran con sumo cuidado una precaria libertad.

Putin ha organizado y preside un régimen autoritario, pero no es un sátrapa oriental, ni el último de los zares, sino más bien un líder nacionalista y pragmático, que desearía alcanzar e incluso superar los niveles de Occidente, pero que no sabe cómo conseguirlo en su inmenso país. Pertenece a la élite del KGB, la que estaba más en contacto con el exterior bajo el régimen soviético, que preparó durante el breve mandato de Yuri Andropov (1983-1985) los informes demoledores sobre la situación económica del país, el diagnóstico que convenció al joven Gorbachov de la necesidad imperiosa de la perestroika y la glasnost.

El retorno de Putin al Kremlin se producirá en unas circunstancias muy diferentes y con una sociedad que ha experimentado cambios importantes en el último decenio. Los precios de los hidrocarburos volvieron a la normalidad y el nivel de vida de la incipiente clase media parece estancado. La ascendencia del primer ministro está, pero la de su partido, Rusia Unida, padece la usura del tiempo y las dificultades. No sabemos si Putin, al verse acuciado, resucitará como el liberal reformista que fue durante la presidencia de Yeltsin o si ahondará en el inmovilismo y la autocracia para hacer frente a las demandas de una sociedad en acelerada mutación. Y todo lo que ocurra en Rusia tendrá una gran relevancia para Europa.

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Responses

  1. Esta es la evolución prevista por ti mismo, si mal no recuerdo cuando Putin dejo la presidencia Medveded por primera vez, ya veremos si repetirán una vez más el escenario.
    Quisiera dejar un comentario sobre la democracia en Rusia,nspirado en una retrasmisión diferiada de una rueda de prensa con Putin. Increpado por un periodista sobre el futuro presidencial de Rusia, respode Putin:-Medveded y yo hemos llegado a un acuerdo de quién debe ser el próximo presidente del país.Democracia a la ruso, ?o qué?


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