Posteado por: M | 3 octubre 2011

Obama escala la guerra contra el terrorismo

Anuar al-Aulaqi, clérigo musulmán y ciudadano norteamericano de origen yemení, ideólogo del islamismo más radical, resultó muerto al ser alcanzado su automóvil por un misil disparado desde un  avión sin piloto, en una operación montada por la CIA en Yemen, con el consentimiento del gobierno yemení. Esta ejecución a distancia suscita dos consideraciones principales. La primera es que Barack Obama, que llegó al poder como el anti-Bush por antonomasia, borrando de su retórica cualquier referencia belicista, se ha apoderado con renovado entusiasmo de “la guerra contra el terrorismo” que su predecesor declaró tras los atentados del 11-S. La segunda es que la eliminación sumaria del famoso predicador islámico levanta una polvareda en Estados Unidos, donde se disputa sobre la legalidad y moralidad de la operación.

El presidente Obama fue tratado como un mesías de la igualdad, la paz y el progreso por algunos sectores de la izquierda europea, de vocación antinorteamericana, que no acaban de entender los principios y los mecanismos del proceso político imperantes al otro lado del Atlántico. Recuérdese que el muy socialdemócrata Comité Nobel del Parlamento noruego le concedió el premio Nobel de la Paz de 2009 cuando llevaba poco más de ocho meses en la Casa Blanca. Ahora, sin embargo, el progresista Obama parece haber adoptado los objetivos y los métodos propulsados por los denigrados Bush y su coro de neoconservadores. Ni siquiera los que le consideraron un pragmático, de la misma madera que los Clinton, aunque radicalizado por motivos electorales, esperaban tan abrupta mudanza.

No es la primera vez que escribo sobre la conversión de Obama a las más controvertidas decisiones de Bush y las acciones lógicas de la hiperpotencia. El 9 de marzo último, en este mismo blog, publiqué un artículo titulado Obama como Bush ante Guantánamo, en el que subrayé las rectificaciones e incongruencias de la Casa Blanca sobre los “enemigos combatientes” del penal instalado en Cuba. Ahora creo que el presidente ha mutado en un cruzado de la causa y ha ido mucho más lejos que su predecesor en la utilización de métodos de dudosa legalidad para eliminar a los cabecillas del terrorismo islámico. No sabemos que nos deparará la campaña electoral de 2012.

La Patriot Act, “la ley para unir y fortalecer a Estados Unidos facilitándole los instrumentos apropiados para investigar y actuar contra el terrorismo”, fue promulgada el 26 de octubre de 2001, mes y medio después de los atentados contra las Torres Gemelas. Se trata de una ley de excepción, tanto para combatir el “terrorismo interior” como para mantener en un campo de concentración (Guantánamo) a los llamados “combatientes ilegales”, que otorgó poderes especiales a la policía (FBI) y los servicios de información (CIA). La excepción devino norma, entre otros motivos, porque las ejecuciones a distancia son mucho más baratas y soportables que una guerra abierta.

El 26 de mayo de 2011, pocas horas antes de que expirara, el Congreso prorrogó la vigencia de la Patriot Act hasta 2015, por una mayoría abrumadora, republicanos y demócratas confundidos, de manera que la legislación de excepción ha tomado carta de naturaleza, pese a las críticas reiteradas de amplios sectores de la judicatura y la comunidad académica. Obama ha convertido en una rutina lo que era la respuesta a un acontecimiento excepcional. Hace más de dos años que los aviones-robot drones (llamados zánganos por su zumbido) de la marca Predator (depredador) se dedican con terrible eficacia a la aniquilación sin riesgo de presuntos terroristas, en países lejanos (Yemen, Pakistán, Afganistán).

En esta ocasión, “el asesinato selectivo”, como se llama desde hace tiempo a los que Israel realiza con helicópteros contra activistas palestinos, afectó a dos ciudadanos norteamericanos, el citado Aulaqi y su lugarteniente, Samir Jan, que viajaban juntos en un automóvil que fue alcanzado por el misil lanzado desde un drone. El ataque fue autorizado expresamente por el Consejo Nacional de Seguridad que preside Obama, y al conocerse lo ocurrido en Yemen, los asesores de la Casa Blanca argumentaron que cuando un Estado “está involucrado en un conflicto armado o actuando en legítima defensa, no es necesario un proceso legal para utilizar la fuerza letal”. El imán al-Aulaqi, por supuesto, figuraba como “enemigo combatiente” en la lista de objetivos confeccionada por la CIA.

La circunstancia de que los muertos tuvieran la nacionalidad norteamericana recrudece el debate sobre el terrorismo, las libertades civiles y el respeto de la ley nacional e internacional, ya que la Constitución garantiza que nadie será ejecutado si no es procesado y condenado por los jueces, aunque se trate, como en el caso de Aulaqi, de un persona que pública y reiteradamente despreciaba el sistema legal norteamericano. La Quinta enmienda de la Constitución declara taxativamente que nadie “será privado de la vida, la libertad o la propiedad sin el debido proceso legal”.

La revista The Nation, portavoz de la izquierda superviviente, se pregunta sarcásticamente por las diferencias entre Obama y Bush, que ya le parecen muy escasas, y uno de sus comentaristas llega a la conclusión de que “el asesinato de Aulaqi es la señal inequívoca de que la Administración de Obama pretende proseguir la Larga Guerra contra el Terrorismo (LWT) hasta los confines de la Tierra, cualesquiera que sean las consecuencias, incluso si entrañara la ejecución extrajudicial de un ciudadano norteamericano”, como así ocurrió.

Otras preguntas pueden formularse en sentido acusatorio. ¿Cómo es posible que un norteamericano bien educado, que habla perfectamente el inglés con modismos norteamericanos y conoce la cultura de su país, se convierta en un terrorista y llegue a utilizar los megáfonos de internet o las pantallas de algunas cadenas de televisión como un púlpito para propagar  una prédica del odio y la guerra santa que incita al asesinato masivo de sus conciudadanos?

La prensa norteamericana se ha apresurado a relacionar al muerto con algunos casos de terrorismo: el del mayor del ejército Nidal Malik Hasan, que disparó un fusil y mató a 13 militares en la base de Fort Hood (Tejas) en 2009), y el del joven islámico Umar Faruk Abdulmatallab que trató de destruir mediante un explosivo el avión de una compañía norteamericana cuando se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Chicago, el día de Navidad de 2009. El hombre que colocó un coche bomba en Times Square, en Nueva York, en mayo de 2011, también dijo que estaba in fluido por los sermones del imán al-Aulaqi. La mayoría de esos sermones inflamados están recogidos en discos de ventas millonarias dentro y fuera de EE UU.

Ocurre, sin embargo, que la guerra contra el terrorismo no es convencional y que muchos estadounidenses se niegan a interiorizarla como un conflicto armado sometido a las convenciones de Ginebra. No obstante, incluso los traidores, los que se pasan al enemigo o hace causa común con él, tienen que ser sometidos a un consejo de guerra antes de ser pasados por las armas. Un alto responsable de American Civil Liberties Union (ACLU): “Éste es un programa bajo el que ciudadanos norteamericanos alejados del campo de batalla pueden ser ejecutados por su propio gobierno sin proceso judicial y con base en unas normas y pruebas que se mantienen secretas no sólo para el público, sino también para los tribunales”.

Por el contrario, la clase política de demócratas y republicanos (de Obama a Mitt Romney) se congratuló sin tapujos de la eliminación de un terrorista peligroso e incluso felicitó al presidente por haber dado la orden. La honrosa excepción correspondió a un congresista republicano de Tejas, Ron Paul, con reputación de libertario (partidario extremo del liberalismo), aspirante a la candidatura presidencial, quien considera que los abusos de “la guerra contra el terror” forman parte de “la desintegración de la jurisprudencia estadounidense” y censuró a la Administración por celebrar el asesinato de ciudadanos norteamericanos.

Kissinger y todos sus epígonos realistas rechazan, por perjudicial para los intereses del imperio, la visión de un conflicto universal y permanente, sin fronteras, aplicable al terrorismo de inspiración islamista, con aires de cruzada, como el que desencadenó el temor del comunismo en el paroxismo de la guerra fría, desde que estalló la guerra de Corea (1950) y se exacerbó en EE UU la caza de brujas. Los realistas tienen dudas razonables sobre la efectividad de una campaña global y aconsejan objetivos más concretos y menos comprometedores.

La ejecución sumaria de al-Aulaqi proporciona una confirmación de la complicidad de EE UU y Arabia Saudí con el presidente de Yemen, Alí Abdulá Saleh, dictador aborrecido por gran parte de su pueblo, pero convertido en una pieza imprescindible para el combate contra Al Qaeda en la Península Arábiga, un grupo terrorista extremadamente peligroso debido a la proximidad del petróleo, la necesidad estratégica de controlar el estrecho que comunica el mar Rojo con el océano Índico y la guerra civil que se libra desde enero de este año entre partidarios y adversarios del presidente.  Un freno más para contener la marea de las revueltas árabes, pero un nuevo estímulo para los predicadores antinorteamericanos.

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