Posteado por: M | 10 octubre 2011

Renovada la licencia para matar en Siria

Después del veto de China y Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU, el 4 de octubre, que hizo inviable una resolución condenatoria del régimen de Siria, las tropas y los escuadrones de la muerte arreciaron en su represión contra las multitudes desarmadas en varias ciudades. La aparente protección chino-rusa del presidente sirio, Bachar el Asad, aunque por intereses no necesariamente coincidentes, además de impedir la admonición internacional, desencadenó una nueva escalada de la acción represiva que esta vez se cebó en la minoría kurda del norte del país, uno de cuyos más prominentes líderes, Mashaal Tamno, fue asesinado a tiros el 7 de octubre por cuatro enmascarados en la ciudad de Qamishli.

Una vez más, la llamada comunidad internacional se mostró dividida para enjuiciar al régimen despótico sirio y su implacable utilización de la fuerza contra los opositores y manifestantes que siguen protestando desde el pasado mes de marzo. Además del veto de Rusia y China, para favorecer o disputarse un cliente comercial o estratégico, otros cuatro países se abstuvieron en la votación: Suráfrica, India, Brasil y Líbano, como si quisieran propalar a los cuatro vientos su anacrónico neutralismo y su indignante indiferencia ante las víctimas, los casi 3.000 muertos en que diversas fuentes fidedignas cuantifican el baño de sangre.

La resolución fue presentada por los Estados de la Unión Europea que forman parte del Consejo de Seguridad (Francia, Reino Unido, Alemania y Portugal). En el último momento, Francia y Reino Unido, son miembros permanentes, edulcoraron la resolución mediante la retirada de la amenaza de sanciones, pero ni aun así lograron eludir el veto ni suscitaron el mínimo consenso necesario para pronunciarse contra una represión evidente, sangrienta y prolongada.

El deplorable espectáculo diplomático se confirmó pocos días en Damasco y tuvo como comparsas de la tragedia a los integrantes de una misión conjunta de Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia que hicieron un largo viaje para expresar su apoyo al gobierno del presidente Asad. Pocas veces resultó tan repugnante el show de una sedicente izquierda latino-americana que, bajo la batuta del decrépito régimen cubano, trata de ocultar su propio despotismo, la indigencia ideológica, los privilegios de una ínfima minoría y la miseria creciente de sus pueblos mediante una política exterior delirante, antioccidental y, sobre todo, antinorteamericana, el viejo pretexto de los caudillos, los dictadores y los supuestos intelectuales dominados por la idiocia.

Reforzado sin duda por esas muestras de aprobación interesada del terror represivo, el gobierno sirio aprovechó la ocasión para lanzar una baladronada contra los países que se plantean el eventual reconocimiento del Consejo Nacional Sirio, creado en 2005 y reactivado en agosto de este año, que aglutina a los principales grupos de la oposición, ante el temor de que éste pueda desempeñar un papel semejante al del Consejo de Transición de Libia que desde Trípoli dirigió nominalmente la campaña para acabar con la dictadura de Gadafi.

Según el macabro ritual que se repite desde marzo, la represión de los militares suele acabar con descargas de fusilería que matan a varios manifestantes; luego, el sepelio de las víctimas se convierte en una ocasión para que los escuadrones de la muerte disparen contra los que asisten a los funerales y osan expresar su dolor, su rabia y su impotencia. Contra toda evidencia, sin embargo, los medios de comunicación oficiales vituperan la provocación de “los grupos terroristas armados” e insisten en que la agitación está dirigida por los islamistas radicales. Desde que terminó el ramadán en agosto, la dictadura de Damasco parece haber apostado definitivamente por “la solución de seguridad” o policíaco-militar, una vez comprobada tanto la protección exterior como la fractura de la oposición.

El terror se extiende ahora a la comunidad kurda, que había permanecido neutral o silenciosa desde que se inició la revuelta. En el funeral de Mashaal Tamno, la multitud pidió abiertamente la caída del régimen. El asesinato del líder kurdo se produjo el mismo día en que otro disidente y ex preso político, Riad Seif, tuvo que ser llevado a un hospital de Damasco tras la tremenda paliza que le propinaron los esbirros del régimen. Ambos figuraban en la dirección del Consejo Nacional Sirio. Tanto EE UU como la Unión Europea condenaron el asesinato de Tamno y “la evidente escalada de las tácticas del régimen”.

Después del simulacro oprobioso del Consejo de Seguridad, que contrasta con la unanimidad que se logró contra Gadafi, abandonado a su suerte por todos sus socios, las potencias occidentales están públicamente decepcionadas, pero distan mucho de haber alcanzado un consenso sobre la mejor manera de sacrificar al déspota sirio en aras de mejorar su imagen en el mundo árabe, donde las revueltas del invierno y la primavera ha entrado definitivamente en el campo de sombras del otoño, como confirman los acontecimientos últimos en Egipto y Yemen.

La escalada de la violencia y la entrada en escena de los kurdos aumentan las probabilidades de que “un amplio movimiento en favor de la democracia se transforme en una guerra sectaria”, como advierte el Washington Post, que podría repercutir negativamente en el precario equilibrio regional y arrastra al Líbano, Irán y Turquía. Preludio de una guerra civil y de un conflicto regional de consecuencias absolutamente imprevisibles. El gobierno de Ankara, que combate a la guerrilla del Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK) dentro de su territorio, asume la pesada carga de acoger a los refugiados sirios étnicamente kurdos que huyen de la represión y, al mismo tiempo, realiza amenazantes maniobras militares en la frontera.

En realidad, las implicaciones regionales alimentan las dudas y a veces la parálisis de las potencias occidentales, sobre todo, de Estados Unidos e Israel, ya que los asesores de Obama y los analistas israelíes o norteamericanos próximos a la Casa Blanca no ocultan sus divergencias ante lo que pudiera ocurrir en Damasco si cae la dictadura de Asad como cayó la de Mubarak.

Así, por ejemplo, el británico Ed Husain, de origen bangladeshí y confesión musulmana, que  trabaja en un think tank de Washington, escribió: “El balance de víctimas actual no sería nada comparado con el que derivaría de una posible guerra civil” entre las diversas comunidades étnico-religiosas del país: alauíes, suníes, cristianos, kurdos, drusos y otras menores. En su opinión, Asad es “la opción menos mala”. Pero Elliot Abrams, que desempeñó algunos cargos en las administraciones de Bush, argumenta que la caída del régimen de Damasco “sería del máximo interés para EE UU” y probablemente aliviaría las tensiones con Israel.

Detrás de muchos de los razonamientos se agazapa el temor de que, tras la caída de los regímenes actuales, los islamistas o salafistas se apoderen del gobierno o fortalezcan sus posiciones. Funcional el escapismo del mal menor. Washington sigue abogando abierta o subrepticiamente por preservar la estabilidad aunque ésta exija un alto precio de sangre y hunda aún más el prestigio occidental entre las masas árabes por tan largo tiempo sojuzgadas. Los resultados de las revueltas árabes, lejos de propiciar una primavera democrática, han hecho sonar todas las alarmas en las cancillerías.

Cuando se trata de proteger los más elementales derechos humanos, la inoperancia de la ONU, los fríos cálculos estratégicos y los cabildeos diplomáticos producen una náusea irreprimible. Por el momento, Asad tiene una licencia no escrita y vergonzante para seguir matando.

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