Posteado por: M | 13 octubre 2011

La transición militar en Egipto reprime a los coptos

Se sabía que la transición política egipcia no iba en la dirección propalada por los optimistas más recalcitrantes, hasta que un nuevo sacrificio de la comunidad copta en las calles de El Cairo, el domingo 9 de octubre, hizo sonar todas las alarmas sobre la persecución o discriminación a que están sometidos los cristianos desde tiempo inmemorial, las divergencias dentro del gobierno, las pretensiones militares de seguir tutelando la vida política y el más que probable triunfo de los islamistas de la Hermandad Musulmana y sus compañeros de viaje en las elecciones del 28 de noviembre próximo para elegir una asamblea constituyente que elaborará una nueva Constitución. Las elecciones presidenciales están previstas para finales de 2012.

En el peor estallido de violencia desde la caída del presidente Mubarak en febrero de este año, 25 cairotas, en su mayoría coptos, resultaron muertos  y más de 320 heridos por la violencia militar. Muchos murieron por los disparos de los soldados y otros al ser arrollados por los blindados. La minoría religiosa copta (10 % de los 83 millones de egipcios) es bastante ilustrada, forma parte de la clase media y disputa a los musulmanes su primacía cultural sobre el territorio, ya que su nombre procede del que en griego se daba a los habitantes de Egipto (Aigyptos) y su transliteración árabe.

La ocasión y el pretexto para el domingo sangriento fue la protesta que los coptos, con el discreto respaldo de los laicos, vienen organizando periódicamente desde el pasado mes de marzo, delante del edificio que alberga los medios de comunicación estatales, en el distrito de Maspero, para exigir al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) y al gobierno que reconstruyan las iglesias incendiadas por los islamistas radicales, protejan mejor a las comunidades coptas y detengan y pongan en manos de la justicia a los atacantes e incendiarios.

La exhibición de cruces y otros símbolos cristianos por los coptos en estas manifestaciones o las declaraciones de algunos liberales laicos, que reclaman la separación del Estado y la mezquita, resultan ser insoportable para los mahometanos más sectarios, los salafistas, una vez extinguido el aparente espíritu de fraternidad que presidió las concentraciones en la plaza de Tahrir contra la dictadura (25 de enero-11 de febrero).

La endémica violencia contra los coptos por parte de los integristas, tolerada por los militares, se ha recrudecido en los últimos meses. Como se recordará, el 1 de enero de este año, cuando se gestaba la caída del régimen, los salafistas atacaron una iglesia copta en Alejandría y asesinaron a 23 de los fieles que celebraban la entrada del nuevo año. En marzo, ya caído Mubarak, fue incendiada una iglesia en Helwan, y el 7 de mayo murieron 15 personas y más de 100 resultaron heridas cuando los extremistas atacaron tres templos coptos en Imbaba. El 14 de junio, además de quemar una iglesia en al-Minya, los islamistas intentaron asesinar al patriarca copto de la localidad, y el 30 de septiembre, en Asuán, destruyeron parcialmente la iglesia de San Jorge.

Para protestar contra estos ataques y llamar la atención de las autoridades militares, los coptos lograron reunir a más de 10.000 manifestantes el 9 de octubre. Según varios periodistas occidentales, testigos de los disturbios, algunos grupos de islamistas propagaron el falso rumor de que los coptos estaban disparando contra los soldados y los musulmanes, lo que sin duda contribuyó a la confusión y desencadenó la ira de la soldadesca y sus instigadores civiles. Otros relatos sugieren que desde las filas de los manifestantes salieron disparos contra los militares, pero no aclaran quienes fueron sus autores. Los coptos aseguran, por el contrario, que fueron víctimas de una provocación. “Es como siempre –declaró un cristiano a los periodistas–. Atacan nuestras iglesias y la televisión oficial dice que nosotros comenzamos.”

El rigor de las autoridades y su manipulación de los medios fueron similares a los empleados durante la dictadura de Mubarak. El ministro de Información conminó a los directores de los medios para que trataran “con prudencia” la actuación de los uniformados, mientras que la televisión estatal informaba de que los coptos estaban agrediendo a los militares con piedras, cócteles molotov y armas de fuego. Varios empleados de la cadena pública desmintieron en Twitter esas informaciones tendenciosas, pero los militares irrumpieron los estudios de dos cadenas privadas de televisión para cortar la retransmisión en directo de los incidentes.

Luego de que la televisión oficial incitara a los musulmanes a proteger a los soldados de la ira de los alborotadores coptos, los islamistas tomaron las calles a los gritos de “¡Islamiya, islamiya!”. Los más osados atacaron los comercios propiedad de los cristianos en el centro de El Cairo y el hospital copto en el que estaban siendo atendidas muchas de las víctimas. La calma no se restableció hasta que los militares impusieron el toque de queda a las 2 de la madrugada del lunes 10.

La dimisión del viceprimer ministro y  ministro de Hacienda, Hazem el-Beblavi, un notable economista de confesión musulmana, en protesta por  la represión que sufrieron los coptos, confirma que el descontento y la fiebre electoral han penetrado en los más altos niveles del gobierno. O que el proceso de transición corre el riesgo de naufragar. También presentó su renuncia el primer ministro interino, Essam Sharaf, pero el Consejo militar la rechazó después de convencerle para que la retirara e incoara una investigación sobre lo ocurrido. Beblavi, por el contrario, un notorio liberal que siempre abogó por la justicia, la democracia y la libertad religiosa, se mantuvo firme en su decisión.

Las dimisiones se produjeron luego de que nuevas informaciones y varios vídeos aclararan que los soldados, encaramados en sus camionetas, dispararon contra una multitud de coptos desarmados. Las autopsias confirmaron que 7 murieron por disparos y otros 10 al ser aplastados por los blindados.

Las cautelosas reacciones exteriores, en Washington como en Europa, sugieren que las esperanzas suscitadas por la revuelta que acabó con la dictadura se han marchitado parcialmente. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, convocó al embajador egipcio en Washington para expresarle “su profunda preocupación por la violencia que se produjo durante el fin de semana”. Una vez más, la jefa de la diplomacia europea, Catherine Ashton, no estuvo en primera línea.

“Lo único que nos queda es la dignidad en la resignación”, aseguraba en un editorial de su primera página el gran diario cairota Al Masry al-Youm, lo bastante independiente como para atacar al gobierno de Sharaf, “que ha perdido toda su credibilidad”, pero no a los militares. Llegado al poder como representante del movimiento popular que acabó con la dictadura, el primer ministro se ha convertido prácticamente en un subordinado del poder castrense.

La censura política, religiosa y “popular” –el triángulo infernal—se ejerce bajo la férula militar en todos los ámbitos y con participación destacada del famoso Centro de las Investigaciones Islámicas de la universidad Al Azhar, organismo religioso inquisitorial muy influyente durante el régimen de Mubarak y que ahora está cerca de los militares. El islam sigue siendo la fuente primaria de la legislación y mantiene en vigor el derecho de hisba, la práctica que permite a cualquier persona que se sienta ofendida por una obra de proceder en justicia contra su autor.

Los islamistas estén divididos entre los Hermanos Musulmanes –que rechazan la violencia—y los grupos salafistas que se proponen imponer la ley coránica (sharia) por la fuerza si fuera necesario. Ambos defienden la identidad islámica, y no ciudadana, de Egipto, lo que equivale a la marginación de los coptos como una minoría a tolerar o extinguir; confunden el liberalismo con el laicismo y se oponen ferozmente a la separación de la religión y el Estado. La acusación de impiedad entraña automáticamente el anatema social.

El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas actúa como un poder supremo y autónomo, por encima del gobierno, y su actitud ante un genuino proceso democrático parece harto problemática, en ausencia de auténticos partidos o líderes populares, en un momento en que los Hermanos Musulmanes, fortalecidos más que tolerados durante la satrapía de Mubarak, dominan el panorama político civil y el tejido social. Varios dirigentes de la Hermandad Musulmana y el principal candidato a la presidencia, Amr Moussa, respaldaron a los militares e incluso aplaudieron “su puño de hierro”. Los sectores izquierdistas y liberales, con menos influencia y menores expectativas electorales, denuncian la hegemonía militar como la causa originaria de la persistente inestabilidad política.

Hasta que no se complete la transición abierta por la caída del régimen  –dentro de un año, en el mejor de los casos—no podremos saber si el ejército estará dispuesto a regresar a los cuarteles de los que salió impetuosamente en 1952, con Naser a la cabeza, y dejar el poder en manos de los civiles. Lo único seguro, por el momento, es que aumentará la influencia del islam político –la solución está en el Corán—y crecerá la intolerancia hacia los coptos.

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