Posteado por: M | 20 octubre 2011

Los indignados sin la Internacional

El movimiento de los llamados indignados expresó su fuerza más bien escasa el 15 de octubre en las principales ciudades del mundo occidental y capitalista, de Madrid a Nueva York, de Roma a Londres, en el llamado “día global de protesta”. En Asia, África e incluso en América Latina y Canadá, las marchas y las reuniones resultaron prácticamente inaudibles y poco organizadas, no se sabe si porque la crisis económica es menos severa en esos continentes o porque sus ciudadanos están comprometidos en otros menesteres más vitales y, desde luego, más productivos y mucho menos mediáticos. La pretensión de revivir o crear una nueva Internacional cosechó un rotundo fracaso.

Las manifestaciones, pacíficas en la mayoría de los lugares, degeneraron en Roma en una guerrilla urbana que perpetró innumerables actos vandálicos, asaltó comercios, incendió automóviles y agredió a los equipos de los noticiarios televisados. Los disturbios fueron protagonizados por los mismos grupúsculos marginales, violentos y antisistema, los chicos de la gasolina, las pancartas injuriosas, el spray y las barras de acero; los consabidos adictos de la kale borroka, encapuchados, de vestimenta intimidatoria, émulos del terror vasco, que desencadenan el caos en las ciudades europeas donde se celebra cualquier conferencia de líderes europeos o mundiales.

Esa geografía de la convulsión indica, ante todo, que se trata de un fenómeno típicamente occidental, surgido en los países más desarrollado e incluso en los que ocupan los primeros lugares en el escalafón de la opulencia, ahora golpeados por la crisis financiera que estalló en el otoño de 2008 con la bancarrota de Lehman Brothers y ha provocado tanta alarma como ira entre los jóvenes del primer mundo que crecieron entre algodones y chismes electrónicos, pero que ahora le ven las orejas al lobo ante la perspectiva ingrata de un trabajo precario, una competencia encarnizada y un nivel de vida peor que el de sus padres.

En cuanto al aspecto externo de los indignados, ya se sabe que su impedimenta constituye una provocación posmoderna, extravagante, descuidada y contradictoria. Los vestidos y el calzado están inducidos por las marcas de las mismas empresas ritualmente acusadas de “avaricia corporativa” o de explotación neocolonial, y lo mismo puede decirse de las mochilas, las camisetas con los lemas más diversos o los adminículos electrónicos que sirven para la comunicación y la propaganda.

Pese a las crónicas triunfantes y los editoriales de esperanza y estímulo de la prensa progresista o socialdemócrata, que especuló sobre la supuesta globalización de la protesta y sus consecuencias, lo cierto es que las algaradas estuvieron muy lejos de suscitar un entusiasmo indescriptible. Ni servirán para revitalizar a la izquierda. Varios miles o centenares de personas, convocados a través de internet, no pueden reflejar el pulso, las expectativas y los temores de una sociedad mucho menos combativa de lo que desearían los organizadores de la convocatoria. La algarabía de Madrid o Roma no despierta ecos en Beijing, Yakarta o Addis Abeba, ni siquiera en Lima o Sâo Paulo.

Un seguimiento minoritario

En Estados Unidos, donde las encuestas miden todos los fenómenos sociales, y según los datos que ofrece el prestigioso Pew Research Center, los movimientos del Tea Party y Occupy Wall Street , de derecha e izquierda, y a pesar de la generosa cobertura mediática, no logran el interés masivo de los norteamericanos, que están más inquietos, en primer lugar, por la economía y el empleo, y después, por la guerra de Afganistán, el juicio de Amanda Knox, la muerte del genial Steve Jobs o las elecciones presidenciales y legislativas de 2012. Y, sobre todo, por el declive del país, un vaticinio perentorio que agita al 70 % de los encuestados.

El cronista David Brooks resume en el New York Times: “Mientras las cámaras rodean a los vistosos manifestantes, el resto del país se apunta a una misión diferente. Calladamente, sin recurrir al espectáculo televisado, los norteamericanos tratan de reparar sus valores económicos.” Con el telón de fondo de la situación económica, Brooks se refiere a los valores cívicos en que debe asentarse la vida del país: la ética de las convicciones, la educación, el esfuerzo, la honradez y el ahorro. Es decir, más cerca del espíritu de Steve Jobs, encarnación del sueño americano, y lo más lejos posible de las diatribas anticapitalistas de los acampados en la Puerta del Sol o en un pequeño parque del extremo sur de Manhattan.

Las críticas acerbas y las comparaciones hirientes no faltan en la prensa menos complaciente. Así, por ejemplo, Michael Tanner, en un artículo aparecido en la National Review, defendió a los emprendedores, que aún son legión en EE UU, y recordó que las empresas fundadas y dirigidas por Steve Jobs emplean a más de 30.000 norteamericanos, muchos más de los manifestantes que se concentran en los alrededores de Wall Street. Y concluyó: “El gobierno gastó billones de dólares en escuelas que no educan, en programas contra la pobreza que no sacan a nadie de la miseria, en programas de estímulo que no estimulan, en planes de salud que no controlan el gasto.” El mensaje es nítido: lo que necesitamos son más empresarios, mejores empresas, menos Estado y, sobre todo, menos subvenciones y trabas burocráticas. En EE UU y, por supuesto, en España.

Luego de la jornada de protesta mundial, de resultados tan dispares, podemos dar por cierto que proseguirá el combate de los indignados, presumiblemente con menor ímpetu y con el apoyo de muchos sedicentes intelectuales de la revolución pendiente y estrellas efímeras del showbusiness, a los que se unirán algunos escritores y cineastas en busca de notoriedad y subvenciones, que se trasladan por unos minutos, para hacerse la foto de rigor, a los lugares emblemáticos de la protesta. Hemos visto como llegaban en jet privado a Nueva York algunas celebridades que después acudían en sus limusinas al Zukkoti Park, tras cambiar de vestimenta, para fotografiarse delante de un bosque de pancartas y en medio de los denuestos anticapitalistas de los airados.

Sin ideología y sin líderes

Nadie sabe con certeza, ni siquiera sus protagonistas menos vociferantes y más reflexivos, qué es y en qué consiste el movimiento de protesta, o a dónde se dirige, cuáles son sus premisas ideológicas, ya se trate de los indignados de Madrid o de las avanzadillas del Occupy Wall Street (OWS), de sus correligionarios en los disturbios de Londres o Roma. Tampoco está claro cuál es su programa y cuáles son los medios de que disponen o de los que pueden apropiarse para llevarlo a cabo. Pese a las simpatías públicas que reciben, no cortejan ni seducen a los partidos políticos del sistema y éstos, a su vez, vacilan entre la comprensión, la indiferencia y el horror. Como ocurrió en el París de mayo de 1968, las clases medias acompañan las ocurrencias de sus retoños, pero temen sus desmanes y al final rectifican con estrépito.

¿Mero sarpullido de la crisis o algo más profundo que amenaza los cimientos del sistema? El sustrato ideológico de la protesta es un magma confuso y con frecuencia contradictorio. El movimiento adolece de no tener unos líderes conocidos, de no propalar una retórica convincente, y ni siquiera ha logrado inspirar a un brillante cronista de sus gestas y asambleas. El libro del francés Stéphan Hessel titulado Indignez-vous! (¡Indignaos!), que se supone es el panfleto de cabecera de los cabecillas del movimiento, constituye un catecismo de ideas manidas y consignas atrabiliarias y anacrónicas, una mezcla de neomarxismo y ecología, emparentado con la retórica de la revuelta estudiantil francesa de 1968, pero sin la frescura y la originalidad de entonces. Quizá por eso Hessel, aunque militante del Partido Socialista, figuró en la candidatura de Daniel Cohn-Bendit, héroe de mayo de 1968, en las últimas elecciones paneuropeas.

Los grandes periódicos miran con recelo y/o castigan los excesos de los acampados. La izquierda caviar o simplemente instalada pretende recuperar o utilizar electoralmente a los impulsores de la ola de protestas, para desalojar a la derecha del poder o sembrar de obstáculos su retorno; pero tropieza con la competencia y la desconfianza de la extrema izquierda marginada y alejada de los despachos desde la caída del comunismo, que ahora se desgañita en todas las esquinas y se apunta a cualquier algarada. La izquierda del sistema, en  todo caso, se apodera de algunas consignas de los airados, ensalza el espíritu de indignación y dice que comparte sus exigencias, pero no se atreve a la amalgama por temor a perder la poca credibilidad de que dispone entre los sectores menos radicales.

En Europa, las protestas de los indignados, a condición de que no desborden las últimas trincheras, han sido interiorizadas por la élite política. Los socialistas franceses y españoles dicen que están a la escucha de las quejas, mientras que el presidente de la Comisión Europea, el conservador José Manuel Barroso, aseguró que “comprende” sus reclamaciones. El presidente de la Unión Europea (UE), el desdibujado Herman Van Rompuy, pronunció una frase inmortal: “Las preocupaciones de esos jóvenes sobre el crecimiento y el empleo son totalmente legítimas.” La izquierda y la derecha hacen causa común para cortejar a los revoltosos, que es una manera poco conflictiva de minar su protesta, de conducirlos mansamente del apocalipsis a la integración.

En EE UU, los estrategas de Obama y del Partido Demócrata estaban a la espera de que surgiera un movimiento cívico y popular capaz de contrarrestar la marea del Tea Party a favor de los republicanos. No cabe duda, sin embargo, de que la estrategia de canalizar la cólera de los manifestantes anti-Wall Street comporta graves riesgos, aunque sólo sea porque muchos de los colaboradores del presidente, incluido el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, mantuvieron o mantienen estrechos vínculos con los mandamases del mercado bursátil norteamericano. El jefe de gabinete de la Casa Blanca, William Daley, procede de la industria bancaria.

El populismo y las lacras del sistema

 

Como un remedo de las revueltas árabes, las asambleas de la protesta empezaron por señalar y vituperar las lacras más visibles del sistema –la corrupción, el desempleo, el caciquismo, la degradación del medio ambiente, el abismo creciente entre ricos y pobres– y, sobre todo, la connivencia de la élite política con los mercados, transmutados éstos en chivos expiatorios de una crisis avasalladora. Los manifestantes reflejaron en sus pancartas los problemas sociales enquistados y las frustraciones que provocan en los jóvenes, sobre todo, en los menos adecuadamente preparados, los que han sufrido los castigos y las incongruencias de una educación degradada por los criterios políticos y el espíritu colectivista. Pero no dicen cómo curar esas enfermedades crónicas cuyos síntomas son el furor callejero y el populismo más rancio.

La osadía no les falta. “Convirtamos Wall Street en la plaza Tahrir”, se animaban,  para luego alardear: “Ha llegado el momento de que el 99 % se levante contra el 1 %”, gritaban los más aguerridos de Occupy Wall Street, tratando de acreditar una palpable falsedad. ¿Quiénes forman el 99 % de los ciudadanos honrados frente al 1 % sospechoso de venalidad?  Los acampados no llegan al 1 %, desde luego, a pesar de que la consigna de allanar la sede de la bolsa neoyorkina se lanzó el 13 de julio, cuando la revista contracultural canadiense Adbusters, en su permanente cruzada anticonsumista y anticorporativa, hizo un llamamiento a sus lectores y fijó la fecha del 17 de septiembre.

Los que trataron de llegar al edificio de la bolsa o intentaron cortar el tráfico en el puente de Brooklyn fueron tratados sin contemplaciones por la policía, que abortó la ocupación entre los aspavientos de los biempensantes de la progresía. Gracias a esa contundencia, la meca de los rascacielos es una ciudad segura. La misma revista instó con menos éxito a ocupar la Freedom Plaza de Washington, el 6 de octubre. Hasta que los grandes periódicos decidieron dedicar algunas columnas al fenómeno, quién sabe si con la pérfida intención de incorporarlo a la cartelera de espectáculos.

Un periodista simpatizante del movimiento, al relatar en The Nation lo ocurrido, con todo lujo de detalles, concluyó que no eran más de 2.000 las personas reunidas, llegadas de todo el país y con el añadido de una importante delegación de los indignados españoles que, pese a su confesada carencia de medios, obtuvieron el mucho dinero que es preciso para viajar a Manhattan. Los manifestantes estaban alentados por motivos muy diversos, aunque “unidos por el estético llamamiento de arrojar a los cambistas fuera de su propio templo”, según el citado periodista. Tan evangélica pretensión tampoco llegó a concretarse.

Lo que empezó en Madrid como una protesta contras las élites políticas, sus costumbres hedonistas, su corrupción endémica y sus vínculos deshonrosos con el poder económico, adquirió en Nueva York nuevos perfiles contraculturales y, sobre todo, ideó nuevos sarcasmos contra las grandes empresas o corporaciones multinacionales que cotizan en la bolsa de Nueva York e imponen universalmente sus productos. Contra la cultura comercial dominante y, en general, contra los mercados, estigmatizados de forma genérica como los villanos innominados que actúan al unísono para imponer un estilo de vida uniforme y un desempleo galopante.

El público norteamericano está frustrado y a veces encolerizado desde 2008, cuando el gobierno del presidente Bush en su ocaso empleó miles de millones de dólares para rescatar a los bancos y compañías de seguros. Cuando llegó al poder, en enero de 2009, Obama siguió con la misma práctica, para lo que hubo de poner en marcha la máquina de hacer billetes verdes. El Tea Party fue el primero en protestar contra la inaudita pretensión de impedir el verdadero funcionamiento de los mercados mediante el expediente de socializar las pérdidas, pero no los beneficios. No es que los mercados se especialicen en las tropelías; la verdad es que los gobiernos torpedean su funcionamiento, confunden a los productores con los especuladores y tiran del tesoro público con el pretexto e evitar males mayores.

Sin coherencia intelectual, sin una ideología común, sin líderes y si propuestas viables, el movimiento desembocó en una crítica radical del sistema y un neopopulismo para combatir todos los males del siglo. Ahora bien, ese populismo de nuevo cuño es como una hidra de mil cabezas, un universo de disidencia muy heterogéneo que, utilizando los medios electrónicos de comunicación, derroca gobiernos en el mundo árabe, cohesiona en la compresión de la protesta a los sectores más indefensos de las clases medias europeas golpeadas por la crisis y anima a los marginados norteamericanos que desean liberarse de las marcas comerciales.

Los grupos neomarxistas

Al transformarse en un movimiento claramente antisistema, la primacía ideológica recayó en los numerosos y escuálidos grupos neomarxistas, etiquetados como altermundialistas, entre los que destaca ATTAC (Asociación por la Tasación de las Transacciones Financieras y por la Ayuda a los Ciudadanos), cuyo principal argumento es que las grandes corporaciones tienen sometidos a los gobiernos luego de haber destruido todos los vestigios de autonomía de la política, que lo equivale a concluir que las clases políticas de Occidente obedecen sin rechistar los dictados del gran capital globalizado. Y prosigue la filípica: esas élites sometidas, lacayos embozados, en vez de impedir la ruinosa recesión, la enconaron y prolongaron.

En las actuales circunstancias, cuando los neomarxistas apuntan contra el corazón del sistema que derrotó al comunista en 1989 e invocan un nuevo paradigma de la lucha de clases (el 99 % contra el 1 %), resulta sorprendente que esa idea añeja de ATTAC de tasar las transacciones financieras haya sido acogida con entusiasmo por la Unión Europea, a riesgo de provocar una dura confrontación con EE UU. Después de más de un año de tergiversaciones, necedades y planes inaplicables, concebidos por los políticos europeos de todas las tendencias para la vana resolución de dos crisis superpuestas (la quiebra de Grecia y de la deuda soberana), no puede extrañarnos que el populismo anacrónico se arrogue el poder de atemorizarlos y amenazar sus poltronas.

Detrás de la invectiva contra los bancos se encuentran los ideólogos de ATTAC, de la izquierda antinorteamericana de toda la vida, con sede en París, que acusan al Banco Central Europeo de “haber actuado durante años en connivencia con los intereses de la industria financiera”. Pero si el combate contra los bancos se ha convertido en su principal quimera, siguen predicando a favor de un cambio global de sociedad, denuncian la supuesta incuria de los actuales dirigentes y reclaman más igualdad y más participación, “una verdadera democracia”, quizá semejante a la democracia popular que imperó en la Europa central y oriental bajo el imperio soviético.

Tradicionalmente, la crítica contra el sistema capitalista tiene mayor audiencia en Europa que en EE UU., quizá porque en Europa, pese a la caída del comunismo y la desintegración de la URSS, todavía funcionan algunos partidos nominalmente  socialistas que se turnan en el ejercicio del poder con los conservadores con programas supuestamente alternativos, tras los que se agazapa la pasión igualitaria. Entre los norteamericanos, por el contrario, con una tradición fuertemente individualista, la reprimenda contra el capitalismo tropieza rápidamente con la cautela política y el freno de las legiones del Tea Party o de la derecha cristiana que alertan del riesgo colectivista.

El populismo y la “desobediencia política” afloran en todas las concentraciones y se manifiestan por la aversión hacia las élites políticas y económicas, los ricos y las grandes empresas, a los que se criminaliza de manera anónima y harto irresponsable. Paradójicamente, los que llegan más lejos en la reflexión, exigen la intervención del Estado para que ofrezca trabajo bien remunerado y, a ser posible, para que los haga felices, como en las grandes sátiras del siglo XX (Huxley, Orwell, Bulgakov, Zinoviev). También se infiere de todos los discursos una tendencia azarosa hacia la instauración del ogro burocrático y colectivista que resuelva de raíz todos los problemas, sin reparar en que las intervenciones de los gobiernos son precisamente las que agravaron la crisis.

Con el pretexto de conservar intacto el llamado Estado del bienestar, la acción de los indignados se alinea políticamente con el prurito de resolver la aguda crisis que padece el socialismo desde que se derrumbó el llamado real o comunista. Apuntan hacia una economía administrada y una banca pública, lejos de los mercados, un remedo de la que hundió a Rusia y media Europa en la miseria. La mayoría de las recetas que salen de las asambleas callejeras ya fueron ensayadas con resultados desastrosos y aún afligen a los ciudadanos de Cuba o Corea del Norte, últimos vestigios de la utopía arrojada al basurero de la historia. Ni siquiera se atreven e ponderar el modelo chino, enterrador de la ideología salvadora, única combinación eficaz de capitalismo salvaje y dictadura política.

El futuro se presenta con negros nubarrones en Occidente que podrían dar al movimiento de protesta algunas oportunidades para sobrevivir. Lo más probable, sin embargo, es que acabe fagocitado por la izquierda radical, pero que interviene en el sistema con la esperanza de dinamitarlo desde dentro (la anacrónica táctica del entrismo), o que no pueda eludir el termidor en que se diluyen las revueltas callejeras sin las ideas claras y la dirección firme. Los últimos que en Europa occidental intentaron asaltar el Palacio de Invierno fueron los comunistas portugueses y sus aliados militares en 1974-1975.

La experiencia aparentemente gozosa de mayo de 1968 desembocó, como se recordará, en el desastre electoral y la resignación, cuando la izquierda quedó reducida a un puñado de diputados y la derecha obtuvo en las urnas su más apabullante mayoría en la Asamblea Nacional, la cámara legislativa que se juzgaba inencontrable. Sólo pervivió la nostalgia de la revolución que no pudo ser (Nous l´avons tant aimé, la révolution, título de un libro de Cohn-Bendit) y el recuerdo de los forzados de la causa que levantaban los adoquines en el Barrio Latino.

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