Posteado por: M | 25 octubre 2011

Cristina Fernández y las siete vidas del peronismo

El peronismo o justicialismo tiene siete vidas, como los gatos; es un fenómeno político resistente y adaptable a las circunstancias cambiantes, mezcla eficaz de nacionalismo y populismo, uno de los más duraderos y asombrosos de la historia contemporánea, llegado por primera vez a la Casa Rosada en 1946. Desde que Juan Domingo Perón regresó de manera tumultuosa y trágica a Buenos Aires en 1973, para recuperar el poder que había perdido en 1955, víctima de un golpe de Estado, el peronismo conoció varias reencarnaciones contradictorias. Tras la ominosa dictadura militar (1976-1983), se identificó con las ideas y las prácticas gubernamentales tan dispares como el liberalismo a ultranza de Carlos Saúl Menem y el izquierdismo interventor del matrimonio Kirchner, bajo la sombra de la corrupción política y sindical.

Todo ello en un país histórica y potencialmente rico, aunque escasamente poblado, que padece de la macrocefalia perniciosa bonaerense; supuestamente culto, como un enorme enclave desprendido de Europa que recaló en el hemisferio sur, pero que no ha sido capaz de sacudirse en más de 60 años la pesada herencia de una vaporosa y anacrónica ideología montada sobre la falsa dicotomía de los descamisados nostálgicos de Eva Perón y la oligarquía agraria fundadora de la república. El Partido Justicialista, extrañamente transversal, ha superado incluso la guerra sin cuartel de sus clanes.

El justicialismo sigue actuando como un populismo descarnado que ofrece sus últimos frutos con la reelección avasalladora de Cristina Fernández de Kirchner, de 58 años, siempre con el emotivo uniforme negro de viuda, que obtuvo el 54 % de los votos en las elecciones presidenciales y legislativas del 23 de octubre frente una oposición tan heteróclita como impotente, con 36 puntos de ventaja sobre el segundo más votado, el socialista Hermes Binner (17 %), a la cabeza del Frente Amplio Progresista. Un porcentaje sin precedentes, superior incluso al de Raúl Alfonsín en las primeras elecciones tras la cruenta dictadura militar (1983).

Fue un triunfo arrollador de Fernández y un fracaso sin paliativos de todas las oposiciones, que llevó al veterano y liberal diario La Nación a titular en su portada “A la presidenta, todo el poder”, ya que contará con mayoría absoluta en ambas cámaras del Congreso (Cámara de los Diputados y Senado). “Cristina arrasó con el 54 % y el kirchnerismo recuperó el control del Congreso”, precisó el diario Clarín, el de mayor tirada del país, opositor decidido que sufre permanentemente el acoso del poder. De los 257 escaños de la Cámara de Diputados, el kirchnerismo y sus satélites tendrán 135.

La aparatosa derrota de la Unión Cívica Radical (UCR), cuyo candidato, Ricardo Alfonsín, quedó en tercer lugar (tan sólo el 13 % de los sufragios), obligará a la vieja formación centrista, adversaria tradicional del peronismo, a una reflexión en profundidad para revisar sus numerosos errores y cambiar de estrategia. Paralelamente, el triunfo sin precedentes de la presidenta en la Ciudad de Buenos Aires viene a corroborar que la tradicional clase media y, sobre todo, los jubilados fueron seducidos por las dádivas y las promesas del poder.

Populismo y economía

El éxito del llamado Frente de la Victoria oficialista se explica, ante todo, porque la jefa del Estado, emulando sin desmayo a Eva Duarte, puso más dinero en los bolsillos de los pobres y alimentó más programas sociales que ningún otro jefe del Estado desde la caída de Perón en 1955, sin importarle la espiral inflacionista y la demagogia que acompañó al movimiento de los piqueteros. Ya se sabe que los subsidios aumentan el consumo y la clientela, pero no la productividad. Cristina, como la llaman los descamisados, batió todas las marcas de sufragios y adhesión en las zonas más empobrecidas del país. Su intolerancia con los periódicos y las cadenas de televisión que no le bailan el agua ni siquiera apareció en la campaña electoral.

Las estadísticas de la pobreza conocen un rápido declive, lo que explica que los habitantes de las villas miseria hayan votado en masa por la nueva “reina y señora de los descamisados”. El gobierno asegura que la pobreza disminuyó del 58 % al 8 % en los últimos cinco años, pero otros cálculos más fidedignos la sitúan aún en el 21 %. Las reformas estructurales, sin embargo, están por acometer, de manera que el retroceso de la pobreza puede resultar un espejismo tan pronto como apriete la inflación y se recorten los subsidios. Los barrios de latas siguen donde estaban y cabe suponer que volverán a sufrir tan pronto como se presente una de esas crisis que periódicamente sacuden al país y revelan con furia sus lacras institucionales y sociales.

“Estamos bailando felizmente sobre el Titanic”, aseguró uno de los candidatos perdedores, Eduardo Duhalde (5,6 % de los votos), peronista disidente, caudillo arrumbado, que advirtió durante la campaña electoral del despegue imparable de la inflación y el deterioro de los ingresos del Estado que se producirán muy probablemente en 2012. El crecimiento económico es asombro, del 8 % anual, debido a la exportación de las materias primas, y en primer lugar, de la soja; pero según las ponderaciones más fiables, los precios aumentan a un ritmo frenético del 24 % anual, la peor tasa de inflación en América Latina si se exceptúa Venezuela, pero sin maná petrolífero. El aterrizaje puede ser tan espectacular como doloroso.

El voto de los argentinos siempre fue muy sensible a los vaivenes de la economía mundial y las condiciones climatológicas que condicionan sus fabulosas producciones agrarias. Los ingresos cayeron en 2008 a causa de la crisis financiera mundial y de una prolongada sequía, lo que determinó la derrota del peronismo en las elecciones parlamentarias de 2009, al mismo tiempo que la popularidad de Cristina Fernández descendía en las encuestas hasta el 23 %. Pero 2010 y 2011 han sido dos años económicamente fastuosos, señalados por los altos precios de la soja y la exportación a Brasil, su principal socio comercial, de productos manufacturados, con el telón de fondo de la recuperación de todos los países del hemisferio.

Varios nubarrones, sin embargo, se pasean por el horizonte. El peso sigue artificialmente devaluado con respecto al dólar, para estimular las exportaciones, y las relaciones con el Fondo Monetario (FMI) no se han recuperado desde el corralito y la bancarrota de 95.000 millones de dólares en 2001, de manera que los inversores extranjeros se mantienen alejados del país y las agencias financieras de control afirman que el gobierno está maquillando los datos económicos, entre ellos, los de la inflación y el paro y el subempleo.

Citada por el New York Times, la directora del programa para América Latina del Woodrow Wilson Center, de Washington, Cynthia Arnson, emite un veredicto bastante severo sobre la gestión de la presidenta: “Argentina es un país atípico en la región. Con un gobierno democrático después de una larga dictadura, no asumió los principios de estabilidad macroeconómica como lo hicieron, por ejemplo, Chile, Brasil y Uruguay, y esa actuación resultó muy poco propicia para la inversión exterior.” Pero la presidenta sigue en sus trece, repartiendo subsidios y prebendas, al menos hasta que llegue de nuevo la adversidad.

El populismo, como se sabe, suscita una profunda desconfianza en los actores económicos y engendra inestabilidad, según se deduce, por otra parte, de las declaraciones de algunos prohombres próximos a la presidenta. El anticapitalismo más primario vuelve por sus fueros y tiene vara alta en la Casa Rosada, desde donde acusa intermitentemente al “neoliberalismo conspirativo” de todos los males imaginables y propugna una vuelta de tuerca a la estrategia de las nacionalizaciones. Según puede leerse en el editorial de La Nación, “la referencia más acabada de esta modalidad es la Rusia de Putin (…) o la Venezuela de Chávez, aunque con menos énfasis en la apropiación formal de la propiedad que en la de la renta”.

El populismo deviene maniqueo y causa estragos en la racionalidad económica. Roberto Feletti, viceministro de Economía y diputado electo, envalentonado por el éxito electoral, acaba de advertir con crudeza de que “el populismo no tendrá límites, porque tiene las herramientas para apropiarse de la renta”. Supongo que se refiere a los decretos presidenciales. Quiere decir que el populismo, por principio, tiene afanes expropiatorios. Y el ministro del ramo, elegido vicepresidente, Amado Bouduo, ha llegado a sugerir que los alumnos de Ciencias Económicas se limiten a estudiar a Marx y Keynes. Una declaración de guerra al liberalismo y al capitalismo que debería atemorizar a los estudiantes argentinos y alejar aún más a los inversores.

“Servir a la señora desde las barricadas”

Junto a los edecanes obsecuentes, a la presidente reelegida le salen aliados incluso en los sectores que pueden resultar embarazosos para su recién estrenada imagen de aspirante a refrendar “la unidad nacional” a la que apeló tras conocer los resultados. Así, por ejemplo, Luis D´Elía, dirigente de un grupo famoso de piqueteros, atronó la madrugada electoral con una soflama para “combatir a las grandes corporaciones serviles al capital extranjero y pararnos todos los días a las puertas de Clarín hasta que pare de mentir”. Es decir, hasta que cese en su misión de zaherir al poder corrupto. Y concluyó el piquetero con un grito de insurrección si no de guerra: “Servir a la señora desde las barricadas.”

¿Qué va a hacer Fernández con un triunfo no por esperado menos inquietante? Su corolario es el ascenso del justicialismo a la categoría de fuerza hegemónica sin rivales en el Parlamento y en la calle, una verdadera novedad en el abigarrado panorama político, que podría tener enormes consecuencias económicas y sociales. Los pronósticos no son muy optimistas. El reputado analista Mariano Grondona señaló: “Todo parece igual pero ya nada es igual desde que Argentina pasó de ser una democracia endeble a una sólida monarquía absoluta, sin contrapesos ni controles de ningún orden.”

El neoperonismo radicalizado y triunfante ofrece signos inequívocos de que pretende perpetuarse en el poder mediante una reforma constitucional para cambiar de régimen. El histórico sistema presidencialista sería sustituido por otro semiparlamentario con un primer ministro que asumiría muchos de los poderes ejecutivos presidenciales. La presidenta seguiría por tiempo indefinido en la Casa Rosada, no sólo inaugurando los crisantemos, sino mitigando con sus dádivas y su sonrisa la dura realidad del poder y la abulia de la sociedad.

Tras referirse a los peligros que entraña “una democracia carente de equilibrios”, el analista Joaquín Morales Solá se aferra a la tímida esperanza de que la condiciones de la economía internacional y de algunas variables locales obligarán a una rectificación antes de que en 2015 llegue el momento de rendir cuentas. Pero, mientras tanto, no sabemos qué derroteros seguirá una presidenta transfigurada, con un poder ilimitado, rodeada de aduladores y oyendo desde la Casa Rosada el halago permanente de los descamisados y los piqueteros.

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Responses

  1. ¡Hola Mateo!
    No te imaginas lo que acabo de aprender al leerte. Sabia algo, pero muy por encima del estado de este pais. Tu me has aclarado las cosas y se un poco mas.
    Opino como tu que la semejanza con Eva Peron y los descamisados con la presidenta es muy grande.
    Saludos
    Laude


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