Posteado por: M | 26 octubre 2011

Condi Rice en el laberinto de la política global

Condoleezza Rice, consejera de Seguridad Nacional y secretaria de Estado durante los dos mandatos del presidente George W. Bush, acaba de publicar un libro titulado: No Higher Honor. A Memoir of My Years in Washington (El más alto honor. Memoria de mis años en Washington), editado por Crown Publishing, en el que, como el título indica, pasa revista por extenso (750 páginas) a su desempeño de sendos cargos relevantes en el gobierno norteamericano y analiza con el rigor habitual los aciertos y errores de la política exterior durante ese periodo crucial y tumultuoso en que se produjeron los atentados del 11 de septiembre de 2001 que derrumbaron las Torres Gemelas de Nueva York y las invasiones de Afganistán e Iraq.

Espigando en la prensa norteamericana, que ofreció amplias y contrastadas  recensiones del libro antes de que se pusiera a la venta, el 1 de noviembre, puedo ofrecer una muestra tanto de las opiniones y juicios de Rice sobre los asuntos diplomáticos y de seguridad, y de sus protagonistas, como de sus relaciones, a veces conflictivas, con los otros pesos pesados de los gobiernos de Bush. El libro constituye la primera versión global y de la estrategia de EE UU durante ocho años muy conflictivos (2001-2009). No hay grandes secretos por desvelar, y si existen, la memorialista se acoge a la discreción.

La doctora Rice, que actualmente ejerce como profesora de ciencia política en la Universidad de Stanford (California), una de las más prestigiosas del mundo, ha escrito un libro prolijo, en un estilo cuidado, frío y profesional, como si se tratara de un informe, pero que adquiere emotividad al rememorar la confusión que reinó en la Casa Blanca en las horas y los días posteriores a los atentados del 11-S, cuando asegura que “levanté la voz al presidente y en el tono más firme que pude” para que no volviera a Washington, cuando se suponía que la Casa Blanca estaba amenazada por un ataque terrorista.

Si hemos de creer al cronista diplomático Glenn Kessler, que viajó muchas veces con la autora, ésta se manifiesta con “una sorprendente franqueza” en el relato de su actividad, reconoce algunos de sus errores y no tiene inconveniente en desentrañar los momentos de duda y las decisiones de las que dice estar arrepentida. El libro es una guía y una ayuda inestimable para comprender el proceso de toma de decisiones de la Casa Blanca. Frente a sus críticos, la autora rechaza categóricamente que los errores cometidos como consejera presidencial (2001-2005) le ataran las manos cuando tuvo que actuar como la máxima responsable de la diplomacia (2005-2009).

Sus antagonistas en el círculo íntimo de Bush fueron el vicepresidente, Dick Cheney, y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ambos catalogados como “ultra-halcones”, abogados de la línea más dura posible. Las tensiones fueron constantes, pero “simplemente profesionales, nunca personales”. Esto no es ninguna novedad, ya que las discrepancias e incluso los enfrentamientos llegaron en su momento a las páginas de los periódicos; pero la consejera y luego secretaria de Estado ofrece detalles novedosos de la corte de Bush y, sobre todo, describe minuciosamente las luchas e incluso las vacilaciones y los despistes dentro de la Administración mientras Iraq se hundía en la violencia y el caos durante el segundo mandato.

Los periódicos que han escrutado el libro coinciden en señalar que se trata del retrato más neutral y minucioso que se ha publicado hasta ahora sobre los años de Bush en la Casa Blanca, después de los relatos parciales del presidente, del vicepresidente Cheney del jefe del Pentágono, Rumsfeld. Estos dos últimos ya dieron cuenta en sendos libros de sus recuerdos y experiencias y ambos criticaron sin ambages la actuación de Rice tanto en el Consejo Nacional de Seguridad como en el departamento de Estado. Pero es evidente que ella gozó siempre de la confianza presidencial y que fue, con toda probabilidad, la más estrecha colaboradora del presidente, además de amiga de la familia, con la que almorzaba frecuentemente, sobre todo, durante el desempeño de sus funciones en el Consejo Nacional de Seguridad, en el ala oeste de la Casa Blanca.

Apenas si puede encontrarse en las memorias alguna crítica velada de Bush, del que dice que fue un presidente “divertido e irreverente, pero serio en las cuestiones políticas”.

Uno de los choques más duros con Cheney se produjo cuando Rice argumentó, en una reunión del gabinete en la Casa Blanca, que los sospechosos de terrorismo no podían “desaparecer” como ocurría en algunos países con regímenes dictatoriales. Y también revela que estuvo a punto de dimitir en noviembre de 2001 cuando Bush lanzó una orden presidencial para crear las comisiones militares para juzgar a los prisioneros, por iniciativa de Cheney, sin comunicarle nada a la que entonces era su consejera de Seguridad Nacional.

Otra tensa reunión se celebró en agosto de 2006 en la Casa Blanca. Cheney y Rice discutieron durante varios minutos a propósito de los sospechosos de terrorismo capturados por la CIA y que se encontraban en prisiones extranjeras, según el criterio defendido por el vicepresidente. La secretaria de Estado recordó la controversia que esas prisiones secretas levantaban entre los aliados europeos. Bush respaldó a su secretaria de Estado y los detenidos fueron trasladados inmediatamente a Guantánamo.

“¿Cuál es el problema entre nosotros?”

Las disputas fueron constantes con el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, que había sido su mentor, pero al que no perdona que provocara la renuncia de Colin Powell como secretario de Estado al final del primer mandato de Bush. Rumsfeld y Powell habían reproducido muchas veces delante de Bush la conocida pugna entre halcones y palomas, y el primero mantuvo luego la misma hostilidad hacia la sucesora del segundo en el departamento de Estado, a la que consideraba, además, como una renegada del pensamiento neoconservador. Un día, cuando paseaba con Rumsfeld por la rosaleda de la Casa Blanca, Rice le preguntó: “¿Cuál es el problema entre nosotros?”

“No lo sé –replicó Rumsfeld–. Siempre habíamos estado de acuerdo. Tu eres obviamente brillante y entregada, pero lo cierto es que nuestra relación no marcha bien.” Rice interpretó que la palabra “brillante” quería decir que el secretario de Defensa no la consideraba como una igual. La sospecha de machismo o tal vez de racismo se infiltraba insidiosamente en una relación cada día más conflictiva.

Como ya ocurrió con otros relatos sobre el gran acontecimiento, la invasión de Iraq, Rice no aporta novedades y ni siquiera nos aclara si hubo discusiones u opiniones discrepantes dentro del gobierno. Demasiada reserva por parte de quien en aquellos momentos del invierno de 2004, en plena batalla diplomática en la ONU, manejaba los hilos de la seguridad y disponía de información privilegiada, por ejemplo, sobre las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y que fueron uno de los principales pretextos para ordenar la invasión.

En todo momento, Rice defiende el ataque contra el Iraq de Sadam Husein y añade que las revueltas árabes de este año contra los regímenes despóticos son una vindicación de la estrategia de Bush, la famosa agenda para extender la libertad y la democracia por todo el Oriente Próximo. Y en este punto, enlaza con su famoso discurso en la universidad norteamericana de El Cairo, el 20 de junio de 2006, cuando exhortó a “optar por la libertad y la democracia” y criticó severamente la diplomacia norteamericana obsesionada por la estabilidad y el petróleo. “Durante 60 años –dijo la entonces secretaria de Estado—Estados Unidos buscó la estabilidad a costa de la democracia en el Oriente Medio, y no conseguimos ninguna de las dos.”

Sobre algunos líderes mundiales

En una reseña titulada “El mundo según Condi”, la revista Foreign Policy recoge algunos de los comentarios que la secretaria de Estados dedica en su libro a los líderes extranjeros con los que se relacionó. Recojo algunas perlas poco diplomáticas con las opiniones e impresiones de Rice.

Cuando la recibió el presidente de Sudán, Omar Hassan al-Bashir,  “éste parecía como si estuviera bajo el influjo de las drogas”.

En cuanto a Muamar Gadafi, se hace eco de “su misteriosa fascinación por mí”, así como de un álbum de fotos y un vídeo sobre ella, “su princesa africana”, cuyo fondo musical era la canción “Black Flower in the White House” (Flor negra en la Casa Blanca), y añade: “Era un personaje extraño, pero al menos no se mostraba escabroso.”

Tras estrechar la mano del presidente Émile Lahoud, del Líbano, Rice creyó que “necesitaba darme una ducha”.

También fueron tensos sus encuentros frecuentes con el presidente egipcio, Hosni Mubarak, del que dice que era refractario a las reformas y se creía “un faraón moderno”, muy celoso de ocultar las ayudas y la influencia estadounidense sobre su gobierno y sus relaciones con Israel y los palestinos.

El líder europeo del que se sintió más cerca fue, sin duda, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, quizá por su buen conocimiento de la cultura francesa. La admiración entre el presidente y la secretaria de Estado era recíproca y Rice escribe que ambos estaban “completamente de acuerdo en casi todo”.

El británico Tony Blair sale a relucir a propósito de la raza de la autora, que escribe: “Una secretaria de Estado negra se compadecía mal con el estereotipo general de EE UU. Blair lo resumió bien cuando señaló que en el primer encuentro en Camp David le chocó ver al presidente flanqueado por Colin Powell y por mí.” No sabemos si se trata de un reproche o de un juicio de intenciones sobre el primer ministro británico.

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Responses

  1. ¡Hola!
    Interesante el libro que comentas, aunque este tipo de libros autobiográficos no se les puede creer todo lo que cuentan ¿No? De todas formas gracias por tu informacion al respecto.
    Saludos para ti y para Montse
    Laude


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