Posteado por: M | 29 octubre 2011

Túnez, de la primavera democrática al otoño islamista

Las primeras elecciones derivadas de las revueltas árabes, celebradas en Túnez el 23 de octubre, arrojaron un triunfo espectacular del partido islamista Al Nahda (Renacimiento en árabe), que obtuvo el 41,70 % de los votos y 90 de los 217 escaños de la Asamblea constituyente que debe redactar una nueva Constitución en el plazo de un año. Este acontecimiento coincide con el ascenso imparable de los Hermanos Musulmanes en Egipto, ante la inminente cita con las urnas, y con las declaraciones de los líderes de Libia en pro de la implantación de la ley islámica (sharia) y el fin de las restricciones para la poligamia. Tras la llamada primavera árabe, ahora nos encontramos con un otoño plenamente islamista, cuando las sombras prevalecen sobre la luz.

El segundo partido más votado fue el Congreso para la República (CPR), de Moncef Marzouki, liberal en economía, centrista y secular, que obtuvo el 13,82 % de los votos (30 escaños). En tercer lugar quedaron los socialdemócratas del Foro Democrático por el Trabajo y las Libertades (Ettakatol) que obtuvieron el 10 % de los sufragios y 21 diputados, a pesar de sus apoyos europeos. El cuarto partido fue Al Aridha (Petición Popular), creada por el empresario Hechmi Haamdi, residente en Londres y propietario de la cadena de televisión internacional Al Mustakila (La Independiente), aliado del antiguo régimen, que logró el 8,19 % de los votos (19 escaños) y se convirtió en la gran sorpresa del escrutinio.

Los partidos abiertamente izquierdistas, que apostaron por el laicismo y centraron su campaña en las críticas contra el islamista Al Nahda, sufrieron un verdadero descalabro. Así, el Partido Democrático Progresista (PDP), de orientación socialista, que se presentaba como el principal rival de los islamistas, sólo alcanzó el 7,86 % de los votos y 17 diputados. Una suerte parecida corrieron el Polo Democrático Modernista (PDM), agrupación de los ex comunistas, y La Iniciativa, opción capitaneada por un ex ministro del dictador, Kamel Morjane, ambos con 5 escaños.

La potencia social y política del islam

La oleada islámica era previsible, pero los gobiernos y las fuerzas políticas occidentales que acompañaron la caída de los regímenes de Túnez y Egipto y luego decidieron abatir a Muamar Gadafi descartaron el riesgo alegando que los islamistas se agrupaban en unas organizaciones supuestamente moderadas que podrían coadyuvar en la instauración de gobiernos más honrados y menos autoritarios. El pronóstico más pesimista, sin embargo, empieza a concretarse en Túnez, probablemente el país más occidentalizado y secularizado del mundo árabe-musulmán, donde ya las encuestas previas a las elecciones advertían de la abrumadora potencia social y política del islam.

Según esas encuestas, realizadas por la prestigiosa universidad norteamericana de Princeton, el 61 % de los consultados señalaron como la primera prioridad para el nuevo gobierno “asegurar que las niñas y los niños sean educados en la escuela en los valores de la ley islámica” (sharia) y el 59 % precisó que la libertad de expresión no debería proteger a los que pudieran utilizarla para contradecir las enseñanzas del islam. El ser un islamista fervoroso, o al menos aparentarlo, parece ser un requisito imprescindible para el ascenso social y el protagonismo político.

El fundador de Al Nahda, Rachid al-Gannouchi, que pasó muchos años en el exilio, por su oposición al régimen dictatorial de Ben Alí, asegura que su partido no es estrictamente religioso ni reclama ninguna autoridad para la exégesis del islam, aunque reconoce que sus militantes veneran unos valores que están enraizados en la ley coránica. El partido decidió recientemente llamarse islámico y no islamista, para eludir cualquier acusación de promover una teocracia. Gran parte de la propaganda electoral, sin embargo, se hizo en nombre del “partido de Dios”, sobre todo, en los sectores desheredados y atrasados.

Moncef Marzouki, abogado de los derechos humanos y líder del segundo partido más votado, interpretó los resultados de las elecciones como un triunfo del cambio, pero no necesariamente religioso. Se mostró partidario del diálogo y del consenso con los islamistas. Y añadió con cautela: “Debemos evitar cualquier actitud que pueda aparecer como una incitación a la guerra civil entre laicos e islamistas (…) Estamos a favor del islam como religión del Estado, pero no vamos a renunciar a nuestro combate por los derechos humanos y los derechos de la mujer.”

La ambigüedad persiste en el debate sobre la identidad y la religión, sobre todo, entre los modernizadores que pretenden hacer compatible la confesión musulmana de la inmensa mayoría con los valores universales, frente a los islamistas que preconizan la islamización del Estado  porque creen a pies juntillas que “la solución está en el Corán”. Pero es evidente que no todos los liberales o socialdemócratas que miran a Europa comparten esa doctrina de la concertación con los islamistas, sino que denuncian los subterfugios y las dádivas electorales del vencedor y la ayuda económica recibida desde los países del Golfo, principalmente de Qatar y Arabia Saudí, así como su escasa predisposición hacia la tolerancia y su férreo control de las masas campesinas.

Los islamistas predican su apertura al diálogo. Hamadi Jebali, número dos de Al Nahda, propuesto como primer ministro, trató de tranquilizar a todo el mundo al proclamar que la Constitución no podrá redactarse “sin un consenso con los partidos representados en la Asamblea”, ni podrá “abrogar algunas libertades como la libertad de creencia, las libertades individuales, la situación jurídica de la mujer y su lugar en la sociedad”. También declaró que su gobierno no tratará de imponer la vestimenta tradicional a los extranjeros que visitan el país, a fin de no perjudicar a la industria del turismo de la que proceden los principales ingresos del país.

No obstante, en los días previos de las elecciones, varios grupos salafistas, partidarios de un islam integrista y radical, protestaron ruidosamente contra la exhibición de la película Persépolis, que reputan “blasfema”, y también contra la supuesta moderación de Al Nahda, el partido vencedor.

Fanatismo o democracia

Esta floración otoñal del islamismo era previsible, sin duda, pero pocos creyeron que fuera a resultar tan hegemónica. La interpretación más simple asegura que las dictaduras prepararon el terreno para el islamismo al sofocar cualquier alternativa democrática. Así, por ejemplo, el progresismo europeo, representado en este caso por el socialista francés Sami Naïr, de origen argelino, echa la culpa del avance islamista nada menos que a “las políticas liberales de estos últimos años en Túnez”, olvidando que el partido del dictador Ben Alí era miembro de la Internacional Socialista (IS).

Los graves problemas que afligen al país no son fruto del liberalismo, sino de las lacras del despotismo y la corrupción reinantes durante el último medio siglo, entre la presidencia vitalicia de Burguiba y la férula de su sucesor, Ben Alí, mientras los occidentales cantaban las excelencias de un país amable y seguro para el turista. Las consecuencias fueron el desempleo, la represión, la emigración galopante, especialmente a Francia, y la pobreza generalizada, salvo en la minoría vinculada a la burocracia y los negocios del régimen. Éste se desintegró, como sabemos, cuando los militares se negaron a disparar contra sus compatriotas indefensos.

Tanto en Túnez como en Egipto, Al Nahda y la Hermandad Musulmana, respectivamente, fueron las únicas fuerzas que lograron mantener sus redes de beneficencia y una relativa autonomía frente al poder, amparadas en la profunda religiosidad de las clases populares, de los sectores más deprimidos de la sociedad. Como escribe Alexandre Najjar, escritor y abogado, “refugio y válvula de escape, la religión se convirtió en la tabla de salvación de millones de árabes sometidos, por otra parte, a la presión metódica de las cadenas por satélite que practican el proselitismo televisado” y que disponen de predicadores de probada eficacia.

No obstante, se trata de las primeras elecciones verdaderamente libres y competitivas en Túnez desde que el país alcanzó la independencia de Francia, derrocó al bey y proclamó la República con Habib Burguiba como presidente (1957). La organización fue correcta, escasas las denuncias de fraude y una participación más alta de la esperada (70 %). Sin olvidar el dinero del petróleo llegado a través de las mezquitas, estamos ante un primer éxito en un país pequeño cuya gestión de la revuelta y de la incipiente democracia no sólo será una prueba para juzgar a los islamistas, sino que ejercerá una influencia enorme en el agitado mundo árabe y podría devenir un ejemplo imitable.

El pronóstico es muy difícil. Los islamistas tendrán el poder político, pero se sentirán vigilados, deberán entenderse con otras fuerzas políticas, para evitar la parálisis, y tendrán que estar pendientes de la reacción del ejército, la única institución cohesionada del país y con una oficialidad bastante secularizada. En cualquier caso, los regímenes dictatoriales de Ben Alí y Mubarak, ante los reparos occidentales, se hicieron valer como muro de contención, planteando el dilema de “dictadura o integrismo”.

Los tunecinos van a ser sometidos a la prueba de fuego de otra alternativa no menos dramática: fanatismo religioso o democracia. Las exigencias de ésta son evidentes: celebración de elecciones limpias y periódicas, el estímulo y los progresos de la cultura democrática, el mantenimiento del Estado de derecho, el estatuto de la mujer y el respeto de los derechos humanos.

Anuncios

Responses

  1. Es el lógico resultado de cuarenta años de apoyo occidental a unos régimenes despóticos que se han hecho valer,como bien dices, con discurso político de o nosotros o el integrismo.Al mismo tiempo no hay nada en contra de que la Arabia Saudita,busca un país más islámico, mantenga un sistema donde los derechos individuales, y por lo tan humanos, sean papel mojado.

  2. ¡Hola Mateo!
    Me ha gustado mucho leer tu articulo.
    Creo que a todos estos paises arabes que acabaron con los dictadores les sera muy, muy dificil llegar a tener una democracia al estilo europeo. Da miedo lo que pueden llegar a ser si son dominados por los extremistas musulmanes.
    Un saludo
    Laude


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: