Posteado por: M | 5 noviembre 2011

La quema de Papandreu, la ruina de Grecia

Tras una semana caótica, de incertidumbre y rectificación vergonzante, el primer ministro de Grecia, Yorgos Papandreu, sobrevivió a un voto de confianza en el Parlamento (153 por 145 votos), pero a cambio de proponer para los próximos días un gobierno interino de más amplio consenso que saque adelante tanto el acuerdo de rescate con la Unión Europea como el presupuesto del año próximo, bajo protectorado internacional. Los diputados de su partido socialista aceptaron mantenerlo antes de su definitiva e inminente retirada, con el telón de fondo de un país arruinado y desconcertado que tendrá que asumir nuevos sacrificios para no desgajarse de la eurozona salvadora.

El drama del referéndum anunciado intempestivamente por Papandreu se representó en Atenas y Cannes entre bambalinas, con la eurozona en vilo, y en medio de las amenazas de Merkel y Sarkozy de retirar a Grecia la respiración asistida que la mantiene con vida y estrechamente vigilada. El líder griego no pudo resistir  las consecuencias de su gran error, pero la comedia de enredo de la clase política adquirió tintes trágicos en los hogares y la calle, donde la pobreza avanza y la agitación persiste. El más probable sucesor del quemado Papandreu será su rival socialista Evangelos Venizelos, ministro de Finanzas, que desde el primer momento rechazó la idea del referéndum y se propuso como recambio.

¿Cómo es posible que los errores, engaños contables, despilfarros y desequilibrios de un país pequeño por el volumen de su economía –un PIB de 300.000 millones de euros, apenas el 3 % de la eurozona, y una deuda que sólo es el 4 % del total– desemboquen en una crisis del euro y hasta de la Unión Europea (UE)?  Luego de haber sido rescatada por primera vez del abismo de la quiebra el 2 de mayo de 2010, Grecia regresó al terreno de la demagogia gubernamental y la incertidumbre el 1 noviembre de 2011con el anuncio de un referéndum sobre las nuevas medidas de austeridad a que se comprometió en la madrugada del 27 de octubre, en Bruselas, como contrapartida de las ayudas exteriores para una segunda operación rescatadora.

La decisión por sorpresa del primer ministro socialista, de recurrir al referéndum para eludir su responsabilidad y blindarse con el escudo del “pueblo”, desencadenó una tormenta que hizo temblar todas las columnas de la veterana y afligida empresa de la integración de Europa. Signo inequívoco de su alarmante fragilidad. Los mercados se hundieron a ambas orillas del Atlántico, como si quisieran subrayar una vez más la incongruencia de que toda la salud económica de Occidente dependa de las veleidades de un primer ministro griego fracasado en su inaudita pretensión de salvar al país del colapso económico sin atreverse a diagnosticar sus males y tratar de curarlos.

Las dudas sobre el referéndum

Quizá la razón última de la crisis que estalló en 2008 y que ahora parece que se está enconando radique simplemente en la gigantesca deuda acumulada por las economías de Occidente, con pocas excepciones. La deuda pública y privada de todo el mundo excede en el 300 % del producto interior bruto global, lo que lleva a un especialista norteamericano, David M. Smick, a un pronóstico amenazante: “Se aproxima el apocalipsis de la deuda global.” Y ya se sabe que los más endeudados son EE UU y algunos países europeos y que los tenedores de la deuda están en Asia y especialmente en China. ¿Acaso Europa representa el papel de aristócrata tronado en el drama que retrata el ocaso del viejo régimen?

El malestar y la incomprensión fueron casi generales ante las sorprendentes noticias que llegaban de Atenas. Nadie había sido informado de la última baladronada y fuga de Papandreu, ni Bruselas había podido sospecharlo. Fue la escena de un prestidigitador, una impostura para ganar tiempo. La calle permaneció a la expectativa. Luego de dos años de planes de rigor extremo, de debates inacabables, de manifestaciones, huelgas y protestas continuas, de duras negociaciones internacionales, el primer ministro se acordó del ciudadano corriente para endosarle la responsabilidad de su fracaso inapelable.

La cuestión del referéndum, forma directa de actuación del pueblo como cuerpo electoral, suscita bastantes reparos y controversias entre los especialistas. Históricamente fue un instrumento de los regímenes dictatoriales. Según la terminología académica, la opción de Papandreu no implica una intervención popular ya prevista en la legislación para la aprobación o rechazo de una ley o disposición ya sancionada por otros órganos estatales, regionales o municipales —terreno propio del referéndum—, sino que entraña un acto político irreversible que expresará la confianza o desconfianza del pueblo en un gobernante o un régimen, y en este caso, en un proyecto histórico, materia más propia del plebiscito, del cual, como se sabe, abusaron los dictadores planteando al pueblo dilemas abusivos del tipo “yo o el caos”. Lo mismo que se le ocurrió a Papandreu: aceptar el diktat de Bruselas o sufrir una catástrofe mayor que la que ya aflige a los helenos.

La escasa mayoría parlamentaria del Partido Socialista Panhelénico (Pasok), el partido de Papandreu (153 de los 300 escaños del Parlamento), se agrietó a ojos vistas y de ella surgieron airadas voces discordantes, si bien el primer ministro logró convencer a su gabinete, en una reunión de urgencia que duró siete horas, de la necesidad de convocar la consulta popular. El argumento decisivo fue el siempre persuasivo de la amenaza de elecciones anticipadas. Pero la suerte estaba echada en contra de las ocurrencias forzadas del primer ministro.

Las divergencias en el Pasok persistieron. El número dos del gobierno y ministro de Finanzas, Evangelos Venizelos, a su regreso de Cannes, aseveró: “La entrada de Grecia en el euro es una conquista histórica del pueblo griego que no puede ser puesta en tela de juicio. No puede depender de un referéndum.” Esta declaración contra el referéndum sugirió, además, que la decisión fue adoptada personalmente por Papandreu, sin consultar con sus correligionarios más allegados. En la calle, los estalinistas del viejo partido comunista (KKE) y los neoestalinistas de la coalición izquierdista Syriza colaboraban con todos los sindicatos para preparar el terreno revolucionario con casi un siglo de demora.

La prensa griega del sistema no se mordió la lengua. El diario de centro-izquierda Eleftherotypia increpó al primer ministro por colocar a los ciudadanos ante “un chantaje”, expresado de esta manera: “O votáis sí [en el referéndum] o el país entra en bancarrota.” Otros periódicos censuraron “el gesto político de alto riesgo” o “la bancarrota política del gobierno”. El diario Adesmitos Typos analizó la situación como “un intento desesperado por encontrar una salida y ganar tiempo político para evitar una eventual derrota humillante” en unas elecciones precipitadas.

Hijo y nieto de notables figuras de la política griega, último vástago de una dinastía dominante durante el último siglo, Papandreu llegó al poder como un nuevo Robin Hood aparentemente dispuesto a desmantelar la oligarquía a la que pertenece. Pero las clases trabajadora y funcionarial a las que prometió liberar de una supuesta servidumbre se han convertido en las víctimas propiciatorias de sus sonados errores y sus ambiciones contradictorias. El desafío del referéndum será su última jugada, aunque también es probable que sirva para salir del círculo vicioso, desvelar las cifras del desastre y aclarar la situación económica y política en la Unión Europea.

Los JJ OO y el descenso hacia el abismo

No estaba claro, desde luego, si Papandreu perseguía con el referéndum una nueva ocultación de la verdad económica de Grecia y de las vergüenzas de sus dirigentes, o una transferencia indecorosa de su responsabilidad y la de su gobierno, caídos finalmente en un combate de falsarios. Una jugada arriesgada e improvisada que podría situar a los helenos en las filas del Tercer Mundo y poner patas arriba toda la eurozona sumida en el estancamiento y la carencia de un liderazgo firme, minado éste por las tensiones interestatales, pese a las apariencias forzadas del equipo Merkozy (Merkel de conductora y Sarkozy de paquete), como resumen los cronistas sociales.

Todo el país es la víctima propiciatoria de un fracaso político, pero también colectivo. Después de los Juegos Olímpicos del 2000 en Atenas, cúspide de todas las burbujas y todas las deudas, el descenso hacia el abismo fue imparable. La deuda pasó del 120 % del PIB al 170 %, los inmigrantes albaneses regresaron a su país, ante la imposibilidad de encontrar trabajo, y muchos griegos de las ciudades empiezan a volver al campo del que proceden para huir de la pobreza y el desamparo.

La atmósfera siguió tensa y caótica en Atenas, mientras la oposición de derechas, representada por el partido Nueva Democracia, cuyo líder es Antonis Samaras, reclamaba insistentemente la convocatoria inmediata de nuevas elecciones. Los rumores sobre la dimisión del primer ministro fueron acogidos con indiferencia. El 3 de noviembre fue un día de tumulto, confusión y discusiones bizantinas, peroratas baldías o intempestivas, dentro y fuera del Pasok, hasta el punto de que el discurso de Papandreu a sus desconcertadas huestes tuvo que ser concretado y casi traducido por Venizelos: aceptación del acuerdo global de Bruselas y retirada del fatídico referéndum. Lo único que quedaba por dilucidar era la suerte del hombre que había organizado todo el revuelo con una maniobra finalmente abortada.

El último clavo lo remachó el jefe de Nueva Democracia, el principal partido de la oposición, Antonis Samaras, que se negó terminantemente a discutir con Papandreu sobre la formación de un gobierno de unidad nacional que se haga cargo de los restos del naufragio. “Está mintiendo –declaró, refiriéndose al primer ministro–, nos ha chantajeado y está maniobrando dentro y fuera de Grecia para aferrarse al poder.” Un epitafio poco caritativo.

La ciudadanía se contagió del espíritu ancestral de la retórica huera. Los resultados de las encuestas son contradictorios y perturban el pronóstico. El 60 % de los consultados está en contra del acuerdo negociado en Bruselas, pero el 70 % no desea abandonar la eurozona. La mayoría de los griegos rechaza el plan de austeridad, pero, al mismo tiempo, pretende mantenerse en la zona euro y, por supuesto, en la Unión Europea, que considera algo así como un destino irrenunciable, el mayor logro colectivo desde que el país se sacudió el yugo otomano y proclamó la independencia (1830), aunque bajo la protección británica.

Resulta obvio, sin embargo, que los helenos no podrán obtener las dos cosas al mismo tiempo: la permanencia en el euro sin el plan de austeridad, la ayuda exterior sin los sacrificios. La purga es tan amarga como inevitable, dentro o fuera de la eurozona. Si Papandreu, en un ejercicio de funambulismo tan insólito como irresponsable, pretendía utilizar la amenaza del referéndum para obtener mejores condiciones de sus acreedores, el tiro le salió por la culata.

En Europa fue la consternación general, para decirlo con las palabras que salieron del Elíseo, después de que los bancos franceses, quizá los más atrapados en la ratonera griega, se hundieran el 15 % en la bolsa de París. Desde el primer momento, ese órdago azaroso tropezó con la amenaza del presidente del Eurogrupo (ministros de Economía de la eurozona), el luxemburgués Jean-Claude Juncker, quien advirtió de que el referéndum ponía en peligro el préstamo de 8.000 millones de euros (último tramo del primer rescate) que Grecia necesita inmediatamente para evitar la bancarrota y pagar los salarios y las pensiones el mes próximo.

En Cannes, en la tarde-noche del Día de Difuntos, Merkel y Sarkozy, visiblemente irritados, apretaron las clavijas al primer ministro griego en una escena humillante, aunque no recogida por las cámaras. Le hicieron saber que no existe otra solución para Grecia que la de aceptar el plan acordado con la eurozona el 27 de octubre: un nuevo rescate que costará 130.000 millones de euros y la condonación del 50 % de la deuda por parte de los acreedores privados. Lo toma o lo dejas. La estrella de Papandreu comenzó a declinar ante los ojos incluso de los que habían defendido pocas horas antes su apelación a la democracia directa. La cancillera alemana, que lleva varios meses deshojando la margarita, advirtió de que el referéndum “concierne nada más y nada menos que a la cuestión de saber si Grecia desea continuar en la zona euro”. La salvación del euro y de los bancos franceses y alemanes es mucho más importante que el rescate de Grecia.

La reunión de Cannes fue interpretada en Europa y en Grecia como lo que era: un ultimátum dirigido a todas las fuerzas políticas para saber, de una vez por todas, si Grecia pretendía seguir en la zona euro o si, por el contrario, estaba dispuesta a volver al dracma, ejecutar una devaluación competitiva y sufrir en solitario las tremendas consecuencias, entre ellas, el azote de la inflación.

La capitulación de Papandreu resultaría inexplicable si no fuera porque las cifras de la economía griega producen vértigo. La deuda pública y privada supera los 400.000 millones de euros, de manera que su contravalor en una nueva moneda (dracma) tendría efectos catastróficos. El Estado y numerosos empresas entrarían automáticamente en bancarrota. Ante la retirada masiva de los depósitos privados de los bancos, éstos no tendrían más remedio que recurrir al corralito, como ocurrió en Argentina (la prohibición de la retirada de activos). Además, Grecia perdería cada año los 3.000 millones de euros que recibe de Bruselas por ayudas estructurales y agrícolas.

La salida del euro, que no está prevista en el tratado de Maastricht que creó la unión monetaria, entrañaría la quiebra del Estado heleno y provocaría un empobrecimiento generalizado y aparatoso. Como se recordará, España e Italia abandonaron en 1990 el sistema monetario europeo y devaluaron competitivamente la peseta y la lira, pero no volvieron a encontrarse con el crecimiento hasta dos años después, a partir de septiembre de 1992, luego de que Dinamarca rechazara en referéndum su ingreso en la unión monetaria.

“Una abdicación de responsabilidad”

La prensa europea de inclinación socialdemócrata, la más sensible a los argumentos de Papandreu, puso el grito en el cielo, hasta el punto de que la solidaridad ideológica decayó ante la proximidad del desastre. Le Monde, en un editorial, describió como “un desafío loco” la decisión del primer ministro heleno y puso en tela de juicio la permanencia de Grecia en la zona euro, mientras que el combativo y pro europeo The Guardian publicó un análisis titulado: “Una abdicación de la responsabilidad”, en el que se recogían las palabras del primer ministro británico laborista Clement Attlee contra el referéndum, al que repudiaba como “la herramienta de demagogos y dictadores”.

Una opinión aparentemente a favor del referéndum, aunque muy crítica con Papandreu, pudo leerse en la revista alemana Der Spiegel, donde Sven Böll se felicitó de que los griegos, al fin, pudieran decidir el camino que juzguen más adecuado para salir de la pesadilla. Pero añadía: “El hecho de que el primer ministro griego desee consultar a su pueblo sobre la reestructuración financiera del país parece un acto de desesperación apropiado para el dramático principio de cometer suicidio ante la amenaza de muerte.”

El tumulto y la confusión se vienen arrastrando desde octubre de 2009, cuando Papandreu, nada más ganar las elecciones y tomar posesión como primer ministro, reveló que las estadísticas de las finanzas estaban trucadas, de manera que el déficit oficial del 6 %, según el gobierno anterior de centro-derecha, se situaba, en realidad, en el 12,7 % del producto interior bruto (PIB). No obstante, en vez de un ajuste para el saneamiento, el primer ministro, aplicando la típica receta socialdemócrata, mantuvo sus planes de reactivación económica, por valor de 2.500 millones de euros, y aplazó hasta 2011 la reducción del déficit, pese a que éste estaba muy por encima de los criterios del tratado de Maastricht para la moneda única y de los imperativos del pacto de estabilidad.

Este grave error de Atenas, aceptado sin rechistar por sus consocios de la eurozona, puso en marcha el ciclo infernal del aumento incontrolable de la deuda soberana, del gasto público desbocado, la rebaja de la calificación de las agencias internacionales y la pérdida de confianza de los inversores extranjeros. La deuda escaló por encima del 120 % del PIB, un nivel sólo superado por Italia en la eurozona, y el déficit, en vez de corregirse, aumentó hasta superar el 15 %. Papandreu tuvo que dar marcha atrás y presentó un primer plan de austeridad, fundado en la rebaja del sueldo de los funcionarios y el aumento de los impuestos. Pero no causó el efecto que se esperaba.

El primer rescate y los otros

El primer rescate de Grecia, por valor de 110.000 millones de euros, acordado por la UE y el Fondo Monetario Internacional (FMI), el 2 de mayo de 2010, tuvo como contrapartida un draconiano plan de austeridad que supuso recortes del gasto por más de 30.000 millones de euros, incluyendo una rebaja de los sueldos en la función pública y un reajuste en el generoso sistema de jubilación y pensiones. Ni se tranquilizaron los mercados ni amainó el descontento social, y el gobierno socialista, ante el temor de enajenarse a sus clientes (los funcionarios y empleados del sector público), no cumplió con sus promesas. Los burócratas siguieron en sus puestos y, al mismo tiempo, en la agitación callejera. En una de las huelgas, tres personas resultaron muertas cuando un cóctel molotov provocó un incendio en una oficina bancaria de Atenas, el 5 de mayo.

La crisis surgida en Atenas, lejos de conjurarse, se extendió a otros miembros de la eurozona, los llamados PIGS o periféricos, Portugal, Irlanda, España e Italia, de manera que la UE tuvo que improvisar un Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF), dotado con 440.000 millones de euros, para respaldar a los países con riesgo debido a su abultada deuda soberana, como corolario del gasto público desenfrenado, y la pérdida de confianza de los mercados. Ese fondo fue utilizado para evitar la bancarrota de Irlanda (7 de diciembre de 2010), en cuyas finanzas se inyectaron 85.000 millones de euros a cambio de un plan de austeridad y la reestructuración de los bancos.

Portugal fue rescatado, a su vez, el 4 de mayo de 2011, mediante un plan por valor de 78.000 millones de euros, que forzó al gobierno socialista de José Sócrates a adoptar nuevas medidas impopulares que incluyeron el rigor presupuestario, los recortes en los servicios sociales y la venta de las joyas del Estado, las principales empresas del país: la eléctrica EDP, la compañía aérea TAP y la petrolera GALP. Unas elecciones generales anticipadas mandaron a los socialistas a la oposición, el centro-derecha se hizo con el poder y los ajustes prosiguieron en todos los sectores.

Mientras Irlanda y Portugal aplicaban con determinación y aflicción las medidas draconianas acordadas para su rescate, la incertidumbre siguió gravitando sobre la situación de Grecia, a pesar de que Papandreu presentó en abril de 2011 su segundo plan de austeridad, según lo pactado con los acreedores, y entregó in extremis la cartera de Economía a su rival dentro del Pasok, Evangelos Venizelos, en busca de la unión sagrada. Los resultados apuntaron al desastre. La deuda superó el 150 % del PIB, el déficit público se encaramó en el 16 % y la continuada austeridad desembocó en la recesión, el fraude fiscal y la huida de capitales. El país padeció su novena huelga general en un año.

La crisis volvió a planear sobre todo el sistema del euro y los líderes de la UE, de nuevo alarmados, acordaron en una cumbre de urgencia, el 21 de julio, otro plan de ayuda para Grecia por valor de 109.000 millones de euros, a los que se añadieron 49.000 millones aportados por los acreedores privados que aceptaron una quita del 21 % en sus préstamos al Estado griego. Las cifras estratosféricas y las dudas sobre la manera de conseguir tanto dinero en unos momentos de fuertes restricciones crediticias  minaron muy pronto la confianza.

España e Italia se contagiaron inmediatamente, sus primas de riesgo (diferenciales de deuda con el bono alemán) se elevaron por encima de los 400 puntos básicos, hasta límites muy peligrosos, y los mercados bursátiles cayeron con fuerza en agosto y septiembre. La inquietud de los países que no utilizan el euro (Reino Unido, Suecia, Dinamarca, Polonia), pero perjudicados por la tormenta; las reticencias de los países de la eurozona globalmente acreedores, como Holanda, Finlandia, Eslovaquia o Austria, así como las discrepancias entre Alemania y Francia sobre el montante de la quita en la deuda griega, enconaron la situación, de modo que la crisis financiera devino política y despertó las pulsiones nacionalistas.

Muy pronto se vio que el plan del 21 de julio no era suficiente. Con los mercados apretando las clavijas y las agencias de calificación anunciando la catástrofe, Merkel tuvo que convencer a Sarkozy de la necesidad de aumentar la quita de la deuda griega, a pagar por los acreedores privados, y de recapitalizar a los bancos para ponerlos a cubierto de la borrasca. El rescate de Grecia pasó a identificarse con el salvamento del euro, según lo acordado en la cumbre extraordinaria de la eurozona, el 27 de octubre: ayuda a Grecia por 130.000 millones de euros, recapitalización de los bancos y aumento hasta 1 billón de euros de la capacidad del fondo de estabilidad financiera a fin de evitar el contagio y establecer una barrera de protección en torno a España e Italia. ¿De dónde va a salir tanto dinero? Ésta es la simple pregunta que pronto enfrió los entusiasmos.

El Estado griego es uno de los más intervencionistas y clientelares del mundo occidental, en muy mala posición en todas las clasificaciones internacionales concernientes a la libertad económica y el libre mercado. Un sector público hipertrofiado, con empresas que alimentan las redes caciquiles, perjudica gravemente la iniciativa privada y estimula el derroche de los recursos. El sistema fiscal es tan injusto como inoperante, la evasión es un deporte nacional y el fraude alcanza niveles grotescos: sólo 5.000 ciudadanos declaran al fisco ingresos anuales superiores a los 100.000 euros.

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