Posteado por: M | 19 noviembre 2011

La égida alemana o el desastre, dilema de la eurozona

La eurozona, nacida realmente en 2002, en aplicación del tratado de Maastricht, se encuentra en una encrucijada, bajo graves amenazas de extinción, ante el dilema de aceptar la égida alemana o encaminarse hacia el desastre. El euro, en fin, concebido como un instrumento para unir más estrechamente a los Estados europeos, hoy parece que los está desgarrando. El portugués José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea, advirtió la semana pasada de que “estamos ante el mayor reto que nuestra unión ha conocido en su historia”. Una tarea de titanes en un ambiente poco dado a cantar las excelencias de la moneda única.

El tratado de Maastricht, firmado en la ciudad holandesa homónima el 7 de febrero de 1992, estableció la Unión Europea (UE) y dentro de ésta, la Unión Económica y Monetaria (UEM), que debía plasmarse en el mercado único, una coordinación más estrecha económico-financiera, una política exterior y de seguridad comunitaria y una divisa común, el euro, si bien éste no se convirtió en moneda fiduciaria hasta un decenio después, el 1 de enero de 2002. La demora del proceso se debió, ante todo, a la voladura del Sistema Monetario Europeo (SME) en 1993, precipitada por una especulación frenética y por la indecisión política.

Aquella crisis presenta muchas similitudes con la actual, aunque con la diferencia sustancial de que Alemania estaba aún digiriendo el pesado ágape de la reunificación. El entonces canciller, Helmut Kohl, al negarse terminantemente a subir los impuestos o bajar los elevados tipos de interés que ofrecía el Bundesbank, preservó la fortaleza del marco, culminó la integración de la RDA ex comunista, pero contribuyó decisivamente a desencadenar la crisis del Sistema Monetario Europeo (SME) que regulaba la relación entre las monedas nacionales.

En la madrugada del 2 de agosto de 1993, en medio de un desorden monetario sin precedentes desde la creación del SME en 1979, los ministros de Economía de los Doce, reunidos en Bruselas, decidieron ampliar desde el 2,25 % hasta el 15 % (en cada sentido) los márgenes de fluctuación de las divisas. El “compromiso de Bruselas”, presentado como un expediente para salvar el SME, significó en realidad la muerte de éste, el fin de una época caracterizada por la estabilidad financiera en torno a la moneda europea más fuerte, el marco, y la destrucción del dogma de los tipos de cambio artificialmente vinculados, mientras las economías evolucionaban en orden disperso.

En la primavera de 1993, España estaba sumida y desarmada en la tormenta, en plena recesión, con un paro galopante (por encima del 20 %, unos 3,5 millones de personas), la inflación disparada, un déficit público de 1,7 billones de pesetas y unos graves desequilibrios estructurales, de manera que Carlos Solchaga, a la sazón ministro de Economía en el gobierno de Felipe González, devaluó por tres veces la peseta en ocho meses, con una pérdida global de valor del 21,7 %. La última devaluación se decretó el 13 de mayo, en plena campaña electoral, pese a lo cual el PSOE volvió a ganar las elecciones por la mínima, aunque perdiendo la mayoría absoluta (6 de junio). Aparentemente, el recurso fácil de la devaluación competitiva había prevalecido frente a los consejos sensatos de primar la austeridad y la responsabilidad fiscal.

Eran momentos difíciles para Europa y para España que me llevaron a escribir: “Con algo más de 20 millones de parados y 8 millones de extranjeros, con una población de 345 millones, envejecida y temerosa de las presiones inmigratorias, la Europa de los Doce se presenta agobiada por los escándalos de corrupción, la violencia xenófoba, el cinismo político, la recesión y las amenazas contra el Estado del bienestar.”  En España había que añadir el terrorismo de ETA. Mi comentario podría repetirse ahora con los datos muy por encima en la Europa variopinta y declinante de los 27.

Rigor presupuestario y estabilidad fiscal

Los mismos males siguen ahí, aunque enconados y extendidos, y la Unión Europea, ampliada imprudentemente hasta las fronteras de Ucrania y el Cáucaso, vive una nueva crisis de identidad y funcionamiento, la de la deuda soberana, que socava la estabilidad y fortaleza del euro. El desbarajuste es tan peligroso, que la llamada “cultura de la connivencia”, dominante en la eurocracia de Bruselas, fue dinamitada para imponer dos gobiernos no elegidos en Roma y Atenas, tras sendos golpes de Estado o de timón entre bambalinas.

La responsabilidad del desastre está muy repartida, pero no estará de más recordar que en 2004 la Comisión Europea aceptó la admisión de Grecia en la eurozona pese a saber que ésta había falsificado los datos de su realidad económica. El rigor presupuestario y la estabilidad fiscal, sustentos del euro, fueron sacrificados en el altar del oportunismo.

El euro nació de una decisión político-estratégica, no como culminación de una evolución económica, y se impuso sin haber efectuado los cambios necesarios en la estructura institucional de la UE. La Francia de Mitterrand y de Jacques Delors, éste presidente de la Comisión Europea, que había contemplado con un recelo ancestral la rápida unificación de Alemania, creyó que el salto hacia delante de la moneda única era la mejor manera de proteger el declinante poder de Francia en Bruselas y de impedir la germanización, con el marco como divisa, de todos los países que acababan de sacudirse el yugo soviético. “La unificación de Europa y la reunificación de Alemania son las dos caras de la misma moneda”, sentenció el presidente checo Vaclav Havel.

La acelerada mutación del mapa de Europa planteó en París el inveterado y rencoroso problema alemán, el de un gigante económico en el centro de una Europa desgarrada por las tensiones contradictorias, actuantes desde la época de Bismarck, entre la unidad europea hacia el oeste y la tentación hegemónica germánica en la llamada Mitteleuropa. “Si la Comunidad Europea no se fortalece, en vez de una Alemania europea, vinculada irreversiblemente a los países occidentales, asistiremos al proceso ineluctable de la germanización de Europa”, pronosticó sombríamente el analista francés Alain Minc.

En Alemania, el abandono del marco y de sus estrictas garantías de estabilidad suscitaron una gran controversia, pero el canciller Kohl, sobre el que aún pesaban mucho las sombras del pasado, se avino a darse la mano con Mitterrand en el osario de Verdún, símbolo al mismo tiempo de la vesania colectiva y de la reconciliación, siempre y cuando el Banco Central Europeo, con sede en Fráncfort, heredara las virtudes y los principios del Bundesbank. Paralelamente, tanto las potencias occidentales como Rusia habían abolido los últimos vestigios del estatuto de ocupación que siguió a la catástrofe de 1945.

Para aceptar el euro, Alemania impuso a los países que desearan formar parte de la eurozona los llamados criterios de Maastricht o de convergencia (artículo 104 del tratado fundacional): un  déficit de las administraciones públicas no superior al 3 % del producto interior bruto (PIB), una deuda estatal que no supere el 60 % del PIB y una tasa de inflación que no sobrepase el 1,5 % de la media de los tres Estados miembros con menor inflación. Estos requisitos fueron ratificados y fortalecidos por el Pacto de estabilidad y crecimiento (1997), que inauguró la supervisión fiscal y un régimen sancionador de los Estados incumplidores.

Tras la entrada en vigor del euro, sin embargo, los criterios de Maastricht fueron violados impunemente por los Estados que los habían patrocinado, Alemania y Francia, en 2004-2005, cuando sus déficits respectivos desbordaron ampliamente el 3 % del PIB. Según cuenta el francés Jean-Claude Trichet, hasta hace unos días presidente del Banco Central Europeo, éste trató de impedir que París y Berlín degradaran los parámetros fundacionales, “pero el consenso mundial de entonces era que los países soberanos no tenían problemas de crédito”. No obstante, Portugal, el eslabón más débil, había sido sancionado por no controlar su déficit presupuestario en 2003. Un aviso perfectamente inútil y hasta hipócrita, extraviado en los meandros de la eurocracia.

Y como el Eurogrupo (ministros de Economía de la eurozona) fue incapaz de controlar la situación, las agencias internacionales que miden la salud económica en nombre de los inversores y detrás de ellas los mercados pusieron los puntos sobre las íes, quitaron la máscara a los gobiernos incompetentes o despilfarradores, fiscalmente irresponsables, y arrojaron luz sobre el desastre financiero de los llamados países periféricos (Portugal, Irlanda, Grecia, España e Italia). Acabaron con la ficción y desvelaron la cruda realidad: un  bono español, portugués, o griego no era lo mismo que otro alemán.

El euro se creó en la creencia de que la los Estados miembros cumplirían con sus compromisos y avanzarían en la convergencia mediante la armonización de sus políticas fiscales, económicas y monetarias. Pero, sin  mecanismos coercitivos, el invento no funcionó como se deseaba, de manera que las asimetrías norte-sur dentro de la eurozona, en vez de estrecharse, se ensancharon. Algunos países lo hicieron bien, con Alemania a la cabeza, seguida por Austria, Finlandia, Luxemburgo y Holanda, y por algunos recién llegados como Eslovaquia, pero otros, por razones internas o electorales superpuestas a los prejuicios ideológicos, se situaron al margen de la disciplina y alimentaron el círculo vicioso del déficit, la deuda y el recurso de los préstamos exteriores para financiar el despliegue del Estado de bienestar o la hipertrofia burocrática y caciquil.

Las discrepancias franco-germanas

Las crecientes discrepancias entre París y Berlín acabaron en la confusión y el brutal dictado de los cambios de gobierno en Atenas y Roma. Mientras Francia, siguiendo la tradición gaullista de la Europa de las patrias, aboga por otorgar más poder al Consejo Europeo que reúne a los jefes de Estado y de Gobierno de la UE, o imponer medidas unilaterales previo un acuerdo franco-germano, Alemania propugna el establecimiento de nuevas instituciones supranacionales que vigilen y en su caso sancionen a los países que no apliquen a rajatabla los criterios que sustentan la estabilidad del euro, es decir, que se muestren remisos a obedecer el mandato alemán de austeridad, disciplina y buen gobierno. Los alemanes quieren, desde luego, “más Europa”, pero a su manera.

La llamada locomotora franco-alemana está averiada o desequilibrada. El presidente Sarkozy, que se encuentra en arduas vísperas electorales, no es el copiloto, como podría suponerse al verlo evolucionar en la escena europea, sino el paquete en la motocicleta que conduce la cancillera Merkel, como apunta sarcásticamente el semanario británico The Economist en un análisis titulado “The driver and the passenger” (el conductor y el pasajero). Francia tiene muchos problemas económicos, como corresponde a una potencia de segundo orden que desde 1974 no ha conseguido un presupuesto con superávit.

El presidente Sarkozy, ante los negros nubarrones que cruzan el Hexágono, alarmado por la perspectiva del contagio, no pudo mantener por más tiempo la ficción de su “completo acuerdo” con la cancillera Merkel, hasta el punto de que la discordia estalló públicamente esta semana al tratarse del papel que debe desempeñar el Banco Central Europeo (BCE). Berlín mantiene su oposición radical a que el BCE se convierta en “el prestamista de última instancia” mediante la compra de los bonos de los Estados endeudados, mientras que París presiona exactamente en sentido contrario.

Como explica Der Spiegel, “Alemania, por históricas razones que se remontan a los años 20 del pasado siglo –cuando la hiperinflación allanó el camino de Hitler hacia el poder–, mantiene una muy arraigada fobia hacia cualquier medida que implique una rápida elevación de los precios.”

Efectivamente, se trata de una opinión muy extendida en Alemania, como razona Wolfgang Franz, jefe del influyente Consejo Alemán de Expertos Económicos, un organismo que asesora al gobierno, en una entrevista publicada en el Frankfurter Allgemeine Zeitung. En su opinión, la compra ilimitada de deuda soberana por el BCE y su monetización mediante la inyección de liquidez, “no sólo entrañaría una pérdida de independencia, sino que además elevaría el riesgo de inflación y finalmente representaría una colectivización antidemocrática de la deuda”.

En resumen, la barra libre en el BCE sería un remedio perentorio y provisional que probablemente acabaría desembocando en un camino de perdición para la moneda única. Por eso la cancillera no se cansa de reiterar que “cada país debe hacer sus deberes en el ámbito fiscal”, recuperar “la disciplina presupuestaria” y trabajar con ahínco en pro de la convergencia, “mediante fuertes medidas para una mayor integración y una mayor vinculación en el seno de la eurozona”.

En realidad, la deuda astronómica de los países periféricos es sólo un síntoma de una enfermedad más grave, estructural: la pérdida de competitividad de los países periféricos no sólo en comparación con la virtuosa Alemania y los países que siguen su ejemplo, sino incluso en relación con el resto del mundo. Como no puede recurrir al arma de la devaluación competitiva, los Estados del sur de Europa se han mostrado incapaces de igualar  y ni siquiera aproximarse a la creciente productividad germana, la cual está apoyada en un aumento moderado de los salarios y en la responsabilidad de unos sindicatos que actúan como los garantes de la disciplina social.

Las causas: el desequilibrio norte-sur

El gobierno alemán no sólo tiene la sartén por el mango, sino que aporta unas razones muy sólidas para promover la convergencia mediante la austeridad y el rigor, o lo que es lo mismo, para exigir la reforma de las reglas que rigen el funcionamiento del conjunto y que rara vez se aplican con todas sus consecuencias. La crisis hinca sus raíces en los desequilibrios entre el norte y el sur, entre países ricos y menos ricos, entras las economías exportadoras, como la alemana, y prestadoras de servicios, como la española, unidas artificialmente por la divisa común, el endeudamiento y las transferencias.

La prosperidad alemana ofrece unas cifras apabullantes: el desempleo alcanza su nivel más bajo desde la reunificación (en torno al 6 %), las exportaciones avanzan a buen tren y la recaudación fiscal desborda las previsiones gubernamentales, hasta el punto de que Merkel anuncia la rebaja de impuestos que le venían reclamando sus socios liberales por más de 8.000 millones de euros.

Resulta insufrible que la supremacía alemana suscite, en vez de la emulación, la envidia de Francia y la cólera de algunos sectores griegos, italianos o españoles que, en vez de abogar por el cumplimiento de las obligaciones y las reformas necesarias para seguir adelante, hacia la convergencia, destapan la caja de los truenos contra la apisonadora germánica o pretenden, como se le ocurrió a Pérez Rubalcaba, el aplazamiento de la terapia de choque para mantener la indisciplina presupuestaria, la hipertrofia burocrática y la irresponsabilidad fiscal. Como saben bien en EE UU, siempre es fácil que el gigante se convierta en villano cuando los incumplidores tratan de tapar sus vergüenzas.

Por ese camino de la baja productividad, el gasto consuntivo y el endeudamiento exorbitante, los países llamados periféricos estarían eternamente entrampados y subsidiados, es decir, empobrecidos, en el furgón de cola del renqueante proyecto europeo, pidiendo o mendigando dinero prestado para comprar los productos alemanes o mantener artificialmente unos supuestos derechos sociales demagógicamente otorgados. Un descenso inexorable hacia el declive moral, demográfico y económico. Mientras tanto, España paga 100 millones de euros diarios por el servicio de la deuda y está sometida al chantaje permanente de “un paralizante pseudofederalismo”, según la expresión del profesor y politólogo Manuel Arias Maldonado.

En vez de estudiar concienzudamente las causas del desastre, para buscar los remedios, aunque sean dolorosos, los socialistas sin brújula ideológica se agarran a John M. Keynes, como si fuera un talismán, para seguir gastando sin tino, no en el sistema productivo, como sería deseable, sino en alimentar el ogro burocrático y las redes clientelares. Como es notorio, Keynes pretendía salvar el capitalismo, no enterrarlo, pero sus defensores de ahora mismo vienen de la cultura del dirigismo estatal y la economía administrada que históricamente acabaron en un desastre sin paliativos.

El reputado economista e historiador francés Nicolas Baverez trató de explicar lo que nos ocurre: “Esta crisis amenaza los beneficios de 60 años de integración europea. Todos los principios sobre los que se construyó la eurozona –no al déficit estatal, no a las transferencias monetarias, no a los rescates y sí a los estrictos límites de la deuda—están muertos, y no tenemos otras reglas para hacer ese trabajo.” Me permito una interpretación paralela: o ponemos con urgencia unas normas claras y de riguroso cumplimiento, o el naufragio será inevitable.

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Responses

  1. Buen análisis del problema en que nos encontramos inmersos. Por la forma en que yo lo entiendo la implantación del euro fue algo inmaduro y por lo tanto prematuro, ahora bien parecería que de no haberse producido la alternativa habría sido una dependencia del D.M, cosa tampoco muy estimulante.
    Un saludo

  2. […] https://mateomadridejos.wordpress.com/2011/11/19/la-egida-alemana-o-el-desastre-dilema-de-la-eurozona… […]


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