Posteado por: M | 23 noviembre 2011

El desencanto y las dudas planean sobre las revueltas árabes

Este análisis fue publicado en la revista de la Asociación de las Naciones Unidas en España (ANUE) correspondiente a octubre de 2011 y puede consultarse también en www.anue.org

Las revueltas árabes contra el atraso, la humillación y el despotismo, que estallaron  en Túnez en diciembre de 2010, estaban sofocadas por la represión o sumidas en el caos y la incertidumbre en septiembre de 2011. La implantación de la democracia y el liberalismo, propalada y defendida por las cancillerías occidentales en medio del tumulto, tropieza con obstáculos aparentemente insalvables en las opulentas monarquías del Golfo, en Siria, Yemen e incluso en los países teóricamente liberados de la opresión como Túnez y Egipto. Los países del Magreb, luego de varios meses de agitación y aunque por causas distintas, aparecían relativamente tranquilos tras una reformas cosméticas (Marruecos) o el pánico de una nueva guerra civil (Argelia).

La aceleración histórica que parecía irreversible se detuvo bruscamente. La primavera árabe se aproxima al otoño bastante marchita, habiendo perdido una gran parte del impulso inicial, pese a que la coalición de la OTAN reavivó los ideales y las expectativas al provocar la huida infamante del coronel Muamar Gadafi desde su fortín de Trípoli, el 23 de agosto. La carnicería prosigue, ahora en forma de represalias o venganzas contra los partidarios del líder caído, y los muertos se cifran en miles a falta de una contabilidad fiable del horror.

El desencanto y el temor de que los islamistas se adueñen de la situación han sustituido a la euforia. “La primavera árabe no pasa, desde luego, por Argelia”, explicó en agosto el diario El-Watan, de Argel, persuadido de que el proceso de reformas propugnado por la clase media ascendente está bloqueado. Las fuerzas que se resisten al cambio han desaparecido de las candilejas, para no levantar sospechas, pero siguen empeñadas en la represión, como en Siria o Yemen, o en el apaciguamiento del maná petrolífero. Los islamistas no dan la cara y ocultan sus más osadas pretensiones, pero son los mejor cohesionados y esperan su oportunidad.

El movimiento de liberación fascinó a muchos occidentales, se propagó como un reguero de pólvora y constituyó una severa advertencia contra los que ejercían el poder absoluto, los dictadores más veteranos y crueles, fieles aliados de las potencias occidentales. Los jóvenes más decididos y los analistas mejor intencionados auguraban, entre las élites árabes, que la opresión ya no sería suficiente para mantener la estabilidad y preservar la explotación de los pueblos subyugados y del tesoro petrolífero. Sería necesario atender las plegarias en favor de la justicia social y la igualdad de oportunidades, pero esos grandes lemas estaban escritos sobre papel mojado.

Washington y el mito de la estabilidad

Washington apostó por la estabilidad desde que sustituyó a Gran Bretaña como gendarme de la región después del fiasco franco-británico de Suez (1956), canto de cisne del colonialismo europeo. “Durante 60 años, Estados Unidos buscó la estabilidad a costa de la democracia en el Oriente Medio, y no conseguimos ninguna de las dos”, declaró la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, en el discurso que pronunció el 20 de junio de 2005 en la American University de El Cairo. Y agregó: “Ahora tomamos un rumbo diferente porque apoyamos las aspiraciones democráticas de todos.”

En los círculos académicos y del análisis estratégico se produjo en los momentos cruciales de las revueltas una curiosa conexión entre los abogados del intervencionismo liberal o de izquierdas, que se retrotrae nada menos que a las presidencias del demócrata Woodrow Wilson (1913-1921), y los neoconservadores que elaboraron la teoría que sirvió de base para “la agenda de la libertad” de George Bush y Condoleezza Rice, pese a las reticencias y vacilaciones de Barack Obama y Hillary Clinton, más proclives a los dictados del realismo amoral, también conocido literariamente como realismo sucio, codificados por Henry Kissinger.

El equipo de Obama tardó demasiado en reaccionar, quizá porque los presidentes Ben Alí y sobre todo Mubarak eran dos amigos fieles, clientes irreprochables; pero estuvo claro desde el primer momento que las dificultades económicas y, sobre todo, el estrés de los ejércitos estadounidenses, que siguen estancados en Iraq y Afganistán, desaconsejaban cualquier iniciativa interventora. La estabilidad en Egipto, además, era un factor de suma importancia en la estrategia conjunta con Israel.

La profecía de que las revueltas árabes desembocarían en una arcadia democrática resultó prematura y, por supuesto, errónea, ya que la caída de los dictadores, Ben Alí, Mubarak y Gadafi, no alteró sustancialmente la estructura ni la dinámica de sus regímenes. Los militares tunecinos y egipcios sujetan las riendas del poder, mientras los déspotas de Siria y Yemen siguen disparando brutalmente contra los civiles desarmados. Los chiíes de Bahréin que se levantaron contra una injusticia histórica y flagrante fueron reducidos al silencio y la discriminación, sometidos a la ocupación militar por el Ejército de Arabia Saudí con el beneplácito de Washington, pese a las protestas de Irán.

Una operación secreta

Gadafi, en el poder desde 1969, sátrapa excéntrico, dictador errático y durante muchos años financiero del terrorismo, que luego confraternizó con los occidentales, deja tras de sí un panorama devastado, un país tribal, sin instituciones, sin  partidos políticos ni sindicatos, sin verdadero ejército, sin un líder nacional capaz de alzarse por encima de los jefes de clan y exhortar a la pacificación. Y en cuanto al futuro inmediato, la nación que es preciso construir, los pronósticos son poco alentadores.

Las calles de Trípoli volvieron a llenarse de cadáveres en medio del caos, la sombra de Al Qaeda y las venganzas contra los gadafistas. Las bandas armadas, los asesinos y los saqueadores dominaron la situación. El mismo día en que el Guía huyó de sus palacios, Anthony Shadid, tras describir los escombros, escribió en el New York Times que “la dirección de los rebeldes es opaca y está fracturada, mientras que las intenciones de los islamistas que están en sus filas son inciertas y los extranjeros andan involucrados en una clase de intervención que durante  mucho tiempo fue tóxica para el mundo árabe.”

Los acontecimientos se precipitaron con la canícula del hemisferio norte. Ante el temor de un fracaso estrepitoso de la OTAN, cuyos bombardeos comenzaron el 19 de marzo, las partidas de rebeldes procedentes de Bengasi, en la Cirenaica, fueron entrenadas, armadas, disciplinadas y conducidas hasta Trípoli en una operación secreta y relámpago, de la que ignoramos los detalles, patrocinada por Qatar y otras monarquías del Golfo y dirigida sobre el terreno por las fuerzas especiales franco-británicas, mientras los norteamericanos contribuían con su dominio absoluto del mar y los cielos. Obama podía conquistar algunos laureles en plena borrasca económica.

¿En qué quedan las estipulaciones del tan cacareado mandato de la ONU?  La resolución 1.973, aprobada por el Consejo de Seguridad el 17 de marzo de 2011, estableció una zona de exclusión área sobre Libia y autorizó “el empleo de todos los medios necesarios para proteger a la población”, pero excluyó expresamente cualquier tipo de intervención terrestre para cambiar el régimen. La resolución se aprobó con 10 votos a favor y 5 abstenciones de Brasil, India, Alemania, Rusia y China, cuyos intereses en el norte de África no se pueden comparar con los de Francia, Gran Bretaña e Italia y sus respectivas petroleras (Total, BP y ENI).

“El retorno de los poderes coloniales disfrazados de liberadores es mucho más peligroso de lo que cualquiera pueda imaginar”, escribió Talal Salman, director del periódico izquierdista As-Safir, editado en Beirut. La prédica anticolonial, que había cohesionado al nacionalismo árabe en la época de Naser, pero que estuvo ausente de las revueltas en Túnez y Egipto, donde fueron eliminados dos amigos de Washington, vuelve por sus fueros tras la operación de la OTAN en Libia, de penetrante olor a petróleo. La diatriba contra “el nuevo imperialismo”, leitmotiv del combate desesperado de Gadafi, fue el argumento central del discurso del dictador sirio el 21 de agosto, tras otro viernes sangriento, luego de que Obama exigiera su abandono del poder.

En general, en medio del torbellino generalizado, las monarquías conservadoras resistieron mejor que las repúblicas pretorianas los embates de la presión popular, de manera que en Marruecos, Jordania y hasta Bahréin, la agitación y las manifestaciones nunca fraguaron una real amenaza para las dinastías. El apoyo firme de EE UU está detrás de todos los monarcas, hasta el punto de que Arabia Saudí, primer productor mundial de petróleo, armada hasta los dientes por el protector norteamericano, en vez de impulsar las reformas democráticas, invadió militarmente Bahréin para impedir la caída de su protegido, el jeque Hamad bin Isa al-Jalifa.

El poder militar en Egipto

El desenlace del alzamiento árabe es altamente problemático. Nada parecido al jubiloso dominó democrático que se precipitó en la Europa central y oriental tras la caída del muro de Berlín (1989) y el hundimiento de los regímenes comunistas, con la excepción del rumano. “La transición política que siguió a la revuelta en Egipto ha ensombrecido el optimismo inicial”, escribió un comentarista de la prestigiosa revista norteamericana Foreign Affairs en su número de septiembre de 2011. Y aseguró que la Hermandad Musulmana, lejos de las cámaras hasta la caída de Mubarak, se perfilaba como la más probable vencedora de las elecciones, a las que concurrirá con el nombre de Partido de la Libertad y la Justicia.

Los más comprometidos con la revuelta organizaron la Coalición de la Juventud Revolucionaria, más inspirada en las reformas que en el islamismo, pero cuyas perspectivas electorales son harto precarias. Volvieron a la plaza Tahrir a principios de julio, para protestar por la lentitud que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) estaba imprimiendo a la transición democrática, pero fueron rápidamente desalojados por los blindados después de que el gobierno prohibiera las protestas que “perjudiquen la marcha del país”. La manifestación fue encabezada por los familiares de las más de 800 víctimas mortales de la represión.

Los salafistas, por su parte, defensores acérrimos de la más rigurosa aplicación de la ley coránica (sharia), detractores de cualquier idea que huela a Occidente, alarmaron a los sectores moderados de la clase media cairota, liberales e izquierdistas confundidos, con su demostración de fuerza del 29 de julio en la plaza Tahrir. Luego se pudo ver por la televisión cómo los comerciantes de la zona aplaudían a las fuerzas de seguridad cuando expulsaban a los radicales islamistas del lugar mítico de la revolución que parecía encaminarse hacia su termidor.

Para algunos observadores y testigos del mundo árabe, la revolución ha sido confiscada tanto en Egipto como en Túnez. En El Cairo, el CSFA se adapta mal a la idea de que su poder es transitorio, a la espera de transferirlo a los civiles elegidos por el pueblo, y maniobra entre bastidores para preservar su hegemonía tras las elecciones de septiembre. En realidad, la casta militar disfruta de las sinecuras del poder, aunque por persona intermedia, desde el golpe de Estado de Naser y la cofradía de los Oficiales Libres en julio de 1952 que derrocó al rey Faruk y proclamó la república.

El ex presidente Ben Alí, que estuvo en el poder desde 1987, se halla exiliado en Arabia Saudí y es muy poco probable que algún día sea entregado a las autoridades tunecinas para juzgarlo por la corrupción galopante y la sangrienta represión que precedió a su huida. Tampoco es previsible que la mayor parte de la fortuna del clan presidencial, labrada mediante el abuso y el nepotismo, revierta a las arcas del Estado. Por supuesto, las potencias occidentales no moverán un dedo para logar su extradición y ni siquiera para congelar realmente su fortuna en el extranjero.

El juicio de Mubarak es un hito en la historia del mundo árabe, una victoria insólita y parcial de los jóvenes que catalizaron la protesta contra el dictador y convirtieron la plaza Tahrir en el ágora de todas las disputas y esperanzas. “Fue un acontecimiento histórico”, señaló Abdel Ghani Hindi, coordinador general del Movimiento Popular por la Independencia de Al Azhar. Por primera vez en Egipto, un jefe del Estado y mariscal del ejército compareció ante un tribunal civil ordinario acusado de crímenes horribles. ¿Seguirá los pasos de Sadam Husein?

La retransmisión televisada del juicio de Mubarak fue un revulsivo para la opinión egipcia que lo había aclamado reiteradamente durante los 30 años de poder omnímodo, desde que llegó a la presidencia en 1981 tras el asesinato del presidente Anuar el Sadat por unos militares islamistas. El que fue todopoderoso rais, de 83 años, apareció postrado en una camilla (está enfermo de cáncer), dentro de la jaula de cristal de los reos, junto a dos de sus hijos, acusados de corrupción y de la muerte violenta de centenares de manifestantes. Los excesos mediáticos, la singular rapidez del proceso y la exhibición morbosa de un dictador valetudinario se deben a las necesidades tácticas de los generales ante la impaciencia de la opinión. La condena de Mubarak podría servir de pretexto para aplazar las reformas perentorias, de carácter social, las que de verdad incomodan a los generales y amenazan sus privilegios.

A principios de agosto, Hussam Itani, comentarista en el periódico árabe Al Hayat, editado en Londres, describía con alarma la gestión de los militares: “Pretenden gobernar a través de marionetas, a mover los hilos en secreto y a beneficiarse de los privilegios del poder sin asumir la responsabilidad.” Y añadía que los integristas de la Hermandad Musulmana, principal organización político-religiosa, siguen el juego de los pretorianos y mantienen su exorbitante influencia en los sectores más afligidos, que son la inmensa mayoría. Se ha derrumbado el falso edificio de la estabilidad, las masas subsisten en la indigencia, pero el panorama electoral está plagado de incógnitas y la democracia liberal tendrá que esperar.

En los días que precedieron a la caída de Mubarak, el 11 de febrero de 2011, los jóvenes concentrados en la plaza Tahrir, epicentro del terremoto árabe, no estaban movidos por el celo religioso, ni mucho menos por el integrismo islámico, sino por el anhelo de un régimen democrático respetuoso de las libertades civiles, de la igualdad religiosa (reclamación primordial de la minoría copta) y las elecciones libres. El prurito final y común, esparcido por el ciberespacio, se resumía en la aspiración de que los Estados árabes dejaran de ser una excepción despótica en un universo crecientemente democrático.

Los islamistas en general y la Hermandad Musulmana en particular estuvieron y siguen al acecho, renunciando al protagonismo para seguir, en su caso controlar o hacer descarrilar un movimiento heterogéneo. No es in concebible, sin  embargo, una ruptura generacional entre la vieja guardia del rigor coránico y los jóvenes más abiertos, adictos de las redes sociales y menos religioso, frustrados por la falta de oportunidades políticas y económicas.

En el Yemen, enclave estratégico desde el que puede controlarse el estrecho que comunica el mar Rojo con el golfo de Adén y el océano Índico, los norteamericanos temen un cambio de régimen que abriría las puertas a los sectores radicales del islamismo que pueden incluirse dentro de la nebulosa de Al Qaeda. Los intentos de diálogo entre el presidente Abdulá Saleh, en el poder desde 1978, y la oposición tribal alternan con los sangrientos enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y los manifestantes hostiles a la feroz dictadura. Aunque gravemente herido por ataque contra su residencia, el déspota juega la carta de confiar en el paso del tiempo para asfixiar un movimiento de protesta bastante tribal y heterogéneo.

Resistencia del déspota sirio

La represión prosigue, implacable, en Siria, donde el ejército y los escuadrones de la muerte del presidente Bachar al Asad habían dado muerte desde que comenzara la revuelta en marzo hasta mediados de agosto a más de 2.200 personas, según los cálculos de la ONU. La resistencia del déspota hereditario no depende sólo de la represión, sino fundamentalmente de la lealtad del las Fuerzas Armadas, la fragilidad y las luchas intestinas de la oposición y el temor de una situación caótica que desembocaría inexorablemente en una guerra civil similar a las que sufrieron sus dos vecinos árabes, el Líbano e Iraq, que sólo puede funcionar mediante un sutil equilibrio étnico-religioso.

Siria es un mosaico de etnias y confesiones religiosas (suníes, alauíes, cristianos y drusos) de extrema fragilidad, un conglomerado ideado por el Colonial Office cuando Gran Bretaña y Francia se repartieron, mediante un acuerdo secreto, los despojos del Imperio otomano (1919). El régimen sirio se asienta en una estrecha alianza entre la compacta minoría alauí (disidencia del chiismo), y la élite suní (confesión de casi el 40 % de la población), que controla la vida económica y cultural. Los principales mandos militares, al igual que el presidente Asad, pertenecen a la minoría alauí, muy beneficiada por el colonizador francés (1920-1946).

Existen dudas sobre la verdadera idiosincrasia de Bachar el Asad y los papeles que desempeñan el ejército y el partido Baas, éste último reducto del nacionalismo árabe secular. Unos creen que el presidente es un modernizador frustrado, estudiante de oftalmología en Londres, estrechamente vigilado por la vieja guardia esclerótica que acompañó a su padre Hafez durante los 30 años de crudelísima satrapía (1970-2000), y otros suponen que se ha convertido en la fotocopia desvaída de su progenitor. En cualquier caso, nada parece indicar que el dictador esté dispuesto a emprender una revolución contra la casta que lo rodea y probablemente lo coarta.

La cuestión candente del islamismo

Sobre el futuro de las revueltas árabes y la cuestión candente del islamismo sólo disponemos de conjeturas razonables, fabricadas en Occidente, que habrán de ser sometidas a la prueba de los hechos. Hay un relato occidental que trasluce una visión optimista, multicultural y socialdemócrata, a pesar del caos reinante, cuya expresión más completa se encuentra probablemente en el libro Rock de Casbah (2011), de la norteamericana Robin Wright, según la cual “la gran mayoría del mundo musulmán rechaza el extremismo de manera creciente”.

Robin coincide con el francés Olivier Roy en analizar las revueltas como el inicio de un nuevo camino marcado por el fracaso del islam político. En su opinión, las guerras civiles en el Oriente Próximo y en todo el mundo islámico constituyen una especie de “contrayihad”. Una hipótesis semejante a la que defienden los que creen que el impulso democrático se encauzará a través de movimientos islamistas presuntamente moderados, como el del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que gobierna en Turquía, homologables con los occidentales luego de un proceso de adaptación.

La moderación de los islamistas está por demostrar, la apostasía sigue castigada con la pena capital por la ley coránica y la comparación del AKP con los partidos demócrata cristianos europeos resulta tan forzada y anacrónica como enfática –el islam no conoce el cisma ni la reforma, ni el libre examen, ni siquiera un modesto aggiornamento—, además de que choca frontalmente con la opinión que tienen muchos turcos secularizados, según la cual el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, ejecuta  una “agenda secreta” para la reislamización sin tregua de la sociedad otomana que incluye la prisión de los periodistas refractarios.

Para la democracia de inspiración liberal, cuyos defensores son minoritarios en el mundo árabe, el Estado debe garantizar las libertades públicas, incluida la de conciencia, y respetar la autonomía del individuo, mientras que la teología islámica concibe al gobierno como un agente moralizador, subordinado al poder religioso, que debe promover una sociedad cohesionada por la piedad y el espíritu caritativo. Dos concepciones filosóficas, radicales e incompatibles. Los valores defendidos por los manifestantes eran universales, además de occidentales, no estrictamente islámicos, pero incluían una acerba crítica de Occidente porque éste había respaldado a los autócratas.

El escritor franco-tunecino Abdelwahad Meddeb, autor del polémico libro La enfermedad del islam, consideró que las revueltas árabes no constituyen un fenómeno postislámico, sino “más allá del islam”. Y precisó su pensamiento: “Esos acontecimientos nada tuvieron que ver con la identidad religiosa o cultural. Las gentes se rebelaron contra una situación en la que el habeas corpus no era respetado. La sublevación trascendió las identidades. Los que protestaban lo hicieron como oprimidos, no como musulmanes, y la protesta se expresó en nombre de la humanidad pisoteada.”

La incertidumbre y los sombríos augurios que pesan sobre el desenlace de las revueltas árabes abren nuevas vías para el pensamiento liberal y doctrinario de la occidentalización inexorable, como creía Ataturk, o la transición autoritaria como  métodos supuestamente eficaces para coordinar el desarrollo económico con la modernización política. Como subraya Francis Fukuyama, sin embargo, en el mundo árabe coinciden el subdesarrollo económico y el atraso político, en contraste con lo ocurrido en Asia, lo que sin duda lleva agua al molino de los teóricos de la “excepción cultural” (Bernard Lewis y Samuel Huntington) propalada por los neoconservadores (1).

La transición hacia la democracia es un fenómeno desconocido en las sociedades del Oriente Próximo. La historia reciente confirma que los ocasos de los dictadores provocaron estallidos de violencia y, a la postre, la parálisis política, las luchas sectarias y el retorno de la autocracia generalmente disfrazada con el uniforme militar o el turbante de la clerecía islamista. Todas esas sombras y pésimos vaticinios se ciernen sobre las esperanzas suscitadas por las revueltas.


(1) Francis Fukuyama, “Political Order in Egypt”, en The American Interest, mayo- junio de 2011. La discusión académica sobre las arduas relaciones de los árabes y la democracia está ampliamente recogida en mi libro Las revueltas árabes y el desafío de la democracia (Editorial Círculo Rojo, Sevilla, 2011). El texto puede consultarse en http://mateomadridejos.wordpress.com

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Responses

  1. Excelente. Envidio la profundidad con que conoce detalles y cita fuentes, la lectura de cinco periódicos al día durante tres meses no me arrojaría tanta luz sobre la primavera árabe como lo hace usted en este artículo.

    Desde una perspectiva histórica y a vista de pájaro, creo que el desenlace de la primavera árabe podrá interpretarse como la gran señal de que la hegemonía estadounidense va llegando a su etapa final o se reafirma y se acomoda durante otro largo periodo. En este episodio permite y de ahora en adelante, las redes sociales e internet permitirán a ciudadanos espectadores y ciudadanos activos en las revueltas ver con más claridad qué sucede y por qué.

    Un saludo-

    • Coincido con lo que escribe el Sr,Jos, añadiendo que la tónica de desencanto que impone la realidad de los hechos no es más que un alto en el camino. Los EEUU deben empezar a considerar si una inversión en el proceso democrático no es más ventajosa que un apoyo, en nombre de una supuesta estabilidad, al despotismo anacrónico en que vive el mundo árabe.


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