Posteado por: M | 2 diciembre 2011

Hegemonía islamista en el norte de África

Según lo previsto, las elecciones en los países árabes desembocan invariablemente en el triunfo de los islamistas de las más diversas tendencias, supuestamente moderados o ferozmente radicales, confundidos y cohesionados por la firme creencia de que “el islam es la solución”. El arbitrio milagroso para todos los males endémicos de la corrupción, la miseria, el subdesarrollo, el despotismo sin ilustración, la represión y la incuria burocrática. El islamismo se presenta como la alternativa universal, la panacea en las actuales circunstancias, y sus principales líderes, encumbrados por el pragmatismo, atinan a encauzar y dirigir la protesta popular que se inició en Túnez y se propagó por el norte de África y el Oriente Próximo.

Tras la guerra de Libia y lo ocurrido en Túnez en octubre, en cuyas elecciones legislativas triunfó el partido islamista Al Nahda (Más del 40 % de los votos), los resultados electorales en Egipto y Marruecos confirman y desbordan los pronósticos, hasta el punto de que se perfila en todo el norte de África, con la única excepción de Argelia, una hegemonía política islamista de consecuencias imprevisibles. Sin ninguna duda, los confusos procesos electorales inauguran una nueva época que pone en tela de juicio tanto la estabilidad de la región como los equilibrios estratégicos tradicionales y, por supuesto, el tratado de paz egipcio-israelí (1979).

Por el momento, los islamistas van a obtener un poder compartido y, por ende, limitado por los militares en Egipto o Túnez y por la monarquía (el palacio, el Majzen o élite palaciega) en Marruecos. Se trata de colocar la primera piedra del edificio de un sistema político renovado que se aproxima formalmente a la democracia liberal –elecciones relativamente libres aunque de resultados más que previsibles–, pero que los islamistas vencedores conciben como un instrumento para ensayar una regeneración nacional inspirada por los clérigos y dirigido por sus delegados. Queda por saber si el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) en Egipto quedará también sumergido en la ola fundamentalista y cuál será el destino de una minoría irreductible e ilustrada como la de los coptos.

Los espasmos de violencia durante la semana entes de las elecciones, centrados de nuevo en la emblemática plaza de Tahrir (Libertad), crearon una situación caótica, confirmaron la brutalidad de los uniformados, pero finalmente llevaron el agua al molino de la alianza táctica implícita entre el CSFA y los islamistas, ambos empeñados en preservar la estabilidad, en detrimento de las fuerzas políticas y sociales minoritarias que fueron las adalides de una genuina revuelta democrática, con sus jefes como interlocutores de la prensa occidental, pero que ahora se baten en retirada y sufren tanto el castigo de las urnas como el desprecio de los integristas.

El Partido de la Libertad y Justicia, emanación de la Hermandad Musulmana, obtuvo una brillante victoria con el 40 % de los votos en los recuentos provisionales y parciales, según lo esperado. La gran sorpresa la dio el partido salafista Al Nour, núcleo duro de la Alianza Islamista, que se alzó aproximadamente con el 20 % de los sufragios, y cuyos dirigentes predican un islam ultraortodoxo y preconizan la introducción de la sharia o ley coránica, reputan pecaminosas las costumbres o los espectáculos occidentales, amenazan con castigos crueles a ladrones y homosexuales y rechazan la participación de las mujeres en la vida pública y, por supuesto, en las elecciones. Muchos de sus líderes estuvieron encarcelados durante la larga dictadura de Hosni Mubarak. Ahora contaron con la generosa financiación de los petrodólares procedentes de Arabia Saudí, centro espiritual del integrismo islámico más oscurantista.

Esos resultados abrumadores anticipan que el bloque islamista y conservador controlará por lo menos el 65 % de los 498 escaños de la Asamblea constituyente, pero lo más probable es que tengan que compartir con los militares la dirección de un complicado proceso electoral parlamentario que se prolongará hasta el mes de marzo de 2012 y concluirá con la elección de un presidente de la República por sufragio universal en junio siguiente. Aunque los Hermanos Musulmanes se muestren cautelosos y rechacen en principio una alianza con los salafistas, los resultados no admiten ninguna duda sobre la orientación política y cultural fuertemente islamista.

Según las últimas estimaciones, la Hermandad Musulmana cuenta con más de un millón de militantes que se mostraron especialmente activos durante la jornada electoral, armados con la más moderna tecnología, sin importarles el revuelo suscitado por la presión abusiva que ejercieron sobre muchos votantes. Su pensamiento teocrático lo expresaron claramente varios principales portavoces: “Pensamos que las leyes deben conformarse con la revelación divina, aunque, eso sí, por medios parlamentarios.”

La fuerza laica más representativa, el llamado Bloque Egipcio, dominada por los socialdemócratas y el liberal Partido de los Egipcios Libres, con significativos respaldos en Occidente, apenas si superaba el 20 % de los votos, pese a contar con la máquina propagandística de Naguib Sawiris, el empresario más rico del país, magnate copto de las telecomunicaciones y propietario de varias cadenas de televisión.

Según los islamistas, la minoría copta (el 10 % aproximadamente de la población) nada tiene que temer, puesto que el Corán impone la protección de otras religiones a condición de que sus fieles acepten un estatuto de subordinación, es decir, de ciudadanos de segunda clase. Una anomalía en el universo islámico.

Las advertencias sobre los riesgos del islamismo, proferidas antes sus huéspedes occidentales por el ex presidente Hosni Mubarak, ahora hospitalizado bajo custodia militar, empiezan a concretarse. Ante las presiones democráticas de Condoleezza Rice y otros responsables norteamericanos y europeos, decía el rais destituido que la alternativa más probable para su régimen era la autocracia de los Hermanos Musulmanes y sus compañeros de viaje.

También en Marruecos, la victoria en las elecciones del 25 de noviembre correspondió al Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), de orientación islamista, aunque sin mayoría absoluta, con aproximadamente el 30 % de los sufragios y 107 de los 395 escaños del Parlamento. El segundo partido más votado fue el Istiqlal (Independencia), nacionalista y conservador, que obtuvo 60 escaños. En tercer lugar llegaron los independientes y el cuarto fue el Partido Autenticidad y Modernidad, creado por un gran amigo del rey. El mayor triunfo, sin embargo, fue el de la abstención, ya que más del 60 % del censo no acudió a las urnas, prueba inequívoca de que las reformas constitucionales no han movilizado a las masas durante tantos años despolitizadas y sometidas.

Abdelilah Benkiran, líder y secretario general del PJD, fue nombrado primer ministro en aplicación de las nuevas disposiciones constitucionales obligan al monarca Mohamed VI a elegir al jefe del gobierno entre los diputados del partido vencedor. Los islamistas se impusieron en las principales ciudades del país, pero en las zonas rurales volvieron a ganar los caciques independientes y los partidos vinculados estrechamente al palacio real. En consecuencia, el líder islamista se verá obligado formar un gobierno de coalición que deberá tener muy en cuenta los intereses tradicionales de un monarca que es al mismo tiempo Comendador de los Creyentes.

Fracaso progresista

El fracaso estrepitoso en las urnas de las fuerzas políticas que podríamos catalogar como progresistas (laicas y de centro-izquierda), en el sentido europeo del término, no ha desanimado a la prensa europea y norteamericana socialdemócrata que sigue adivinando en las revueltas árabes una alborada democrática, sin rendirse ante la evidencia de que las credenciales de los islamistas resultan harto problemáticas. Una actitud bastante similar a la que se produjo cuando los clérigos iraníes lograron la caída del sah de Irán y rápidamente proclamaron la República islámica (febrero de 1979), además del sometimiento del ejército.

El diario español El País, en un editorial publicado el 27 de noviembre, llegó a escribir que “la victoria islamista en Marruecos supone una bocanada de aire fresco en un sistema político anquilosado”, a pesar de que los vencedores forman un bloque estrictamente conservador y hasta reaccionario del que no pueden esperarse las reformas estructurales y de mentalidad que Marruecos precisa para adentrarse por el camino de la modernización. Y el New York Times pidió al presidente Obama que respalde a los que han ganado y a los que “abogan por un gobierno civil, un régimen de tolerancia y protección de los derechos democráticos”, sin reparar en la contradicción del consejo.

La inquietante realidad que se pretende ocultar o mitigar es que los protagonistas de los acontecimientos más estimulantes y prometedores de las revueltas árabes, de las promesas más liberadoras ante las cámaras de la televisión, son precisamente los que han perdido las elecciones. El nuevo orden democrático en la ribera sur del Mediterráneo no es para mañana porque lo que se vislumbra en el horizonte es el rigorismo islámico con todas sus consecuencias. Cansados de la agitación política y a favor de la estabilidad económica, los egipcios se han echado en brazos de la Hermandad Musulmana, la fuerza más visible de la conservación social.

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