Posteado por: M | 6 diciembre 2011

Los rusos desafían a Putin

Para los que creen que Rusia puede evolucionar desde el autoritarismo hacia un régimen más liberal y menos corrompido, los resultados de las elecciones legislativas del 4 de diciembre suscitan una frágil esperanza ante la aparatosa e inesperada pérdida de votos sufrida por Rusia Unida, el partido del primer ministro, el todopoderoso Vladimir Putin. No debemos olvidar, sin embargo, que el retroceso de la fuerza hegemónica se produjo en ausencia total de alternativa, pese a las amenazas del poder y en medio de denuncias sólidas de un fraude descarado. La situación en la Duma no cambia sustancialmente, pero el escrutinio electoral confirmó un viraje acusado de la opinión pública que sembró la inquietud en las más altas esferas del poder.

El análisis electoral tropieza con los obstáculos de un régimen autoritario en el que los resultados son harto previsibles y de dudosa legitimidad. Lo único que sabemos con certeza, una auténtica sorpresa, es que fueron numerosos los ciudadanos que emitieron un voto de protesta contra el inmovilismo y subrayaron su impotencia para cambiar las cosas, muchos más de los que cabía esperar teniendo en cuenta el conformismo dominante, la inercia de la tan cacareada estabilidad y las presiones o falsificaciones del poder. Y otros muchos se refugiaron en la abstención, que se elevó a casi el 40 %, según los datos oficiales.

La intervención oficial en el recuento se da por cierta, pero no puede medirse. El mismo día de la elección, al cerrarse los colegios electorales, la Comisión Electoral Central anunció que la participación había sido del 50,4 %, pero al día siguiente, el lunes 5, esa cifra fue revisada y elevada hasta el 60 %, tres puntos menos que en 2007 (63,7 %). El líder de los comunistas, aunque sin aportar pruebas concluyentes, afirmó ante la prensa que a Rusia Unida se le habían atribuido en el escrutinio el 15 % más de los sufragios realmente obtenidos.

En el mismo sentido, el informe preliminar conjunto de la misión de observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) y la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa denunció que “la calidad del proceso electoral se deterioró considerablemente durante el escrutinio, que se caracterizó por frecuentes violaciones de procedimiento y casos de aparente manipulación, incluidos indicios graves de introducción masiva de papeletas en las urnas”. Y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, declaró que abrigaba “serias dudas” sobre los resultados de las elecciones.

Las fuerzas políticas que propugnan la democratización y por ende la occidentalización del sistema, para hacer viable la convergencia con Europa, pero evitando cualquier convulsión, lograron un éxito innegable al votar por Rusia Justa, un partido de oposición moderada y centrista que duplicó su número de votos (13,2 %) y escaños (64) con relación a 2007. Por el contrario, el único partido genuinamente liberal y democrático, Yabloko, sólo obtuvo el 3,2 % de los sufragios, insuficiente para acceder a la Duma (el mínimo exigido es el 7 %).

Putin y Medvedev, por Motchalov para Vlast

Rusia Unida, el partido del presidente y del primer ministro, que se confunde con el Estado y reparte las prebendas, perdió el 15 % de los sufragios en relación con los obtenidos en 2007, según el recuento oficial, al pasar del 65 % al 49,5 %, lo que traducido en escaños significa un descenso desde 315 a 238 (77 menos). La mayoría de dos tercios en la Duma (cámara baja), necesaria para las reformas constitucionales, se ha evaporado, y la extensión del descontento resulta abismal: los 45 millones de votos obtenidos hace cuatro años por Rusia Unida se han reducido a 33 millones.

Las dos fuerzas de ambos extremos parlamentarios también mejoraron sus posiciones. El nostálgico y anacrónico Partido Comunista (PCR), dirigido por el incombustible Guennadi Ziuganov, con el 16,2 % de los votos, pasó de 57 a 64 diputados, una mejora modesta, mientras que el Partido Liberal Democrático (PLDR), del veterano ultranacionalista y xenófobo Vladimir Zhirinovski, alcanzó el 11,7 % de los votos y 56 escaños (+16).

En algunas repúblicas alejadas de Moscú, el proceso electoral en su conjunto y los resultados fueron un remedo de lo que ocurría durante el régimen comunista en el largo período de estancamiento bajo el liderazgo de Leonid Brezhnev (1964-1982). Así, por ejemplo, en la rebelde república autónoma de Chechenia, bajo la férrea dictadura del brutal Ramzan Kadirov, mandatario del Kremlin, el 93 por ciento de los electores acudieron a las urnas y el 99,47 % de ellos votaron por Rusia Unida. Un récord en verdad imbatible cuya utilidad se me antoja un arcano.

El mensaje está claro y zahiere sin duda a los dirigentes rusos, pero las consecuencias políticas son inciertas. Aunque la popularidad de Putin está en franco declive, ha bajado más de 20 puntos en los últimos ocho años (del 85 al 63 %), pero aún se mantiene por encima del 60 %, según el independiente Levada Center, y no existe ninguna personalidad, ni es probable que surja, capaz de desafiarlo en las elecciones presidenciales del próximo 4 de marzo.

No obstante, los cambios en el modelo bicéfalo se reputan inevitables. Como señala Nikolai Petrov, un analista político del Carnegie Moscow Center, “Putin ya no podrá ganar la elección presidencial con la mera reiteración de mensajes generales sobre la justicia o para recordar sus logros cuando era presidente, sino que deberá explicar convincentemente por qué pretende retornar a la presidencia y cuáles son sus planes”. Si los cinco años de Dimitri Medvedev como presidente y de Putin como primer ministro (2007-2012) fueron decepcionantes, ¿por qué y para qué se empeñarán el año próximo en intercambiar sus papeles?

Por su propia naturaleza, los regímenes autoritarios son temporales y pierden legitimidad cuando desaparecen las circunstancias extraordinarias en que se instalaron o cuando cumplieron las funciones para las que fueron creados. En el casos de Putin, su “democracia administrada” sirvió para recuperar la dignidad nacional y restaurar la estabilidad luego de la gigantesca tormenta que se llevó por delante no sólo al régimen soviético sino también a los que lo habían destruido por su fracaso al intentar reformarlo, como ocurrió con Mijail Gorbachov y Boris Yeltsin.

Rusia ha cambiado mucho en el último decenio, desde que Putin fue elegido presidente por primera vez, en 2000, y los rusos de una clase media ampliada parece que reclaman algo más que ley y orden y una relativa prosperidad. Probablemente desean algunas reformas siempre aplazadas para conseguir al fin la condición de ciudadanos libres y acabar con el despotismo y la corrupción. Lo que no sabemos es si Putin puede ser aún el hombre para dirigir esa transformación de Rusia en un Estado moderno y democrático.

Ante el inesperado desafío de las próximas elecciones, el primer ministro podría sentir la tentación de sacrificar al presidente Medvedev, que encabezaba la lista electoral de Rusia Unida, y cargar sobre las espaladas de éste la cólera popular reflejada en las urnas. En cualquier caso, para conservar el poder sin sobresaltos, y dado que Rusia Unida no es el partido eterno, Putin deberá ofrecer algo más que un chivo expiatorio, un intercambio de papeles o una mera sustitución de los figurantes.

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