Posteado por: M | 12 diciembre 2011

Espantada británica de la Europa alemana

Cuando el primer ministro laborista Harold Wilson reanudó en 1966 las negociaciones para el ingreso del Reino Unido en la Comunidad Europea, un irritado y lacónico lector del Times escribió en la sección de cartas al director: “Hastings 1066-Bruselas 1966. ¡Británicos, despertad!”, a manera de recordatorio o admonición de la célebre batalla homónima en que los guerreros normandos aplastaron a las tropas inglesas de Harold II, en la costa del canal de la Mancha. Quiero decir que el euroescepticismo británico no lo ha inventado David Cameron, sino que acompaña a la empresa de la integración europea desde su fundación (1957).

Winston Churchill fue uno de los promotores de la integración europea, en su famoso discurso de Zúrich sobre los Estados Unidos de Europa, pero éstos deberían limitarse al continente. Extinguido el imperio y retiradas las tropas británicas al este de Suez, luego de la catastrófica expedición anglo-francesa-israelí contra Naser (1956), los ingleses siguieron creyendo que “la relación especial” con Washington justificaba el  permanecer al margen del proyecto impulsado desde Bruselas. Por dos veces (1963 y 1967), el general De Gaulle, un nacionalista opuesto a la federación, pero que abogaba en pro de “la Europa de las patrias”, opuso el veto al ingreso de Gran Bretaña en la Comunidad Europea, alegando la escasa voluntad europeísta de Londres y, sobre todo, su propensión a convertirse en el caballo de Troya de los intereses norteamericanos.

Ante el nebuloso panorama de una Europa alemana, de rigor fiscal, estajanovismo luterano y austeridad “á la manière” de Berlín, otro primer ministro británico o quizá sus asesores retornan a Hastings y reembarcan a sus tropas con más pena que gloria desde Bruselas, como en Dunkerque en 1940, aunque ahora con un espíritu distinto, no bajo la amenaza de las divisiones panzer, sino de una eurozona progresivamente ampliada y diversa, arrastrada por una supuesta locomotora germano-francesa, pero conducida, en realidad, por la cancillera Angela Merkel, con el presidente Sarkozy, como ya escribí en un artículo anterior, en el papel de paquete o doméstico.

Los intereses de la City

La espantada de Cameron goza de gran popularidad, pero los británicos europeístas, que son pocos, se alarman por el espléndido aislamiento, como hizo el viceprimer ministro, el demoliberal Nick Clegg, pero sin atreverse a romper la coalición de gobierno porque es consciente de que la opinión pública se revolvería impetuosamente contra cualquier nueva transferencia de soberanía a la burocracia de Bruselas. Se oyeron voces en la City propalando la buena nueva de que Cameron había saltado de un barco que se hunde. Porque nadie cree que el pacto fiscal de Bruselas vaya a terminar con la crisis de la deuda soberana.

Según el izquierdista The Guardian, uno de los pocos periódicos británicos no adeptos del euroescepticismo, “Cameron optó por combatir en favor de Gran Bretaña en vez de ayudar a la salvación del euro”, pero añadió su cronista en Bruselas, Ian Traynor, que “cuando la polvareda se asiente, el viernes 9 de diciembre quizá sea visto como una divisoria, el comienzo del fin de Gran Bretaña en Europa”. Supongo que exagera con esa dramatización contra el denostado primer ministro, pero parece indudable que la marginación de los británicos será más acusada que nunca.

Los franceses, que no se jactan de la osadía subordinada de su presidente, se muestran divididos y reticentes, según compruebo entre los lectores de la edición electrónica de Le Monde. Hay quien se felicita porque la firme alianza franco-germana ha desenmascarado al fin el doble juego de Inglaterra, pero otros deploran el diktat alemán y pronostican que la disciplina presupuestaria no servirá para nada “porque no es sino una máquina de guerra para atacar las protecciones sociales”. Como es inevitable, la diatriba ideológica antiliberal no podía faltar a la cita tratándose de las élites de una Francia intervencionista y funcionarial que desprecia porque ignora el equilibrio presupuestario desde hace 30 años.

La situación  ha cambiado mucho desde la guerra fría y la coexistencia pacífica, durante la segunda mitad del siglo XX, antes del fin del comunismo y la reunificación alemana, cuando París asumía la iniciativa política mientras que Alemania actuaba como un gigante económico y un enano diplomático, a remolque de la OTAN y del tratado del Elíseo (22 de enero de 1963), firmado por De Gaulle y Adenauer, que consagró la alianza franco-germana. Ahora, como subraya con sarcasmo el italiano Romano Prodi, que fue presidente de la Comisión Europea, “es Merkel la que toma las decisiones y Sarkozy el que las explica en una conferencia de prensa”.

Desde su adhesión a la Comunidad en 1973, gracias al pragmatismo del presidente francés, Georges Pompidou, y del primer ministro Edward Heath, un extraño europeísta en el club euroescéptico, los británicos se han aprovechado del mercado único y de la hegemonía financiera de la City, pero nunca estuvieron interesados en la Europa política, sino que fustigaron con saña al ogro burocrático comunitario y alentaron una zona de libre cambio, lo más laxa y extendida posible, sin los añadidos onerosos e inoperantes de una política exterior y de defensa comunes. No obstante, una euroescéptica notoria como Margaret Thatcher, luego de algunas sórdidas escaramuzas concernientes al bolsillo, acabó por aceptar el tratado de Maastricht (1992).

En el falso dilema de elegir entre Washington y Bruselas, los británicos siempre se alinearon con aquél, persuadidos de que no era bueno que la empresa europea pudiera liberarse de la tutela estadounidense. Ocurre, sin embargo, que Cameron no quiere enterarse de que los vientos que soplan en Washington han aventado por completo “la relación especial” entre los anglosajones fraguada por Roosevelt y Churchill en tiempos aciagos. Por sus orígenes y su educación, Obama carece de la sensibilidad atlántica de sus predecesores y, ante todo, está inquieto por lo que ocurre en la cuenca del Pacífico y el Oriente Próximo.

El ideal de los padres fundadores de una Europa cada día más unida –la imponderable confederación supranacional– se degrada desde hace algunos años y se rompió en la madrugada del 9 de diciembre por su eslabón más débil, el del Reino Unido, para desembocar en un pacto de unificación fiscal según los criterios dictados por Alemania para meter en cintura a los meridionales perezosos: corrección del déficit, rigor presupuestario, sanciones para los recalcitrantes. La pura intendencia sin ningún adorno menos filisteo. Así nace y se fortalece la Europa alemana, avanza “la merkelización de Europa”, como lamenta un progresista norteamericano en la revista Foreign Policy.

Resulta obvio que Cameron no combatió por Europa, ni siquiera por los sacrosantos intereses de Gran Bretaña, su independencia y su bienestar, sino pensando en sus diputados más levantiscos y por salvaguardar la industria de los servicios financieros radicados en la City, que contribuyen nada menos que con el 10% al producto interior bruto (PIB).

Los fantasmas de la historia

Los fantasmas de la historia siempre planean sobre el continente, como un eco de la famosa sentencia de Marx. Desde que un político alemán tuvo la funesta ocurrencia de proclamar que “toda Europa habla ahora alemán”, los tabloides británicos sucumbieron una vez más a la histeria antieuropea que los caracteriza y presentaron a Cameron como si fuera un nuevo Neville Chamberlain, el hombre que capituló ante Hitler en 1938 en nombre del apaciguamiento. Algunos  franceses también se acordaron de Édouard Daladier, el jefe del gobierno que acompañó a Chamberlain en la desastrosa excursión de Múnich, y un veterano periodista español, Manuel Martín Ferrand,  llegó a especular en el ABC sobre la arribada del IV Reich bajo la batuta de Merkel, aunque “más sutil y eficaz” que sus predecesores.

Sería altamente peligroso que el antiamericanismo, tan arraigado en amplios sectores de la opinión pública europea, fuera reemplazado por el antigermanismo primario, la desconfianza hacia una Alemania que resurge de todas sus cenizas y se aleja con la cancillera de la pesada carga de la culpa colectiva. “Tenemos que acostumbrarnos a un poco de germanofobia”, pronosticó Jakob Augstein en Der Spiegel. “Europa regresa a los estereotipos de los años de la posguerra –escribió–. Vuelve el alemán inquietante (…) Como si fuera preferible que Alemania yerre con sus socios en vez de tener razón en solitario.”

Las turbulencias y las críticas contra Berlín no terminarán con el acuerdo fiscal de Bruselas, y no sólo por causa de la crisis de la deuda. La empresa europea está siendo atacada por populistas de toda calaña, de izquierda y de derecha, empecinados en una delirante labor de zapa contra el exitoso proyecto europeo, estúpidamente obnubilados por las visiones anacrónicas que ya esgrimieron las ideologías totalitarias para ensangrentar y devastar el continente. Tampoco descansan los últimos keynesianos a ambos lados del Atlántico, conocedores de que los alemanes nunca leyeron a John Maynard Keynes. “Nos hemos alejado definitivamente de la ilusión de que el gasto del Estado contribuye a promover el crecimiento”, alega un alto funcionario de Berlín.

Los alemanes, por el momento, tienen muy clara la estrategia a seguir: una cronología clara y coercitiva para modificar la legalidad, no sólo para salvar a los países endeudados, sino para impedir que cualquier gobierno demagógico pueda recaer en la azarosa tentación de la negligencia financiera. Hasta el Süddeutsche Zeitung de Múnich, el más socialdemócrata de los periódicos de calidad, asegura que la cancillera Merkel tiene razón. “No se trata de la dominación alemana –prosigue–, como se reprocha a Berlín, sino de la razón europea; porque para mantener la cohesión de la Unión Europea es preciso reformarla.”

No es cierto que Angela Merkel se haya convertido al euroescepticismo, como propalan sus adversarios. Cierto es que la cancillera viene del este y se siente menos abrumada por el pasado, pero se mantiene fiel a los ideales europeístas de su mentor, Helmut Kohl, el canciller de la reunificación. “No es una europea de corazón, pero sí de razón”, según el retrato de un cronista de Le Monde. Europa no es sólo la paz, sino la garantía de que una Alemania envejecida seguirá contando en el mundo. A pesar de la globalización y del gusto de los asiáticos ricos por los automóviles caros, el 60 % de las exportaciones alemanas se dirigen a los países de la Unión Europea.

Demasiadas velocidades

No obstante, el veto británico al proyecto franco-germano de modificar los tratados de la Unión Europea (UE) planteará algunos problemas legales y prácticos. El nuevo pacto fiscal intergubernamental deberá conciliarse con el funcionamiento de las instituciones comunitarias en las que Gran Bretaña tiene voz y voto. Habrá que hacer encaje de bolillos para coordinar las tres Europas: la del rigor fiscal sin Gran Bretaña (24 o 26 Estados), la eurozona (17 países por el momento) y la de la UE en su conjunto (28 socios si se añade Croacia). Y dentro de la eurozona, como se sabe, hay que distinguir entre el norte con los deberes hechos (Alemania, Holanda, Finlandia, Austria, Luxemburgo, quizá Francia) y el sur (España, Grecia, Irlanda, Portugal e Italia) ante el negro horizonte de la austeridad.

No sabemos cómo funcionará el nuevo invento ideado en la cancillería de Berlín, ni siquiera si llegará a buen puerto al tener que ser aprobado por los parlamentos estatales y cuando Francia se adentra en una campaña anticipada para las elecciones presidenciales. Los socialistas franceses, que aspiran a volver al poder, no ven claro que la soberanía de la Asamblea Nacional para establecer el presupuesto pueda quedar cercenada por los imperativos del pacto fiscal.

Hasta la llegada del euro, la gran industria alemana tenía constantemente que invertir para innovar y mejorar la productividad, única manera de competir con la de otros países que recurrían periódicamente al instrumento de la devaluación de sus divisas para promover las exportaciones y eludir las reformas estructurales. El euro terminó con esas devaluaciones competitivas y abrió las compuertas de los déficits estrambóticos y el endeudamiento hasta unos niveles desastrosos. Si ahora quedan prohibidos tanto las devaluaciones como el endeudamiento, ¿qué ocurrirá en el vasto espacio europeo? Por primera vez en la historia de la Unión Europea, una cancillera de Alemania empuña el timón de un barco que parecía a la deriva y que Cameron supone que acabará zozobrando.

A falta de una experiencia comparable, la cuestión se traslada inmediatamente al campo teórico, donde Alemania y Estados Unidos están enzarzados en “una pelea táctica”, si hemos de creer el diagnóstico del New York Times, tan bien informado de cuanto ocurre tras las bambalinas de la Casa Blanca.  Obama echó su cuarto a espadas al declarar que la solución alemana la parecía buena a largo plazo, pero añadió que, si no se actuaba rápidamente contra las fuerzas del mercado, la supervivencia del euro quedaría amenazada.

El presidente norteamericano, además de estar rodeado por intervencionistas keynesianos, considera que la estabilidad de los mercados y la confianza de los inversores son prioritarias, mientras que la cancillera Merkel abriga un profundo escepticismo sobre la industria financiera y pondera la austeridad, los equilibrios y las reformas estructurales, única manera de que prestamistas y prestatarios paguen el debido precio por sus errores. La bolsa de Fráncfort es mucho menos imaginativa que las de Wall Street y la City. Los alemanes creen que la atrición y la penitencia en forma de cura de adelgazamiento son inevitables para la sanación del enfermo.

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