Posteado por: M | 19 diciembre 2011

Los últimos de Iraq

Las retiradas militares suscitan agrias controversias entre los afectados de ambos bandos, el ocupante y el ocupado. Así ocurre al ponderar el anuncio oficial de que los últimos 500 soldados estadounidenses completaron su salida de Iraq en las primeras horas del 18 de diciembre, en una caravana de 110 vehículos que cruzó la frontera hacia Kuwait, tras casi nueve años de guerra, contienda civil, guerrilla y miles de atentados y escaramuzas. Aún es muy pronto para establecer un juicio definitivo sobre la contienda, sus motivos y sus terribles consecuencias, pero no cabe duda de que ejercerá una influencia duradera sobre la credibilidad, la estrategia exterior, la economía y el temple moral de Estados Unidos.

Luego de que Obama fracasara en sus conversaciones con el gobierno iraquí de Nuri Kamal al-Maliki, primer ministro chií al que recibió en la Casa Blanca, sobre el estatuto que debía proteger a los soldados norteamericanos que permanecieran en el país, el definitivo repliegue estadounidense se escenificó de manera simbólica en Bagdad el 15 de diciembre con la arriada de la bandera de las barras y las estrellas, en presencia del secretario de Defensa, Leon Panetta.

La forma precipitada de retirar las tropas, cuando es obvio que numerosos dirigentes de Washington o al menos sus jefes militares –el famoso complejo militar-industrial– hubieran preferido mantener unos 5.000 soldados y varias bases en Iraq, desató una fuerte polémica en el Congreso norteamericano y críticas severas contra Obama, uno de los pocos políticos que votó contra la guerra en 2003, cuando era senador, y que se opuso al aumento de tropas y la estrategia de contrainsurgencia en 2007, pero que desde la Casa Blanca continuó las líneas maestras de su antecesor y se plegó con frecuencia a las exigencias del Pentágono.

La retirada provocó fuego graneado contra la Casa Blanca desde las aguerridas posiciones republicanas. “Ganamos la guerra de Iraq, pero ahora estamos perdiendo la paz”, declaró el general retirado Jack Keane, analista de cuestiones de defensa y presidente del Instituto de Estudios de la Guerra. Las palabras más duras las pronunció el ex candidato republicano a la presidencia John McCain: “La historia juzgará la autoridad de este presidente con el desdén y el escarnio que merece.” Y añadió que el repliegue total, leitmotiv de la campaña electoral de Obama en 2008, fue “un triste ejemplo del triunfo de la conveniencia política sobre la necesidad militar, así en Bagdad como en Washington”.

Desde la izquierda intelectual y académica, la requisitoria volvió a ser implacable. Andrew J. Bacevich, profesor de historia y relaciones internacionales en la universidad de Boston, evocó a Churchill para pronunciar su veredicto: “Pocas veces en la historia humana tantos fueron sacrificados tan onerosamente paras alcanzar tan poco.” Y añadió: “El punto central de ese legado fue el abandono por parte de Washington, de manera decisiva y aparentemente irrevocable, de cualquier restricción en el uso de la violencia como instrumento de la política exterior.” En contra de esa hipérbole, la guerra de Libia ya ofreció un ejemplo inequívoco de las dificultades y vacilaciones de EE UU para proyectar su poder en el mundo.

En el debate dentro de la Administración Obama, los asesores militares hubieron de inclinarse finalmente ante los consejeros civiles y los estrategas electorales, con Hillary Clinton en primera línea, que propugnaron una retirada completa antes de Navidad como excelente puerta de entrada para la campaña electoral del año próximo, que se presenta harto problemática para el presidente y su Partido Demócrata, derrotados en las elecciones parciales de 2010.

Las repercusiones de la guerra y ocupación de Iraq probablemente no serán tan desastrosas como las de Vietnam (1961-1975). No obstante, algunas cifras del balance son apabullantes para EE UU: 4.500 muertos y el coste de un billón de dólares, menos letal que la sangría vietnamita, en la que murieron casi 60.000 soldados, pero mucho más costosa, ya que los gastos de ésta no superaron los 300.000 dólares de 1975. Los efectos inflacionistas, sin embargo, fueron calamitosos (fin del dólar convertible en oro en 1971), pero están por calcular los de la expedición iraquí, “el esfuerzo militar más caro de los últimos 60 años”, según un minucioso informe de la revista Foreign Policy.

En todo caso, la conflagración iraquí contribuyó a debilitar la posición interna y externa de EE UU, lo mismo que socavó la credibilidad de la ONU, escenario de un debate a cara de perro que enfrentó a EE UU con algunos de sus aliados europeos, pero sólo con el tiempo estaremos en condiciones de saber si la intervención fue un completo error además de un sonado fracaso. Así lo cree el presidente Obama, pues, al ser preguntado si seguía considerando que la de Iraq fue “una guerra estúpida”, replicó cautelosamente: “Pienso que la historia juzgará la decisión inicial de invadir Iraq.”

Considero que sería oportuno establecer una nítida distinción entre la intervención militar para derrocar a Sadam, de dudosa legalidad internacional, pero estratégicamente comprensible y moralmente justificable por la liquidación de una odiosa tiranía, y la desastrosa ocupación –mal planeada y peor ejecutada– que siguió a la victoria militar. No hubo ni flores ni dulces, ni siquiera vítores. Y teniendo en cuenta los antecedentes y el resultado, concluyo que la caída de Sadam quizá podría haberse logrado por otros medios menos costosos, aunque más prolongados: las sanciones a través del petróleo y las operaciones militares puntuales desde la poderosa flota norteamericana que surca las aguas del golfo Pérsico.

Petróleo y milicias sectarias

Mirando a Iraq y su futuro, el cómputo de sangre y destrucción aún es más terrible: unos 100.000 iraquíes murieron desde la invasión de 2003, el país sigue debatiéndose entre la guerra y la paz, las rentas del petróleo aún no alcanzaron los niveles anteriores al conflicto (3 millones de barriles por día actualmente), las tensiones interétnicas están exacerbadas, persiste el éxodo de los mejor preparados, el inmediato futuro está plagado de incógnitas y la sombra del vecino Irán, teocrático, militante y supuestamente revolucionario, planea sobre la incierta situación política.

Unas 250.000 víctimas del régimen sanguinario de Sadam Husein, en su mayoría kurdos y chiíes, aún sin identificar, yacen en fosas comunes en diversos lugares del país. El gobierno y las comunidades no se ponen de acuerdo sobre la mejor manera de cicatrizar las heridas. Aunque ciertamente la violencia empezó a disminuir tras la escalada militar (aumento de tropas y nueva estrategia con las milicias suníes), que fue una de las últimas decisiones del presidente George W. Bush en 2007, los norteamericanos calculan que se producen mensualmente unos 750 atentados con bombas, morteros y otros medios, además de asesinatos y ajustes de cuentas.

Las diversas milicias sectarias siguen en pie de guerra, unos doce grupos insurgentes activos: Al Qaeda en Mesopotamia, pese a haber sido descabezada varias veces; los milicianos suníes, ex miembros del partido Baas, que fueron armados y entrenados por los norteamericanos para contrarrestar la supremacía chií a partir de 2007; el ejército clandestino del clérigo Muktada al Sadr, notorio por su virulencia antinorteamericana y potencial aliado de Irán; y los guerrilleros kurdos dispuestos a proteger y extender su autonomía o reclamar su parte del maná petrolífero. “No se sabe si las fuerzas de seguridad de Iraq son leales a su nación o a su secta”, resume Tim Arango en el New York Times.

Entre las minorías que componen el mosaico iraquí, y hablando en términos globales y de poder político, puede decirse que los chiíes y los kurdos fueron los más beneficiados por la destrucción de “la república del miedo”, el régimen de Sadam Husein, mientras que los suníes y los cristianos se llevaron la peor parte y soportan la indiscutible hegemonía chií. Los progresos alcanzados por el país son tan frágiles como tal vez reversibles.

En el orden estratégico de la región, la retirada total de EE UU inaugura una nueva época y suscita una gran incertidumbre, en un ambiente dominado por la más que probable decisión de Irán de dotarse del arma nuclear y la inequívoca voluntad de repliegue de la OTAN en Afganistán. El multilateralismo, la inquietud por los avances de China y la reconstrucción interna norteamericana – capítulos esenciales de la doctrina de Obama en época electoral— están sometidos a fuertes y contradictorias tensiones.

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