Posteado por: M | 21 diciembre 2011

El tirano y el disidente

El hecho de que las muertes del checo Vaclav Havel y el norcoreano Kim Jong Il coincidieran en los telediarios y los titulares de la prensa escrita el 18-19 de diciembre suscita algunas amargas y sarcásticas reflexiones sobre el verdugo y sus víctimas, la tiranía y la resistencia a la opresión, los ditirambos del “amado líder” y la muerte civil que los regímenes totalitarios reservan a sus disidentes, el combate desigual y siempre arriesgado del heroísmo cívico frente a la iniquidad. La lección moral y política de los contrarios, de los líderes más antagónicos que cabe imaginar.

El norcoreano Kim Jong Il, paranoico compulsivo, sátrapa endiosado y dipsómano caprichoso, adepto de la pornografía, presidió un sistema depravado y enigmático, una de las últimas encarnaciones de uno de los dos grandes males del siglo XX –el totalitarismo en nombre de una ideología y el genocidio planificado–, o lo que es lo mismo, el sometimiento de los ciudadanos a un régimen de servidumbre y el exterminio de grandes masas de población.

Kim Jong Il

El líder norcoreano es culpable de haber martirizado a la población con una hambruna persistente, sólo comparable con la que Stalin organizó sin piedad en Ucrania en los años 30.

Kim deja tras de sí un país devastado y misérrimo, una población famélica y unos vergonzosos figurantes que gritan y derraman lágrimas en las calles de Pyongyang, ante las cámaras alquiladas para la ocasión, y se postran  a los pies de las numerosas estatuas levantadas a mayor gloria de la excéntrica dinastía comunista. Y todos los plañideros o hipócritas tienen ante sí un futuro incierto y sombrío, entre la conversión del país en provincia china o la problemática unificación, apenas mitigado por su pertenencia a la oligarquía militarizada y corrupta.

 

Cae definitivamente el telón en Praga

Con la muerte de Vaclav Havel cae definitivamente el telón en Praga, la bella capital de Bohemia y Moravia, el escenario de sus triunfos y adversidades, y se clausura con melancolía un capítulo fascinante de la historia de Europa.

Frente al horror que desprende la tiranía norcoreana, Havel fue un dramaturgo e intelectual arrastrado hasta la política para combatir precisamente al régimen totalitario. Conoció la cárcel, la penuria y el ostracismo, pero representó la conciencia cívica de todo un pueblo y encabezó la llamada revolución de terciopelo, como negociador entre bastidores, que acabó pacíficamente con el régimen comunista, en noviembre de 1989, unos días después del derrumbe del muro de Berlín.”Estoy feliz porque no estaba equivocado”, comunicó a sus conciudadanos el 1 de enero de 1990, luego de haber sido elegido y aclamado como presidente de la República surgida de los escombros del sistema comunista.

Nunca quiso ser un escritor activista porque “los buenos escritores y especialmente los buenos dramaturgos siempre son políticos”, pero tras la invasión soviética de 1968 se comprometió contra el régimen comunista arguyendo que no era posible permanecer al margen porque “el partido había restablecido el control sobre la vida”. No militó en el socialismo, ni en su ilusoria regeneración, sino que actuó desde una organización burguesa, el Club de Escritores Independientes, curtida en las catacumbas.

Vaclav Havel

La de Havel fue una revolución pacífica forjada en la clandestinidad, tras la llamarada efímera de la primavera de Praga, el intento de reforma del comunismo  (“un socialismo con rostro humano”) que dirigió el malogrado Alexander Dubcek en 1968. Evaporadas las esperanzas de reforma del comunismo, fue uno de los promotores y firmantes de la Carta 77, un manifiesto y un movimiento de resistencia pacífica, cuyas ideas está recogidas en un ensayo que devino famoso: El poder de los sin poder, que a partir de 1978 empezó a circular clandestinamente en Checoslovaquia, convertida por los tanques soviéticos en “una Biafra del espíritu”, y se distribuyó de la misma manera en otros países del Pacto de Varsovia.

Fue detenido, encarcelado y juzgado en mayo de 1979, acusado de subversión, y condenado a cuatro años y medio de prisión, pese a las protestas de algunos partidos comunistas occidentales. No fue liberado hasta febrero de 1983, aquejado de una neumonía, pero volvió a ser detenido en enero de 1989 por haber desobedecido las órdenes de la policía para que no asistiera a una manifestación de protesta. Volvió a ser puesto en libertad en mayo del mismo año, cuando ya estaba prácticamente en marcha la revuelta cívica que, amparada en la perestroika de Gorbachov, dio al traste con la dominación soviética en la Mitteleuropa.

A los miles de checoslovacos que lo aclamaban en la plaza de san Venceslao, en Praga, en noviembre de 1989, y le incitaban a ajustar cuentas con la nomenklatura comunista, Havel respondió invariablemente: “Nosotros no somos como ellos.” En su opinión, y aunque el comunismo había establecido un régimen muy cruel, de auténtica pesadilla para la disidencia, la verdad y el amor debían prevalecer sobre la mentira y el odio. Algunos de sus compatriotas, en el fragor de la batalla política, se burlaron de su idealismo.

Nacido en el seno de una familia burguesa, expoliada por los comunistas, Havel nunca se sintió atraído por el marxismo-leninismo, sino que hizo del liberalismo, en su más amplia acepción, un credo para la resistencia. Y con un autoridad moral incontestable, escribió sobre cómo las sociedades soportan las dictaduras y las superan: “El período reciente, y en particular las últimas seis semanas de revolución pacífica han mostrado al mundo el enorme potencial humano y espiritual que alentaba en nuestra sociedad bajo la forzada máscara de la apatía.”

Vivió y murió como un disidente, no sólo del régimen comunista, sino de cualquier abuso de poder, de cualquier forma de despotismo, como demuestran los dos últimos actos de su vida pública. Persuadido de que la desobediencia civil acaba por triunfar. Aunque estaba hospitalizado y muy débil, hace dos semanas se irguió para recibir al dalai-lama, durante la visita de éste a Praga, y firmó una petición exhortando a la unidad de los opositores rusos contra la manipulación electoral del tándem Putin-Medvedev.

La palabra para cambiar la historia

En una alocución ante los libreros alemanes, que le habían concedido el premio de la Paz en 1990, sentenció: “Tanto si somos conscientes como si no, y cualquiera que sea la explicación que le demos, una cosa parece evidente: siempre hemos creído en el poder de la palabra para cambiar la historia.”

Havel mantuvo la cabeza fría para comprender y deplorar las servidumbres del poder. Por eso escribió: “La pretensión de llevar a la práctica los ideales que me impulsaron toda mi vida, que me guiaron durante mis años como disidente, fue mucho más difícil en el terreno de la política práctica.” Su conciencia permaneció insobornable, como lo confirmó en julio de 1992, cuando dimitió como presidente de la República para no presidir la partición del país en dos repúblicas–checa y eslovaca—, lo que siempre reputó una peripecia desastrosa: un divorcio también de terciopelo, pero pactado por ambas clases políticas sin dar opción para que la población se pronunciara en un plebiscito, como él propugnaba.

Nunca abrigó grandes ilusiones sobre la actividad política, quizá porque mantuvo contra viento y marea la ética de los principios frente a la ética de la responsabilidad o de los políticos, que sacrifican los ideales en aras del éxito o la conveniencia, según la célebre dicotomía de Max Weber. Desconfió de “los accidentes de la historia que sitúan a los poetas en los lugar que dejan los imperios o las alianzas en sus caídas”. Y añadió en su alocución testamentaria de Nueva York (19 de septiembre de 2002):

“Las voces de advertencia de los poetas deben ser atentamente escuchadas y tomadas muy en serio, quizá más en serio que las voces de los banqueros o de los agentes de bolsa. Pero, al mismo tiempo, no podemos esperar que el mundo en manos de los poetas se transforme súbitamente en un poema.”

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