Posteado por: M | 29 diciembre 2011

2012, un año electoral entre los grandes

Si 2011 fue un año turbulento, de guerras, revueltas, crisis económicas y expectativas fallidas, 2012 se presenta como crucialmente electoral y por ende susceptible de provocar cambios significativos en las grandes potencias. En marzo, las elecciones presidenciales en Rusia dictarán el futuro del régimen de Vladimir Putin, bastante baqueteado en los últimos meses, y en Francia, los electores decidirán si renuevan el mandato de Nicolas Sarkozy. En noviembre, Barack Obama aspirará a un segundo mandato en la Casa Blanca. Con algunos nubarrones económicos, el Partido Comunista de China (PCCh) iniciará una nueva transición con el 18 congreso, probablemente en octubre, en el que, según lo previsto, Xi Jinping sucederá al presidente Hu Jintao y Li Keqiang relevará a Wen Jiabao al frente del gobierno.

Un somero repaso de los artículos publicados en este blog durante 2011 me permite esbozar las líneas maestras de la problemática hora del mundo: el repliegue de EE UU, el declive acentuado de Europa, el avance del islamismo en todo el mundo árabe-musulmán tras una agitación sin precedentes; el afianzamiento del poder económico y militar de China, aunque no exento de tensiones y augurios sombríos, y una alarma geoestratégica en el Próximo Oriente, todo ello en medio de una aparatosa incertidumbre económico-financiera.

Estados Unidos, que fue la superpotencia única tras la desintegración de la URSS hace un decenio, se retira militarmente –ya lo hizo de Iraq y pronto lo hará de Afganistán—y trata de encubrir su renuncia y sus aparentes debilidades con una invocación permanente del multilateralismo o el recurso de Naciones Unidas, organización pomposa y oficialmente garante del orden internacional, enorme agujero burocrático, en realidad especializada en tranquilizar las conciencias o administrar la parálisis que se deriva de la composición y objetivos del Consejo de Seguridad, reminiscencia del reparto de poder instaurado tras la Segunda Guerra Mundial.

Desde la distancia global, el mandato de Barack Obama resulta decepcionante por la simple razón de que el líder demócrata aparece empeñado, sin grandes éxitos o proyectos, en la nation-building dentro de EE UU, la reconstrucción nacional. La divisa está clara, y quizá era inevitable: poner la casa en orden y fortalecerla, corregir los desequilibrios más chirriantes, aunque el mundo perezca, aun a riesgo de que estalle el polvorín de Iraq, de que el islamismo se recrudezca o de que el Irán teocrático prosiga con sus planes para dotarse del arma nuclear, mientras se ensancha el foso que separa a Israel de los países árabes en efervescencia.

La pugna electoral se presenta muy enconada en EE UU, aunque Obama cuenta con la ventaja inicial de que no se vislumbra un candidato convincente del Partido Republicano. “No me comparéis con el Todopoderoso, comparadme con la alternativa”, repite Obama. Como de sólito, la evolución económica hasta noviembre resultará decisiva para el veredicto de las urnas, como lo viene siendo desde que Clinton derrotó a George Bush padre en 1992.

En todo caso, los repliegues, de los que se excluye la frontera entre las dos Coreas, reflejan muy bien el ambiente aislacionista que se respira en ambos partidos augura nuevos repliegues en el exterior, según el viejo dilema de la mantequilla o los cañones, la discrepancia de los medios y los fines, debido, ante todo, “al declive de los recursos disponibles en Washington”, como pronostica con pesimismo la revista Newsweek. No obstante, EE UU seguirá como la potencia imprescindible, según la visión que ya tuvo Bill Clinton.

La vieja Europa, bajo el peso abrumador de una demografía en permanente recesión, padece innumerables alifafes y no acaba de encontrar el camino de la regeneración y la prosperidad sostenible. Francia y el Reino Unido estuvieron de acuerdo para eliminar a Gadafi, aunque con la ayuda de Washington, pero luego sostuvieron una amarga disputa sobre el futuro de Europa y del euro. Alemania, ausente de la guerra de Libia por exigencias de su temple pacifista, trata de dictar una austeridad sin fisuras en la eurozona, aunque probablemente carece de la convicción política y estratégica imprescindible para sentar las bases de un nuevo proyecto continental.

En cualquier caso, la ingeniosa construcción del tratado de Maastricht (1992), la unión económica y monetaria dirigida por el francés Jacques Delors y destinada a contrarrestar el creciente poderío de Alemania derivado de la reunificación, parece haber entrado en una crisis existencial irreversible que nos aboca a algunas reformas absolutamente necesarias para dotar a la eurozona de una fiscalidad común y de un Banco Central Europeo (BCE) que sea algo más que un valladar contra la inflación y un guardián de la ortodoxia monetaria.

Helmut Schmidt, ex canciller de Alemania, acuñó una frase que hizo fortuna: Rusia es casi como “el Alto Volta con misiles”. Hoy me parece más exacto asumir que el país más extenso del mundo se alejó bastante del país africano durante el último decenio, pero su población disminuye de manera alarmante y su principal fuerza radica en la producción de gas y petróleo, en la exportación de materias primas. Su producto interior bruto (PIB) es sólo ligeramente superior al de Turquía. La tragedia de los 70 años de comunismo está a punto de devenir una farsa bajo el mando de Putin, según el vaticinio cruel y quizá desajustado del historiador Niall Ferguson. ¿Para cuándo la convergencia de Rusia con Europa occidental?

China, el país más poblado del mundo, convertido en banquero universal, está regida despóticamente por el PCCh, en cuyas filas dirigentes va a producirse un relevo generacional, el tercero desde que Deng Xiaoping proclamó en 1979 que lo importante no es que el gato sea blanco o negro, sino que cace ratones. Esta loa de la eficacia, superados los rigores ideológicos y el estancamiento de la economía administrada, justificó tanto las reformas como la adopción de un capitalismo de los camaradas que propicia un crecimiento sostenido y asombroso. Pero el gato ofrece algunos síntomas de fatiga.

Los cambios en la cúpula dirigente del PCCh siempre abrieron un período de transición, pero los pilares del régimen siguieron incólumes: la hegemonía del partido con más de un millón de adherentes y su incontestable autoridad sobre el Ejército Popular, el más numeroso del mundo. La apertura política y el respeto de los derechos humanos siguen como asignaturas pendientes, apremiadas en estos momentos por los intereses y las ambiciones de una clase media emergente y numerosa (unos 300 millones de personas) que se enriqueció durante los treinta años gloriosos y que desea hacer compatible la liberalización con la estabilidad.

El crecimiento continuado de la economía de China y las prácticas comerciales sospechosas de su burocracia, coincidiendo con el estancamiento o las dificultades en EE UU y Europa, suscitan temores indisimulables en el establishment de Washington, de manera que Obama hizo de la cuenca del Pacífico el área privilegiada de sus inquietudes geoestratégicas. Y así seguirá, cualquiera que sea el vencedor de las elecciones presidenciales del noviembre próximo.

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